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viernes, 18 de agosto de 2006

Durante estos días de agosto hemos dedicado varios artículos al tema de los incendios forestales que, durante el, año 2006, están afectando a Galicia. A pesar del título de esta contribución, que esperemos que sea la última (ya que nos vamos de vacaciones con la esperanza de que el problema, como mínimo, vaya a menos), no vamos a tratar las responsabilidades de los políticos en este caso concreto, sino más bien de su falta de atención a una disciplina científica casi por comenzar a desarrollar. Es hora de hablar claro, y no de insistir en buscar responsables directos entre los miembros de la clase política (el típico linchamiento en versión postmoderna). Llega el momento de incidir sobre aquellos factores preventivos que casi nadie parece recordar.  ¡No!. No reforestamos bien nuestros montes. ¡No! No hay una ordenación territorial adecuada y adaptada ni a los ambientes mediterráneos ni a los templados del norte de España. ¡No! No hemos sabido defender ante los organismos de la UE los problemas inherentes al abandono de tierras a que nos obligan los organismos comunitarios. Todo era previsible, como el desastre del Barranco de Bisecas, del que hablaremos ya en septiembre. Insistimos en invertir (poco y mal) en I + D + i, para ser más competitivos y nos olvidamos de aspectos básicos, o mejor decir urgencias históricas, cuya resolución requiere una investigación medioambiental que se clama desde la época de Joaquín Costa. Mientras casi todo el dinero se va en publicar lo que sea en revistas indexadas, la investigación ambiental española no se enfrentará seriamente a los retos que sufre nuestro país con vistas a salvaguardar nuestro patrimonio natural y cultural; nuestros paisajes tradicionales, actualmente casi arruinados por la desatención y desidia de una política científica (si es que existe) mal diseñada.


Cuando era joven y militaba en un grupo ecologista, todos (incluidos los científicos), acusábamos al gobierno central y en especial a la mano ejecutora de sus políticas forestales (el extinto ICONA) de que todos los veranos padeciéramos el azote de los incendios forestales. Casi todos pensábamos que las manos de las administraciones locales serían más sabias y cuidadosas con vistas a  ordenar sus respectivos territorios. ICONA estaba gobernada exclusivamente ingenieros forestales y había que poner cota a ello por las razones que luego comentaré.

 

Treinta años después, cuando las trasferencias autonómicas debían haber dado sus frutos sobradamente, y cuando ya no nos enfrentamos a un coto reservado a los susodichos ingenieros forestales, resulta que seguimos padeciendo la misma situación. Nada ha cambiado. Las autonomías tampoco han sabido o querido, enfrentarse a la realidad de nuestra idiosincrasia ecológica.

 

En mi primera charla pública en un congreso, cuatro meses después de entrar al CSIC (1977), escuché a un insigne ingeniero forestal hablar de la apertura de ICONA. Habían sacado una plaza (“una”) para incorporar a biólogos. Visto que yo había ya intervenido con una charla sobre la deficiente política forestal (y sus repercusiones sobre el suelo) que se llevaba en la provincia de Guadalajara, salté como un resorte para recriminar a aquél orador or su generosidad. Mis jefes me echaron la primera bronca. ¡Un becario joniezuelo de 4 ternos meses de experiencia! enmendando la plana  a los defensores de la política forestal española! Hasta ahí podían llegar. Casi treinta años después como podéis observar mantengo mi síndrome de “Peter Pan”. Es palmario que mi problema es patológico. Empero las argumentaciones que expuse (y eso que de ciencia casi nada sabía) siguen siendo vigentes. Poco tiempo después conocí a mi entrañable amigo José Luis González Rebollar, Ingeniero de Montes, “tránsfuga”, que se había pasado a las filas del enemigo y que criticaba la política forestal que de los gobiernos de entones  (desde un Centro del CSIC) y que poco ha cambiado por desgracia.  José Luis (JL) me comenzó a explicar la raíz del problema. Luego yo seguí mi propia andadura.

 

Con independencia de que llamamos bosques a los “cultivos de coníferas” (craso error que confunde al ciudadano) con vistas a satisfacer las demandas de madera y celulosa, en la antigua escuela de Ingenieros Forestales se seguía un adiestramiento de sus estudiantes siguiendo el modelo o escuela alemán. No creo que haga falta explicar a estas alturas que no se pueden imitar-importar políticas forestales de ambientes templados continentales a otros mediterráneos. Como vemos tampoco a Galicia. El resultado lo estamos viendo. Y aquí comienza el problema. Desde entonces muchas cosas han cambiado en el temario de la susodicha Ingeniería. No cabe duda. Al menos eso creo yo. Con el tiempo he ido conociendo a otros ingenieros forestales que han incidido en la selvicultura de los ambientes mediterráneos, tal como lo hace también J. M. Montoya Oliver. ¿Pero han sido estos cambios suficientes? Lo desconozco por completo. Los resultados me inducen a pensar que no. Es cierto que se aplican a sistemas silvopastorales como las dehesas. Ahora bien, no con vistas a repoblar nuestros montes.

