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jueves, 07 de septiembre de 2006

La variedad, ubicuidad y funcionalidad de las glicoproteínas viene de muy antiguo,  de las épocas prebióticas. Volvamos los ojos a las épocas pasadas.

 

El agua , a temperaturas elevadas conformó la “sopa primordial”, bajo un régimen térmico elevado y en condiciones atmosféricas estrictamente reductoras. En aquel entonces abundaban en el aire y en la solución componentes como el metano, el amoniaco, el hidrógeno y los cianuros. También abundaban los elementos inorgánicos en forma iónica, de los que muchos tienen la calificación de potencialmente tóxicos (ETPs) para los seres vivos actuales. 

 

Generar de forma abiótica un azúcar sencillo como es el glicolaldehido es posible incluso en ambientes lejanos a la Tierra, como lo demuestra su hallazgo en un área de la nube interestelar Sagitario B2. 

 

Los condicionantes ambientales descritos para épocas prebióticas, permiten a la monosacáridos mas pequeños incorporar unidades de C (crecimiento de la cadena carbonada), al estar claramente favorecido el proceso por un ámbito anaerobio de la atmósfera con abundancia de HCN y compuestos reducidos y altas temperaturas del medio líquido (síntesis de Kiliani-Fisher). Como consecuencia, de la sopa prebiótica, la biología seleccionó, a lo largo de su historia determinados monosacáridos, en los que por los resultados tuvieron gran éxito los monosacáridos entre dos y siete átomos de C.  Sus posibilidades de generar isómeros y derivados por conjugación y sustitución han permitido una selección verdaderamente interesante de monómeros, oligómeros y polímeros, que alcanzan a todos los ámbitos de la bioquímica, de la morfología, fisiología y organografía vegetal, animal y microbiana, cuya presencia y viabilidad llegan a nuestros días. 

Respecto a su funcionalidad cabe recordar que los azúcares (solos o asociados) están presentes entre otros en los ámbitos energético, genético, inmunológico, hormonal, endo y exo-estructural, o como estabilizadores de asociaciones celulares de todo tipo además de conformar interesantes grupos de SEÑALES de gran interés estratégico, que participan en ámbitos que van desde la regulación de la homeostasia de los individuos hasta el establecimiento de relaciones entre los seres vivos que configuran las comunidades.    

 

En aquellas condiciones reductoras y con la presencia obligada de metano, amoníaco e H2, polvo volcánico, una descarga eléctrica permitió a Stanley L. Miller, (promotor de la exobiología) en 1953 sintetizar en su laboratorio una mezcla de todos los aminoácidos tal y como hoy los conocemos tanto los de la serie D como los de la L.  Su gran reactividad y la posibilidad de generar enlaces peptídicos permitió el desarrollo de oligopéptidos y proteínas, facilitó el enriquecimiento de la “sopa primordial” en compuestos de alta reactividad, y su capacidad de reacción con los azúcares dio paso a las glicoproteinas objeto de atención de esta exposición. 

 

Cada uno de estos dos grupos moleculares y la conjunción de ambos, tiene una capacidades funcionales espectaculares.  Veamos algunas:

 

  • Pentosas, como la ribosa y la desoxi-ribosa pudieron enlazarse mediante puentes de fosfato y generar las bases nucleicas, que son fundamento de lo que conocemos hoy como genoma. Pero para conformar una organización estable, precisaban de puntos de apoyo, y echaron mano de glicoproteínas ricas en aminoácidos básicos como las histonas para conformar las primeras partículas núcleo fundamento morfológico de los actuales cromosomas.  La necesidades que tener en su entorno nubes de iones como el Mg, para ser funcionales, condiciona la operatividad de los ácidos nucléicos ubicados en las paredes bacterias, por lo que la infectividad o no de las mismas en el suelo, respecto de las plantas, depende de la riqueza absoluta y relativa de ese ión en la solución del suelo.  ¿Alguien controla este hecho en la aplicación de compost?

