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lunes, 14 de julio de 2008

100 palabras que valen una imagen: la identidad de tecnocidanos.

La penúltima curiosidad de la red consiste en experimentar  con nubes de tags.  Hay muchas herramientas disponibles, pero Wordle, además de gratuita, ofrece una respuesta rápida, configurable y molona. Mirando la imagen resultante, fabricada a partir del contenido completo del blog, tengo muchas críticas que hacer a la superficialidad del análisis semántico que ofrece. Pese a todo no estoy decepcionado. En fin, la imagen de cien palabras es un golpe de vista que nos aproxima a las principales preocupaciones que  moviliza el blog.


20:39 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (1)

sábado, 12 de julio de 2008

Si los amateur son una consecuencia de la cultura de la Ilustracion, los tecnocidanos han surgido para ayudar a corregir sus excesos.

La existencia de los amateur en ciencia es la mejor prueba de que la curiosidad, el goce por aprender, el espíritu altruista son un gesto que cuenta con cierto prestigio social. Los historiadores lo interpretan como signo inequívoco de la expansión cultural de la ciencia y un síntoma de la buena salud que goza la imagen pública de la llamada moral de la ciencia, un concepto que da amparo al encuentro entre la culturas del rigor y la cultura nacional o, dicho de otra manera, de la convergencia entre las dios repúblicas: la República del Saber que hace de la ciencia un bien común, y de la República civil que hace del bien común una política.


Los amateur no sienten ningún interés por los avatares que conducen la investigación hacia su mercantilización y privatización. Tampoco quieren saber (casi) nada sobre los laberintos del fraude o del consenso en ciencia, como tampoco de las muchas servidumbres asociadas a la burocracia, la carrera, la regulación o el índice de impacto. El amateur pertenece de alguna manera a la cultura de las maravillas, siempre dispuesto a dejarse sorprender y siempre preparado para escuchar al sabio. Aunque su pasión son los espacios naturales, como corresponde a un buen astrónomo, ornitólogo o ecologista, son hijos de los museos decimonónicos, esos espacios repletos de objetos nunca vistos que debemos a los exploradores y que supieron situarse en la intersección del coleccionismo con la taxonomía y del gay saber con el buen gusto.

El amateur, desde luego, nada tiene que ver con el ciudadano inquieto por los organismos genéticamene modificados, el cambio climático o la amenaza de la gripe aviar. El amateur confía plenamente en los expertos y ni se le ocurre la posibilidad de reemplazarlos. Lejos de desconfiar de sus saberes y prácticas, aplaude sus conocimientos e imita sus maneras. Los tecnocidanos, en cambio, quieren poner la ciencia bajo control público y han aprendido a desconfiar de algunos cientígficos. San también amantes del saber, pero hijos de la tecnociencia. Nacieron con Hiroshima y supieron que eran actores decisivos de esta era damocleciana tras las catástrofes de Bhopal (diciembre, 1984), Chernobil (abril, 1986) y del Challeger (enero, 1987).

Mientras los amateur adoran (justamente) a Carl Sagan y su inolvidable serie Cosmos, los tecnocidanos siguen enganchados a Rachel Carlson y su impactante Silent Spring (1962). Los amateur nacieron mientras leían a Feijoo o al conde Buffon, y gozaban en los gabinetes de máquinas o de historia natural. Desde entonces siguen boquiabiertos ante el espectáculo de los ascensos de globos, los diaporamas, las exposiciones universales y los science center. Desde luego no son una reliquia del pasado, como lo prueba la siempre creciente industria de los documentales de National Geographic o el canal Discovery, por no hablar del Epcot Center, las películas ficción científica y la proliferación de ecocentros, parques temáticos o ferias de la ciencia que se expande por nuestras ciudades. No estamos hablando de una gente ingenua, frívola o conformista, sino de personas que han consumado con éxito la escisión promovida por la modernidad entre ciencia y cultura, lo que equivale a confiar plenamente en la capacidad de nuestras instituciones y los expertos para separar los hechos de las opiniones. Los amateur no han aprendido o no quieren problematizar la relación entre ciencia y sociedad.

Los tecnocidanos, sin embargo, están enredados entre incertidumbres. Hace tiempo que perdieron la fe de carbonero que caracterizó la admiración de los amateur hacia los científicos y no dudan en expresar sus muchas dudas sobre el papel de los expertos, unos actores que lejos de estar en la dinámica de las soluciones, son vistos como una parte del problema. Todos los días aparece en la prensa alguna noticia que nos habla de conflictos de intereses, corrupción o fraude en ciencia. Y lo peor es mirar para otro lado. Reach, el Codex Alimentarius o el Panel Intergubernamental del Cambio Climático son buenos ejemplos de la urgencia que tenemos de abordar estos problemas con la participación de nuevos actores. No es que podamos prescindir de los expertos, sino que necesitamos incluir en los procesos de decisión otros ciudadanos.

Los tecnocidanos, como también los amateur, han venido para quedarse y son todo esa multitud de gentes que engrosa el voluntariado mediombiental, las asociaciones de afectados, las agrupaciones ciudadanas, las ONG que luchan por la justicia global. Si la institución histórica de referencia de los amateur es la Royal Society o la American Association for the Advancement of Science, las de los tecnocidanos son el Bulletin of Atomic Scientist, los science shops, act up, wikipedia o la source forge. La verdad, no se entre las estructuras mencionadas cuál merece mayor admiración. Todas, sin embargo, tienen dos cosas en común: la capacidad de los ciudadanos para apropiarse del conocimiento y las tecnologías al margen (o en paralelo) de los sectores del saber (y del poder) público y privado.

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domingo, 29 de junio de 2008

Conforme las redes sociales y el activismo en internet se van interconectando se hace visible la emergencia de un segundo superpoder cuyas señas de identidad son la justicia global, el medioambiente, la cooperación y el uso intensivo de las nuevas tecnoogías.

Wiser Earth es una web que da cobijo a más de cien mil organizaciones dispuestas a implicarse en batallas medioambientalistas y por la justicia social. Tal como Linkedln (o Facebook) crea lazos entre personas, Wiser Earth lo intenta con organizaciones. Así las cosas el movimiento más grande del mundo no tiene nombre, líder, ideología, nación ni sede, pero puede poner en marcha una fuerza de 100 millones de personas en todo el mundo. Wiser Earth entonces es una tecnología y una comunidad en formación. Como instrumento proporciona las claves para la creación de un lenguaje compartido en un entorno que favorece la conectividad por poner a disposición de quien las necesite decenas de herramientas colaborativas y mucho conocimiento fiable y accesible.

