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sábado, 18 de marzo de 2006

En la contribución precedente en la que abordamos sobre La tipología de los procesos erosivos , mostramos que la erosión del suelo se podía dividir al menos en quince categorías distintas. Resulta ser esta variedad de mecanismos los que impiden obtener una adecuada cuantificación de la erosión, con independencia de la escala considerada (OCDE 2003). Diversos mecanismos requieren distintas metodologías e instrumentación para su estimación rigurosa. A este problema hay que añadir el de la transferencia de información entre las escalas de experimentación e instrumentalización de campo y laboratorio (p. ej. parcelas y cuencas experimentales) y el de las estimaciones regionales requeridas para valorar la magnitud de los procesos implicados, así como sus consecuencias ambientales y socioeconómicas. Surge así un nudo gordiano que ha impedido, hasta el momento, obtener cuantificaciones científicamente rigurosas, más allá de las micro-cuencas  instrumentalizadas (OCDE 2003).


Por estas razones, gran parte de los datos presentados en la literatura suelen obtenerse mediante procedimientos indirectos, cuya adecuación está aun en la mayoría de los casos por demostrar (OCDE 2003): (i) juicio experto (p. ej. metodologías del tipo GLASOD; (ii) modelos numéricos (ya sean empíricos, estocásticos o deterministas), etc. Así pues, la cuantificación de los procesos erosivos sigue siendo una tarea cuasi-inabordable y un reto para la comunidad científica, al contrario que el sellado, cuyo inventario y monitorización resultan ser mucho más asequibles apelando al uso de la imaginería satelital, aunque tampoco exento de problemas.

 

Distintos tipos de suelos poseen diferentes susceptibilidades a los diferentes procesos erosivos. Este hecho añade un nuevo obstáculo para la cuantificación. Debido a que la edafodiversidad puede ser muy elevada, incluso en espacios geográficos de escasa extensión, la obtención de estimaciones rigurosas requiere partir de bases de datos georeferenciadas sobre los distintos tipos de suelos y las propiedades físico-químicas que los hacen susceptibles a los distintos tipos de erosión. Estos inventarios, costosos en términos financieros y de larga ejecución, no habiendo sido elaborados salvo en contadas ocasiones.

 

Finalmente, cabe señalar que por término general, no se distingue entre pérdida de suelo y producción de sedimentos. Aunque los procesos que pudieran generar ambos problemas fueran los mismos, la pérdida del recurso suelo afecta directamente a la biosfera, por ser la capa fértil desarrollada en la interfase biosfera-litosfera-atmósfera-hidrosfera, en donde surgen, crecen y se desarrollan los ecosistemas terrestres. Por el contrario, la pérdida de sedimentos no edafizados puede acarrear problemas como el de la colmatación de los embalses y/o el flujo de sedimentos hacia la desembocadura (ver erosión costera) pero no constituye una pérdida del recurso en sí misma. Este, es por ejemplo, el caso de muchos de los paisajes acarcavados (badlands). Estos pueden perder la capa fértil. Sin embargo, tras producirse este hecho, los sedimentos que se pierden no deberían ser considerados como pérdida de suelos sensu stricto. Existen otos múltiples ejemplos que podrían presentarse.  ¿Qué valor tienen entonces los datos que aparecen en la prensa especializada y en los medios de comunicación? Sinceramente pienso que ninguno, por mucho de que nos quieran convencer de lo contrario.

 

Más aún, para ciertas tipologías, como es el caso de la sufusión, no se disponen de técnicas adecuadas para estimar las pérdidas de materiales edafizados.

 

Considero que el método más extendido para analizar directamente la erosión: las parcelas experimentales, son valiosas a la hora de analizar ciertos procesos de erosión (difusa, en surcos, sellados por el impacto de las gotas de lluvia, etc.), o los impactos ambientales que los generan (laboreo, incendios, etc.), pero no a la hora de ofrecer cuantificaciones del volumen de materiales edáficos que se erosionan (o que se redistribuyen, lo cual no es una genuina pérdida del recurso).

 

Las cuantificaciones indirectas, como las obtenidas mediante la aplicación de la famosa Ecuación Universal de Pérdida del Suelo (USLE), no merecen ni ser comentadas. Tan solo diremos que los mapas que se generan son absolutamente confusos y confundentes.  Así por ejemplo, es usual que se estimen tasas máximas de erosión en enclaves en donde ya no queda suelo. Insistimos en el hecho trivial de que, si no hay recursos no puede perderse. Se trata de cuanto dinero se puede robar a un pobre que no lleva euros en su bolsillo.

 

Resulta lamentable que el MIMAN, todavía este invirtiendo dinero en financiar este tipo de cartografías. No sirven para nada. Pero aún más extraño resulta que este ministerio haya contratado a una consultora privada para llevar a cabo tal proyecto, por cuanto no cuentan ni con especialistas en el tema, ni con asesores expertos "conocidos". Se antoja indignante que cuando existen más de 400 edafólogos en España con dificultades para obtener financiación, se entreguen cuantiosas sumas de dinero a empresas o consultoras de tal guisa. Algo extraño parece subyacer en esta toma de decisiones. ¿Quién le pone el cascabel al gato?  

 

 

Juan José Ibáñez

 

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