 

La energética bioquímica también usó casi desde el comienzo de la vida de estos compuestos.  Si bien es verdad que las primeras moléculas encontradas, capaces de retener energía fueron polímeros de anhídrido de fosfato (Volutinas) en una situación en el que el “despilfarro energético” no importaba demasiado, ante el régimen térmico existente, la aparición y asentamiento de las actuales formas (ATP, GTP) se desarrollaron más fácilmente al poder reducir el tamaño molecular de las mismas (mas viable) y retener la energía suficiente, únicamente dos enlaces anhídrido y otro éster que les ligaba con la ribosa.   De que este paso se dio en tiempos muy remotos, existen dos tipos de pruebas.  La primera en ver quienes son las bacterias que guardan el recuerdo de la Volutina, y en segundo lugar la participación del GTP (su síntesis se genera en el ciclo de Krebs) en procesos de tanta significación e importancia funcional como la síntesis de proteínas, o la regulación de los procesos de transferencia de moléculas en el seno de la plasmodesmata, por poner dos ejemplos.

 

  • Las posibilidades de generar inmuno-reconocimiento, dada la superficie y carga que tienen cada uno de los monosacáridos, y los conjuntos que conforman los oligo y polisacáridos, son mayores incluso que las de los péptidos y proteínas. (Por ello, ciertos grupos de investigadores se preguntan quienes son los guardianes mas antiguos de la información: las glicoproteinas o los ácidos nucléicos?.

 

  • La capacidad de inmuno-reconocimiento para conformar estructuras, entre monómeros de glicoproteinas, lo tenemos en las tubulinas, capaces de asociarse de forma espontánea entre si, conformando el citoesqueleto (microtúbulos y micro-filamentos) en todas las células y una red especial de comunicación en los vegetales (plasmodesmata) de extraordinaria repercusión en la forma de transferencia de nutrientes en el seno de sus tejidos, absolutamente distinta a la estrategia que emplean las células y los tejidos animales. Las glomalinas del pool lento son una consecuencia de esta capacidad, que tiene como consecuencias, no solo la ge-neración de estructuras agregacionales estables, sino todas las propiedades derivadas de la existencia y persistencia de estos “contructos” (mejor infiltración y penetración radicular, mejor intercambio de gases del suelo, mayor disponibilidad de nutrientes, nichos ecológicos de mayor numero y biodiversidad de individuos, mejor conservación de la temperatura del suelo y un largo etc de propiedades que hasta el momento solo estaban reservadas a los compuestos humificados en particular y al humus en general).

 

Por lógica molecular, las glicoproteinas poseen esta capacidad de inmuno-reconocimiento, que es usada por los seres vivos del suelo, como una forma habitual de comunicación, asociación, defensa y/o ataque.  Algunas de estas moléculas glicoprotéicas, como las leg-hemoglobinas o lectinas son utilizadas no solo para generar una asociación entre la leguminosa y el rizobium (de importancia global como puerta de entrada de N en la biosfera) sino también para reconocer determinados grupos sanguíneos en el hombre.  Curiosamente, cuando las lectinas se fracturan en sus unidades diméricas, se generan compuestos tóxicos (como la concanavalina A) capaces de afectar a los micro-filamentos del aster, lo que es útil en el manejo genético.  Los conjuntos de elicitores (moléculas generadas por hongos y bacterias) y de fitoalexinas (moléculas que condicionan respuestas de admisión positivas y negativas por parte de la planta) son las que condicionan en muy buena parte la conformación de los conjuntos biológicos en la rizosfera, o la infestación de la planta por parte del “fijador de nitrógeno”.  Como curiosidad, la pérdida de la capacidad genética de expresión de fitoalexinas por parte de la planta de tomate, hace que no pueda generarse la infestación, y los horticultores deban de gastarse el dinero en fertilizantes nitrogenados.

 

  • De esta capacidad de inmuno-reconocimiento se derivan otros aspectos interesantes, de los que quiero resaltar por su trascendencia, según criterio personal, de la participación de las glicoproteínas en la conformación de enzimas.  Hasta el momento, en mas de 350 de estos enzimas se reconoce, en el área estructural de sus moléculas, la presencia de monómeros glico-proteicos pequeños o intermedios. Todas las clases enzimáticas muestran su presencia, desde las oxidorreductasas a las hidrolasas y desde las ligasas a las isomerasas y transferasas. 

