Haber tenido la suerte de participar en blogAUT me ha dado la oportunidad de seguir experimentando con las nociones de autoridad y de experiencia
. Lo hago ahora para compartirla con quienes no pudieron acompañarnos aquella mañana. Es la segunda vez (
la primera) que doy cuenta en un acto público de lo que voy aprendiendo al estudiar el fenómeno de los blogs.
La dividí en dos partes: a) Explicar la noción de saber profano entendido como el que poseen los expertos en experiencia, y b) Mostrar que la autoridad no es independiente de los dispositivos que se usan para regularla y propagarla. Y, claro, comencé con una introducción que quería reivindicar la importancia de los blogs como una herramienta que está dando forma a la voluntad de participación de la ciudadanía en la gestión de los problemas del mundo. En esta ocasión, todos lo links remiten a otros post de tecnocidanos que amplían o matizan la reflexión.
Los ciudadanos y los híbridos
Nuestra sociedad se enfrenta al reto de tener que gestionar conflictos de una dimensión desconocida. Nos referimos a los graves problemas que enfrentamos en los terrenos sanitario, medioambiental o alimentario, por no mencionar los que tienen que ver con los movimientos de población, el progreso de las desigualdades o la anunciada crisis energética. Todos estos problemas manifiestan una extrema resistencia a ser tratados como objetos tecnocientíficos. O, en otros términos, se trata de asuntos con tantas y tan obvias connotaciones políticas y mediáticas que son irreductibles a parámetros controlables en el seguro y controlado espacio de un laboratorio.
No es sólo que la magnitud de los problemas haya desbordado las fronteras disciplinarias, nacionales o culturales. No es sólo que estemos tratando con objetos híbridos (ni científicos, ni políticos, ni mediáticos, sino todo al mismo tiempo), es que además nuestra sociedad está aprendiendo a desconfiar de la capacidad de los científicos y los tecnólogos para encontrar soluciones adecuadas. La
imagen triunfante de la ciencia está en crisis. Además de que siempre están enredados en polémicas paradigmáticas, también los encontramos con más frecuencia de la soportable aliados a los
intereses profesionales o los
compromisos corporativos de la empresa que les paga.
En tales circunstancias, la web en general y, sobre todo.
los blogs están creando nuevas oportunidades de experimentación con ideas que permiten que los científicos más comprometidos con los viejos ideales de la llamada República de los Sabios (cosmopolitismo, desinterés, comunitarismo, neutralidad,...) contribuyan a la creación de una opinión pública y autorizada. Por otra parte,
los colectivos ciudadanos de afectados, activistas o aficionados también disponen de tecnologías que les permiten movilizar sus preocupaciones, buscar aliados, crear conexiones y, en definitiva, participar en la configuración pública, participativa, horizontal, consensuada y, en algunos casos, contrastada, de una agenda de discusión con la que influir en la gestión de lo público y lo común.
Conocimiento y saber profanoLa historia de la ciencia ha estado obsesionada con documentar la estirpe intelectual, elitista y occidental de las ideas científicas. Los sabios de segunda, los países de segunda y las teorías de segunda son sistemáticamente silenciados. Tampoco han merecido mucho crédito el papel de los artesanos en la producción de instrumentos, ni todo el capítulo de los saberes profanos (parteras, campesinos, navegantes, grabadores, yerberos) y mucho menos las relaciones de las gentes de ciencia y sus públicos ya sea como testigos ya sea como consumidores. Pero disponemos hoy de una literatura que está poniendo en valor el papel de todo esta amplia panoplia de nuevos actores y mostrando que en términos históricos
la ciencia es una actividad más artesanal que cerebral, más pública que académica y más de aficionados que de profesionales.
No se trata de decidir qué conocimiento es mejor, porque al igual que el sostenido por los jardineros o las matronas ha sido durante siglos el único disponible, además de ser tan eficaz como basado en la experiencia. Es verdad que hay mucha
diferencia entre experiencia y experimentación (ver los ejemplos del
SIDA y el de la
electrosensibilidad), pero lo que aquí se sostiene es que los saberes sobre el uso curativo de las plantas, por ejemplo, no están exentos de discusión o prueba. Lo que sabe una comunidad local sobre su entorno o sus necesidades no puede ser catalogado como conocimiento derivativo, subalterno o banal.
Más aún, la prensa, los cafés. las tertulias, los salones, las enciclopedias, los ateneos, los clubs, los sindicatos, las exposiciones o las sociedades, entendidas como
instituciones características del saber profano (se podría decir, quizás con mayor rigor, colonizadas por el saber profano) han tenido un papel decisivo en la articulación de la opinión pública y la legitimación de valores ciudadanos. En fin, lo que defendí es que los blogs, en la línea de esta larga secuencia de ilustres antecesores, no deben ser concebidos como meros instrumentos de divulgación, sino que están contribuyendo a la creación de conocimiento nuevo, aunque solo sea porque están procediendo a una nueva forma de recombinar, jerarquizar y autorizar la información circulante.
Dispositivos autorizados
El argumento de la tercera parte versó sobre el creciente desdén que históricamente han practicado los científicos sobre cualquier otra forma de saber. Es lo que Isabel Stengers llama las
guerras de la ciencia y que, a mi entender, hay que dividir en dos grandes categorías. Las
civiles (o guerras de depuración) que aluden a las que se establecen entre disciplinas o comunidades científicas, como por ejemplo las que han mantenido las ciencias basadas en las matemáticas contra las biosanitarias. También hay
guerras coloniales para lograr desacreditar cualquier forma de saber que no pase el control de las instituciones académicas dominantes. Sobre ambos tipos de conflictos hay toneladas de literatura.
Pero para curarse de esta especie de complejo de culpa asociado a la condición (impuesta) de no poder hablar como científico, hay que recordar la larga historia de fracasos, fraudes, represiones, exclusiones y manipulaciones inherente a la práctica de la ciencia. La historia de estas prácticas olvidadas (u ocultadas) podría ser tan larga e instructiva, como la otra, la de los éxitos, que se puede comprar empaquetada en formato libro, documental, fascículo o reportaje.
Mirando esta historias se aprende mucho y, en particular, se pueden destacar dos primeras conclusiones: 1) que la mayor parte de los errores, especialmente los más sonados, se difunden por los mismos canales que los éxitos; es decir que pasan los mismos controles (
crisis del peer review) y alcanzan los mismos públicos; 2) que, en consecuencia, una gran parte de lo que llamamos autoridad no es más que el
imprimatur que otorga la red que filtra la información. O, en otros términos, si algo “circula o pasa” es porque está validado (obsérvese que no uso la palabra verdadero). ¡Y cuanto más circula un objeto más verdadero parece!
Y termino. No hay nada que pruebe que las cosas de pago tengan más calidad que las gratuitas, y mucho menos que las basadas en la economía del don, como lo demuestra el desarrollo del software libre y la wikipedia. En términos generales, los contenidos difundidos por los blogs son libres -en el doble sentido de
free beer (gratis) y de
free speech (independientes)- y hay una multitud de blogueros que dedican mucho tiempo a documentar sus opiniones y, en consecuencia, a validar unas fuentes frente a otras.
Tal vez, acaben los blogs derivando hacia su conversión en una nueva fuente de poder (otro media que aspire a controlar la opinión y el negocio de la publicidad), entre tanto deben ser juzgados por lo que ya son: el principal dispositivo de validación del saber basado en la experiencia, ya sea con palabras y tecnologías, ya sea con imágenes y el propio cuerpo.