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viernes, 11 de agosto de 2006

Aunque a lo largo de varias décadas se dio por sentado que, durante el Holoceno, la mayor parte de los paisajes forestales mediterráneos estaban constituidos por especies esclerófilas peremnifolias (mayoritariamente del género Quercus:: encinas, alcornoques, carrascas o coscojas, etc.), comienzan a acumularse pruebas de que su esclerofilización pudo ser en buena medida  posterior y predominantemente subordinada a la acción de las culturas neolíticas, si bien tampoco pueden excluirse implicaciones climáticas, o la acción conjugada de ambas fuerzas. En cualquier caso, las biocenosis mediterráneas tan solo emergen hace aproximadamente 7.000 años. Actualmente, la mayor parte de los autores consideran que la génesis de los actuales ecosistemas se debió fundamentalmente a los incendios, pastoreo y el desmonte (parcial o total) de los bosques primigenios por las actividades humanas.


Tales bosques eran más pluriespecíficos que los actuales, en lo que concierne a su foresta. Es decir el dosel arbóreo era mucho más diverso. Los paisanos también efectuaron un desmonte selectivo, dejando las especies de mayor interés para su subsistencia (p. ej., las encinas por sus frutos de “montanera”) en detrimento de la variedad original. González Bernáldez acuñó el término frutalización a la hora de describir tal práctica. ¿Cómo era pues el paisaje prístino de la Península Ibérica?

 

Sin descartar la presencia de masas forestales extensas y cerradas, especialmente en las áreas de fisiografía abrupta, la constatación de la existencia de grandes manadas de ungulados y la variedad de los depredadores sugiere la presencia en muchas llanuras de formaciones abiertas con abundante pasto. En otras palabras, hablamos de un paisaje sabanoide o una genuina sabana mediterránea,  parecida en muchos sentidos a las africanas de hoy en día. Estas serían en origen de las actuales dehesas del oeste peninsular, pero albergando posiblemente más especies de árboles.

 

Los grandes cambios de la vegetación mediterránea durante el Holoceno, como consecuencia de las actividades humanas incluirían: (i) la sustitución de las fitocenosis forestales por maquis, y de estas por maquis y garrigas (en las zonas más erosionadas) con la consiguiente alteración de los ciclos de nutrientes; (ii) la expansión de la vegetación esclerófila a costa de los bosques de hoja caduca; (iii) cambios drásticos y complejos en la estructura de las comunidades que llevaron aparejados, entre otros procesos, el incremento de las diversidades a (intra biocenosis); b (entre biocenosis) en los hábitats moderadamente perturbados y su dramático descenso en los degradados o desertificados; (iv) la susodicha frutalización, y (v) el “cerramiento” de algunas de aquellas zonas sabanoides una vez desaparecido la fauna original y ser substituida por la ganadería, que se restringiría a zonas geográficas más concretas. Cabe mentar aquí que muchas dehesas del este peninsular han desaparecido muy recientemente tras los efectos colaterales de las desamortizaciones de Madoz y Mendizábal. Es decir, hace unos 200 años, el este peninsular albergaba extensiones abiertas, pero más arboladas.  

 

La vegetación mediterránea de los primeros milenios del Holoceno parecía estar mayoritariamente, compuesta por especies caducifolias, o al menos éstas eran mucho más abundantes que en la actualidad. La sustitución de los bosques caducifolios y/o marcescentes por los esclerófilos pudo comenzar en el este de la Cuenca hace aproximadamente unos 8 Ka, y progresar luego hacia el oeste. De este modo el mencionado avance debió alcanzar la Península Ibérica hace unos 6.5 ka, si bien estas cifras están sometidas a revisiones continuas por los expertos. De ser cierta esta hipótesis, el proceso de sustitución de unas masas forestales por otras no fue sincrónico, coincidiendo más o menos con el avance de este a oeste de las culturas neolíticas. Los que defienden la hipótesis del cambio climático debieran tener enguanta que, entonces, el proceso lógicamente hubiera sido más sincrónico. Las evidencias actuales no sustentan tal sincronía. En cualquier caso, las evidencias paleoecológicas son escasas e imprecisas, por lo que, para algunos autores, no es descartable la posibilidad de que las mencionadas alteraciones tuvieran sus raíces en los susodichos cambios climáticos naturales (quizás también forzados en parte por el hombre). Sin embargo, como ya mencionamos, la leptosolización del paisaje (pérdida drástica de recursos edáficos) desciende de este a oeste de la Cuenca Mediterránea, apoyando la conjetura de una pérdida de suelo generada principalmente con la agricultura y el pastoreo, más o menos acorde con el tiempo sujeto a la neolitización. Es decir que el hombre parece haber sido el desencadenante de una drástica transformación del paisaje.  Pero tal transmutación se aleja a tiempos prehistóricos.

