LoginRSS 2.0 Feed

viernes, 03 de febrero de 2006

La dimensión del sellado del suelo se hace evidente al primer golpe de vista por el impacto visual que produce en la mayoría de las personas. Su grado de artificialización del medio produce, o puede producir, en el observador una relativa sorpresa y rechazo de lo que se ve, al atentar, en mayor o menor medida, contra lo que entendemos como entornos equilibrados. No hay que olvidar que, dentro de la dinámica de cambios de usos y transformaciones de las cubiertas del suelo hay otros fenómenos que son también agresivos con el medio que los sustenta pero que pueden ser percibidos de manera distinta, como son las intensificaciones agrícolas o, incluso, la extracción de rocas con interés industrial, las canteras.


Por lo tanto, en el fenómeno del sellado del suelo intervienen varios factores que lo hacen físicamente y perceptualmente grave: sus propias características estéticas, el que sea un proceso acumulativo y extensivo, que su dinámica sea prácticamente irreversible, que estéticamente pueda constituir un elemento trasgresor a lo que percibimos como entorno agradable y que constituya en la cadena depredadora del hombre el grado máximo de intervención y consumo de recursos naturales.

 

Desde el punto de vista ambiental, entendiendo el suelo como recurso finito con valores de vida propios, el sellado es particularmente grave (no por ser el principal factor de degradación en Europa, y el más grave y serio de la desertificación en España y otros países del Mediterráneo, incluso constituya una preocupación a nivel planetario) sino por, como se ha dicho, la irreversibilidad del proceso y por la magnitud del fenómeno tanto en superficie en recurso suelo consumido como por las derivaciones asociadas del mismo: al no existir edafosfera desaparece la posibilidad de continuación del resto de sistemas bióticos.

La dimensión territorial, o de planificación, del sellado artificial también es considerable. No se trata de que hoy por hoy no se haya consumido, proporcionalmente, una cantidad de territorio suficientemente significativa, aunque estemos en zonas de amplio y constante desarrollo urbanístico, como es el caso de todo el borde Mediterráneo de España, incluyendo algunos lugares de Galicia. En realidad el sellado del suelo tan masivo que hemos tenido en los últimos años indica un modelo socioeconómico basado en un sector productivo (la construcción) frágil que puede entrar en regresión rápidamente y que valora más la dinámica especulativa de la vivienda que una economía equilibrada y sostenible. Una segunda dimensión es la concentración territorial que, además, al menos en el borde mediterráneo, se asienta sobre todo en la franja litoral, por debajo fundamentalmente de los cien metros de altitud.

 

Sin embargo, aunque cada vez más seamos conscientes de que el proceso de artificialización es preocupante, sobre todo cuando se nos hace día a día más difícil el poder alcanzar los precios de las viviendas, y que debería ponerse un cierto freno al mismo -al menos para llevar a cabo un modelo de desarrollo no tan exigente y especializado- el fenómeno por aparente que sea no está muy bien cuantificado y, posiblemente adolezca de incertidumbres a la hora de llevarse a cabo la tarea. De principio, el inventario, su cuantificación, exige niveles de precisión importantes, pues, por poner un ejemplo, no todo lo urbanizables está urbanizado, y no todo lo urbanizado es construcción o está sellado. Falta también, a partir de esa aproximación, saber el tipo (en cantidad y calidad) de recurso estamos perdiendo; saber el grado y en que manera degrada la artificialización del suelo; con qué otros entornos, más próximos y lejanos se relaciona...

 

En suma si, hoy por hoy, debemos considerar el sellado artificial del suelo como una característica del modelo socioeconómico imperante en nuestro país, el conocimiento de su verdadera magnitud no sólo se basa en su cuantificación y cómo se hace, sino también en las consecuencias que el mismo tiene en el suelo, y el medioambiente.

