LoginRSS 2.0 Feed

domingo, 05 de noviembre de 2006

Hoy no vamos ha hablar de fraude científico. Vaya esto por delante. Hace un par de meses en un comentario a una nota se me preguntaba, mas o menos: “Yo también quiero ser un científico famoso” ¿Qué debo hacer? Me resultó tan (…) que borré tal comentario. Desde que tengo noticia que muchos estudiantes leen esta bitácora, hay comentarios que por indecorosos no puedo consentir. Pero efectivamente, el tema tiene tela. Obviamente el fraude científico, o la mala praxis pueden ayudar y mucho. Empero hay otras maneras. Eso sí, si se quiere alcanzar fama y gloria sin despeinarse, primero hay que conseguir un cierto respeto del “establishment” y luego ser astuto, que no inteligente. Hoy expondré una manera ruin. En otra nota analizaré una manera honesta para científicos con talento. Comenzaré pues con el ejemplo de los acrónimos. Bien venidos al mundo de la acrónimofilia.

 


Obviamente, aquí omitiremos las investigaciones cuyos descubrimientos han dado lugar a saltos cualitativos en la historia de la ciencia, o los hallazgos de gran calado, como el origen de una enfermedad que afecta a una buena parte de la población, por citar algunos ejemplos.  Hablamos para los investigadores de a pié (como yo, por ejemplo), no para los grandes talentos innatos.

 

Primera regla antes de empezar.  Debido a la nefasta política del “publica o perece”, muchos investigadores se han lanzado a publicar pensando en que los trabajos “cuelen”, más que impacten a la comunidad científica. Así no se llega a ser un científico famoso. Craso error.  Conozco colegas con más de doscientos papers en revistas indexadas que no son conocidos como investigadores de renombre. Desde el laboratorio no se puede, en la mayor parte de las disciplinas, por no decir todas.  Hay que ganarse “por lo civil o por lo criminal” (como diría Luis Aragonés; Actual entrenador de la selección Española de fútbol) la confianza del establishment. Como hoy hablamos de aquellos que alcanzan la gloria sin “despeinarse”, es decir sin talento (o no haciendo uso de él), tan solo diré que hay que hacer una estancia con un investigador de renombre y caerle bien: hacerle “la pelota” o adularle, por ejemplo. En su defecto, puedo asegurar que te haces más famoso asistiendo con comunicaciones orales a congresos internacionales que impacten en el público (entre ellos parte del establishment) que publicando papers en revistas indexadas. Tema del que habría mucho que hablar en una época en la que las comunicaciones a congresos está más que desprestigiada, con vistas a la promoción científica de un investigador. Si impactas y luego haces “cómplice” a científicos excelentes (muchos de ellos editores, o influencia en las editoriales de revistas internacionales), o al menos aceptan tus ideas ya tienes el 50% ganado.  Luego vienen las “trapillas legítimas”. Hablaremos pues de una de ellas.

 

Acuñando Acrónimos: Aunque parezca mentira uno de los métodos más sencillos es el de inventarse acrónimos pegadizos. No hace falta ser un genio, sino leer publicaciones generales de otras disciplinas, analizar los acrónimos y ver cuales de ellos son extrapolables o exportables a la tuya. Veamos algunos casos.

 

La Biodiversidad:.E. O. Willson, acuñó el término biodiversidad. Se trata de un investigador de gran reputación como padre de la sociobiología. Disciplina muy debatida por sus connotaciones “fascistoides” para muchos (entre los que yo me encuentro), aunque esta acusación es aun tema de debate y la voy a soslayar. También lo era, en el cambio, de lo que hoy denominamos biodiversidad, por sus trabajos como coautor con el desafortudamante fallecido MacArthur. Veamos los trabajos que iniciaron su fama:

 

MacArthur, R.H., Wilson, E.O., 1963. An equilibrium theory of insular zoogeography.

Evolution , 17, 373-387.

 

MacArthur, R.H., Wilson, E.O., 1967. The Theory of Island Biogeography. Princeton

Univ. Press, Princeton, 203 p.