Wiser Earth (World Index of Social and Environmental Responsability) funciona como un lugar de encuentro, un espacio que reúne cuerpos dispersos por todo el planeta y una plaza en donde comenzar una larga conversación que está ensayando la posibilidad de explicar lo que pasa con conceptos alternativos, otras prioridades, distintos datos, diferentes conexiones y nuevas narrativas. Y, lo mejor, todo en abierto, con plena conciencia de que se está creando un procomún global (global commons) al margen de los estados.


La red está llena ámbitos de movilización, tales como Freebase, Wikipedia, Moveon o la Encyclopedia of Life, que tarde o temprano lograrán interconectarse y alcanzar la cifra del millón y medio de organizaciones ciudadanas calculadas por Paul Hawken, creador de Wiser Earth desde su Natural Capital Institute y autor del excelente Blessed Unrest. How the Largest Movement In the World Came Into Being and Why No One Saw it Coming (Viking, 2007). Quien esté interesado en estas iniciativas saldrá reconfortado accediendo a las web de las organizaciones mencionadas.

Freebase, por ejemplo, es un buscador basado en Google (es decir, una gigantesca base de datos y una constelación de herramientas para gestionarlos, recuperarlos, ordenarlos e incrementarlos) que quiere hacer accesible todo el conocimiento pero, como explica Nicholas Carr, sobre la base de los principios de la web semántica o web 3.0. Cuando hablamos de la nueva revolución emergente en Internet estamos refiriéndonos a una red en donde las máquinas podrán hacer ya cosas inteligentes como, por ejemplo, responder a la pregunta, explica Markoff en New York Times, “Busco un lugar de vacaciones acogedor, dispongo de un presupuesto de 3000 dólares y tengo 11 años”. Si la información está organizada según ontologías y tecnologías estándares que garanticen a una máquina bien programada la posibilidad de discriminar entre modalidades de viaje, precios, tipos de clientes y diversidad de actividades, entonces Internet dejará de ser un repositorio de datos para convertirse en una fuente automatizada de conocimiento.

Por su parter, Moveon, fundada en 1998 y robustecida en las luchas contra la invasión de Irak (ver SourceWatch), está orientada al activismo político y cuenta ya con una lista de distribución de más de 3,2 millones de activistas registrados en USA que en 2004, por ejemplo, logró que 300.000 donates alcanzaran la cifra total de 11 millones de dólares para apoyar la candidatura a cargos electos de 81 candidatos demócratas radicales o críticos con los aparatos partidarios. No es raro entonces que conociera mucha fortuna la propuesta que hiciera en 2003 James F. Moore de calificar de segunda superpotencia (versión inglesa en extreme democracy) al conjunto de todos estos movimientos, claramente empoderados en la luchas pacifistas y altermundistas de los últimos años.

La segunda superpotencia, esa fuerza que se puso en marcha para frenar la invasión de Irak o que lentamente está articulando una agenda para defender los compromisos de Kyoto, es un conjunto de organizaciones demasiado heterogéneo que, sin embargo, tiene algunas cosas en común que merece la pena considerar. La primera es que expresa la existencia de un movimiento creciente que tiende a identificarse con propuestas que desbordan las barreras nacionales y que afectan al conjunto de la humanidad. La segunda es que tienen una conciencia muy clara de la necesidad de aliarse con las nuevas tecnologías y, la tercera, que se basan en estructuras horizontales, voluntarias y cooperativas que no crean tensiones artificiales entre las facetas comunitaria e individual de sus actividades y proyectos. Wiser Earth, como las otros nodos mencionados, son parte de esta especie de sistema inmune que nuestra sociedad (los partidarios de Gaia, dirán que nuestro planeta) está aquilatando y desplegando para defenderse de los muchos abusos que están amenazando la libertad y la democracia, cuando no la supervivencia misma de la especie.

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martes, 24 de junio de 2008

El fraude en ciencia parece irreductible si las instituciones de investigación no lo combaten con más energía.

La_extrema_complejidad_del_mundo_en_la_democracia_técnicaLas malas prácticas en ciencia son un objeto de preocupación creciente como corresponde a una sociedad que cada vez delega más en sus expertos. Disponer de buenos peritajes, separar las pruebas de los intereses, contar con hechos contrastados, son actividades que dejaron de ser de la incumbencia exclusiva de los científicos para tener muy amplias resonancias en los más diversos ámbitos de las políticas sanitarias, medioambientales, energéticas o agroalimentarias. Nadie discute la importancia de las buenas prácticas, pero los estudios con los que contamos arrojan conclusiones inquietantes. Según un reciente estudio publicado en Nature la punta del iceberg del fraude científico estaría rondando porcentajes cercanos al 9% de lo que se publica.


La Office of Research Integrity, responsable del estudio y organismo nacional creado en USA para investigar las sospechas de fraude científico, elabora cada año una media de 24 informes sobre casos sospechosos de research misconduct (practicas irregulares de investigación). Las actuaciones de la ORI se producen a petición de las instituciones académicas cada vez que alguno de sus miembros es acusado de una conducta irregular o, en otros términos, de haber ocultado, inventado, manipulado o copiado datos para favorecer las conclusiones que mejor se acomodan a sus intereses, incluido el de redondear los datos para que las conclusiones de su trabajo merezcan el favor de alguna revista de prestigio y así poder publicar un papers.

Nuestro_estudio_demuestra_que_los_científicos también_son_humanosEl estudio aludido afirma que la cifra de artículos sospechosos debe ser de unos 2325 casos, de los cuales cerca de 1000 pasan desapercibidos. En efecto, el problema tiene proporciones considerables, aún cuando la estimación ha sido prudente y muy por debajo de lo que seguramente está ocurriendo.

Los datos publicados son los siguientes: Se ha enviado una encuesta sobre el asunto a 4.298 científicos con financiación en 2006 de los National Institutes of Health pertenecientes a 605 instituciones diferentes. A la pregunta de si conocen casos de fraude en los últimos tres años (2002-05) que puedan pormenorizar han respondido 2.212 (el 51%). De ellos, 192 científicos (el 8,7%) han respondido afirmativamente y han descrito 265 incidentes. Tras ser investigados se ha concluido que hubo 164 científicos (7,4%) que perpetraron en total 201 casos de fraude, ya sea por falsificación de datos (60%), ya sea por plagio (36%). Al extrapolarse estos datos al conjunto (155.000 en total) de los científicos financiados por los NIH, siempre según hipótesis muy prudentes (very conservatively), resultan las cifras y porcentajes previamente comentados.

