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martes, 04 de julio de 2006

A la hora de razonar, todos distinguimos entre individuos y sociedades o comunidades. Cuando relacionamos estas últimas con su medio ambiente hablamos de ecosistemas. Empero tal lenguaje, extremadamente útil, también es hasta cierto punto engañoso. Como hemos visto en las dos últimas contribuciones (como también en otras anteriores), el entramado de la vida es mucho más complejo. Lo mismo ocurre con el concepto de identidad individual. Es común, que tanto epistemólogos, filósofos y científicos se exasperen al profundizar en un determinado concepto. Cuanto más se intenta separar y discernir más confuso se torna el objeto de estudio.  Hemos visto como la mayoría (o al menos una ingente cantidad) de los individuos que habitan en el seno del suelo viven en mutua dependencia con otros de especies diferentes. Cuando hablamos, por ejemplo, de encina, nos referimos a ella como individuo. Empero en realidad no es tal. Sin ciertos organismos de otras especies no podrián sobrevivir. Lo mismo que las lombrices y el propio ser humano, por citar otros dos ejemplos entre millones. La vida es tan maravillosamente compleja que va mucho más allá de nuestras representaciones mentales y categorizaciones.  El reduccionismo impone unas barreras castrantes al pensamiento, inhibiendo en numerosos casos el progreso de la ciencia.


Numerosos seres vivos no podrían existir sin una plétora más o menos numerosa de simbiontes e incluso comensales. De no asociarse con estos últimos se habrán extinguido. De hecho, si han podido sobrevivir ha sido porque han vivido en coevolución. A veces, ésta es tan estrecha que terminan siendo un individuo en si mismo. Así nació la célula eucariota a partir de varias procariotas. Recordemos que sin este salto evolutivo no existirían los organismos multicelulares. Como bien apuntala Lynn Margulis (entre otros(as) investigadores(as)), la coevolución es un mecanismo evolutivo tan potente, y mucho menos agresivo, que los que nos dicta el neodarwinismo recalcitrante. De haber imperado, viviríamos en una sociedad mucho menos feroz y más solidaria. Hemos adoptado los roles de la cara más obscura y obscena de la evolución. Esto lo pensamos muchos. Pero el establishment no está aquí precisamente para permitir que la verdad científica (siempre efímera por definición) impere.

 

Muchos vegetales no pueden vivir sin su cohorte de simbiontes y comensales, lo mismo que ocurre en el mundo animal, partiendo de los invertebrados, que requieren sus bacterias intestinales con vistas a digerir y asimilar los nutrientes.  Hace algún tiempo, en el boletín de noticias de I + D + i, se podía leer una noticia francamente interesante: “Trazan el primer mapa del genoma de los microbios que viven en el cuerpo humano”. Si leéis el artículo detenidamente, veréis que tras obtener un bosquejo del mapa del genoma humano, urge obtener este otro, es decir el de la comunidad biológica Homo sapiens y luego analizar sus relaciones ecosistémicas. 

 

Al analizar e intentar preservar la vida, nos olvidamos de esta maravillosa complejidad. Muchas de las especies que pretendemos preservar requieren de una conservación de su biocenosis individual o del conjunto del individuo-ecosistema, con independencia que esas otras especies (la mayoría también verdaderas biocenosis) habiten en su interior corporal o adheridas más o menos a él. Fracaso histórico de la ecología, que tan solo recientemente comienza a vislumbrar tal cuadro en su verdadera magnitud. Reiteremos que muchos simbionetes y organismos asociados a estos  individuo-ecosistema habitan en el suelo (con independencia que la especie madre no lo haga), por lo que si no los preservamos, no podremos lograr que sobrevivan las especies que intentamos rescatar de la extinción. Urge pues entender la verdadera relevancia del suelo en toda su magnificencia. Aun debemos aprender casi todo sobre él. De nuevo nos encontramos con una estructura fractal invariante pues a los cambios de escala: Vida que anida vida, que atesora vida y que da vida a la vida.    