 

La capacidad de polimerización e inmuno-reconocimiento de las glomalinas se revela ahora como fundamental en los suelos y por lógica, pueden modificar criterios respecto a la inmovilización de moléculas enzimáticas atribuidas a los ácidos húmicos o a los oxihidróxidos o a las superficies de los carbonatos casi en exclusiva. 

 

Sin rechazar en absoluto la posibilidad de asociación entre glomalinas y ácidos húmicos, parece más lógico pensar, dada la capacidad de polimerización de las glomalinas, el que estas sean capaces de reconocer a esas fracciones glicoprotéicas de los enzimas exocelulares que se encuentren en la solución del suelo, y estabilizarlas y enriquecer a los agregados en la misma medida en que estos se conforman, gracias a este espectacular “super-pegamento”.  En esta situación, los compuestos húmicos y las superficies minerales desarrollaría un papel equivalente a los cofactores y a los reguladores enzimáticos dada la variada respuesta conformacional o distribución electrónica frente a cambios de pH o de potencial redox del medio de reacción, o también facilitando o evitando el acceso de los sustratos y/o productos hasta los centros activos de los enzimas, y regulando los equilibrios entre la matriz sólida y fase líquida del medio edáfico.  Y este mismo criterio podría extenderse a la relación entre glomalinas y bacterias, en el seno de los agregados y complejos organominerales del suelo, cuyas colonias, funcionales o no,  pueden percibirse con extraordinaria nitidez en microfotografías.

 

  • En el orden aplicado, si tengo razón en lo que digo, al escribir estas líneas se me ocurre que las glomalinas podrán convertirse en una inestimable herramienta para la edafotecnología enzimática, a la hora de usar enzimas en remediación/rehabili-tación de suelos, así como en la generación de un nuevo capítulo de sustratos edafo-enzimáticos que podrán desarrollarse, en un futuro no muy lejano, para su uso cultivos en forzado, dada la estabilidad agregacional y la capacidad de conservación de las capacidades catalíticas de los enzimas que presentan en la realidad investigada por nosotros en el seno de los agregados.

 

Entiendo, queridos lectores, que la vuelta al “curso lectivo” es dura.  Por ello también pretendo aportar algo de imaginación e ilusión a nuestros jóvenes investigadores.  El suelo también puede ser apasionante. Del mismo se desconocen muchas cosas y debemos de abrir nuestras mentes y recurrir a otras Ciencias para comprenderlo y respetarlo.

 

 Vuestro amigo y “duro profesor"

 

Salvador González Carcedo

18:56 | gestionado por Juan José Ibáñez | Enviar comentario (3)

Seguimos abundando en esta nota sobre el espinoso tema del fraude científico.  No es que me resulte grato que el personal piense que le estoy provocando (no es mi intención), empero es un tema que por su gravedad, debe abordarse imperiosamente, con vistas a encontrar soluciones que frenen la progresión de esta epidemia. Si las notas anteriores ya han provocado cierta animosidad y comentarios más que tendenciosos, me temo que la presente puede dar lugar a reacciones más airadas aún. No se porque algunos se dan por aludidos. Nada más lejos de nuestra intención atacar a los jóvenes investigadores, sino de describir un patrón que se ha detectado en numerosas ocasiones y que ha sido denominado así por Freeland: “Los jóvenes prodigiosos y el fraude”. Es ¿posible que un joven, por muy prodigioso que sea, pueda mantener durante años un ritmo frenético de publicaciones en revistas ISI, digamos que una por semana? ¿Difícil no? Lamentablemente, en muchos de estos casos, lo que se ha encontrado es fraude puro y duro, y del más reprochable.

 


Como en anteriores notas, seguiremos de nuevo la detallada monografía de “Horace Freeland Judson”, que lleva por título “Anatomía del Fraude Científico”. Ruego a los jóvenes investigadores que no se den por aludidos, ya que no tenga la menor inquina contra ellos, y no es nuestro propósito. Como veremos enseguida, la culpa no corresponde solamante a estos prodigiosos jóvenes, de la pluma más que veloz e imaginación más que calenturienta. Tal responsabilidad debe recaer también, imperiosamente, sobre sus “Jefes de laboratorio” y la cultura científica en que han crecido. Se trata de una regularidad más de fraude, entre otras muchas.