 

En cualquier caso, durante los últimos milenios, Quercus ilex y Quercus coccifera han sustituido a Quercus pubescens en grandes extensiones del sur de Francia; Quercus ilex, Q. rotundifolia  y Quercus suber a Quercus canariensis y Quercus pyrenaica en Marruecos Quercus ilex y Pinus nigra a Fagus silvatica, Quercus pubescens y Quercus petrea en Córcega ; en Dalmacia en aclaramiento de los bosques caducifolios primigenios dio lugar, primero a un incremento de Carpinus orientalis y Ostrya  y, finalmente, a la sustitución de todos ellos por matorrales de Juniperus, Phillyrea y Pistacea. En ambientes más frágiles, la degradación irreversible de los geoecosistemas y la erosión (desertificación) pudo terminar desplazando bosques y matorrales por una vegetación semiárida estépica rica en caméfitos y pterófitos, como es frecuente en el mediterráneo Afroasiático. Adicionalmente, la vegetación primigenia ha sido sustituida por matorrales y formaciones arbustivas del tipo de Quercus coccifera en aquellos lugares en donde las quemas regulares han convertido a estos últimos taxones en comunidades permanentes (estados estacionarios en terminología de la dinámica de sistemas). Se trata de lo que algunos autores denominan “disclimax” (“fire disclimax”), como ya vimos en otra contribución. De hecho, los maquis de coscoja parecen ser comunidades extraordinariamente resistentes a las perturbaciones (“resilient” en términos anglosajones). Algunos autores, son de la opinión de que la esclerofilia potencia la estabilidad frente a las perturbaciones, a costa de una reducción en la producción primaria neta. Estudios arqueológicos y paleoecológicos, constatan que la substitución de formaciones caducifolias por peremnifoslias y de estas por maquis y garrigas fue debida a una pérdida de espesor del suelo (leptosolización) debido a actividades antrópicas. En las montañas, tal situación generó una contracción o extinción (según los casos) de los bosques caducifolios por los del poso montano inferior (perennifolios exclerófilos) y del superior (pinares de alta montaña). Es lo que hemos venido llamando efecto pinza.  

 

Finalmente, cabe mentar que en ciertas zonas de las Sierra Gaditanas se conservan formaciones semejantes a las laurisilvas canarias. El topónimos del término laurel (en lengua catalana) también es frecuente en Girona, mientas que los laureles invaden ciertas islas de las rías bajas gallegas, en lugar de los robles, como cabría esperar en primera instancia. ¿A que viene esto? Por sorprendente que parezca, en localidades aisladas al sur de la provincia de Girona, a partir de esta última hasta el norte de Italia, e incluso en enclaves de las rías bajas, series largas de teledetección nos han mostrado la ausencia de paros vegetativos estivales e invernales durante la mayor parte de los años. Bajo estas circunstancias la presencia de laurisilvas, más que factible, parece probable. Queda por determinar sí desaparecieron ya como consecuencia de las glaciaciones, o si lograron acantonarse en ciertos reductos con microclimas excepcionales (existen evidencias de la presencia de tales bosques lauroides en el sur de las islas británicas, hace pocos miles de años). En cualquier caso, investigaciones a realizar podrán corroborar o refutar la conjetura de si permanecieron en el Holoceno o si aun podrían propagarse en las áreas mentadas de existir fuente de propágalos próximas (que obviamente no es el caso). 

 

Obviamente todo lo apuntado no descarta la incidencia de los mentados cambios climáticos naturales, como sucedió hace pocos miles de años en el norte de África. Empero los cambios de vegetación asociados a los asentamientos neolíticos corroboran la acción generalizada del hombre.  

 

Resumiendo, aun carecemos de las evidencias empíricas necesarias para refutar definitivamente, ora el origen natural, ora el antrópico, de los inicios de la aridificación de los ambientes mediterráneos. De hecho, también existen incertidumbres sobre la naturaleza local o regional (aunque aumentan las evidencias regionales) de las sustituciones de las especies caducifolias por las esclerófilas. El problema estriba en la falta de datos y en la dudosa datación de numerosas prospecciones paleobotánicas y geoarqueológicas. Pero si podemos hablar de que la desedificación en la península se produjo en tiempos prehistóricos y no históricos.

 

Juan José Ibáñez

17:06 | gestionado por Juan José Ibáñez | Enviar comentario (3)

Cuando comencé a principios de los ochenta a estudiar el impacto de los incendios sobre los suelos, albergaba un conocimiento muy ingenuo y al uso del papel pernicioso del fuego. Poco a poco, al ir leyendo bibliografía, comprendí cuan equivocado estaba. Recuerdo con especial interés los trabajos de Louis Trabaud, investigador francés pionero en el tema. Tas su lectura llegué a la conclusión de que los Los incendios son parte esencial de las perturbaciones naturales de los ecosistemas mediterráneos.


