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jueves, 27 de abril de 2006

Ya hemos comentado que muchas zonas climáticas de la tierra presentan regularmente períodos más o menos extensos de sequía., encontrándonos en ellas la mitad, aproximadamente, de los grandes ecosistemas terrestres (bosques tropicales secos, sabanas, bosques y matorrales mediterráneos, praderas y estepas, desiertos). Aunque nos hayamos referido  a las selvas tropicales húmedas como un “paraíso” para la vida vegetal, incluso en ellas pueden existir sequías severas cada cierto número de años.


Se puede asegurar que a escala global la escasez de agua es el principal factor limitante para el crecimiento de las plantas tanto en las comunidades naturales como en los cultivos. Esto se debe a que las plantas absorben grandes cantidades de agua.  Ellas necesitan cantidades mucho mayores que las que necesitan los animales de peso comparable, pues más del 90 % del agua que absorbe una planta acaba liberándose en el aire como vapor de agua. Esta pérdida por evaporación a través de cualquier parte de la planta, pero principalmente por las hojas, es lo que se conoce como transpiración.

 

Este proceso es el principal responsable de que exista un movimiento continuo de agua a través de las plantas o corriente transpiratoria. El agua del suelo entra por las raíces, se mueve por los vasos conductores, llega a las hojas y allí se evapora a través de los estomas. Se puede considerar que la transpiración actúa como una bomba de succión que hace subir el agua desde el suelo hasta las ramas más altas. Además, a esta presión de succión proveniente de las hojas se añaden la presión de raíz (que también es de carácter osmótico) y la estrechez de los vasos conductores que hace que las columnas de agua no se rompan cuando la transpiración “tira“ de ellas.

 

Las plantas pueden disminuir esta pérdida continua de agua por evaporación cerrando los estomas, pues por estos pequeños poros se pierde la mayoría del agua.  Pero entonces el dióxido de carbono imprescindible para la realización de la fotosíntesis no puede entrar en las hojas. Esto es así porque la epidermis foliar está recubierta por una cutícula cérea que es muy impermeable tanto al agua como al dióxido de carbono, por lo que éste no puede entrar en las hojas si no están abiertos los estomas. Estos pequeños poros tienen que “decidir” si abrirse para que continuar la fotosíntesis y que la planta pueda crecer o cerrarse para evitar la desecación y el marchitamiento. 

 

   Las plantas terrestres no han conseguido todavía separar estos dos procesos (y ya han pasado más de 400 millones de años desde que salieron del agua e intentaron colonizar los medios terrestres, y aunque les costó bastante tiempo parece que han tenido bastante éxito),  de tal forma que si entra dióxido de carbono en las hojas se pierde agua por transpiración. Lo que sí han desarrollado son una serie de adaptaciones para minimizar las pérdidas de agua y mejorar las ganancias de dióxido de carbono.

 

Más adelante podremos hablar de la ocupación de la tierra firme por las plantas y de la adaptaciones que tuvieron que desarrollar en un medio en principio bastante hostil para ellas, aunque no se si éste es el lugar apropiado para ello o si será de interés. Como resumen podemos decir que las adaptaciones más importantes que tuvieron que adquirir las plantas terrestres son : la impermeabilización de la superficie del tallo y de las hojas con una cutícula que debe tener aberturas (estomas) para dejar pasar el aire al interior de las hojas, la transformación de células internas alargadas en conductos o vasos para la conducción de los nutrientes y el agua, y la trasformación de un órgano de sujeción como es el rizoide de las algas en un sistema radicular que se pueda extender por el suelo.

 

¿Existirían ya suelos en las zonas emergidas pero sin ocupar por la vegetación? Tendrían características muy distintas a los actuales, pero ¿podrían considerarse suelos?

 

Cuando hablamos de las plantas y del agua debemos tener en cuenta que más que la cantidad de lluvia que pueda caer sobre un terreno, es la cantidad de agua que se encuentra disponible en los suelos la que es determinante para la distribución y abundancia de muchas especies vegetales. Una gran parte del agua se puede perder por escorrentía superficial, por infiltración a capas demasiado profundas o se puede evaporar directamente desde la superficie del terreno, por lo que deja de ser aprovechable por las plantas.

 

Aunque el aporte principal de agua al suelo es el agua de precipitación, y en algunas zonas el agua subterránea cercana a la superficie, el hombre hace ya miles de años que comenzó a desarrollar los sistemas de regadío, aportando agua al suelo como agua de riego, tanto en los cultivos de regadío como en los jardines.

 

 El próximo día (prometo no tardar tanto esta vez) comenzaremos a hablar de como funciona el suelo como “almacén” de agua para las plantas.

  

Juan Pedro Zaballos

16:04 | gestionado por Juan José Ibáñez | Enviar comentario (23)