 

Nótese que colaboraba con un investigador de gran talento que desgraciadamente falleció prematuramente. No sé quien contribuyó más a la Teoría de la Biogeografía insular. Pero su fama mundial devino a partir de las reuniones preparatorias para la Cumbre de Tierra, en donde se aprobó el Convenio Mundial sobre Biodiversidad. Durante décadas muchos ecólogos trabajaron sobre este tema de la diversidad ecológica o biológica. Sin embargo, no habían caído en que no atesoraban un vocablo epatante de cara a los políticos y la opinión pública. En un congreso a Eduardito se le ocurrió espetar el vocablo biodiversidad y se hizo más famoso de lo que jamás hubiera imaginado.  Biodiversidad es un acrónimo, nada más. A tal respecto “Eduardito” no hizo más que cogerlo de otros que lo acuñaron. Ahora bien, debido a que la palabreja de marras ahora es famosa, y que el es un científico de gran prestigio, mucho indocumentado considera que cuando se habla sobre el tema, Eduardo es el “alma pater” de tales estudios, cuando no es así, ni de lejos. No está claro quien debe ser considerado el padre de estos estudios, por cuanto cientos de investigadores desde los años 50 (y antes) han trabajado denodadamente sobre el tema. Pero la psiquis humana es mitómana por naturaleza, por lo que demanda una referencia clara y un Dios al que adorar. Habría mucho que investigar sobre la mitomanía en ciencia. “Unos tienen la fama y otros cardan la lana”. Pero veamos brevemente cuando tal estrategia y acrónimo se traslada a otra disciplina, como lo es la edafología.

 

La edafodiversidad: ¿MacBratney o Ibáñez?: En mi tesis doctoral, leída en 1986, comencé a aplicar las herramientas para el estudio de lo que hoy llamamos biodiversidad al mundo de los suelos.  Nótese que fue cuatro años antes de la Cumbre de Río. En 1987 comencé a redactar un trabajo en inglés sobre el tema. Fue rechazado de algunas revistas por esotérico. Finalmente fue aceptado para su publicación, en 1990, por la revista indexada Catena (actualmente perteneciente a la multinacional Elsevier, que dicho sea de paso, iba comprando todas las revistas que podía, por aquel entonces). Su título era:

 

Ibáñez,J.J., Jiménez-Ballesta,R. & García-Álvarez,A. 1990. Soil Landscapes and drainage basins in Mediterranean mountain areas. Catena, 17(6): 573-583.

 

Referees y editores me indujeron a que eliminara el vocablo diversidad de suelos, por lo que solo hablé de riqueza de especies, índice de entropía, etc. Pero cuando el acrónimo biodiversidad se popularizó, a un edafólogo se le ocurrió dedicar unas líneas en el siguiente artículo.

 

McBratney, A.B., 1992. On variation, uncertainity and informatics in environmental soil management. Aust. J. Soil Res. 30, 913-935.

 

 Nada más que venía a decir que por qué los edafólogos no podemos hacer uso del vocablo edafodiversidad, como los biólogos hacen con el de biodiversidad. Justamente, ese mismo año, yo había publicado en una contribución a un congreso en castellano un texto en el que hablaba sobre edafodiversidad. No le di más importancia. Se trata de un tema que sí entra en la mala praxis científica y al que dedicaré una nota, o más a parte, por cuanto muestra como funcionan los editores de las revistas científicas. Tan solo decir que en el Congreso Mundial de Filadelfia, como ya os menté, se dedicó un simposio específico a los estudios de edafodiversidad. Fui invitado a dar la conferencia inaugural. La mayor parte de los asistentes no dudaban quien había iniciado los estudios en edafología, con independencia del vocablo que no es más que un mero acrónimo. Empero algunos acólitos de este edafólogo matemático, editor de una revista indexada de Elsevier, salieron con dos contribuciones, en cuyos resúmenes (públicos en la Web previamente al congreso) (ver enlace aquí), proclamando que Alex era el pionero en los estudios de edafodiversidad. Como me tocaba hablar primero, entré a degüello. Nadie habló cuando públicamente espeté que se trataba de una mala praxis científica.  Se callaron como zorros. Yo no conocía personalmente a Alex (que sin yo saberlo estaba allí presente). A la salida tuvimos una discusión bastante violenta, por ese y otros temas. Mis colegas lo tienen claro y no tengo porque preocuparme. Tan solo os mento el episodio. Este personaje, sobre el que ya abundaré en otras notas, no consiguió su objetivo, pero sí el siguiente edafólogo holandés.     

