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jueves, 24 de julio de 2008

Cuando hablamos de racionalidad científica, habría que diferenciar entre la lógica que nos lleva de un descubrimiento a otro y el contexto político-social en el que se desenvuelve. Con las matizaciones científicas oportunas, la ciencia deviene por cauces más o menos racionales en el primero de los casos. Sin embargo, no cabe decir lo mismo de las políticas científicas que, al fin y al cabo son el resultado del sistema de valores e intereses de la sociedad en un instante determinado de la historia. En un momento en el que el cientifismo intente invadirlo todo, resulta que las políticas de planificación de la investigación, que incluyen tanto a la financiación como a la promoción de sus practicantes, resultan a todas luces irracionales. En este post utilizaremos como ejemplo, la crisis de las taxonomías, si bien podíamos haber echado mano de otros muchos. Permítanme que comience por uno de estos últimos.  

 

 

 

Alegoría del Árbol de la Vida


 

Resultaría casi trivial contestar a la pregunta de: ¿Cómo hemos llegado a la crisis energética actual? Desde hace muchas décadas se sabía que los combustibles fósiles convencionales no tardarían en agotarse. La economía actual depende de ellos. Del mismo modo, las tecnologías actuales suelen ser bastante contaminantes, y como corolario, dañinas para el medio ambiente y la salud pública. En consecuencia, debía haberse comenzado la búsqueda de nuevas fuentes de energía limpia hace decenios. Pero como en el cuento de la cigarra y la hormiga, hemos sido dilapidadores, irrespetuosos con el entorno y poco precavidos. Todo ello podría haberse evitado con un mínimo de racionalidad. Sin embargo, no ha sido así, y hoy sufrimos el calentamiento de la atmósfera y una crisis energética sin precedentes. ¿Dónde se encuentra la visión prospectiva de los gobiernos? ¿Por qué no se implementaron las políticas científicas y tecnológicas en su momento?, cuando estábamos a tiempo. Los políticos actuales no suelen pensar más que a corto plazo (como la hormiga) mientras este mundo demanda visiones más amplias a largo lazo (cigarras). El capital manda, a costa del bienestar de los ciudadanos  y la lógica de los sistemas de I +D +i, que son subordinados a la primera.

 

 

 

Taxonomía

 

Pues bien, dado que los Estados y empresas dirigen nuestros destinos, no debería extrañarnos que la potenciación de las políticas científicas caminen por derroteros a todas luces irracionales disimuladas por vocablos confundentes como desarrollo sostenible competitividad, búsqueda del talento, etc., etc. De una forma u otra, todas las ciencias son importantes con vistas al progreso de la sociedad y el bienestar humano. Dado que sus avances dependen de la financiación y masa crítica de practicantes, las que son relegadas a un segundo plano por nuestros gobernantes padecerán un estancamiento, cuando no crisis. Empero como la política de “publica y perece” impera por doquier, menos expertos y dinero se traducen en una menor producción científica, generando un círculo vicioso que afecta negativamente  a su futuro. Este es el lúgubre futuro que afecta a todas las ciencias taxonómicas. Y tal hecho resulta kafkiano, más que sorprendente, por cuanto si reconocemos que estamos generando una gran extinción de especies biológicas, lo lógico sería potenciar, más que diezmar el número de expertos que clasifican organismos vivos. Sin embargo, bajo los cánones actuales de la ciencia no se trata de temas mediáticos ni urgentes. Nuestras autoridades consideran prioritario inferir (mediante modelos matemáticos y juicio experto) cuantas se pierden que en realizar un inventario de la vida para después monitorizar que ocurre con ella bajo el impacto directo y/o indirecto de las actividades humanas. Si no sabemos lo que hay, difícilmente podremos inferir correctamente lo que se pierde, degrada o deteriora. Lo mismo podría decirse de los taxónomos de otros muchos recursos naturales, como los suelos. ¿Racionalidad de la gestión científica?. Sinceramente, yo no la veo por ninguna parte. El progreso de la ciencia resulta tan vital para mejorar nuestra comprensión del mundo, como a la hora de mejorar nuestra competitividad y productividad. Reducir las prioridades a las demandas inmediatas, siempre condicionadas por un modelo económico, deviene en la desnaturalización de la esencia de esta noble actividad: conocer por conocer. Tal apreciación no impide que deban alcanzarse compromisos temporales entre ambos puntos de vista.    

 

 

 

Taxonomía Biológica: Fuente Wikipedia Commons

 

El 14 de febrero de 2008, el Boletín de Noticias mi+d reprodujo una nota de prensa aparecida en el rotativo Público que ofrece una imágen clara y meridiana de lo que estoy diciendo.  Su título era: ¿Quién se encarga del inventario de la vida?. Leamos su contenido primero (no carente de ciertas deficiencias) y reflexionemos después.

 

¿Quién se encarga del inventario de la vida?

FUENTE |http://www.madrimasd.org/InformacionIDI/Noticias/%5C%5Cwww.publico.es/

 

En 1928, el médico microbiólogo Alexander Fleming se encontró ante un hallazgo extraordinario. En uno de sus cultivos bacterianos, había crecido de manera espontánea un hongo que exterminaba a las bacterias de su entorno. Parecía un antibiótico mágico, capaz de salvar la vida a millones de personas. Pero Fleming tenía un problema peliagudo, no sabía de qué hongo se trataba. Por fortuna, en 1930, el taxónomo estadounidense Charles Thom, un hombre que había dedicado su vida al estudio minucioso de los microbios, dio con la clave: era Penicillium notatum, el padre de la penicilina.