Las Comunidades vegetales que han sufrido la neolitización durante más tiempo son altamente diversas en especies, a la par que atesoran una elevada heterogeneidad espacial de tipo mosaicista, pero también con una elevada resiliencia frente a los agentes que las conformaron, primero los cambios climáticos, luego el fuego y finalmente el pastoreo, si nos atenemos a su historia desde el inicio del Holoceno. De hecho biodiversidad y resiliencia aparecen estrechamente vinculadas en numerosos estudios, tales como en algunos de los enlazados en este párrafo. El fuego, y las diferentes etapas en que se encuentran las comunidades vegetales en su recuperación tras el último incendio, generan su alta diversidad paisajística. Obviamente, no todas las biocenosis mediterráneas funcionan así. Estoy hablando de los susodichos maquis y garrigas, que aparecen en las zonas que han padecido durante más tiempo, y más intensamente, la explotación milenaria del ser humano. Ya analizaremos en otros artículos otros ecosistemas de la península Ibérica.

 

Trabaud nos hizo ver que, tras quemar maquis y garrigas, la estructura y composición florística de estas comunidades no cambiaba, tal solo la abundancia relativa de ciertas especies y la biomasa (obviamente tras arder es menor). Unos diez o quince años después, nada parecía haber ocurrido. En otras palabras, que el fuego no afectaba más que a su fisonomía de forma eventual. Del mismo modo, la función del fuego en la estructura, dinámica, gestión secular y evolución de los pastos mediterráneos es formidable.  De aquí la abundancia de especies pirofíticas en nuestro patrimonio vegetal.

 

Debemos advertir que muchos “llamados” bosques mediterráneos por la presencia del pino alepo o carrasco (Piunus halepensis) debieran ser considerados (y así lo defienden numerosos botánicos) como matorrales arbolados, ya que la composición de la flora no cambia con independencia de su presencia (la que genera apariencia de bosque). De aquí que cuando los medios de comunicación se hacen eco de se han quemado determinadas hectáreas de pino carrasco y matorral, me desentienda de la noticia. Para que un bosque deba ser designado como tal, deben aparecer las denominadas especies nemorales. La mayoría de los pinares litorales no las albergan. El bosque genuino genera un microclima muy concreto que afecta a la composición del sotobosque (especies bajo las canopias arbóreas), al contrario que los matorrales arbolados.

 

Obviamente tras el fuego se incrementan las tasas de erosión. Empero este hecho no está claramente relacionado con el tipo de vegetación previo (incluyendo la presencia de arbolado), ni tampoco con la respuesta de la vegetación, aunque de este hecho ya hemos hablado en nuestras notas a cerca de la erosión y desertificación en el mediterráneo. Como analizaremos en otra nota posterior, el efecto del fuego sobre el suelo, depende de múltiples factores, pudiendo ser benéfico o dañino, incluso por variables contingentes que no podemos determinar de antemano. En cualquier caso, la vegetación mediterránea ha soportado este tipo de pérdidas de recursos edáficos secularmente, aunque no milenariamente, como mostramos al hablar del efecto pinza (ya abundaremos sobre el tema, pero pinchar también aquí).

 

Reiteramos que la respuesta es igual en coscojares que en los denominados pinares (del pino mentado),  y que tal proceso es válido para toda la cuenca mediterránea, desde España a Israel. 

 

Rápida recuperación, ausencia de cambios en la composición de las comunidades (elevada resiliencia), naturaleza pirofítica de la comunidad, etc: naturaleza adaptada al fuego. Fuego que da carácter a nuestra naturaleza.

 

Os adjunto algo de Bibliografía  sobre Incendios forestales. Sin embargo, esta compilación que he encontrado es Internet es bastante pobre (hay mucho más).  Os añado alguna mía sobre el efecto de los incendios sobre el suelo.

 

Almendros,G., Polo,A., Ibáñez,J.J. & Lobo,M.C. 1984. Contribución al estudio de la influencia de los incendios forestales en las características de la materia orgánica del suelo. Rev. Écol. Biol. Sol, 21(1): 7-20. (Since 1992, vol. 29, journal retitled European Journal of Soil Biology).

 

Almendros,G., Polo,A., Lobo,M.C. & Ibáñez,J.J. 1984. Contribución al estudio de la influencia de los incendios forestales en las características de la materia orgánica del suelo. II. Transformaciones del humus por ignición en condiciones controladas de laboratorio. Rev.Écol. Biol. Sol, 21(2): 145-160. (Since 1992, vol. 29, journal retitled European Journal of Soil Biology).

 

Ibáñez,J.J., Lobo,M.C., Almendros,G. y Polo,A. 1983. Impacto del fuego sobre algunos ecosistemas edáficos de clima mediterráneo continental en la zona centro de España. Bol. Est. Cen. Ecol., 12(24): 27-42.

 

Lobo,M.C. e Ibáñez,J.J. 1985. Aportaciones al estudio de la estructura del sistema trófico en suelos afectados por incendios forestales. Aplicación del sistema de Electro-ultrafiltración. An. Edafol. Agrobiol., XLIII (11-12): 1527-1544.

 

Juan José Ibáñez

(ya muy, pero que muy quemado)

16:20 | gestionado por Juan José Ibáñez | Enviar comentario (4)