 

 

Funciones de transferencia: edafotransferencia: A los pocos meses de entrar al CSIC, muy tiernito, comencé a leer una tesis dirigida por Juan Gallardo Lancho, colega del IRNASA (CSIC, Salamanca). Ya en mis primeras lecturas (aprendiendo lo más básico de edafología) observé como muchos edafólogos hacían uso de regresiones lineales con vistas a estimar numéricamente los valores de ciertas variables de costosa medida, a partir de un pequeño número de análisis directos, viendo su relación estadística con otras variables fáciles de determinar y muy económicas. La forma más elemental de obtener tales valores consiste en hacer uso de modelos de regresión lineal (obviamente con el tiempo se han  aplicado métodos estadísticos más sofisticados). Se que muchos no comprendéis estos temas, pero es sencillo. En cualquier caso, no es necesario en este contexto. Ya os lo explicaré en otro momento.

 

Pues bien un conocido edafólogo llamado Bouma, y que trabajaba en Holanda, publicó en 1983 el siguiente artículo:

 

Bouma, J. and Van Lanen, J.A.J., 1987. Transfer functions and threshold values: From soil characteristics to land qualities. In: K.J. Beek et al., (Editors), Quantified land evaluation. Proc. Worksh. ISSS and SSSA, Washington, DC. 27 Apr.-2 May 1986. Int. Inst. Aerospace Surv. Earth Sci. Publ. no. 6. ITC Publ., Enschede, The Netherlands, pp. 106-110.

 

Las conocidas “funciones de edafotransferancia” o “pedotransfer functionshan alcanzado una popularidad inusitada. Parece que Bouma y Van Lanen las utilizaron por primera vez en edafología, cuando no es así. El número de citaciones de esta contribución es enorme en nuestro campo, y todas ellas hacen referencia al trabajo “seminal de Bruma y Van Lanen” ¿Seminal? ¡Y un cuerno!. Yo observé este fenómeno atónito. Años después leyendo un libro de paleoecología de los años 70, al hablar de lo que en ese campo denominan “proxy data”: me topé con el vocablo “tranfer functions. Ósea que la palabreja ya existía desde hacía tiempo en la literatura científica. Buscando hoy en Google he encontrado cerca de cuatro millones de documentos que utilizan ese vocablo, en las más disparatas disciplinas.

 

¿Que habían recubierto Bouma y Van Lanen?: pues que en la bibliografía se utilizaba abundantemente el vocablo “transfer function” a un tipo de aplicaciones de una estadística muy elemental, y que ya venía utilizándose en edafología desde hacía décadas. Le añadieron el prefijo “pedo” (“edafo” en castellano) delante, y he te aquí que se hicieron famosos.  Actualmente estoy seguro que si no les citan cuando haces uso de tal aplicación, los editores y referees rebuznarán que eres un ignorante y que es de referencia obligada.

 

Vemos pues que acuñar acrónimos, si estás bien considerado por el establishment, es una manera muy directa de conseguir una fama y gloria inusitadas.  No hace falta despeinarse, ¿verdad? Sinceramente, la compartimentación del conocimiento científico resulta perniciosa por todos los lados. La mayoría de los científicos tan solo leemos de nuestra especialidad y nos pueden vender cualquier tipo de moto como nueva. En cualquier caso, al igual que la mitomanía de los científicos, tal “acrónimofilia” me tiene totalmente desconcertado. Tema también para ser seriamente estudiado por los expertos competentes. Recordemos lo que ya mentamos del vocablo calidad de suelos: “viejo vino en nuevas botellas”.

 

Veis que fácil es ser famoso y citado sin despeinarse.

 

      

Juan José Ibáñez

13:16 | gestionado por Juan José Ibáñez | Enviar comentario (39)