 

En la actualidad, Fleming lo tendría más difícil. Los taxónomos, las personas dedicadas a clasificar la vida conocida y a describir nuevas especies, están en extinción. Los autores del inventario de la vida, tras una épica labor de siglos que ha permitido describir casi dos millones de especies, han pasado de moda. Y sólo dejan escrito el prólogo del catálogo de los seres vivos. Según algunas estimaciones, todavía queda por descubrir el 97% de las especies del planeta.


En opinión del biólogo Antonio García Valdecasas, del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC), la labor de descubrimiento y descripción de especies está menospreciada en el ámbito de la ciencia. "Si llegas a una institución con un currículo de taxónomo, te lo puedes meter donde te quepa", resume de manera gráfica.


Para García Valdecasas, no hay sustitutos a los taxónomos jubilados. "Dedicarse a esto es un suicidio profesional", lamenta. Según sus cifras, en España sólo quedan 500 especialistas, incluyendo aficionados, para estudiar la biodiversidad del país que se considera la reserva natural de Europa.


El vicepresidente de la Real Sociedad Española de Historia Natural, Santiago Castroviejo, tiene claras las causas de esta crisis de taxónomos: los métodos aplicados para medir la calidad de la producción científica. Los políticos y gestores que financian la investigación necesitan catalogar a los científicos en buenos, malos o regulares a la hora de distribuir sus limitados fondos. Para ello, expone Castroviejo, se ideó un sistema que consiste en contar el número de veces que el trabajo de un científico es citado por sus colegas. Cuanto más les citan, mayor es su calidad investigadora.


Este sistema, conocido como Science Citation Index, "tiene efectos positivos y otros negativos, especialmente en disciplinas como la taxonomía, porque el número de citas se mide en cinco años, pero el impacto del trabajo de un taxónomo no se obtiene hasta muchos años después de haberlo publicado", expone Castroviejo.


DESPRESTIGIADOS

"Si estudias los escarabajos de Sierra Leona o las orquídeas de Costa de Marfil, nadie te citará porque nadie los estudia en ese momento, pero luego los especialistas te citarán siempre, durante decenas de años o toda la vida", añade. Por eso, los taxónomos son poco citados, poco valorados y poco financiados. "Básicamente, quedamos los viejos", se lamenta.


Curiosamente, el decano de la taxonomía española, Pedro Montserrat, es mucho más optimista que la mayoría de sus colegas. Montserrat se inició en la descripción de especies en 1945 y, a sus ochenta y tantos años, sigue acudiendo a trabajar al Instituto Pirenaico de Ecología, en Jaca.


En aquella época, el investigador tardaba días en cruzar la península en tren para encontrar nuevas especies, su única arma era un manual de flora editado a finales del siglo XIX. "En el futuro, no habrá taxónomos que vivan sólo de la taxonomía, pero habrá muchos aficionados, cada vez menos, pero muy buenos. Como en Francia, donde no quedan taxónomos, porque los biólogos han preferido dedicarse al ADN", predice.

Autor: Manuel Ansede

 

Por una vez y sin que sirva de precedente, disiento de Pedro Montserrat, uno de los investigadores de este país que más respeto me merece. Pero cabría corregir que este gran científico es ecólogo pastoralista, taxónomo y muchas cosas más. No se trata de un taxónomo al uso. Existen grupos taxonómicos que tan solo son estudiados por un puñado de expertos al borde de la jubilación. ¿Quién instruirá a la postre a los aficionados?

 

No en todas las disciplinas y subdisciplinas científicas los investigadores pueden publicar el mismo número de artículos al año. Cada una posee su propia problemática. Incluso existen líneas de investigación concretas, dentro de ramas de la ciencia fértiles, que no pueden competir en cantidad de “papers” con otras aparentemente afines. Nunca debió convertirse este baremo en un tótem al que toda investigación se encontrara sujeta, so pena de pervertir el edificio de la ciencia. Deben entenderse estos comentarios como la punta de un iceberg de un problema de gran calado. Los fondos públicos están para generar el avance de las ciencias y no para polucionar la literatura científica de los temas de moda (que por mucho que os cuenten, no son a menudo los que mejorarán la calidad de vida de los ciudadanos). A modo de ejemplo digamos que en una comunidad científica con cientos de miles de practicantes, el número de citaciones potenciales de un trabajo siempre será mayor que en otra en la que trabajan unos pocos miles. Sin embargo, como la “excelencia” es medida  por raseros tan miopes, el mejor experto de una disciplina puede ser denostado debido a que no ha publicado tropecientos “papers”, siendo considerado de una casta inferior respecto a colegas de otra especialidad cuyos trabajos quedarán sepultados en el olvido al poco de publicarse. Casi ninguno de los héroes actuales de la ciencia realizó más que un pequeño puñado de publicaciones (aunque muy relevantes). Si aquellos vieran el panorama actual se echarían las manos a la cabeza.

 

Un ejemplo ilustrativo para terminar. Como miembro del Comité Científico Asesor de la Presidencia del CSIC fui invitado a formar parte de la Comisión de Área de Recursos Naturales de la Institución. Por aquella época, ni el Real Jardín Botánico, ni el Museo Nacional de Ciencias Naturales  de Madrid lograban que se dotara plazas para taxónomos. Expuse sus quejasen a la mentada Comisión. La respuesta de otro biólogo fue contundente: “Es que son muy malos, publican muy poco”. Un día nos lamentaremos haber calificado a tales investigadores como de “excelencia”, al menos a la hora de planificar la actividad investigadora. La crisis de la taxonomía, en mi modesta opinión, es un mero síntoma de un sistema científico que da más valor a lo inmediato, mediático y aplicado que al conocimiento per se, castrando los valores innatos de que ha hecho gala nuestra actividad durante siglos. 

 

 

Juan José Ibáñez

15:08 | gestionado por Juan José Ibáñez | Enviar comentario (3)