 

El problema de este tipo de fraudes consiste en que como eran tremendamente productivos, los “papers fraudulentos” son numerosísimos. He tenido que sacar a los “prodigiosos a colación”, con vistas a que en las siguientes notas pueda mostrar palmariamente el más que indecoroso papel de la mayor parte de lar revistas internacionales de prestigio, demostrando así una de las razones por las que se quiere promocionar el “open access”, los depositarios institucionales, así como los arbitrajes abiertos y/o públicos.

 

Freeland, narra estos casos con profusión de datos. Veamos si puedo ser conciso y genérico, con vistas a no extenderme en demasía. Como todos sabemos, los grandes equipos, dirigidos por algunas de las mayores eminencias de la ciencia, desean reclutar a los jóvenes de mayor talento. Lo que ocurre es que a menudo talento y productividad científica no van de la mano, o cuando se da el caso, pueden ser acompañadas de fraude. Horacio narra que, en general, eran los “niños predilectos de sus jefes”, que durante años jamás repararon en alabarles frente al resto del equipo. Nos comenta también que los consideraban casi como hijos, siendo a menudo las personas de su máxima confianza en el laboratorio. Sus resultados solían corroborar las conjeturas del "pope", por lo que su pasión desmedida hacia ellos parecía estar plenamente justificada. Obviamente, los jefes también firmaban sus papers ya que las hipótesis eran suyas. Por tanto la fe ciega en su trabajo era otra pauta acompañante, salvo alguna honrosa (pero destacable) excepción, que también nos narra Horacio. Y ese fue el problema: la fe ciega y el exceso de confianza, en lugar de dudar de la gesta de llegar a producir un artículo casi cada semana, en muchos casos, terminó por ser la guillotina para ambos.

 

Para ser claros, talento debían tener y/o mucha imaginación para “inventarse” llanamente los datos, de tal modo que su jefe quedara iluminado, tanto por la inteligencia de sus vástagos profesionales, como por la suya propia. El problema estriba en que estos "popes" que, además de dirigir los laboratorios con numerosos investigadores, pedir las subvenciones oportunas, dirigir centros (a veces en varios sitios simultáneamente), y toda la parafernalia que conlleva ser una verdadera autoridad científica (conferencias, evolución de proyectos, asesoramiento en materia de política científica, etc., etc.,), no tenían tiempo de revisar los datos de estos pequeños monstruitos. La fe ciega de sus superiores, como hemos dicho, les confería la libertad de inventar sin trabas. Y cuando digo “inventar” es “inventar”. Adicionalmente, en otros trabajos, soslayaban los ensayos que no se atenían a la hipótesis prevista, etc. Más aun, algunos apañaban el instrumental para que otros colegas y rivales no advirtieran sus manipulaciones sistemáticas, etc. Horacio narra hechos esperpénticos. El modo en que fueron descubiertos sus fraudes a lo grande es más variado. Sorprende tanto a Horacio, como a mí, que cuando sus casos pasaron a ser juzgados por tribunales académicos, se comprobara que: una seria revisión por los referees, de datos y tablas, hubiera bastado para detectar en muchos casos sus fraudes en un estadio prematuro. Si bien parece ser también, que el exceso de confianza les hacía ser, con el transcurso del tiempo, más imprudentes, descuidados y atrevidos. Es obvio que la evaluación por “sus iguales” no era tal. En muchos casos, por firmarlos jefes de gran prestigio, los editores los publicaron bajo su propia responsabilidad, sin evaluación previa: la competencia es dura y el criterio de autoridad  pesa mucho, así que ¡una llamadita al editor! (…), y evitamos que alguien se nos adelante. Pero lo mismo ocurre cuando presentan trabajos de calidad equivalente un mozo de Mozambique y uno de USA pertenecientes al MIT (y no me invento lo del MIT, ya que también fue tocado por este tipo de fraudes), o instituciones de tal calado. ¡No nos engañemos!: lo de los iguales es puro eufemismo, que lo sufrimos muchos no angloparlantes. Como comentaba Patarroyo, cuando estaba en USA no me rechazaban ningún trabajo, mientras que cuando retorné a mi tierra no me aceptaban ninguno. He hablado con expertos el caso de este último investigador y me encuentro en disposición de defenderlo (con ayuda de los colegas con los que he hablado, por supuesto). 

