Hoy primero de noviembre de 2009, ¿Día de todos los
Santos en España?, todos los rotativos del país se escandalizan de los más
que abundantes casos de corrupción que salpican y ahogan todo el Estado en una
grave crisis económica y de desvergüenza. No se trata de un problema que afecte
a un determinado partido político, sino a todos. La ética y la moral parecen
abducidos por una corrupción generalizada. Por ejemplo, el conservador diario
el país informa hoy: La
corrupción ahoga España. Estos “servidores del pueblo” necesitan más que un
lavado de cara. Claman a voces que se les imparta un curso de ética o se les
expulse de sus cargos, tanto a ellos como a sus defensores. Corporativismo muy
mal entendido. Pero el dinero arrebatado al ciudadano de a pié se escapa furtivamente
a paraísos fiscales, que debieran ser arrasados a la menor brevedad posible de
la faz de la Tierra. Ellos son los que rigen los destino de nuestro paupérrimo sistema
de I+D+i. Pero como podréis ver en el post de un blog vecino (¿Innovación
sin Investigación?), cada vez que abren la boca es para demostrar su
soberana ignorancia. ¿Pero que pasa con la ciencia y la tecnología? ¿Se salvan
de la hoguera? Siempre he pensado que, tanto los científicos como los
políticos, entre otros colectivos, revelan la moral de todo el conjunto de la
sociedad. Algo se pudre en este santo país (aunque también en otros muchos).
Debemos retomar la moral, ética y deontología como valores imprescindibles en
los que deben educarse todos los ciudadanos, incluidos los investigadores. Sin
embargo, numerosos colegas se ofenden, nada más oír hablar del tema, como si
por tratar estos asuntos se les estuviera acusando. Flaco favor hacen a los
temas que les conciernen y a la ciencia misma. Materia de reflexión.

Día de todos los Santos. Fuente: Wikipedia
Ciencia
y tecnología comienzan a ser demasiado poderosas en la sociedad actual. Los propios
investigadores solemos hacer gala de ello. Sin embargo, ambas acarrean beneficios y riesgos para
los ciudadanos. Vivimos en unos momentos en los que la falta de conductas éticas daña
los intereses de todos, y si no basta con sopesar las gravísimas
repercusiones de las crisis económicas, alimentarias, epidémicas, ambientales,
etc. La corrupción política comienza a aflorar en muchos países,
demasiados. Los
científicos no dejamos de ser más que individuos inmiscuidos en el mismo
sistema de valores que el resto de los colectivos sociales. Algunos
les llaman “sacerdotes
de la ciencia”, mientras que ciertos colegas se ufanan de ello.
Francamente, si
la ciencia viene a reemplazar a la religión en muchos aspectos, no vendría mal
algún tipo de Código Deontológico
digno de llevar tal nombre. Al fin y al cabo los sacerdotes religiosos hacían
sus “votos”. Día a día, afloran en la prensa casos de corrupción y mala praxis
científica. No hablo de España, sino en general. Basta con analizar la
siguiente noticia aparecida ayer mismo en el boletín de noticias mi+d. Leerla
por favor. Los médicos, tienen su Juramento hipocrático
siendo la excepción que confirma la regla. Eso sí, las normas están para cumplirse.
De no ser el caso, solo son papel mojado. Un código deontológico de tal guisa debería contemplar
no solo
la falta de ética en lo que concierne a la veracidad y originalidad (sin amaño
de resultados y plagio, etc.) de los resultados que ofrecen los investigadores, sino que
concierne también a sus repercusiones de los mismos sobre los ciudadanos.
Las instituciones
insisten en la necesidad de la cooperación científicos-empresa, con
vistas a alcanzar mayores cotas de innovación tecnológica. Empero los continuos y
harto frecuentes ejemplos que nos ofrecen la farmaindustria, agroindustria,
etc., acusan con el dedo directamente a parte de la comunidad científica,
y si no veamos el siguiente párrafo extraído de la aludida noticia (……)
Insisten
también en que "buena parte del soporte
científico que han recibido estos productos proviene de estudios financiados
por la industria farmacéutica. Investigaciones recientes del Congreso así
como de distintos medios de comunicación han sacado a la luz algunas de las estrategias de las compañías para influir
en las prescripciones. Los tratamientos médicos tienen que dictarse
por datos empíricos y no por anécdotas, presunciones
o estrategias de marketing. Es fundamental que se lleven a cabo estudios a gran escala con fondos independientes que
establezcan la seguridad y los beneficios de estos fármacos a largo plazo en la
población infanto-juvenil".
Ya hemos
hablado de estos temas en varios post precedentes incluidos
en la categoría: “fraude
y mala praxis científica”. No abundaremos más en el tema. Tan solo mentar
que esta contribución podría considerarse un apéndice a nuestra entrega: “Ciencia
y ética: la ética de los científicos y la ética de la Ciencia. Quien
presuponga que, como profesionales, una parte de este colectivo no incurre en
los mismos desmanes que afectan al resto de los mortales se encuentra muy
equivocado. ¿Es
que somos mejor que nadie? ¿Cuáles son las evidencias para corroborar tal aserto?
Parece ser que
a las instituciones que rigen las políticas científicas les importa sobremanera nuestra
cooperación con otros sectores de la sociedad, como el empresarial. ¡Perfecto!.
Ahora bien, también debieran pensar que tal implicación debe regirse por unas normas, tanto más
cuando los implicados trabajan para las administraciones y son
remunerados en buena parte por fondos públicos. En EE.UU. y algún país europeo
(aunque no muchos) tales temas comienzan a tomarse muy en serio.