 

En cualquier caso ya no podemos demonizar ni a ICONA, ni a la administración central, ni a los Forestales.  Los biólogos pululan por la administración, los recursos naturales y agrarios están en manos de las administraciones regionales, autonómicas o nacionales (escojan ustedes el vocablo del que prefieran), pero todo sigue igual. Es cierto que algunas CC.AA experimentan con repoblaciones con especies autóctonas que, al contrario que muchas coníferas al uso y los eucaliptos, no son amantes del fuego, es decir, pirofíticas. Pero, ¿cuantas de ellas? y ¿cual ha sido cuantitativamente la superficie reforestada con alcornocales, encinares, rebollares, quejigales, robledales, etc? Por lo que yo puedo observar en el campo muy poco, por no decir casi nada. Estas especies arden mucho peor, a pesar de que algunas como el alcornoque desarrollan cortezas para proteger sus troncos del fuego (eso es el corcho). Rasgos evolutivos como este, en nuestra flora autóctona, dan fe de la prolongada incidencia del fuego en nuestros ambientes. Empero estas sí pueden vivir sin el.

 

Ya he explicado sobradamente en otras comunicaciones anteriores [1, 2, 3 y 4] sobre incendios que, se sigue repoblando con “combustible altamente inflamable”. Las especies pirofíticas (insistamos una vez más, “amantes del fuego”; ¿vale?) tienen mil estrategias con vistas a que ellas mismas o sus vástagos (descendientes) sobre vivan. Para ello, deben ser presas periódicas del fuego. También, en las mentadas notas he explicado que vivimos en una cultura del fuego, en unos paisajes modelados por el fuego, por lo que algunas de las especias autóctonas son también pirofífticas (muchas especies de pino, jarales, etc.). Juan Pedro Zeballos os describirá en otra nota para explicaros las múltiples caras del pirofitismo (Juan Pedro!!!! Que me salen arrugas de esperar, córcholis).  ¿No amamos nuestros paisajes? ¿No celebran en la fachada mediterránea las fiestas locales con fuego? ¿Qué son entonces las fallas, la noche de San Juan, etc.,? ¿No nos gusta a casi todos la pirotecnia? ¿Por qué no entonces trabajamos con el fuego (quemas controladas, etc.) en lugar de luchar contra él? (esto es lo que hacen los norteamericanos) Pero lo que es peor, ¿porqué insistimos en repoblar con especies amantes del fuego?, y por lo tanto muy proclives a ser presa de sus llamas) Sí ya sé: son de crecimiento rápido, necesitamos madera y celulosa, estabilizar rápidamente laderas susceptibles de ser erosionadas, etc. Empero hay formas y formas de repoblar. Cabe mentar que una cosa es repoblar y luego permitir que la vegetación natural reemplace a la primera y otra bien distinta segfuir gestionándola como un “cultivo de madera” Habría que sacar a la luz cuanto dinero mueve esta industria, y cuanto se pierde en paliar los desastres que provoca (soslayando o no los intangibles, como el valor del medio natural que nos ofrecen disciplinas tales como la economía ecológica y la de los recursos naturales).

 

Sin embargo, tan solo ciertos aspectos son comunes entre los incendios forestales (que de hecho en la mayoría de los casos no son forestales; sino matorral a secas o matorral arbolado) mediterráneos y los que afectan a las zonas templadas de España y en especial a Galicia.  En Galicia, las condiciones climáticas no son idóneas para generar espontáneamente la incidencia de los incendios. La acción del hombre siempre está detrás. Y, por lo que he leído, los pirómanos gallegos del mundo rural iniciaron una cruzada contra las repoblaciones de coníferas por pura necesidad. Siempre vivieron en una relativa pobreza, por lo que la lucha por los pastos que se generaban tras el fuego de los que les desposeía el estado con sus malditas “repoblaciones” (y la prohibición a que pacieran en ellos) atentaba contra su supervivencia. El tojo era utilizado para hacer la “cama” (lecho) del ganado. Enriquecido por las heces del ganado el producto resultante (no entraré en detalles) era usado para abonar sus pequeñas huertas (pura agricultura ecológica). Todo ello, es decir su cultura se iba al traste sin más alternativas, en muchos casos, que emigrar. No nos olvidemos jamás de las raíces del problema que expongo aquí, tan simplificadamente que corro el riesgo de ser impreciso.  En definitiva, las repoblaciones les robaban parte de los recursos a su ya pobre y dura existencia. Y encima se les consideraba delincuentes.