 

El drama fue aun mayor por cuanto sus jefes, una vez informados, se negaron a creer que sus protegidos realizaran tales prácticas, por lo que les defendieron vehementemente, sin analizar ni los datos, ni los papers. Como comentaba Horacio, fe ciega y tratarles como a hijos les obnubiló. De haber sido estos últimos más diligentes, verificando rigurosamente los resultados con sus “cuadernos de laboratorio” en la mano, no habrían evitado un cierto bochorno, pero sí, mostrada su dignidad y diligencia, no habrían cavado su ruina, ya que tales casos no hubieran obtenido el gran despliege mediático que los rodeó. Pero en la mayoría de los casos, no fue así, y mientras que los “prodigiosos” (“los detectados por supuesto, ya que seguro que hay más) fueron expulsados, ellos perdieron toda credibilidad ante la comunidad científica.

 

Horacio se pregunta, creo que con toda la razón, porqué en la mayoría de las situaciones de esta cata, los coautores no salieron escocidos (generalmente absueltos). Una de dos, o tampoco se leían los papers o eran responsables de encubrimiento alevoso (un “paper” más, sea como sea). En el segundo caso, deberían haber seguido la misma suerte que los “prodigiosos”, en el primero, como mínimo, serían culpables de mala praxis científica. Reflexionemos todos: ¿cuantos casos conocemos en los que coautores de nuestros trabajos no se han leído el “paper”? ¿O lo que es más grave, cuantas veces nosotros no hemos leído un “paper”, a veces por no entenderlo, a veces por desidia o exceso de confianza, cuyo investigador principal no hemos sido nosotros (a menudo por ser colateral a nuestra actividad). He revisado mi CV, y he detectado que, en las revistas ISI he cometido este error en dos de treinta, mientras que en las publicaciones "no ISI" 14 en 14 de 300 no he realizado la labor que hubiera sido necesaria. ¡Mea culpa! ¿Qué digo pues, si resulta que una de estas últimas contribuciones resulta ser fraudulenta? Insisto que debemos renegar de la hipocresía y reconocer nuestros errores. Después de leer a Horacio no me volverá a ocurrir.  

 

Con vistas e evitar consecuencias indeseadas, se ha propuesto una fórmula que consiste en reemplazar los términos autores y coautores por los de colaborador principal y otros ¡colaboradores!, señalando el papel que cada uno ha desempeñado en una publicación concreta. Sinceramente, a primera vista no  me parece mala idea. Sin embargo, tras sopesarla, considero que llevarla a la práctica es una tarea bastante compleja.

 

Terminemos pues con una pregunta que dará pie a nuestra siguiente contribución. ¿Qué hacen las revistas cuando entre sus páginas se demuestra que hay material fraudulento?

 

Juan José Ibáñez

14:43 | gestionado por Juan José Ibáñez | Enviar comentario (4)

El concepto de geoecosistema pretende abarcar a todos aquellos sistemas naturales que componen, e interactúan, en la superficie terrestre. De hecho, amplia la visión tradicional de la teoría ecológica al contemplar, con el mismo rigor y peso específico, las estructuras bióticas y abióticas del paisaje. El investigador Británico Richard Huggett, en 1995, elaboró una amplia síntesis de lo que entendemos por geoecosistemas, así como de sus raíces históricas. Básicamente, los geosistemas pueden ser entendidos como entidades dinámicas que responden tanto a sus propios cambios internos como del medio (externos), y cuyos componentes se encuentran estrechamente interrelacionados, organizándose jerárquicamente en el espacio y el tiempo. Se han elaborado diversas propuestas con vistas a la conceptualización de los geosistemas (analizan principalmente las estructuras abióticas) y geoecosistemas (analizan los componentes abióticos y bióticos simultáneamente), partiendo de la teoría de los sistemas jerárquicos. Las más recientes suelen conjugar las aproximaciones sistémicas tradicionales (Bertalanffy 1950) con las novedosas aportaciones de las ciencias de la complejidad. Muchas de ellas parten de la ecuación de de los factores de estado que propuso Jenny en 1941 con vistas a conceptualizar el suelo en base a un modelo de caja negra. Recientemente, se han propuesto aproximaciones basadas en las ciencias de la complejidad (Phillips, Ibáñez y otros). Pasemos pues a ver que nos ofreció Jenny hace ya más de 60 años.