 

Nuestra sociedad, por ejemplo, madrileña, también en muchos aspectos es un individuo-ecosistema que habita en el seno de otros que son parte de otros. Si existe una sociedad global y hablamos de ella, nadie debería objetar nada al concepto de Gaia o Gea, por muy meticulosos que sean sus detractores. Así pues el individuo es una entelequia, como lo es el ecosistema. La realidad (sea lo que sea) se nos escapa.

 

El individuo deviene en ecosistema y el ecosistema adquiere la apariencia de individuo. Ambos son abstracciones y por lo tanto tan reales o irreales como deseemos que sean

 

Juan José Ibáñez

 

16:44 | gestionado por Juan José Ibáñez | Enviar comentario (8)

Realmente no hemos inventado nada, como bien saben los expertos en energía nuclear. En un planeta repleto de cables de las más variadas guisas ahora resulta que tampoco hemos sido novedosos. Resulta que unos insignificantes hongos, desde hace cientos de millones de años ya habían inventado el cableado masivo. Eso si es muy discreto. Se encuentra en el seno del suelo. Nadie nos habíamos dado cuenta. Ni tan siquiera sabemos que longitud aproximada pueden llegar a cablear en un metro cuadrado de suelo.  ¿Cientos de metros? ¿Varios kilómetros? ¿Cientos de kilómetros?, ¡A saber! Hablemos pues un poco de las micorrizas, que dicho sea de paso, pueden llegar a estar entre los organismos más grandes del mundo.

 


Las raíces de las plantas resultan ser unos sistemas exploratorios con potencialidades extraordinarias. Estas crecen y se ramifican continuamente durante los periodos activos del desarrollo vegetal, en búsqueda de los lugares en donde abunda el agua y/o los nutrientes. La forma y la disposición de las raíces de las plantas varían de acuerdo con las especies y las condiciones ambientales. Algunas especies de plantas concentran sus raíces en la superficie, otras en zonas intermedias o profundan en el suelo muchos metros, y finalmente, un tercer grupo explora simultáneamente varios horizontes edáficos. Tal variedad pudiera servir con vistas a reducir la competencia entre distintas especies que cohabitan en una misma comunidad (en la figura X hemos representado diferentes tipos de raíces, pero solo se `podrá ver cuando se arregle el sistema de weblogs).  La renovación de las raíces terminales, exploratorias (buscar, disolver y absorber), que son las que poseen menores dimensiones, es extraordinariamente rápida. Sin embargo, las plantas necesitan explorar ingentes cantidades de suelo con vistas a obtener agua y nutrientes, para lo cual la rizosfera, de la que hablamos en una contribución anterior, resulta imprescindible.  Muchos de los tipos de organismos que integran esta última (bacterias, hongos, levaduras, protozoos, etc.) son vitales en tal sistema exploratorio. Algunos de los últimos se asocian con las raíces (especialmente hongos y bacterias) con vistas a incrementar tanto el potencial exploratorio, como la disponibilidad de los nutrientes.  Expliquemos de nuevo como, las raíces liberan al medio circundante pequeñas cantidades de compuestos orgánicos como azúcares o aminoácidos, que favorecen el crecimiento de diversos microorganismos a su alrededor, generándose esa comunidad enórmemente compleja a la que llamamos rizosfera.

 

Los microorganismos favorecidos por los “regalos” alimentarios de la rizosfera pueden a su vez agradecérselo a  la planta, al acelerar la solubilización de nutrientes de la fracción mineral del suelo, o de la materia orgánica descompuesta o también, como sucede con ciertas bacterias, fijando el nitrógeno atmosférico. A veces la asociación con microorganismos es más estrecha que la de una simple rizosfera. Así, por ejemplo, las bacterias fijadoras de nitrógeno pueden vivir en el interior de las células de la raíz de las leguminosas o de algunas especies de árboles, matorrales y herbáceas. Pero la cosa no queda ahí. Va mucho más allá.