 

Aunque sigo viajando a Galicia, mi trayectoria profesional ha divergido lo suficiente como para estar bastante desinformado de la realidad actual del agro gallego. No se puede juzgar a un pueblo que ha sobrevivido sufridamente una amarga existencia. Supongo que los amigos de Latinoamérica, a estas alturas ya sabrán porque emigraron masivamente. La idiosincrasia del gallego es atávica y hunde sus raíces en un feudalismo medieval distinto al del resto de la península. Allí era clerical en buena medida. Con excesiva frecuencia tenías que confesar tus pecados a su propio “Señorito”. De ahí su particular carácter, así como la ambigüedad en su forma de expresarse, que cariñosamente caricaturicé al hablar de “un modelo Gallego” de la representación del sistema edáfico”.

 

Debido al carácter húmedo y benigno de su clima, las repoblaciones son más exitosas que en la mayor parte de España, salvando el resto de la cornisa cantábrica. Empero al contrario que las otras CC.AA. del norte de España (Asturias, Cantabria, País Vasco y Navarra), los suelos de Galicia, se desarrollan sobre substratos ácidos son muy pobres en nutrientes y, como corolario, la producción de sus cosechas y pastos son ostensiblemente inferiores a los de las CC.AA mencionadas. La quema periódica del matorral aportaba ceniza al suelo fertilizándolo. El matorral era utilizado para abonar sus huertas. Dicho de otro modo, mucho de lo ahora repoblado, era fundamental para su supervivencia. Posiblemente sea otro factor a tener en cuenta cuando abordamos la razón de ser del uso del fuego en el norte de España. 

 

Del mismo modo, a muchos ciudadanos les sorprende la proximidad del fuego a las aldeas o zonas pobladas. Consuelo Ibáñez (es decir mi hermana) ya os explicó, en su primera contribución: que fue lo primero que vio al llegar a una Galicia “incognita” para ella, ya hace decenios; aldeanos intentando evitar que un incendio se propagase hacia sus viviendas. ¿Por qué? Simplemente, porque al contrario que en el resto de la Península, el poblamiento rural del campo en el norte de España es, lo que los geógrafos regionales llamaban “dispero”. Un poplamiento disperso significa que los habitantes no se concentran en grandes pueblos, sino que se dispersan en una plétora enorme de pequeñas aldeas y casas por todo el territorio. Mutatis mutandis casi siempre nos encontramos con alguna (o varias aldeas) cercanas a algún fuego.  Es casi inevitable Pero vayamos un poco más lejos.

 

Cuando uno transita por las estrechas y sinuosas carreteras gallegas (paisaje no alto pero sí muy abrupto, el gallego) resulta raro no estar entre algún tipo de masa forestada, casi siempre pinares o eucaliptos. Se trata de elementos foráneos a su flora que crecen por doquier, también espontáneamente. En sus interludios observamos matorrales de tojos repletos de sus hermosas flores amarillas y brezos con otras de tonalidades blancas, moradas, etc., entre los cuales crecen frondosos helechos. Andar entre ellos es casi imposible, sopena de terminar la caminata con más pinchos que Cristo en la Cruz. Estos sí son elementos autóctonos, pero también los que generalmente crecen tras las quemas controladas antaño de los pastores. Recordemos aquí que en ciertos países de la Europa atlántica helechos, brezos y brecinas son utilizados por los expertos como plantas indicadores de suelos sometidos a los efectos del fuego [el impacto del fuego sobre el suelo ha sido explicado en las notas 5 y 6]. Pero cambiemos de tercio ya que hay más, mucho más.

 

Hemos ya incidido en otra comunicación anterior, que la Política Agraria Común (PAC), impuesta desde Bruselas, ha fomentado y financiado el abandono de las tierras poco productivas y los suelos de Galicia lo son. Los campos, o son abandonados a su suerte (matorral que crece como resultado de siglos de quemas periódicas, y a menudo salpicados por los dichosos pinos y eucaliptos naturalizados), acumulándose una cantidad ingente de biomasa. En consecuencia, la “conectividad” entre las masas de “cultivos de madera”, con abundante biomasa y fácil presa del fuego”, queda garantizada por la de los matorrales que crecen vigorosos, gracias al clima. ¿Qué hay que abandonar el campo?, pues se abandona o repuebla. Así de responsables son nuestros políticos, ya sean estatales, autonómicos o locales. ¡Más leña al fuego! Aunque no conozco las cifras, es muy probable, que la biomasa gallega no agrícola actual esté alcanzando un volumen record en milenios. Pero aquí no acaba todo. Ni mucho menos. Queda mucha más leña para echar a la hoguera y que arda bien, sin problemas.   