 

Juan Antonio Pascual

Centro de Investigaciones sobre Desertificación

CIDE (CSIC-UV)

15:25 | gestionado por Juan José Ibáñez | Enviar comentario (0)

La Edafodiversidad: Una historia Repleta de Grandes Científicos Olvidados 5

Edafodiversidad y Biodiversidad 20e. Antecedentes sobre Geodiversidad como ejemplo de las voces silenciadas de los científicos que se adelantaron a su tiempo

El caso que vamos a exponer seguidamente es de lo más singular. Les ruego que presten atención con vistas a comprender como la actividad científica no puede entenderse fuera de un contexto sociológico-científico de lo más acientífico que pueda imaginarse. Lo hemos dejado para el final, por su interés. Johnson y Simberloff, en 1974, observaron sorprendidos que, al menos en el caso de las Islas Británicas, la edafodiversidad de los paisajes de suelos predice mejor la riqueza en plantas vasculares que el área, latitud, distancia al continente, y otras variables abióticas, sí tenidas en cuenta por la Teoría de la Biogeografía Insular.


Estos autores sugieren que el papel jugado por los suelos en la biodiversidad vegetal podría indicar que la heterogeneidad de las estructuras abióticas del hábitat, más que el área per se, o los postulados de la Teoría de la Biogeografía Insular, serían los mecanismos subyacentes generadores de la diversidad biológica. En consecuencia el área podría ser en sí misma sólo un indicador indirecto de la diversidad de hábitats. Sin embargo, Johnson y Simberloff no se atrevieron a postular ninguna hipótesis articulada, sugiriendo que: "las pruebas definitivas deberán esperar la investigación de científicos ingeniosos que diseñaran un experimento crítico a este respecto". Es decir, que parece que nos esperaban a nosotros (que de ingeniosos no tenemos nada), ya que en 2001 reanalizamos los datos de Johnson y Simberloff, detectando que tanto las SPARs, como las relaciones edafodiversidad-área, se ajustan a una ley potencial con un exponente cercano (plantas vasculares) o igual (edafotaxa)  a 0.25 (ver gráfico 19 de la galería de edafodiversidad), tal como postula la Teoría de la Biogeografía Insular, pero no basada en los argumentos que esta última propone.

 

Del mismo modo, y en el mismo archipiélago, detectamos una relación potencial entre el área y el relieve (altitud máxima). Seguidamente, abundando en el tema, vimos como los valores de los índices de diversidad incrementaban con el área de estas islas, lo mismo que los de los algoritmos que utilizamos para la estimación de la Smax (riqueza máxima), mientras que sus representaciones gráficas son idénticas a las mostradas para los datos biológicos en la literatura.

 

Paralelamente, en un estudio publicado para las Islas del Egeo (Ibáñez et al. 2004), al margen de corroborar los rasurados previamente obtenidos para el Archipiélago Británico, comprobamos que sus modelos de distribución de abundancia se ajustaban a series geométricas (equivalentes a pequeñas muestras de una población más grande) en las islas de menor tamaño y/o más erosionadas (equivalente a el impacto ambiental sugerido por los ecólogos), mientras que los ensamblajes de las islas grandes (y del conjunto de todas las islas, equivalente a una muestra grande) se ajustan a la distribución lognormal, como lo hacen los datos ecológicos bajo las mismas circunstancias.  En otras palabras, pudimos comprobar como los argumentos esgrimidos por Robert May en 1975, respecto a los DAMs para los organismos biológicos, también son válidos para entidades abióticas, como son los suelos.

 

Como hemos dicho, en otra publicación de 2004, encontramos, una vez más una relación potencial, con un exponente de 0.25, entre la edafodiversidad taxonómica y el área de las Islas del Egeo. Finalmente. Postulamos, como Cody (ver la contribución precedente dedicada a la obra de este autor) que el incremento del tipo de suelos con el tamaño de la isla podría deberse al aumento paralelo del número de unidades geomorfológicas. Del mimo modo, encontramos, de nuevo relaciones potenciales entre el área y el relieve (altitud máxima de las Islas). Estamos convencidos, por diversas razones que ya detallaremos, que de disponer de un a buena clasificación de unidades geomorfológicas, obtendríamos los mismos resultados que las aquí mostradas con los suelos, en todo lo concerniente a la diversidad.