El informe difundido en Nature recuerda varias veces al lector que la realidad desvelada, la ciencia tramposa, no es más que la punta de un iceberg, que anida sobre todo en las ciencias biomédicas y cuyos principales grupos de afectados son los científicos postdoctorales y los seniors. Y es que, en efecto, el problema tiene unas dimensiones alarmantes (ver aquí, aquí y aquí). Para solucionarlo, se proponen algunas medias (ver editorial de Nature) entre las que destacan la recomendación de promover políticas de tolerancia cero, porque han comprobado que las instituciones tienden a ocultar, disfrazar o minimizar estas corruptelas por temor a que se deteriore la imagen de la institución y, como consecuencia, perder alumnos o recursos. De hecho, el 43% de quienes denunciaron la existencia de tramposos han declarado que se les presionó para que retiraran la acusación. El problema entonces es profundo y está bien arraigado en el limbo corporativista de la mayoría de las instituciones.

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sábado, 21 de junio de 2008

El reciente lanzamiento de Científicos sin Fronteras muestra la rápida convergencia entre los modos de la filantropía 2.0 y la ciencia 2.0.

Logo_de_Científicos_sin_Fronteras Hace unas semanas que nació Scientists without Borders, ver la noticia en Nature y Cell, y mientras me enteraba de la noticia me preguntaba por los motivos de los científicos para tardar tanto en homologarse con otros colectivos profesionales que ya se identificaron hace mucho tiempo como sin fronteras o, en otros términos, que vale la pena preguntarse por la naturaleza de las fronteras que quieren atravesar. Pero comencemos con los hechos.

La institución promotora es la New York Academy of Sciences (NYAS), cuyo presidente Ellis Rubinstein ha anunciado su amparo a una web que servirá de interface entre las necesidades de ciencia que hay en el mundo y los deseos de muchos científicos de cooperar para que los problemas no sigan aumentando. El lanzamiento, auspiciado por varias instituciones ricas y prestigiosas, ha coincidido con el anuncio de que algunos laboratorios farmacéuticos, siguiendo la deriva del filantrocapitalismo, han hecho donaciones por valor de un millón de dólares.


No es mucho, si tenemos en cuenta que Médicins sans Frontières adminsitra un presupuesto anual de 896 millones de dólares, pero la iniciativa tiene perfiles de mucho interés, ver la noticia en BioMed Central. Al presentarse como el Facebook o el Kiva de la ciencia se nos está diciendo que la gran apuesta de este proyecto es crear una constelación de comunidades de concernidos (de afectados o de interesados) formadas alrededor de un problema/interés, las gentes que lo sufren/experimentan y los científicos que lo pueden peritar/evaluar para buscar entre todos alguna solución sensible al contexto local.

Dentro de las agrupaciones sin fronteras, la que pretende reunir a los científicos es singular. Para los otros colectivos sin fronteras (los médicos, los ingenieros o los periodistas, todos pertenecientes a la empresa del conocimiento) la clave está en desplazar a profesionales hasta los lugares de conflicto y prestar allí asistencia. Los científicos, sin embargo, han descubierto que ya es posible una acción es a distancia. Hasta no hace mucho, recoger, archivar y distribuir información era una empresa extremadamente costosa que sólo se podía financiar y gestionar desde estructuras tan complejas como los imperios o los estados. La botánica, la antropología y la geografía, por solo citar algunos ejemplos obvios, eran actividades que había que desarrollar in situ para luego poder gestionar a distancia. Hablar desde Londres, Roma, San Petersburgo o Madrid de rutas, plantas o poblaciones, entre otros recursos, obligaba a disponer de mapas, sistemas de clasificación y catastros que demandaban muchos geómetras, naturalistas, astrónomos e ingenieros, además de centenares de amateurs, eruditos o artesanos locales que ayudaban con su conocimiento tradicional a encontrar los atajos, las utilidades o los dispositivos arraigados en cada territorio.

Todas las veces que alguien ha buscado los rastros de esta colaboración entre metropolitanos y coloniales no ha quedado defraudado. Siempre lucen de forma impecable e innovadora las muchas formas de interacción entre los expertos foráneos y los sabios autóctonos. La mayoría de los historiadores, sin embargo, han elegido otra estrategia historiográfica y aparentan haberse quedado fascinados por la potencia mental, militar o económica de los agentes de la expansión. Al final, como han denunciado los estudios postcoloniales, su pluma puede ser calificada de instrumento de legitimación del dominio económico de Occidente (en realidad, de tres o cuatro países) sobre la base de su superioridad intelectual y tecnológica. Hablar de ideas, paradigmas o teorías es entonces una actividad intelectual muy delicada si implica alguna forma de desdén hacia el día a día del trabajo del explorador y poca atención al proceso de permanente apropiación (o desanclaje, como la llama Giddens) de los saberes locales. Lo que ocupa el capítulo no escrito de las llamadas contingencias históricas (eso que despectivamente fue nombrado historia evenemencial) tiene unas dimensiones gigantescas y cada día hay más historiadores capaces de encontrar tesoros entre las fuentes que antes registraba el devenir de los actores que nuestros prejuicios de clase, raza o género calificaron de secundarios.

La condición de países pobres en donde operarán los científicos sin fronteras obligará a dar la debida relevancia a muchos problemas que son invisibles desde los centros de investigación y decisión noratlánticos. Hablamos de asuntos en los que se hace muy difícil trazar la línea que separa los aspectos científicos de los sociales, culturales o históricos. Y en tales circunstancias será imposible convertirlos en objetos de laboratorio, lo que significa que no podrán ser reducidos a un número limitado de variables cuantificables, sino que habrá que abordarlos admitiendo la existencia de varias narrativas posibles sobre el alcance, consecuencias y posibles soluciones de los mencionados problemas.

Los científicos sin fronteras, como cualesquiera otros, se moverán entre hechos, pero tendrán que incorporar los procedentes de tradiciones epistémicas o ámbitos del conocimiento inconmensurables. Y esto, dada la formación que se imparte en nuestras universidades, constituye un reto de de capital importancia, si es que de verdad quieren cruzar la frontera que pueda conducirles a la construcción de un conocimiento socialmente robusto y científicamente impecable. Los científicos sin fronteras tendrán que admitir públicamente que están enfrentando problemas que son mucho más complejos que la suma de sus partes. Mas aún, si conceptualmente  pudiera desmontarse el puzle sin riesgo de romperlo, lo más probable es que tampoco se intentara porque el coste de reducir a científicos los problemas no siempre es financiable y su coste podría ser descomunal. Así, en lugar de naturalizar la política, tendrán que politizar la naturaleza.