 

Más recientemente la especulación urbanística ha venido a sumarse a los incendios inducidos por los moradores, y casi con toda seguridad por sicarios de las empresas papeleras. Los datos de asfaltización de costas gallegas, escasamente urbanizadas hasta hace pocos decenios, atestiguan una tendencia de muchos españolitos a comenzar a rehuir las pobladas playas y el calor húmedo mediterráneos, con vistas disfrutar de ¡un ambiente más fresco, de una gastronomía de fábula y de precios muy asequibles. Viajar por los paisajes gallegos es el puro turismo rural, justamente el que se nos vende desde todas las administraciones. Menos discotecas, más campo y naturaleza. Y aquí comienza otro problema. Con tal de que los urbanitas ibéricos disfruten de sus vacaciones, los Gobiernos de Galicia y del Estado con los apoyos a las infraestructuras que otorga la UE están cableando de autopistas hasta “Galicia”, eternamente aislada y abandonada a su suerte. Hace tres años, antes de las restricciones a la velocidad en las autovías, una amiga me llevó de Madrid a Vigo en menos de tres horas. Digamos que cuatro o cinco pueden ser normales, cuando hace un decenio su aislamiento (8, 10 horas, dependiendo de la localidad) desmotivaba elegir tales lares como lugar de descanso estival. Autovías, buena comida, precios baratos, todo a punto para lanzar un “boom urbanístico” que aún se encuentra en sus albores, pero que posiblemente ya esté generando estragos. Los promotores urbanísticos se frotan las manos. Los políticos también: más puestos de trabajo, más dinero para las arcas públicas, y en definitiva, bienestar y crecimiento económico, aunque sea en basado en el sector de servicios. Estrategia pensada para paliar los problemas pesqueros que han dejado a miles de gallegos sin poder ganarse la vida en la mar, así como al causado por el abandono de tierras. Esta es la estrategia fácil de nuestros dirigentes. Para qué pensar más ¿verdad? Pues miren ustedes los resultados.

 

En los ambientes mediterráneos y en los templado-atlánticos del norte de España no existe política paisajística alguna. Nuestras autoridades no saben de eso, ni les preocupa. Sencillamente están equivocados. No aman a su tierra, por mucho que se les salte las lágrimas cuando escuchan su himno. Desde luego no trabajan para ella. Los diseños paisajísticos, basados en la ciencia de la ecología del paisaje, ofrecen la oportunidad de ordenar en territorio en parches, corredores y matrices, impidiendo así un crecimiento desordenado del agro y de lasa zonas urbanas. Para ello son necesarios voluntad política y conocimientos técnicos, así como impartirlos entre los técnicos en nuestras universidades.  Y es aquí en donde en I + D + i y docencia no se invierte prácticamente nada. No se trata de acumular ingentes cantidades de medios anti-incendios, sino de evitar que estos ocurran, por lo que una ordenada gestión de los pasajes que no margine el desarrollo rural es imprenscindible.

 

No hay una silvicultura mediterránea, ni otra adaptada a los ambientes gallegos en la práctica. Como corolario, tampoco diseños paisajísticos que eviten ciertos desastres, que no son ninguna sorpresa, como pudo serlo el del “Prestige”, sino el pan nuestro de cada día. Instaría a que se reconsiderara todo esto. El resto ya ha sido tratado. Recomiendo la lectura de la visión de una profana en la materia, como lo es mi hermana Consuelo. Su nota se base en artículos de prensa sensatos. Se nos podrá achacar que se ha utilizado El País, un periódico que no suele ser del gusto del partido político en la oposición. No albergo duda de que se han escrito otros reportajes y noticias dignos de mención. Sin embargo, la prensa escrita, así como otros medios de comunicación de masas nos han ofrecido con especial deleite los ataques basados en la ignorancia y un repugnante sentido del oportunismo político de nuestros dirigentes, con independencia de su ideología. Todos ellos son culpables y lo seguirán siendo en el futuro hasta que no atajen los males aquí expuestos. Desinterés, falta de previsión, desprecio por la naturaleza y en especial por un pueblo, cuyas penalidades parecen invisibles incluso a sus gobernantes regionales.

 

Por último, que mentar el tema de la magnitud del desastre. Sencillamente no es tan grave desde el punto de vista natural. No debemos confundir al ciudadano haciéndoos sinónimos número de focos y extensiones quemadas con desastre ecológico. Resulta imperioso distinguir calidad y cantidad. Tras cinco o seis años los matorrales han cicatrizado las heridas del fuego. En 15 años los pinares o “cultivos madereros  no dejan señal de incendios pretéritos. Y que decir de los cultivos anuales. Los viñedos son otra cosa. Y peor aún la quema de bosques naturales y no de los dichosos cultivos para el uso industrial. ¿Cuánta vegetación natural de valor ecológico ha sido presa del fuego? Hoy por hoy parece que muy escasa, tal vez insignificante. ¡No es para tanto!. Focos y hectáreas dicen poco. El número de los primeros en Galicia siempre ha sido numeroso al contrario que la segunda magnitud mentada. Algunos de los grandes incendios de la fachada mediterránea han calcinado en un solo evento más que los centenares acaecidos este año en el territorio gallego. ¿Por qué no se dice esto al ciudadano? Y si lo que se quema es de escaso valor natural (…), tan solo hace falta indemnizar a los afectados.

