En nuestra comunicación anterior sobre las estructuras de las taxonomías, mentamos que incluso las clasificaciones biológicas padecen ciertas paradojas difíciles de superar. Una de ellas es la denominada Paradoja de Gregg. Jesús Mosterín, en su brillante libro: Conceptos y Teorías en Ciencia (Alianza Editorial) habla en detalle de ella. Ni Wikipedia en castellano, ni en su versión inglesa hacen mención a este interesante tema. Gregg, en 1954 (The Language of the taxonomy, Columbia University Press), puso el dedo en una llaga que debió escocer a los biotaxónomos. El problema surge en los taxones monotípicos, es decir, en aquellos que como la especie Ginkgo biloba (un árbol ornamental procedente de China, por poner el mismo ejemplo que Mosterín), es el único miembro de un género que a su vez, también es singular de su familia y este de su correspondiente orden. En otras palabras, existen órdenes que incluyan una sola familia que alberga un solo género, que atesora una singular especie. Los taxa politípicos son, por el contrario, los que tienen varios subtaxa por taxa. Con ellos no va el tema. Veamos el problema.
Para no restarle mérito a Mosterín, extraeremos un fragmento de su libro en el que plantea así el problema.
Si los taxones de la clasificación biológica son conjuntos, entonces los taxones monotípicos (que tienen los mismos elementos) han de ser idénticos, pues dos conjuntos con los mismos elementos son el mismo conjunto. Pero los biólogos sistemáticos (…), piensan que una especie es siempre algo muy distinto que una familia, por ejemplo. Por tanto, aunque una familia y una especie tengan los mismos elementos (organismos), serán taxones distintos. (…)
Y aquí comenzaron a intentar proponerse soluciones por diversos filósofos hasta que, según Mosterín:
En 1969, propuso N. Jardine la primera solución satisfactoria de la paradoja de Gregg que consistía en definir un taxon T como un par ordenado ‹D, r›, donde D es la extensión del rango y r es su rango. Así, aunque T1, T2, y T3 sean taxones monotípicos (es decir de igual extensión D) de distinto rango (es decir de rango r1, r2, r3, donde r1 ≠r2, ≠ r3, son distintos taxones pues ‹D, r1› ≠ ‹D, r2› ≠ ‹D,, r3›
Desde el punto de vista intuitivo, lo más satisfactorio es considerar los taxones como conjuntos de organismos. El problema de Gregg puede resolverse (o, mejor dicho, disolverse por el trivial expediente de distinguir los taxones a secas, que serán meros conjuntos de organismos, de los taxones jerarquizados, que serán pares ordenados de taxones a secas y rangos. Por tanto dos taxones monotípicos coinciden en cuanto a taxones a secas (son el mismo conjunto de organismos), pero difieren en cuantos taxones jerarquizados (pues poseen rango distinto). Y el que los consideremos de un modo u otro depende de nosotros, no de ellos.
¿Vale colegas? Ya sé que estaréis pensando ya está el plasta del Administrador alardeando de erudición. Pues ¡va a ser que no! Simplemente estoy transcribiendo las argumentaciones de Mosterín, que es mucho más tedioso (el reteclear, no Mosterín, por supuesto). La cuestión es que los filósofos logicistas tuvieron que venir en auxilio de los prepotentes científicos que minusvaloran lo que denominan humanidades. No hay más zopenco que quien alardea de ello. Sin embargo, considero que hay otra solución que pondría de los nervios a los taxónomos de cualquier índole. Tras pensarlo, como no, otro colega botánico proponía lo mismo en los años 70 al intentar poner orden en el género Quercus, algo que ya intentó un botánico español décadas atrás (Vicioso). Este género de plantas que incluye, robles, encinas, carrascas, quejigos, etc., resulta imposible de clasificar por cuanto el muy promiscuo, no reconoce barraras genéticas para la hibridación. Van Valen propuso que debía reconocerse que hay taxones sin especies, viniendo a decir, más o menos (así de duro), que no hay más ciego que el que no quiere ver. Supongo que debió ser braseado en la hoguera por el establishment (que como inquisición es tan eficaz como en lo concerniente a entorpecer el progreso científico).
Reconozcámoslo, la mayor parte de los biotaxónomos consideran (y así lo dicen) que las especies son “entes reales” y el resto de la jerarquía “abstracciones”. Y por ese camino su edificio se derrumba estrepitosamente. El “vocablo real” en ciencia carece de sentido, ya que corresponde a disquisiciones de naturaleza ontológica. Lo mismo que el maldito vocablo “verdad científica” (la verdad en ciencia hoy debe necesariamente ser total o parcialmente la mentira del mañana; en caso contrario no habría progreso científico, por definición. Hemos reiterado que lo mismo puede decirse de la palabreja “natural”. Como reconoce Mosterín: Una Teoría es más natural que otra, si tiene mayor poder predictivo. Y punto.
La solución que planteo (me mandan a la hoguera ¡ya!) se encuentra en el propio mundo natural. No conozco ningún sistema ramificatorio (cuencas de drenaje, sistemas vasculares. sistemas radicales, etc.) que sea tan simétrico como se pretende en taxonomía. Unos son más ramificados que otros; es decir poseen distinto número de niveles jerárquicos. Horton, lo reconoció así en geomorfología fluvial y organizo un sencillísimo sistema que aun atesora un gran valor. Pues si, puede haber taxa sin especies, por cuento el concepto de especies es una mera abstracción, como los demás niveles de cualquier clasificación, jerárquica o no. Y, una vez más, punto y final. Bob (en lo concerniente a la USDA ST), prefirió no mal meterse con la biotaxonomía y aceptó la paradoja de Gregg como suya propia. Le entiendo perfectamente. Sin embargo, existen otras soluciones más revolucionarias y razonables.
Juan José Ibáñez