Científicos sin fronteras representa entonces una manera significativamente distinta de hacer ciencia. No es sólo que el recabamiento de la información incorpora una pluralidad de actores y, como hemos visto, una diversidad de epistemes inabordables según los patrones institucionales, políticos y jurídicos al uso, sino que también constituye una significativa apuesta por la cultura abierta y la ciencia 2.0 que, desde luego, incluye el open access, pero en donde alcanzan toda su plenitud las políticas de open data y, en términos generales, de open lab. No es la única iniciativa existente de estas características, ver New York Times, pero sí parece ser la más comprometida con las tecnologías de la llamada web 2.0 , así como con las nuevas nuevas estrategias que adopta la filantropía 2.0.

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viernes, 13 de junio de 2008

La ciencia es un asunto demasiado serio para dejarla en manos de los científicos.

Hace unos días, el 29 de mayo, murió Lorenzo Odone, la persona que inspiró la conocida película Lorenzo's Oil (El aceite de Lorenzo) y que cuenta con tintes melodramáticos la heroica lucha de unos padres para impedir que su hijo Lorenzo muriera de una súbita, veloz y fatal enfermedad degenerativa. El argumento se cuenta rápido: en medio de una sana y normal infancia, un niño es diagnosticado de adrenoleucodistrofia (adrenoleukodystrophy, ALD), una rara enfermedad que, tras producir la pérdida de la mielina que cubre y protege los nervios, destruye el tejido nervioso y desemboca en la muerte sin remedio ni tratamiento. El gesto del diagnóstico implicaba entonces una inapelable sentencia de muerte. La película cuenta cómo los padres lograron descubrir un remedio que ha mantenido vivo al enfermo durante casi dos décadas y que ha ayudado a otros muchos pacientes de todo el mundo. Así, además de una emotiva historia, la película incita varias reflexiones de mucho interés sobre el papel de la ciencia en nuestra sociedad. Y a ello vamos.


La trama dramática arranca cuando los padres se niegan a aceptar el mencionado veredicto o, mejor dicho, cuando rechazan la idea de que no se pudiera hacer nada. Y así la ausencia de terapia es interpretada como signo de una pasividad inaceptable. Desde ese momento comienza una experiencia agónica que muestra a los padres leyendo intrincados textos científicos, recorrer bibliotecas, asistir a congresos médicos, discutir con expertos el alcance de sus conjeturas, combatir el conformismo de las instituciones, desmontar las convenciones corporativas y, sobre todo, conquistar una reputación capaz de sortear el desdén que percibían en todas las estructuras profesionales.

Como la enfermedad cursa rápido, los Odone disponen de poco tiempo (un máximo de dos años), de ahí que el drama sea contra reloj y adopte en ocasiones los modos del thriller. Lorenzo fue diagnosticado en abril de 1984 y para octubre del mismo año ya habían organizado los padres un simposium internacional que reunió a los pocos especialistas en ALD que había en el mundo. Antes, la cámara se recreaba contrastando la pulcritud del espacio tecnocientífico hospitalario (repleto de dispositivos y actores de todo tipo) con el caos de un salón doméstico convertido en un improvisado centro de estudios. La enfermedad destruye la familia y transforma el hogar, pero lo que las imágenes insinúan (contrastando la opulencia institucional con la precariedad personal) es que también está emergiendo otro tipo de sociedad.

El caso es que los padres encuentran indicios en la literatura científica internacional de que tal vez los médicos no estén haciendo las cosas todo lo bien que podrían y se atreven a exponer ante los especialistas y los otros parientes algunas dudas sobre la dieta que estaban recibiendo sus hijos. Se produce entonces una pequeña discusión que deja claro que hay más padres dispuestos a escuchar y dejarse seducir por las conjeturas defendidas por Augusto Odone. Como no hay acuerdo y el debate amenaza con eternizarse, el padre de Lorenzo propone una votación sobre si debe o no modificarse el régimen de alimentos. El momento es clave, pues la iniciativa contiene un inquietante potencial subversivo. Los científicos presentes, lamentan que se imponga semejante forma de lograr acuerdos y recuerdan a los familiares que no es así como proceden los científicos. Los expertos defienden la necesidad de respetar los protocolos y los plazos antes de modificar la terapia. Los pacientes se sienten decepcionados e impacientes ante tanta cautela. Es entonces cuando la madre de Lorenzo, expresando el sentir del colectivo de afectados, les recrimina su indolencia mientras les pregunta si es que creen que sus hijos deberían estar al servicio de la ciencia. Les acusa claramente de estar más preocupados de sus rituales corporativos que del verdadero problema que tienen delante.

Este es el primer gran desencuentro entre los afectados y los facultativos. Es la primera vez que la película deja claro que se está diluyendo uno de los lugares comunes por los que discurre nuestra idea de lo que es o debe ser un sistema sanitario, pues los intereses de unos y otros, los médicos y los enfermos no coinciden necesariamente. Y es que, en efecto, la rebelión contra el dictamen experto amenaza la fábrica de lo social, pues para que cualquier gesto púbico no sea calificado de despótico o de arbitrario, incluidas las prácticas médicas o sanitarias, debe asentarse en la creencia o convicción de que está basado en hechos objetivos y en hipótesis contratadas. Y el hospital, sin duda, es una de esas instituciones que garantizan el orden social. En principio, hacer una votación para decidir que los médicos están equivocados pone contra las cuerdas la constitución misma del mundo que habitamos.

Pero hay más, y la película ya no se detiene ante semejantes tensiones. Ante los ojos del espectador discurren muchos pequeños eventos que subrayan algo que todos sospechamos como, por ejemplo, los excesos burocráticos (los médicos, en cambio, los llaman con orgullo procedimientos formales), corporativos (para los doctores, se trata de cautelas profesionales) o tecnocráticos (los gestores sanitarios hablan de protocolos acreditados). Poco a poco, va quedando claro que los parientes sólo pueden aspirar a que los médicos les compadezcan mientras dure la espera. Una situación que acentúa el sentimiento de indefensión frente a las instituciones y que nos recuerda que siguen siendo deudoras de formas de entender la relación entre sabios y legos características del siglo XIX y consolidadas tras la II Guerra Mundial: a un lado, el saber médico y, al otro, el saber profano, uno académico y experimental, el otro empático y experiencial. Y la película seguirá ahondando esta sima, para así realzar los elementos emocionales y legitimar la rebeldía de los padres. Hay un momento álgido en el que el médico le recuerda al padre que sólo puede ser útil si preserva su objetividad (insinuando que su obligación es dejar de lado los sentimientos). La respuesta de Augusto vuelve a poner el dedo en la llaga y crea una secuencia inolvidable, pues el padre le recuerda que su motivación no es la ciencia, sino el amor.