 

Empero este año, al igual que el pasado en Portugal, han aparecido elementos comunes sospechosos, muy sospechosos, e infrecuentes en el pasado. Se trata de la sincronicidad, la proximidad a grandes núcleos urbanos y víctimas mortales. Más aun todo ha ocurrido en unos días en donde el viento dificultaba las labores de extinción. Todo indica una acción concertada que puede hundir sus raíces en intereses económicos de diversa índole, y lo que es peor, quizás políticos también. Si que podemos hablar de delincuencia organizada. Y esto, sumado a la carencia de noticias veraniegas, ha sido la mecha que ha disparado la enorme cobertura mediática. Ni más ni menos. Los políticos han convertido el tema su un campo de batalla.

 

Un gran número de focos, si no genera inevitablemente una tragedia, si acarrea necesariamente problemas logísticos graves. No es lo mismo concentrar todos los medios en un solo incendio que en varios cientos: divide y vencerás. No me atrevería a culpar al gobierno gallego por ello, por cuanto no era previsible, sino más bien altamente improbable. La historia así nos lo dice con sus estadísticas. No es viable económicamente acumular una gran cantidad de medios que solo se ponen a pleno funcionamiento una vez en decenas de años. Parte del material se encontraría obsoleto antes de poner estrenarlo.  Resulta entupido que los políticos hagan uso de tales artimañas maquiavélicas. Si es responsable el gobernó que hoy está en el poder también lo es necesariamente el que ha pasado a la oposición.

 

Es muy frecuente que los catastróficos sigan una distribución de tipo potencial. Es decir, en nuestro caso, muchos años arde poco, en alguno más y esporádicamente mucho. Planificar en base a los últimos puede resultar ruinoso. Pero aquí sí que surge una alternativa viable. Si cada CC.AA cuenta de unos medios adecuados a las frecuencias y extensiones normales con que el fuego actúa en su comunidad, tan solo hace falta que colaboremos para crear un ente Inter-autonómico que desplace rápida y eficazmente sus efectivos y material al lugar del desastre de turno. Pero para ello hace falta voluntad política y una estrecha cooperación entre autonomías. En España preferimos los “tortazos” ala diligencia política. Y así nos va. Ya hace un par de años elaboré un  extenso documento sobre las miserias y necesidades de una adecuada política ambiental en España. Se ofrecían propuestas concretas. Saco a colación el tema y tal documento porque sus sugerencias resultan a todas luces vigentes. Incluí tal documento como un enlace en una nota que casi nadie leyó hace meses.  Reitero que un diseño paisajístico, basado en los fundamentos de la ecología del paisaje es más perentorio que aumentar el número de cuadrillas e incidir en los cortafuegos. ¿Cuánto más se desertice el agro Español menos mano de obra habrá para limpiar el mote. La incidencia de un “determinado” blogero cercano, en este tema, no hace más que confesarme la ignorancia y ramplonería con que ataca el problema.  Leer más y escupir menos sandeces, por favor.

 

¿Y que decir más?: Tras lo sucedido en Galicia este año hay una trama organizada. Como diría el Doctor Carballeira:

 

“No creo en las Meigas, pero harberlas hailas”

 

Juan José Ibáñez

18:22 | gestionado por Juan José Ibáñez | Enviar comentario (5)

En una nota anterior, os explique mi visión del tema que nos ocupa en base a recortes de prensa y los comentarios de amigos y familia más expertos que yo en la materia. Pasemos ahora a ver los efectos sobre la salud, quemaduras aparte, en los que por mi profesión estoy más versada:


Riesgo para la salud humana por exposición al humo

En primer lugar vamos a exponer algunos de los componentes del humo, básicamente, los gases químicamente activos: Dióxido de carbono, Monóxido de carbono, Metano, Oxido nítrico, partículas metal clorhídricas y 1-3 butadieno. Estos gases, además de ser tóxicos para el hombre, actúan en la atmósfera contribuyendo al efecto invernadero.

Además, después del incendio, el suelo quemado sigue emitiendo gases que contribuyen al efecto invernadero gracias a la intensa actividad bacteriana de los suelos, que suele acentuarse más aun tras el paso del fuego.

