Turing fue gay y padre de las ciencias de la computación. Y, según sus biógrafos, no es descabellado establecer vínculos entre el interés por entender cómo la mente podía ser carne y su homosexualidad.
como el padre fundador de las ciencias de la computación. También es reconocida su genialidad como lider del equipo británico que desencriptó el código
que usaba el ejército nazi en las comunicaciones con su flota del Atlántico. Nadie discute tampoco que los trabajos realizados en
merecen ser recordados como un hito en la historia de la inteligencia artifical. Todo el mundo está de acuerdo en hablar del deslumbrante cerebro de Turing. Sin embargo, la mayoría de los estudiosos nada (o muy poco) cuentan sobre su homosexualidad, dando por hecho que no hay vínculos relevantes entre lo que sucede en un cerebro y lo que sucede en un cuerpo.
La historia de la ciencia está escrita bajo la hegemonía de un paradigma historiográfico. Lo que dice el canon es que la ciencia funciona cuando desaparece el sujeto que escribe. Es como si fuera una actividad de carácter anónimo en donde el único saber admitido, el que obtiene el placet de la comunidad científica, es el que logra expresarse con un lenguaje del que se ausentan las pasiones, las creencias o los caprichos de quien habla. Ya hemos hablado sobre este asunto y de la
ciencia como cultura oral.
La literatura científica, en tanto que género, se caracteriza, dice el canon, por haber suprimido las metáforas y cualquier otra forma de lenguaje figurado, para que sólo hablen los instrumentos, los experimentos y los hechos. Así las cosas, es fácil concluir que los textos científicos más redondos no tienen autor. Por lo mismo no es difícil suponer que las gentes de ciencia han tenido que aprender a escindir la vida profesional de su vida privada. Y si los textos escamotean la edad, género, ideología, nacionalidad o religión del autor, no digamos nada de su orientación sexual.
Sin embargo, la
biografía de A. Hodges de Turing (ver la
web que mantiene) exploró otras posibilidades en dos sentidos diferentes. El primero, averiguar si hay documentos que permitan saber si la homosexualidad fue o no un hecho decisivo en su vida intelectual y, en segundo lugar, si afectó o no a su carrera profesional.Y sí. La respuesta es sí.
La muerte prematura de Christopher Morcom, su primera pareja sentimental con la que compartía la pasión por las ciencias y la investigación, le afectó tanto que al parecer decidió dedicar su vida a entender cómo es posible que la mente humana tome asiento en un órgano corporal o, en otros términos, cómo explicar que las ideas salieran de esa materia que llamamos carne. Así fue como llegó a la convicción de que la mente humana debía ser entendiada como una máquina, lo que de ser probado dejaría sin fundamento científico cualquier forma de discriminación.
Respecto al segundo asunto hay mucho que contar. Se trata de una historia que no figura en los manuales de historia de las ideas (un error si nuestro anterior punto fuera verosímil) y que sí debieran tratar los escritos de historia de la ciencia. Mientras perteneció al ejército británico todo discurrió según la regla no escrita del “si no (me) preguntas, no (os) respondo”. Turing, en consecuencia, no ocultó su condición gay. En 1952 la policía invadió su casa para investigar su vida sexual y encontró lo que todo el mundo sabía. Turing no lo negó, fue sometido a juicio (la homosexualidad era entonces un delito) y condenado a prisión.
Para impedir que se truncara su carrera (no olvidemos que era un sabio reconocido) se le ofreció elegir entre la cárcel o un tratamiento hormonal que neutralizara su libido y le “curara” de la enfermedad. Y, en fin, optó por la castración química. Dos años más tarde, el 8 de junio de 1954, apareció muerto en su casa a la edad de 41 años. Turing se había suicidado y para muchos ingresó a la historia como un
mártir. Un destino que compartiría, entre otros, con Giordano Bruno y Lavossier, víctimas de tres formas todavía vigentes de intolerancia, la religiosa, la política y la sexual, respectivamente.
Un libro reciente del novelista David Leavitt vuelve sobre el tema para insinuar que su muerte se produjo en un momento de mucha paranoia antisoviética en el bando aliado. En fin, se dice con medias palabras que su muerte no fue un suicidio, sino un asesinato. Las indicios que avalan dicha tesis no son muy firmes, lo que no ha impedido que el libro salga a la calle con el provocador título
The man who knew to much (ver la
reseña de Hodges en The Independent). Lo que cuenta Leavitt es que Turing engordó y se deprimió mucho por el tratamiento hormonal, y que cuando se repuso decidió viajar por Europa, visitando algunos países del Este (antiguo bloque soviético) buscando muchas aventuras sexuales. Los servicios secretos de entonces, obsesionados con protegernos de la expansión comunista, vieron muchas posibilidades de que Turing no sólo estuviera coqueteando con su cuerpo, sino también con sus secretos. Y,...
Sadi Plant escribió un magnífico libro (
Zeroes & Ones: Digital Women and the New Technoculture) que daba cuenta de la desconocida participación de las mujeres durante la II Guerra Mundial en varios proyectos de gran importancia, incluidos el proyecto Manhatan y el citado Enigma, en los que se necesitaba mucha capacidad de computación cuando no había ordenadores. Al leerlo nos enteramos de que Plant ha especulado con la posibilidad de que el logo arco iris de Apple fuera un sutíl homenage a Turing y una denuncia de su inútil martirio. Tal vez no sea cierto, pero nadie negará que se trata de un bonito fin para este blues que
si non e vero, e bien trovato.