En el mundo debería haber más
personas intersexuales (gentes que no son machos ni hembras) que
albinos y, sin embargo, son invisibles.

Cualquiera que haya estado atento a lo
que pasaba estos últimos años ha tenido que enterarse
de la diferencia entre sexo y género. Sexo tiene que ver con
la biología que nos condiciona y género con la cultura
que nos modula. Tal deslinde era de gran importancia para las mujeres
porque les permitía sacudirse todos los estereotipos sociales
(que no determinantes genéticos) que las fuerzan a encarnar
valores y conductas impuestas y no elegidas.
Las cosas, sin embargo, no son tan
sencillas, como se explica en
Thinking
Girl, pues el 1,7% de los nacidos (5 cada día en USA) son
intersexuales
o, en otros
términos, gentes cuyo aparatro reproductor o sexual no es
de macho o de hembra. La intersexualidad es más común que el
albinismo, pero poca gente ha oído hablar de sus existencia.
Lo más extraño es que
es considerada una emergencia
médica que debe ser corregida de forma urgente.
Así
las cosas, queda entonces claro que, como explicó
Anne
Fausto-Sterling en
Sexing the Body, sexo y género son dos
categorías culturales diseñadas para imponer (un) orden
en el mundo. Los monstruos, los que salvan su digamos natural intersexualidad, son
gentes condenadas a la exclusión social. Este es el moto que anima la resistencia de los miembros de la
Intersexuality
Society of North America.
La cosa se explica rápido. Cómo
hemos aprendido en la escuela que hay dos sexos, la aparición
de otra cosa es considerada monstruosa y, por tanto operable. De
forma que nuestras instituciones médicas actuando como brazo
armado (de bisturí) de las políticas corrigen la
supuesta desviación y reafirman (construyen, deberíamos
decir) nuestra condición de especie con dos sexos, eliminando la existencia de los antiguamente llamados
hermafroditas.
¿Aciertan los cirujanos al
asignarle un sexo a la persona nacida intersexual? Para saberlo,
tienen
que esperar a que el niño/a sea adulto/a y entonces
comprobar si sexualmente es heterosexual (o, al menos, bisexual). Si
es así, entonces la operación fue correcta. Sí,
la contabilizan como un éxito médico. Recapitulemos. El
neonato recibe un sexo que le “cure de su enfermedad” y, más
tarde, sabemos que se curó cuando comprobamos que se comporta
de acuerdo con los mismos prejuicios que determinaron la necesidad de
meterlo en el quirófano.
En otras palabras que la tan aplaudida
distinción entre sexo y género es insostenible, pues
ambas categorías, como dice
Judith
Butler, son una
performance. En todo caso lo que
Fausto-Sterling
defiende es que la sexualidad no es dicotómica sino que se asienta sobre un
continuo que, como mínimo, debería dar cabida a la
existencia de 5 sexos.