El humo de los incendios destructivos está compuesto pues de una mezcla de gases y partículas microscópicas que se desprenden de la vegetación en llamas. El humo puede afectar los ojos, irritar el sistema respiratorio y agravar las condiciones de aquéllos que padecen de enfermedades cardíacas y pulmonares crónicas.

 

El humo puede causar:

·          Tos

·          Irritación en la garganta

·          Irritación de los senos nasales

·          Falta de aire

·          Dolor de pecho

·          Dolor de cabeza

·          Irritación en los ojos

·          Goteo de nariz

Si padece de alguna enfermedad cardiaca o pulmonar, el humo podría empeorar sus síntomas.

Las personas que padecen de alguna enfermedad cardiaca podrían experimentar:

·          Dolor de pecho

·          Pulso acelerado

·          Falta de aire

·          Fatiga

El humo puede empeorar los síntomas de aquellas personas que padecen de afecciones respiratorias preexistentes, tales como alergias respiratorias, asma y la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), en cuyo caso podrían experimentar:

·          Dificultad para respirar normalmente

·          Tos seca o con flema

·          Molestias en el pecho

·          Respiración con silbido y falta de aire

Cuando la concentración de humo se eleva demasiado, incluso las personas saludables podrían presentar algunos de los síntomas antes mencionados.

Si padece de alguna afección cardiaca o pulmonar como insuficiencia cardiaca congestiva, angina, enfermedad obstructiva pulmonar crónica, enfisema o asma, usted corre mayor riesgo de sufrir problemas de salud que una persona saludable.

Los ancianos tienen mayor posibilidad de verse afectados por el humo, tal vez porque es más probable que padezcan de enfermedades cardíacas o pulmonares que los más jóvenes.

Los niños corren mayor riesgo de salud por exposición al humo debido a que sus vías respiratorias aún están en desarrollo y respiran más aire por kilo de peso corporal que un adulto. Los niños, además, tienden a ser más activos al aire libre.

Limite su exposición al humo. Siga las siguientes recomendaciones para proteger su salud:

Preste atención a los informes locales sobre la calidad del aire. Esté atento a las noticias o alertas de salud relacionadas con el humo. Si se le recomienda permanecer adentro, mantenga el aire interior tan limpio como sea posible. Mantenga puertas y ventanas cerradas a menos que el clima esté extremadamente caluroso. Utilice el aire acondicionado, si cuenta con uno, pero cierre la entrada de aire fresco y mantenga el filtro limpio para evitar que entre el humo de afuera. Si no cuenta con un aire acondicionado y hace mucho calor adentro con las ventanas cerradas, refúgiese en otro lugar.

Utilice un filtro de partículas de aire de alta eficiencia (HEPA) para disminuir los problemas respiratorios. Un filtro de este tipo puede reducir el número de partículas irritantes presentes en el aire dentro de su hogar.

No aumente la contaminación en los espacios cerrados. Cuando la concentración de humo aumente, no utilice velas, chimeneas, estufas a gas ni ningún elemento que arda. No pase la aspiradora puesto que levanta partículas ya presentes en su hogar. No fume ya que con ello aumentará la contaminación del aire.

Si sufre de asma o de alguna otra enfermedad pulmonar, siga las instrucciones de su médico en cuanto a medicamentos y su plan de control del asma. Llame a su médico si sus síntomas empeoran.

Las mascarillas para polvo no son suficiente. Las mascarillas de papel contra el polvo que venden en las ferreterías sirven para atrapar partículas más grandes, tales como el aserrín. Estas mascarillas no protegerán a sus pulmones del humo.

Además de los efectos directos sobre la salud, existen otras consecuencias que pueden aparecer inmediatamente y/o a medio o largo plazo. La contaminación de suelos, agua y de la atmósfera aumenta la radiación solar y disminuye la humedad ambiental, reduce la disponibilidad de oxígeno y aumenta la contaminación atmosférica.

Por otra parte se produce una migración de animales, aves e insectos con la consiguiente pérdida de especies de flora y fauna silvestres y la posibilidad de invasión de especies de plantas foráneas invasivas; que a su vez, no solo interrumpen la dinámica de los sistemas naturales, pueden generara incendios adicionales.

 

La falta de vegetación en las laderas, cuando llueve o nieva pueden producir desprendimientos, disminuyen la calidad de los arroyos y ríos al contaminar el agua. Evidentemente, su llegada al mar no solo contamina las aguas si no que disminuye la disponibilidad de oxígeno en ésta con la consiguiente alteración del ecosistema acuático y puede producir una disminución y/o migración de especies. En cualquier caso la llegada de aguas cargadas de cenizas puede dañar tanto la producción de marisco en el litoral como también la de las piscifactorías.  