Contra el canon vigente se reclaman los sentimientos como parte sustantiva en el proceso del conocimiento. Y todas estas inquietudes son relevantes porque la pasión y el talento del padre desembocan en un bálsamo que contiene el avance de la enfermedad y, en consecuencia, nos hace evidentes algunas de las fallas que tenía el sistema sanitario. El descubrimiento no resolvió los problemas y, mucho menos, trajo la paz para los afectados. Cuando comenzaron a suministrárselo los médicos negaban la mejoría que los padres defendían. No hablamos de curas milagrosas, sino de matices mínimos que tanto valían para sostener la esperanza de unos, como para reafirmar el escepticismo de los otros. Los actores sanitarios no podían negar que había una cierta ralentización del proceso degenerativo, pero lo atribuyeron al extraordinario cariño con el que la madre trataba a su hijo. Curiosa e inteligente forma de introducir las cuestiones de género, pues los guionistas quieren confrontarnos con dos formar de entender el amor, la que acerca a la mujer a su hijo hasta fundirse en actos de compasión y la que conduce al hombre al campo de la confrontación. De acuerdo, es una retórica simple, pero muy eficaz.

Cierto. La historia será interesante, pero al fin y al cabo estamos hablando de Hollywood, es sólo una película. Por eso viene a cuento preguntarse si es justo una película o es una película justa. En este punto viene a cuento recordar que no han sido pocos los profesionales biomédicos que han expresado severas dudas sobre los contenidos de Lorenzo's Oil. Las coincidencias son grandes y se habla de concesiones que sólo pueden admitirse como recursos fílmicos y nunca como descripciones documentales (aunque sí documentadas) de lo que pasó. La presentación ante los espectadores como “basada en un hecho real”, induce a muchos errores. Entre ellos, los críticos destacan tres de mayor importancia: a) sobrevalorar el éxito del aceite de Lorenzo; b) inventar/extremar conflictos entre médicos y pacientes; y c) exagerar los méritos de la United Leukodystrophy Foundation, la asociación de padres afectados. Seguro que todo esto es correcto y que hay algunas escenas que adquieren vida propia y van más lejos de lo que pasó y hasta de los que la película quería decir.

No es menos cierto, sin embargo, lo que declaraba Michaela Odone, la madre de Lorenzo, cuando hablaba de no perderse en discusiones banales, pues lo fundamental, lo que para ella constituía el verdadero legado del film era la constatación, más allá de toda sospecha, de que había un conflicto muy serio entre los intereses de los médicos y los de los enfermos, especialmente los terminales. Y siendo tan diferentes las sensibilidades de unos y otros, no hay ningún motivo para que los pacientes renuncien a sus derechos ciudadanos, pues ni la enfermedad ni el hospital, en contra de lo que muchas veces parece, pueden ser la excusa para que se suspendan nuestros derechos constitucionales.

Explorar los entresijos de este caso, obliga a contar con algunos hechos más. Por ejemplo que el aceite de Lorenzo fue duramente criticado en muchas instancias, incluidos New York Times, Science y Nature, y calificado entonces de buen remedio para nada. Más recientemente, sin embargo, el mayor experto del mundo en la materia, el médico que protagonizó los más duros enfrentamientos con Augusto, el Dr. Hugo Moser publicó un estudio en 2005, tras diez años de pruebas, que confirmaba la eficacia preventiva del aceite, aunque era menos complaciente con su eficacia curativa. El aceite de Lorenzo ya es un tema científico homologado que se beneficia, en consecuencia, de todas las ventajas que la tecnociencia otorga a los fármacos, frente a las pócimas mágicas.

El tránsito no ha sido fácil. Por ejemplo, una vez que el padre se decidió a utilizarlo (porque nadie iba a decirle cómo debía aliñar la ensalada de su hijo) comprobó que la síntesis de los dos componentes requeriría el concurso de químicos, laboratorios y dineros. Así fue como comprobó que los Laboratorios sólo invertían en remedios que previsiblemente tuvieran demanda (en otros términos, que aseguraran el negocio o los retornos) y que los químicos no estaban interesados más que en su carrera académica o, dicho con otras palabras, en ver su nombre encabezando una publicación científica. El problema de los dineros también era complicado y obligaba a los afectados a organizarse en una fundación pública que aplicaba, lo exige la ley y lo demanda el sentido común, los métodos de gestión característicos de las empresas obligadas a una credibilidad pública y a tener un balance equilibrado en sus cuentas. En fin, que más allá del dolor y los demás entresijos personales o de género, ya mencionados, se levantaba por doquier la realidad imperiosa de la tecnociencia en el cine. Lo podemos decir de otra manera: producir conocimiento, convertirlo en un recurso que pueda ser orientado hacia algún fin práctico y capitalizado por alguna organización, pública o privada, ciudadana o científica, demanda una extremadamente compleja constelación de máquinas, textos, organizaciones, laboratorios, dispositivos, protocolos, reuniones, leyes y personajes.

Todavía queda mucho por decir. En su desesperación, los padres exigen que los remedios que están conjeturando sean suministrados de urgencia a sus hijos. Y los médicos se niegan. Así que los pacientes quieren menos cautelas éticas: aceptan mayores riesgos y no quieren negociar límite alguno para su capacidad de acción. Los padres no tiene paciencia y los médicos no tienen certidumbres. Augusto invita a la rebelión y el sistema es desbordado. Los códigos éticos que regulan la solución a semejantes conflictos son inútiles o, mejor, quedan superados por los acontecimientos. Los enfermos no piden permiso y se saltan los protocolos al uso. Descubren una vez más que hay demasiada burocracia disfrazada de precauciones y excesos corporativos enmascarados como leyes naturales. Unas y otros, sólo son convenciones y pueden cambiarse, pero los pacientes no están de acuerdo en actuar como una asociación de apoyo a decisiones médicas.