 


Como hemos mentado, una de las conceptualizaciones del sistema suelo de más amplia aceptación se remonta a la ecuación de los factores de estado de Jenny (1941), también denominada “clorpt equation”, en terminología anglosajona. Según este autor, el estado de desarrollo de un suelo es función del clima (cl), litología (li), organismos (bio), relieve (re), tiempo (t) y otros factores relevantes (...). Expresado axiomáticamente:

           

S = f (cl, li, bio, re, t,...)                                 

 

Recientemente, tiende a generalizarse el uso del concepto de esferas, para referirse a la globalidad de los recursos naturales, introduciendo, simultáneamente, su dimensión espacial.  Por tanto, podemos lícitamente sustituir clima por atmósfera e hidrosfera (incluyendo también en esta última a la criosfera), organismos por biosfera, litología por litosfera y relieve por toposfera. Este impresentable administrador y colaboradores, en 1994 y 1995, con vistas a tratar el continuo suelo-regolito-modelado como una entidad única e indivisible, realizaron tal operación, trasfiriendo, además, la toposfera al  primer término de la ecuación. De este modo obtuvieron como resultado el siguiente formalismo:

 

Geoderma = f (sol, to) = f (at, hi, li, bio, t....)

 

Es decir, la geoderma sería una esfera de frontera con propiedades autoorganizativas propias que proceden de la acción conjugada y sinérgica en el tiempo de las mencionadas esferas primarias. Dentro de esta expresión podría incluirse también la acción humana o tecnosfera, segregándose pues, por sus peculiaridades, del resto de los organismos vivos.

 

Con posterioridad a su proposición inicial, el propio Jenny, en 1961 y 1980, modificó su propuesta inicial (primera ecuación descrita en esta nota) con objeto de formalizar el concepto de ecosistema, aunque de hecho se trata más bien del de geoecosistema, tal como lo se entiende hoy en día. Más concretamente:

 

ec, s, v, a  = f (cl, or, r, p, t,......)           

 

en donde ec puede ser cualquier propiedad del geoecosistema (p. ej. producción primaria), s sería una propiedad del suelo, v de la vegetación y a de los animales. Por su parte cl, or, r, p, t  y (...) son equivalentes a las de la ecuación (2).

 

Huggett, en 1991 y 1995 y Phillips en 1993 y 1998, así como este administrador en 1994 y 1995,  propusimos reformular este tipo de ecuaciones, ya sea para el suelo, ya para el geosistema, ya para el geoecosistema y la geoderma, en términos de esferas y bajo un sistema de ecuaciones diferenciales acopladas, más adecuadas para el estudio de los sistemas dinámicos (no lineales en este caso). Por ejemplo, la propuesta de Huggett de 1995, en términos matemáticos (denominada por el autor “brash equation”) es la siguiente:

 

 

db/dt = f(b,r,a,s,h) + z

 

dr/dt = f(b,r,a,s,h) + z

 

ds/dt = f(b,r,a,s,h) + z

                       

da/dt = f(b,r,a,s,h) + z

 

dh/dt = f(b,r,a,s,h) + z

 

 

donde b es la biosfera, r la toposfera, a la atmósfera, s la edafosfera, h la hidrosfera y z como la suma de forzamientos externos al sistema (litosfera, barisfera, cósmosfera, etc.). Como puede observarse, la litosfera queda excluida como variable interna del sistema. Este conjunto de ecuaciones diferenciales acopladas es el resultado de considerar a los geoecosistemas como entidades evolutivas constituidas pos unas esferas primarias íntimamente interrelacionadas. En contraste a la primitiva aproximación de Jenny, este modo de proceder permite tratar las interrelaciones mutuas (al menos conceptualmente) con mayor facilidad, por cuanto reconoce la reciprocidad interactiva entre todos los factores geoecosistémicos, a la par de asumir al tiempo como una variable independiente.