Seguridad del trabajador durante la limpieza de la zona afectada por el fuego

Incluso después de haberse extinguido un incendio, los trabajadores enfrentan riesgos. Además del riesgo de una zona humeante o un nuevo incendio, se incluye lo siguiente:

  • Riesgo eléctrico
  • Envenenamiento con monóxido de carbono
  • Riesgo de lesiones músculo esqueléticas
  • Estrés térmico
  • Materiales peligrosos
  • Lugares cerrados

Se debe informar a los trabajadores y voluntarios sobre las medidas de seguridad indicadas y estos, a su vez, deben acatarlas. El nivel de experiencia de los trabajadores y voluntarios varía, por consiguiente los equipos de limpieza deben trabajar de forma conjunta para garantizar la seguridad. Para mayor información, consulte el sitio Web: Recursos de servicios de emergencia (www.cdc.gov/niosh/topics/emres/sitemgt.html) (en inglés).

 

 

Consuelo Ibáñez

16:21 | gestionado por Juan José Ibáñez | Enviar comentario (1)

Groso modo, podríamos decir que el humus es la materia orgánica de los suelos o “SOM” (descompuesta), no la que aparece en los horizontes orgánicos de los que hablamos con anterioridad en las dos contribuciones precedentes sobre los horizontes orgánicos de los suelos forestales y de los horizontes orgánicos de diagnóstico en la clasificación de los suelos. Al unirse con la fracción mineral se generan los agregados del suelo que les confieren sus especiales características de esponja que favorece el desarrollo de las comunidades vivas, edáficas y epigeas. En esta contribución, destinada fundamentalmente a estudiantes, describiremos de la forma más elemental posible los distintos tipos de humus, con especial énfasis a la tipología universalmente más aceptado que distingue tres formas básicas en los ambientes bien drenados: Mull, Moder y Mor. Por su parte, el humus de los pedotaxa hidromorfos (sometidos periódica o permanentemente a anegación o encharcamiento) también puede ser clasificado, si bien ya abordamos una primera aproximación al tema en una nota anterior, estos serán descritos en una contribución posterior. Considerando esta último, muchos expertos tan solo añaden un tipo más: la turba, aunque como veremos se puede y se debe precisar más.


La tipificación que exponemos ha sido fundamentalmente realizada por las escuelas francesa, alemana y rusa de edafología. Es simple y muy didáctica. Como hemos precisado en el párrafo anterior, la materia orgánica fresca deviene en humus gracias a la acción de procesos físicos (troceado de la SOM fresca) químicos y biológicos. Se trata pues de compuestos amorfos (sin forma). Sus formas más interesantes, y con las que se une fundamentalmente a la fracción minerales, consiste en la trasformación de la SOM en los denominados ácidos húmicos, que como las arcillas (y esta es la clave), poseen  propiedades coloidales. En función de su resistencia a la degradación y grado de polimerización podríamos distinguir entre huminas, ácidos fúlvicos y ácidos húmicos. A su vez, estas últimas fracciones son clasificadas en subtipos. Pero esta es otra historia más compleja que será en su momento motivo de ulteriores contribuciones.

 

Estas moléculas se caracterizan por su elevado peso molecular insolubilidad en un medio acuoso y resistencia (siempre relativa) a la descomposición microbiana, aunque son, por supuesto, biodegradables en formas orgánicas menos complejas, o de mineralizan. Cuando se encuentran en abundancia, son las que otorgan el color oscuro típico de los horizontes órgano-minerales “A”. 

 

La relación de C/N  (carbono/nitrógeno) de estos compuestos es la base de la tipificación que presentamos, por cuanto ha sido asumido que está relacionada con el grado de evolución de la SOM. En consecuencia, al estimar la concentración de estos elementos en el laboratorio, tenemos ya una clasificación. No obstante, los expertos pueden aproximarse a su estimación aproximada en campo, sin análisis previos.

 

La importancia del humus sobre las propiedades del suelo es capital. Ya que condiciona en gran medida lo que ahora conviene en denominarse calidad de los suelos, atendiendo a su color, tamaño, forma y consistencia de los agregados del suelo, etc.   