 

En muchos casos, los sistemas radiculares o radicales se asocian con hongos que viven formando apretados tejidos sobre su superficie (figura) y/o pueden ramificarse penetrando en los propios tejidos de las células radicales. Estos hongos, lejos de causar daño, son por lo general benéficos, ya que aumentan la superficie de absorción de la raíz con sus propios filamentos (hifas), facilitando a su vez la adquisición de ciertos nutrientes como el fósforo y el calcio. A cambio de ello, los hongos reciben parte de los nutrientes orgánicos que las plantas producen en la fotosíntesis. Se trata de los hongos micorrízicos o sistemas micorrizógenos. Una plétora de especies vegetales atesora tales sistemas, como los propios pinos y encinas, entre otros muchos, sin cuya colaboración no podrían crecer y sobrevivir. También presentan micorrizas casi todos los árboles de las selvas tropicales. Por el contrario, a mayoría de los cultivos de plantas de vida corta carecen de micorrizas, o éstas se encuentran poco desarrolladas. La abundancia y densidad de las micorrizas aumenta en aquellas regiones que presentan escasez crónica de algunos nutrientes, como ciertas selvas ecuatoriales sobre suelos muy pobres, del tipo de los Oxisoles, Ultisoles, Plintosoles, etc.  

 

Debido a las razones mentadas, el estudio de las micorrizas ha despertado gran interés, tanto en selvicultura, como en la piscicultura y agricultura (que de cultura no se trate), así como en biología de la conservación, por cuanto numerosas comunidades naturales, depende más de estas asociaciones de lo que antes se pensaba. En la figura X se ilustra la manera en que los filamentos de los hongos y las células de la raíz se ponen en contacto en un tipo particular de micorrizas, ya que existen distintos tipos bien diferenciados de estás últimas.  

 

Los mecanismos de ahorro de nutrientes, las defensas contra herbívoros, las asociaciones nutricionales con microorganismos en las raíces y un crecimiento más lento que en otros lugares más fértiles, hacen posible que existan plantas silvestres creciendo aun en los suelos extremadamente pobres.  

 

Resumiendo: ¿cuales son los principales beneficios que ofrecen las micorrizas a las plantas y viceversa? 

 

En el caso de los vegetales:

1) Incrementan el área exploratoria de los sistemas radicales.

2) Incrementan la potencialidad con vistas a la captación de agua y nutrientes como fósforo, nitrógeno, potasio y calcio del suelo.

3) Incrementan la tolerancia de las plantas a las variaciones del edafoclima, así como a la elevada acidez (pH muy bajo) en ciertos tipos de suelos, causadas, ya sea por una levada saturación del complejo de cambio por el aluminio, magnesio y azufre (esté último muy abundante en ciertos edafotaxa encharcados o sumergidos, como los que acaecen en los manglares).

4. Proveen protección contra ciertos parásitos radiculares tales hongos patógenos y nematodos. Ambos pueden causar graves daños en los cultivos y formaciones forestales.

5) Inducen relaciones hormonales que generan que las raíces captadoras de nutrientes permanezcan fisiológicamente activas por más tiempo que las raíces no micorrizadas.

En el caso de los hongos:

Reciben principalmente carbohidratos y vitaminas desde las plantas, es decir nutrientes esenciales para su vida, que por si solos no pueden generar.

Como vemos este inmenso cableado subterráneo, supera al que pudiera haber en las casas más ricas en aparatos eléctricos. Ahora bien, si los hogares pueden mantenerse con un cableado moderado, una buena parte (quizás todos) nuestros ecosistemas no. La vida que observaríamos sin estos cableados biológicos sería muy diferente de la que hoy podemos observar.

 

Cuando más avanzamos en la comprensión de la naturaleza, más nos tienta la idea que el hombre más que inventar redescubre lo que la vida consiguió cientos de años atrás.  Tanta arrogancia intelectual y (…)

 

Juan José Ibáñez

Con los cables cruzados

 

 

Nota: Mientras el sistema de las Weblog del Sistema de la Comunidad Autónoma de Madrid esté en el hospital, os recomendamos que utilicéis un buscador del tipo Goodle, pongáis la palabra clave (por ejemplo micorrizas), y una vez tengáis acceso a los documentos deis a la lengüeta imágenes. Es mucho más enriquecedor que las pocas imágenes que nosotros pudiéramos añadir.

15:25 | gestionado por Juan José Ibáñez | Enviar comentario (16)