En contraposición a la ecuación de Jenny, la aproximación dinámica permite abordar, “teóricamente”, soluciones analíticas, o aproximarnos a ellas mediante técnicas multivarientes y utilizar modelos de simulación numérica. Otra diferencia fundamental consiste en que, a diferencia de la cosmovisión de Jenny, o de la clementsiana de la sucesión ecológica (basadas en la idea de desarrollo hacia un supuesto climax), los geoecosistemas emergen como entes evolutivos. En consecuencia, la concepción de fases progresivas hacia un estado climax deja de tener sentido. Cabe mentar aquí el mal uso por los edafólogos del vocablo evolución de suelos. Debería hablarse de desarrollo de suelos, dejando el térmico evolutivo en el sentido biológico. Ya trataremos de este tema en otra nota.  En cualquier caso mentar que el uso de evolución como sinónimo de desarrollo resulta ser confundente.

 

Nosotros (Ibáñez et al. 1991, 1994 & 1995) llegamos, independientemente, a conclusiones similares a las de Huggett y Jenny, cuando intentamos unificar bajo un mismo corpus doctrinal dos concepciones del suelo tan distintas como las de Jenny (1941) y Simonson 1959  (ya expondremos esta última en una nota posterior). Consideramos pues que los suelos (e implícitamente los geoecosistemas) son estructuras disipativas al borde del caos. En consecuencia, son susceptibles de estudio mediante disciplinas tales como la termodinámica del no equilibrio, la sinergética, la criticalidad autorganizada y la geometría fractal. Así, por ejemplo, para la sinergética, un sistema abierto debe formalizarse mediante el auxilio de dos tipos de descriptores. Los denominados parámetros de orden, describen la formación y el comportamiento de las estructuras macroscópicas ordenadas (horizontes edáficos y otros rasgos morfológicos). Éstos pueden ser considerados como descriptores fenomenológicos espacio-temporales de los procesos internos al sistema. Por su parte, los parámetros de control, determinan las influencias externas (p. ej. atmósfera, biosfera, litosfera, toposfera e hidrosfera). Lógicamente, los últimos se relacionan con el tipo e intensidad de los flujos de energía y materia que alimentan la edafosfera. Los sistemas de ecuaciones diferenciales que rigen la dinámica del sistema incluyen tanto a los parámetros de orden como a los de control y poseen, muy frecuentemente, un comportamiento no lineal. Estas aproximaciones también reconocen la naturaleza evolutiva de los sistemas naturales, en contra de las visiones sustentadas en una epistemología del desarrollo.

 

Para finalizar mentaremos que la aproximación de Jenny, es denominada de caja negra, por cuanto nos informa de los factores que rigen la formación y desarrollo de los suelos. Por el contrario, la propuesta de Simonson, es denominada de caja blanca, al dar cuenta de las estructuras del sistema, pero no de los parámetros que la rigen.  Obviamente una correcta formalización del suelo requiere de ambas. Sin embargo por tratarse de sistemas no lineales, las condiciones iniciales son de suma importancia y difíciles de determinar, por cuanto requieren reconocer también el estado del suelo y el ambiente en el momento t = 0, lo cual en la práctica es harto difícil.

 

Por tanto, lo dicho hasta aquí tiene un mayor valor didáctico y teórico que práctico. Finalmente Phillips (no sé lo que le ha sucedido a Huggett, que guarda silencio en los últimos años), tuvo que apelar al concepto de entropía y diversidad con vistas a poder avanzar, detectar y formalizar, como este administrador propuso en 1990, los patrones autoorganizativos en los suelos. Todos estos temas han sido tratados minuciosamente en nuestras notas sobre diversidad (ver la carpeta correspondiente en esta weblog). Hablando en plata, que una cosa es la teoría y otra la práctica. Más recientemente, conjugando física de fractales, multifractales y entropía, hemos ido avanzando en la comprensión del sistema edáfico, como también hemos mostrado en diversas notas de esta bitácora (carpeta sobre el concepto de suelo y sus representaciones).

 

Juan José Ibáñez 

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