En su manera de representarse los problemas, Augusto se convence de que tiene que crear otro tipo de institución, una que anteponga los intereses de los enfermos por encima de cualquier otra cosa. Así llegamos a Myelin Project, una organización construida para superar los muchas trabas burocráticas e ideológicas que impiden que la ciencia alcance velocidad de crucero. Y los ejemplos que pone son claros. Quien busque recursos para investigar, si los solicita al estado tardará dos años en obtenerlos, mientras que Myelin Project evalúa, negocia, decide y transfiere los fondos en dos meses. Otro asunto. Quien tenga una técnica o prototipo que quiera experimentar con animales antes de probarla con humanos, si llega a Myelin Project escuchará cómo se le dice que ya basta de prolegómenos, que es la hora de trabajar con enfermos. Y así, donde antes veíamos sabiduría, ahora sólo parece haber obstáculos. En fin, que es razonable la duda de si estamos describiendo un avance o un retroceso.

Como el deterioro de los afectados es veloz, todos los procedimientos operativos están construidos para abreviar trámites y plazos. Para conseguirlo se ha construido una institución que no está dirigida por científicos. Cuando se reprocha a Augusto estar presionando demasiado a la ciencia y se le reconviene para que devuelva a los investigadores la dignidad (¡y seguridad!) de los plazos lentos, su respuesta no es equívoca: that's baloney, eso es una chorrada. La ciencia cuando es gestionada por científicos, explica Augusto Odone, “tiene que ser exacta, lenta y demasiado básica”. Y no, Myelin Project es otra cosa que ya están imitando, declaraba a New Scientist en enero de 2002, otras 15 organizaciones de enfermos.

Lo diré más claro: Myelin Project no financia la ciencia por la ciencia, quiere resultados y los quiere ya. En fin, que empezamos hablando de ciencia por amor y vamos acercándonos a lo contrario. O, quizás, no tanto lo opuesto, porque quien defendía la ciencia por amor ahora está despreciando el paradigma de la ciencia por la ciencia que era la expresión extrema del amor a la ciencia, para ofrecernos como alternativa la ciencia a la carta. La investigación a la medida de las necesidades de cada uno. Suena bien, pero es problemático. Si en vez de pensar en un puñado de angustiados familiares de enfermos, imaginamos un consorcio multinacional que trata de reducir costes de producción (por ejemplo en los medicamentos o con los nanomateriales), entonces es legítimo sostener alguna duda sobre estas nuevas derivas de la ciencia.

Cuando hablamos de la AFM, la Asociación Francesa de Miopatías, ya tuvimos que tratar con parecidos excesos o novedades. Los modos de gestión de la ciencia introducidos por los afectados eran también muy innovadores y, sin duda, contundentes, incluso demasiado expeditivos. A los científicos se les exige ser productivos con los mismos métodos que se emplean en la producción a destajo. Y así, mientras la Universidad sigue midiendo la calidad de sus profesores por el índice de impacto de las publicaciones, la AFM quiere patentes rentables y no descubrimientos o procedimientos patentados que cuesta mucho mantener y que sólo sirven para engordar el curriculum vitae de sus promotores, pero que nadie quiere comprar. O sea, patentes que generen beneficios y no gastos. La AFM, sin embargo, no es una empresa y tiene sus propios mecanismos de captación de recursos (cuestaciones televisivas y donaciones). No es una estructura orientada a la gestión de derechos de propiedad, sino una organización de afectados que busca remedios para otra enfermedad degenerativa.

Espero que a estas alturas resulte aceptable la afirmación de que la ciencia por dinero es un caso particular de la ciencia por interés, una de las formas que adopta la que anteriormente hemos llamado ciencia a la carta. Está claro que los problemas de escala son importantes y que antes de decantar un juicio de valor sobre estas novedades institucionales es preciso no perder el norte de las enormes diferencias que se dan según que consideremos una organización al servicio de afectados por una enfermedad huérfana (las que afectan a un número muy pequeño de personas) o que estemos tratando con una multinacional dispuesta a invadir el mercado con ansiolíticos, maíz transgénico o algún tejido de composición sospechosa. Ya se que habrá quien dirán que lo importante son los principios, pero no está el mundo para esta suerte de esencialismos.

Lo que importa son los procedimientos, incluidos los valores que cada uno de los actores involucrados en los procesos quiera introducir en la agenda de discusión. Reconozco en este punto que me gusta mucho el concepto introducido por Nowotny, Scott y Gibbons de conocimiento socialmente robusto, una fórmula que quiere resolver la cuadratura del círculo: si, de una parte, se remite a un conocimiento verosímil, riguroso y contrastado, de la otra, intenta preservar los procedimientos democráticos que sostienen el derecho a la diferencia, la discrepancia y la pluralidad. Un conocimiento socialmente robusto lo hacemos entre todos (un todos que remite a los distintos actores concernidos y cuya voz deba ser escuchada) y es la mejor forma de construir una sociedad equilibrada, una sociedad capaz de afrontar las muchas encrucijadas medioambientales, sanitarias, agroalimentarias, energéticas o económicas a las que cada día hemos de hacer frente.

A esta forma de resolver los problemas (o si se prefiere de maquetarlos, de enmarcarlos o de construirlos) se la llama mode 2 science, ciencia modo 2, y sería un estilo más abierto, quizás menos rotundo y más provisional, de fabricar la sociedad, una sociedad que, a cambio, está más implicada y es más solidaria. No es que los expertos dejen de contar, es que ya van quedando pocos que se ofrezcan como solucionadores hegemónicos. Lo normal es que lean el periódico y que, aunque en la escuela o Facultad sigan instruyéndolos en la ideología de que los problemas tiene una solución técnica, vean en esta deriva mucho sentido común, mayor sensibilidad pública y mejor práctica para encontrar soluciones. La ciencia modo 2 en realidad se confunde con la sociedad modo 2. Reconstruir los modos de hacer ciencia nos conduce entonces a los modos de repensar la sociedad.

La lucha de los Odone y en la AFM, entre otras muchas, ¿podría entenderse entonces como una respuesta a los modales indolentes, cuando no arrogantes, de los detentadores de la ciencia modo1? En el modo 2, ya lo hemos insinuado, el conocimiento basado en la experiencia, el que tienen los enfermos de su padecer, como el que tienen los campesinos del territorio, los vecinos de su barrio o los ciudadanos de la libertad, se considera un activo económico, un reto académico, una obligación política y un don cultural. Si en lo que importa el conocimiento no se alcanza mediante la participación y el compromiso, si no se construye socialmente robusto, ¿cómo se hará gobernable el mundo? En Europa hemos nombrado gobernanza a todas esta preocupaciones y aceptado que en vez de apelar a principios universales resulta más razonable evocar buenas prácticas. Una conclusión a la que, como se cuenta en Prometheus, también llegó la American Association for the Advancement of Science.

