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viernes, 02 de junio de 2006

En la última  colaboración hablábamos de los mecanismos de descontaminación que se aplican en la actualidad a los suelos. Ese mismo tema lo trataba Carmen Lobo en su intervención, en este caso no hubo buena coordinación. Para que no se repita y, como la auténtica especialista es ella, yo me dedicaré a tratar otros aspectos de la Edafología.

 

Hablaremos hoy del suelo como elemento del paisaje, es decir, de cómo las formas y los colores definen un lugar e identifican una realidad personal.


El término "paisaje" se utiliza para referirnos  a ciertos aspectos, generalmente perceptivos, del mundo natural. Esta concepción está en ocasiones ampliada o matizada, cuando diferentes profesionales: geólogos, ecólogos, geógrafos, arquitectos, la utilizan. Miguel Ángel Castillo, historiador del arte, afirma que todos aludimos al paisaje y utilizamos esta expresión en ámbitos tan diversos y especializados como la geografía, la economía, el arte, la política, la arquitectura, la ingeniería, la antropología, el urbanismo o la jardinería, disciplinas y actividades profesionales desde las que se define, se estudia, se crea o se gestiona el paisaje. ¿Pero todos ellos se refieren a lo mismo?. El Profesor  Castillo, contesta: evidentemente, no.

 

Ortega y Gasset utiliza el paisaje como una expresión del carácter de los pueblos, y González-Bernáldez habla de dos vías que hemos de tener en cuenta cuando hablamos de él. Una se basa en la percepción que cada individuo tiene de un determinado lugar, es decir, el observador interpreta el paisaje desde un punto de vista estético y emocional. La otra, surge del análisis científico de los diferentes componentes: rocas, suelos, vegetación, fauna, agua, clima.

 

Ahora bien, yo creo que ambas no son antagónicas, la naturaleza tiene sus propias leyes que determinan la evolución de cada elemento. El suelo, las rocas, la vegetación, el relieve, se explican desde el análisis científico. Pero si lo dejáramos aquí, nos quedaría incompleto, hace falta analizar la  impresión que causa en el observador, porque esta depende de otros parámetros como son sus recuerdos, sus sentimientos, en resumen, sus emociones. Son por tanto, dos formas complementarias de mirar, que generalmente no se pueden comparar, pero que en ocasiones, si se pueden compatibilizar.

 

Los suelos como elementos del paisaje también tienen un doble análisis, el que surge de su estudio edafogenético, y el que surge de su estética. Todos alguna vez hemos contemplado un paraje donde el color rojo del suelo contrasta con el blando de las rocas calizas de las que en tiempos pretéritos se formó. El estudio de esos suelos es apasionante desde la óptica del investigador, los procesos de descarbonatación y la posterior rubefacción (“enrojecimiento”) implican relacionar factores climáticos con génesis antiguas, por lo que su análisis nos transporta a otras épocas con otras condiciones ambientales. La contemplación de esas rocas entre las que surge la tierra roja, y  sobre los que crece, en muchas ocasiones, un encinar o un quejigar, no es menos apasionante. Los paisajes cosidos por surcos en la base de las laderas, las tierras yermas o las vegas fértiles, junto al Río Duero que tantas veces canto Antonio Machado, nos aproxima a otra Edafología que tiene más que ver con el placer de la contemplación que con el placer de la investigación.

 

Hasta otro día

 

Antonio López Lafuente

15:20 | gestionado por Juan José Ibáñez | Enviar comentario (0)