 

Como veremos seguidamente, los criterios empleados para la clasificación del humus son los siguientes: caracteres morfológicos de materia orgánica (grado de descomposición),  actividad biológica, propensión a unirse a la fracción mineral formando agregados arcillo-húmicos, y la susodicha relación C/N

 

Como hemos, comentado, una primera clasificación obliga a separar el humus de los suelos bien drenados de los hidromorfos, más o menos turbosos. Por su parte la clasificación básica de los primeros sería la siguiente:

 

·         Humus bruto o  Mor: Se trata de materia orgánica muy pobremente humificada, abundante en restos de tejidos vegetales irreconocibles (humina heredada) y ácidos fúlvicos (poco polimerizados) fácilmente lixiviables y poco aptos para la formación de agregados estables. La actividad biológica suele ser muy escasa.  Cuando el ambiente no es muy árido, la SOM puede descomponerse mal si procede de restos vegetales de ciertas plantas, por lo que el horizonte órgano-mineral puede adquirir gran potencia y colores negruzcos, estando cubierto por abundantes restos sin descomponer (los denominados Horizontes L, F y H).  Dicho de otro modo, la estructura de los complejos órgano-minerales es bastante pobre Tal estructura tiende a ser laminar y no grumosa, como en los suelos con mejores tipos de humus. Abundan los micelios blanquecinos de hongos. En cambio la actividad bacteriana, fundamental para conseguir una buena humificación, es escasa. Suele abundar en los medios ácidos (oligotrofos: pobres en nutrientes –bases-), bajo ambientes húmedos y fríos y cuya vegetación, debido a su composición resulta  difícil de descomponer (coníferas, ericáceas, etc.). La relación C/N es elevada, superando frecuentemente a veces el valor de 25. Sin embargo también puede aparecer en ocasiones bajo ambientes más áridos.

 

·         Humus Moder: Se trata también de un humus no muy evolucionado, aunque algo más que el anterior. A diferencia del tipo Mor, la SOM es completamente irreconocible. Su incorporación a la formación de los agregados del suelo es más fácil que en el caso de los humus Mor, pero peor que en el Mull. Tales complejos arcillo-húmicos son de escaso tamaño y no muy estables. Sus ácidos fúlvicos poseen también una menor tendencia a ser lixiviados. Suelen presentarse en suelos ácidos, con un pH que oscila entre 4−5 y 5, con contenidos en bases pobres o medios (medio mesotrófico), bajo climas variados pero con predominancia los fríos y secos. La relación  C/N fluctúa entre 16−25, se decir mayor que en los Mor y peor que en los Mull. Sin embargo bajo la una cobertura vegetal cuya composición no favorece la humificación, también aparece en ambientes mediterráneos y suelos ricos en bases, frecuentemente carbonatados.

 

·         Humus Mull: La materia orgánica se humifica bien, dando lugar a agregados estables que mejoran las condiciones físicas, químicas y biológicas de los suelos. Los restos vegetales son infrecuentes. La actividad biológica es intensa. La vegetación sobre la que aparecen posee propiedades favorables para ser descompuesta rápidamente abundando las bacterias y, en medios eútricos o eutrofos (ricos en bases), abundan las lombrices: cuyos coprolitos lo forman agregados de formidables propiedades con vistas a retener nutrientes. De aquí la importancia de la vermicultura en agricultura. La relación C/N es siempre baja, generalmente menor de 12. 

 

Es frecuente que en ambientes forestales, el espesor de los horizontes orgánicos desciende siguiendo la siguiente secuencia: Mull Moder Mor.  

 

En cualquier caso, no conviene olvidar que en todos los suelos abundan todos los tipos de SOM en sus diferentes estados de descomposición (y neoformación cuando hablamos de ácidos húmicos). Lo que varía es su proporción relativa. Los factores que intervienen en la formación de los distintos tipos de humus serían la naturaleza del material vegetal a descomponer, la composición mineralógica del suelo y en especial la abundancia, que no exceso, de arcillas (textura franca), riqueza y/o deficiencia de bases (calcio, magnesio) ya que son extremadamente importantes para enlazar y estabilizar los agregados órgano-minerales y el edafoclima: temperatura, humedad y aireación.

 

Un humus adecuado es imprescindible para alcanzar lo que se denominan buenas calidades del suelo en lo concerniente a sus propiedades:

 

Físicas:

·     El color oscuro favorece la absorción de los rayos solares calentando el suelo y promoviendo la germinación de

   las semillas inmediatamente después de comenzar el periodo vegetativo)

  • Facilita el desarrollo de una buena estructura, que a la postre es la que mantiene una  de una porosidad idónea que posibilita la respiración adecuada de las plantas y de los microorganismos, a la par que satisface las necesidades de hídricas de la biota. Del mismo modo, una buena estructura favorece la resiliencia del suelo frente a los procesos de erosión y compactación, impidiendo el sellado por el impacto directo de lasas de lluvia.

 

Químicas:

  • Poder tampón o de amortiguación, por ejemplo, frente a los contaminantes (hasta un cierto umbral). Por ejemplo, la SOM atesora una gran capacidad de absorber y retener pesticidas (que de este modo no pasan a las aguas freáticas y corrientes).
  • Retención y disponibilidad adecuada de los nutrientes para la que sean asimilados por la vegetación (favorecida por la rápida mineralización de los restos vegetales y la formación de agregados estables).

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