Ciertas universidades y centros de investigación han elaborado normas éticas. No tengo
noticias de tales iniciativas en los países hispanoparlantes
(incluida España, “of course”), ni
en una buena parte de Europa. Es hora que los ciudadanos, y nosotros como
profesionales, comencemos a tomar conciencia, en lugar de
lamentarnos y enojarnos contra el mundo cuando nos recortan los
presupuestos. Como dice el refrán: “no
basta con ser honrado, sino que uno debe parecerlo”.
Estos temas irritan a demasiados colegas, lo cual
me parece más que preocupante. Tengo la impresión que desean siempre anteponer
la presunción de inocencia frente a cualquier acusación. Cuando alguien osa
salirse del rebaño muchos se enojan. ¿Qué hay de malo en que todos firmáramos unos códigos de
conducta a los que los demás (y nosotros mismos) podamos apelar
cuando alguien realmente “si se sale del redil”?.
Habrá que recodar el significado de un par de vocablos,
para aclarar que es ese extraño concepto que mosquea a muchos investigadores
Deontología
El
término deontología profesional hace referencia al conjunto de principios y reglas éticas
que regulan y guían una actividad profesional. Estas normas determinan los deberes
mínimamente
exigibles a los profesionales en el desempeño de su actividad. Por
este motivo, suele ser el propio colectivo profesional quién determina dichas
normas y, a su vez, se encarga de recogerlas por escrito en los códigos deontológicos. A día de hoy,
prácticamente todas
las profesiones han desarrollado sus propios códigos y, en este
sentido, puede hablarse de una deontología profesional
periodística, de una deontología profesional médica [1], deontología profesional
de los abogados[2], etc.
Es importante no confundir deontología profesional con ética profesional.
Cabe distinguir que la ética profesional es la disciplina que estudia los
contenidos normativos de un colectivo profesional, es decir, su objeto de
estudio es la deontología profesional, mientras que, tal como se
apuntaba al comienzo del artículo, la deontología profesional es el conjunto de normas
vinculantes para un colectivo profesional.
¿Veis alguno de vosotros algún mal en ello? ¿Porqué
entonces tanto nerviosismo entre la clase científica? Si somos tan
santurrones,
¿porque no comenzar dando ejemplo? Somos ciudadanos corrientes, no nos
encontramos por encima del bien y del mal. Jamás se me ha puesto sobre la mesa un
documento que me exija cumplir con mis obligaciones éticas y morales, tanto con
la ciencia, como con mis colegas y el resto de ciudadanos. Eso sí se trata de
tres temas distintos y todos de suma importancia. Una cuestión es
que las empresas
obliguen a los investigadores que trabajan para ellos a guardar
secretos profesionales, aspecto que sí demandan a firmar siempre, y otra bien
distinta que la sociedad salvaguarde sus propios intereses exigiendo que
también firmaran una serie de códigos morales, éticos, etc. Pero no es así.
¿Porqué? Como el propio capital, se me antoja que aquí vale todo con
tal de desarrollar tecnología e innovar. Plos One es una revista
electrónica lanzada por los Institutos de Salud de EE.EE., es decir por
el gobierno, que denuncia sistemáticamente fraudes y malas praxis científicas. Los datos de muchos artículos son
espeluznantes. Nadie puede dudar de la calidad de esta revista, ni del bien que
comienza a hacer al sacar a la luz los trapos sucios de la comunidad
científica. Si como humanos, algunos de nosotros caemos en tales tentaciones, debiera ser
imperativo y urgente que tales códigos de conducta se extendieran, vigilando su
estricto cumplimento. Y a ser posible, las normas requerirían ser
universales, no nacionales. Mientras tan solo escuche hablar de dinero, como garante
de un saludable sistema de I + D + i, estaré obligado a pensar que la ciencia
funciona exactamente con los mismos valores que el capital, es decir
la clase de cultura que defienden empresarios y políticos. De ser así muy mal
asunto. A las pruebas nos remitimos. Reflexionemos
todos. Mi posición proviene de mi compromiso social y de mi amor por la
ciencia. Sin embargo, para mi sorpresa, con harta frecuencia, se me acusa de lo
contrario. ¿Porqué?. ¿Los trapos sucios
hay que lavarlos en casa?. ¡Así nos va!. La permisividad o relajación de las normas éticas y
morales genera estragos en el mundo actual. Comencemos por dar ejemplo.
El
director de la AAAS pide más cooperación científica entre la UE y Estados
Unidos
La UE y Estados Unidos deben estrechar sus lazos científicos
para acometer los mayores retos que afronta actualmente el planeta, afirmó Alan Leshner,
director ejecutivo de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS), durante
la conferencia inaugural anual del Centro Común de
Investigación (JRC)
El Dr.
Leshner recalcó que la UE y Estados Unidos deberían asumir un papel de
liderazgo en la creación de una comunidad científica verdaderamente global. En concreto, debe hacerse un
esfuerzo por integrar a los científicos de los países en vías de desarrollo en
el conjunto de la comunidad científica internacional. Es necesario que la comunidad científica de
todo el planeta se ponga de acuerdo en torno a cuestiones fundamentales como la
ética en la investigación y los derechos de propiedad intelectual, añadió.
Ada
Yonath: Investigar en una empresa es perder independencia científica
Esta cristalógrafa de 70 años de edad rebatió todos los
argumentos negativos y, gracias a ello, se ha convertido este año en la primera
mujer israelí en conseguir un premio Nobel, el de Química, junto con (…) Yonath afirma haber recibido hace un tiempo varias
ofertas, entre ellas una de la multinacional Johnson and Johnson
para montar en Israel una empresa para el desarrollo de antibióticos (…), pero "fui
muy feliz" cuando retiraron la sugerencia, afirma, y la razón es que no
quiere perder nunca "su independencia científica".
Juan José
Ibáñez