El asunto al que me lleva esta reflexión incluye la pregunta de si la ciencia modo2 es una etapa histórica que sucede al llamado modo 1, un modo de hacer que se entiende, por lo ya dicho, que describe un conjunto de prácticas disciplinarias (de especialistas), académicas (en Universidades) y públicas (financiadas por el estado), frente al llamado modo 2 que alude a dispositivos transversales (multidisciplinares), distribuidos (integradores de varios culturas epistémicas) y descentralizados (vertebrados desde múltiples centros de decisión). Aceptar este deslinde entre los dos modos de producción histórica del conocimiento nos lleva a preguntarnos en qué momento se produjo la escisión. Y para la respuesta hay que ponerse en manos de lo que nos cuentan los historiadores de la ciencia.

Lo diré pronto. La ciencia siempre se hizo según las pautas del llamado modo 2, lo que es tanto como decir que quienes podían hacer la agenda, ya fuera desde los centros políticos, ya fuese desde los económicos, no iban a ninguna universidad a buscar las respuestas, sino que las buscaban allí donde hubiera una mezcla de talento, capacidad, tradición y espíritu emprendedor. Esto que ahora parece normal, como si siempre hubiera sido así, de encomendar a los centros de investigación que encuentren soluciones para las epidemias, las comunicaciones o el comercio, es algo muy nuevo, es casi de antes de ayer. Creo que habría que considerarlo como un movimiento posterior a la II Guerra Mundial. El problema entonces no es explicar la aparición de lo que siempre hubo, la llamada ciencia modo 2, sino entender la aparición de esa excepcionalidad histórica que llamamos ciencia modo 1.

La respuesta más convincente la aprendí de Marilyn Strathern, quien en Re-Describing Society (de pago) cuenta que el modo 1 es un constructo cuya función es consagrar la dicotomía naturaleza/sociedad, de forma que cualquier decisión política pudiera legitimarse refiriéndola a algo externo y objetivo. La naturaleza así es el banco de prueba que, al menos idealmente, sostiene toda la fábrica de lo social. Sin la noción de naturaleza es imposible la república o, dicho de otra manera, no sabríamos cómo plantear los problemas y cómo elegir las mejores soluciones. La escisión naturaleza/sociedad es, como explicó Latour, constitucional, lo que es tanto como decir que el modelo de sociedad que queremos tener es imposible si no lo construimos sobre la existencia de un, digamos, afuera radical, de una naturaleza absolutamente independiente.

Contamos con un aluvión de estudios que demuestran que se trata de una idea absurda y hasta peligrosa, porque otorga demasiado poder a los expertos y, en el extremo, a sus ensoñaciones tecnocráticas. Pero para que funcione, para que parezca obvia, en contra del sentido común y de los hechos conocidos, es imprescindible que la dicotomía sea recreada en cada actuación política y en cada acto académico. La fantasía que nos enseñaron en el cole, nos machacaron en la Universidad y cada día difunden todos los media, desde la prensa a la consulta médica, pasando por los consejos de ministros, las juntas de accionistas y las asambleas societarias. Toda decisión debe adoptar la apariencia de ser objetiva, lo que es tanto como decir que viene impuesta por las leyes de la naturaleza o, con otras palabras, que no es humana, que se adoptó sin sesgos ideológicos, religiosos, culturales, como tampoco de género o raza. Quien puede hacerlo, gasta mucho tiempo y dinero para conseguir que sus caprichos, sus deseos, sus intereses o sus manías no parezcan arbitrariedades o injusticias, sino conductas derivadas de sólidos principios que remiten a las leyes incontestables que gobiernan la naturaleza.

Nuestra sociedad, sin embargo, se hace insostenible dentro de un corsé tan estricto. La complejidad reclama tomarse en serio los asuntos que tiene que ver con el conocimiento, abandonar la fantasía del modo 1 y regresar a lo de siempre, al llamado modo 2, a ese que se gestiona incorporando a todos los actores involucrados en los procesos, sin menoscabo del rigor y sin perjuicio para los concernidos. Este es el mensaje que enfáticamente defiende el informe Taking European Knowledge Society Seriuously, encargado por la Comisión Europea y elaborado en 2007 por un lujoso grupo de expertos coordinados por Brian Wynne.

Unas líneas para terminar. La ciencia por amor (o por cualquier otro interés) es lo que hay y la ciencia por la ciencia es una seductora metáfora que puede conducirnos cuando trasciende lo personal a una especie de inopinado estado de excepción para los científicos que podría llevarlos a la extraña convicción de que, liberados de las pasiones que arrebatan el seso al resto de los humanos, detentan el monopolio de la realidad. La historia de Lorenzo Odone revela la aparición de entornos cognitivos más abiertos, como también de la necesidad de mover los bordes que separan ciencia y sociedad.

11:11 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (3)

lunes, 02 de junio de 2008

Algunas autoridades francesas se han acostumbrado a proclamar la obsolescencia de las instituciones cientificas nacionales y, como respuesta a semejante desdén, algunos investigadores han salido a proclamar su orgullo académico.

Manifestación por el orgullo académico en Paris el 27 de mayo de 2008La semana pasada se celebraron en varias ciudades francesas manifestaciones bajo el lema Academic Pride. La marche des tous les savoirs para protestar contra las reformas que el gobierno francés quiere introducir en la organización de la ciencia. Los científicos franceses llevan ya cuatro años de movilización, inquietos por la insistencia con la que las autoridades ministeriales hablan de ineficiencia, irrelevancia o insolidaridad de muchas de las estructuras de investigación.

Implícita y explícitamente se les acusa de ser cómplices del declive de Francia por su incapacidad para asumir mayor liderazgo en la defensa de la competitividad industrial, la visibilidad internacional o la creación de riqueza. El debate, como sabemos, está lejos de ser estrictamente francés y sus ecos, una vez que se declare la obsolescencia de la mitad de las estructuras científicas comunitarias, se extenderán por toda Europa.


Los organizadores están satisfechos. En París acudieron a la convocatoria unas 3000 personas y en el conjunto nacional la cifra ascendió hasta los 6-7 mil investigadores. La movilización, calificada de primera marcha por el academic pride, insinuando que habrá más, debe inscribirse en una larga lucha que lleva varios años en marcha y que se concretó en la creación en 2004 de la asociación independiente Sauvons la recherche y en la convocatoria de los Etats Généraux de la Recherche (Grenoble, octubre de 2004).