 

Una breve lección  más sobre la racional irracionalidad de la ciencia

Johnson y Simberloff, pusieron el dedo en la llaga. Sin embargo, como en el caso de Williamson, fueron muy tibios en sus argumentaciones, ocultando las relaciones edafodiversidad-área  (tan solo publicaron unos breves comentarios y una matriz de correlación entre las distintas variables observadas). ¿Por qué fueron tan tibios? Simplemente por razones de autoridad.  Simberloff colaboró previamente con E. O. Wilson (uno de los padres de la Teoría de la Biogeografía Insular) en ciertos experimentos cruciales para corroborar su teoría, desforestando y fumigando ciertos islotes con vistas a analizar después como la vida colonizaba estas miniaturas naturales. Aquellos trabajos con el gran Wilson habían sido los que le otorgaron a la postre una mayor popularidad. No era cuestión de atacar a su maestro

 

A pesar de toda su prudencia, pronto comenzaron a lloverles críticas por parte de sus colegas. En trabajos posteriores, otros biogeógrafos aludieron (falsamente) refutar las conclusiones de Johnson y Simberloff, argumentando prosaicamente, que los resultados de éstos no eran válidos por no haber incluido Irlanda, ya que formaba parte del archipiélago. Como todos ustedes saben, este último país no pertenece a UK, por lo que sus inventarios de suelos y vegetación no eran equiparables. Nosotros hemos realizado el tes con la base de datos de suelos de Europa, encontrando que  Johnson y Simberloff tenían toda la razón. Sin embargo no protestaron, por las razones anteriormente aludidas.

 

Una verdadera refutación, hubiera requerido analizar otros archipiélagos para los que sí había datos homogéneos. Los detractores no lo hicieron, por lo que sus críticas fueron tendenciosas y carentes del rigor científico que estipulan los cánones de la ciencia. Hace unos años hicimos nuestro propio tes enviando un trabajo posteriormente publicado en otra revista al "Journal of Biogeography", el principal órgano de expresión y publicación de los biogeográfos, en los que explícitamente diversas notas editoriales suscriben que la Teoría de MacArthur y Willson es su paradigma.  La respuesta fue la misma que recibieron Johnson y Simberloff , a pesar de que uno de sus editores nos comunicó, en un mail personal, que había sido como poner "perlas delante de cerdos" (traducción literal). Pudimos entrar en un debate, pero esperamos obtener más evidencias en otros archipiélagos. Es decir, los referees de esta revista seria e indexada, en lugar de leer nuestros trabajos previos que ya o refutaban la Teoría de la Biogeografía Insular, o como mínimo la ponían en aprietos, se contentaron con las refutaciones previas, defendiendo su Teoría como un Dogma, postura a todas luces acientífica. De nuevo, como en el caso de la Teoría sintética de la Evolución (ya abordada en otra contribución precedente), los biólogos "sacralizan sus teorías", impidiendo el paso a cualquiera que pretenda refutarla. Parece mentira pero es cierto. No es un caso único. Desgraciadamente es moneda de uso corriente  en ciencia.   Ya el Filósofo de la Ciencia Thomas Kuhn, entre otros, mostró numerosos casos en los que las Teorías vigentes permanecen "aparentemente" firmes a pasera de haber sido refutadas, incluso poco tiempo después de su aceptación por la comunidad científica. Una nueva prueba más de la irracionalidad de la racionalidad científica.

 

Juan José Ibáñez sobre la humanidad de la empresa científica

15:19 | gestionado por Juan José Ibáñez | Enviar comentario (2)