Obviamente, lo que está en discusión es el modelo de ciencia que mejor se adapta a la situación actual. Los detractores de las políticas gubernamentales hablan sin tapujos de que la Administración, en manos de fanáticos de los modos de gestión gerencial, quiere destruir la unidad de los científicos y disminuir su capacidad de resistencia, antes de su (re)conversión definitiva en meros agentes del sistema productivo, lo que es tanto como sustituir la tradicional cultura del proyecto por la del contrato y, a la postre, imponer los objetivos a corto plazo y la precariedad laboral como los dos ejes (administrativo y profesional) que vertebrarán la investigación.

La queja más grave de los convocantes consiste en acusar al gobierno de basar sus argumentaciones en una doble idealización: la que ha convertido el (supuesto) modelo angloamericano en el paradigma de todas las reformas y la que ha sacralizado la capacidad de diagnóstico de los sistemas de evaluación vigentes. Los científicos están diciendo que los nuevos gerentes de la ciencia son menos tecnócratas que metafísicos. La incomprensión que más les duele tiene que ver con el segundo estereotipo, pues los protocolos de evaluación reconocidos se basan en parámetros adaptados a realidades que no son trasladables a la situación francesa. Cierto, el ranking universitario de Shanghai, por ejemplo, ha recibido muchas críticas y, como era de esperar, sus propios responsables han reconocido que las universidades francesas y alemanas podrían estar infravaloradas. No faltan, como no podía ser menos, críticas justificadas provenientes de todas las latitudes.

El índice de impacto es otra variable que no contenta a todos por igual y, para defender el éxito relativo del CNRS, muchos de sus investigadores piden que se mida el coste que tiene para cada país la publicación de un paper. Contra las veladas (y muy justificadas) acusaciones de endogamia y corporativismo que lanzan los gestores de la ciencia hacia los funcionarios investigadores, los científicos se quejan de no recibir suficientes recursos y, en consecuencia, de no contar con un sostenido respaldo público. Y es que ciertamente, como se explica en El reto de Oxford, para hablar de ciencia hay mucho que hablar de finanzas.

No todo en ciencia, sin embargo, es dinero. Lo novedoso de este debate es que se enfrentan dos maneras de entender la ciencia, pues si se obliga a los profesores a hacer papers, recabar recursos e impartir master es bastante probable que se produzca una degradación sin precedentes de la función educativa, en beneficio de la instrucción. Pero la presión de hace unos (pocos) años en favor de la excelencia y la visibilidad, parece ahora estar siendo reemplazada por otros valores más cercanos a la competitividad (conseguir recursos para el conocimiento) y la rentabilidad (hacer de los conocimientos un recurso).

Si las cosas son como las pintan los convocantes del Academic Pride pronto la ciencia dejará de ser una empresa cosmopolita, desinteresada, tentativa y neutral al servicio del bien común. Ignoro en qué libros aprendieron esta historia feliz, ampliamente compartida por la mayoría de los programas de divulgación, pero lo cierto es que tampoco la ciencia fue nunca una empresa tan pía. El diario Liberation, con motivo de la convocatoria, hizo un pequeño reportaje y sondeó entre cuatro jóvenes investigadores los motivos de su decepción. Lo más sorprendente, es que sus respuestas contienen una imagen de la ciencia que parece sacada de una producción de Walt Disney, tan sesgada como inocente, contra la cual contrastaban el mundo que habían encontrado en los laboratorios. Resulta paradójico que la Administración se encuentren con la dificultad de tener que vencer la imagen ilusoria de la ciencia que se tiende a difundir desde la mayoría de los media que ella misma cofinancia, incluidos los museos científicos, los premios a la divulgación y las oficinas de prensa.

La Manifestación por el orgullo académico de Paris salió desde la Maison des Sciences de l'Homme en el Boulevard Raspail Los investigadores salen a la calle (ver fotos) para afirmar su derecho a ser diferentes (emulando los emblemas que otrora favorecieron el orgullo gay), pues el gobierno quiere un tipo de científico que contradice abiertamente el modelo tradicional. Los siete mil científicos que se manifestaron expresaron su orgullo de seguir perteneciendo a una manera de hacer ciencia que no puede caer en la obsolescencia. No es sólo que a los jóvenes se les ofrezca precariedad y a los senior se les reproche su mediocridad. Como sea, a nadie sorprenderá que muchos científicos quieran manifestarse y proclamar que nadie probó todavía que se incremente la productividad en un marco de mayor inestabilidad, como tampoco que el problema de la ciencia francesa no sea de recursos o, en otro orden de cosas, que en las universidades norteamericanas no exista endogamia, vanidad, fraude, conformismo, despilfarro, banalidad y mucho paper irrelevante.

En la medida en la que los manifestantes tengan algo de razón, estarían entonces atrapados entre dos idealizaciones insostenibles, la de la ciencia anglosajona y la de la ciencia ilustrada, pues ninguna de las dos existió más que como herramienta para el combate político. Y, para terminar, la reforma que se pide se estaría entonces haciendo por motivos ideológicos con la única finalidad de doblegar la independencia de las instituciones científicas frente al poder político y el no menos insidioso poder económico. Y si así fuera, el debate que toma forma en Francia es el mismo debate que nos debería ocupar a todos.

7:57 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (2)

martes, 20 de mayo de 2008

Más de la mitad de los norteamricanos padecen alguna enfermedad crónica y, desde luego, se medican.

La_medicalización_de_AméricaLas noticias sobre la crisis (o recesión) de la economía norteamericana no deberían eclipsar las que hablan de una decadencia sin límites de la salud de sus ciudadanos. La semana pasada se hizo público un estudio, gracias Furious Seasons y Pharmalot, que nos dice que más de la mitad (el 51%) de los norteamericanos asegurados toma cada día medicamentos para tratarse de alguna enfermedad crónica. America entonces se ha convertido en un inmenso dispensario que garantiza el acceso a costosas medicinas a la mayoría de la población. América, en fin, es una nación enferma, una nación enchufada a sus fármacos, un país en el que Tony Soprano se hunde en la depresión.


La encuesta de Express Scripts y con datos recolectados por Medco Health Solutions se hizo pública en 14 de mayo último y, mediante la revisión de 2,5 millones de recetas, ha descubierto que la enfermedad crónica más popular es el colesterol, seguida de la ansiedad, la depresión y la hipertensión. Un tercio de los