Si los amateur son una consecuencia de la cultura de la Ilustracion, los tecnocidanos han surgido para ayudar a corregir sus excesos.
La existencia de los amateur en ciencia
es la mejor prueba de que la curiosidad, el goce por aprender, el
espíritu altruista son un gesto que
cuenta con cierto prestigio social. Los historiadores lo interpretan
como signo inequívoco de la expansión cultural de la ciencia y un
síntoma de la buena salud que goza la imagen pública de la llamada
moral de la ciencia, un concepto que da amparo al encuentro entre la
culturas del rigor y la cultura nacional o, dicho de otra manera, de
la convergencia entre las dios repúblicas: la República del Saber
que hace de la ciencia un bien común, y de la República civil que
hace del bien común una política.
Los amateur no sienten ningún interés
por los avatares que conducen la investigación hacia su
mercantilización y privatización. Tampoco quieren saber (casi)
nada sobre los laberintos del fraude o del consenso en ciencia, como
tampoco de las muchas servidumbres asociadas a la burocracia, la
carrera, la regulación o el índice de impacto. El amateur pertenece
de alguna manera a la cultura de las maravillas, siempre dispuesto a
dejarse sorprender y siempre preparado para escuchar al sabio.
Aunque su pasión son los espacios naturales, como corresponde a un
buen astrónomo, ornitólogo o ecologista, son hijos de los museos
decimonónicos, esos espacios repletos de objetos nunca vistos que
debemos a los exploradores y que supieron situarse en la intersección
del coleccionismo con la taxonomía y del gay saber con el buen
gusto.
El amateur, desde luego, nada tiene que
ver con el ciudadano inquieto por los organismos genéticamene
modificados, el cambio climático o la amenaza de la gripe aviar. El
amateur confía plenamente en los expertos y ni se le ocurre la
posibilidad de reemplazarlos. Lejos de desconfiar de sus saberes y
prácticas, aplaude sus conocimientos e imita sus maneras. Los
tecnocidanos, en cambio, quieren poner la ciencia bajo control
público y han aprendido a desconfiar de algunos cientígficos. San
también amantes del saber, pero hijos de la tecnociencia. Nacieron
con Hiroshima y supieron que eran actores decisivos de esta
era
damocleciana tras las catástrofes de Bhopal (diciembre, 1984),
Chernobil (abril, 1986) y del Challeger (enero, 1987).
Mientras los amateur adoran
(justamente) a
Carl
Sagan y su inolvidable serie Cosmos, los tecnocidanos siguen
enganchados a
Rachel
Carlson y su impactante
Silent Spring (1962). Los amateur nacieron
mientras leían a Feijoo o al conde Buffon, y gozaban en los
gabinetes de máquinas o de historia natural. Desde entonces siguen
boquiabiertos ante el espectáculo de los ascensos de globos, los
diaporamas, las exposiciones universales y los science center. Desde
luego no son una reliquia del pasado, como lo prueba la siempre
creciente industria de los documentales de National Geographic o el
canal Discovery, por no hablar del Epcot Center, las películas
ficción científica y la proliferación de ecocentros, parques
temáticos o ferias de la ciencia que se expande por nuestras
ciudades. No estamos hablando de una gente ingenua, frívola o
conformista, sino de personas que han consumado con éxito la
escisión promovida por la modernidad entre ciencia y cultura, lo que
equivale a confiar plenamente en la capacidad de nuestras
instituciones y los expertos para separar los hechos de las
opiniones. Los amateur no han aprendido o no quieren problematizar la
relación entre ciencia y sociedad.
Los tecnocidanos, sin embargo, están
enredados entre incertidumbres. Hace tiempo que perdieron la fe de
carbonero que caracterizó la admiración de los amateur hacia los
científicos y no dudan en expresar sus muchas dudas sobre el papel
de los expertos, unos actores que lejos de estar en la dinámica de
las soluciones, son vistos como una parte del problema. Todos los
días aparece en la prensa alguna noticia que nos habla de
conflictos de intereses, corrupción o fraude en ciencia. Y lo peor
es mirar para otro lado.
Reach,
el
Codex
Alimentarius o el
Panel
Intergubernamental del Cambio Climático son buenos ejemplos de
la urgencia que tenemos de abordar estos problemas con la
participación de nuevos actores. No es que podamos prescindir de los
expertos, sino que necesitamos incluir en los procesos de decisión
otros ciudadanos.
Los tecnocidanos, como también los amateur, han
venido para quedarse y son todo esa
multitud
de gentes que engrosa el voluntariado mediombiental, las
asociaciones de afectados, las agrupaciones ciudadanas, las ONG que
luchan por la justicia global. Si la institución histórica de
referencia de los amateur es la Royal Society o la
American
Association for the Advancement of Science, las de los
tecnocidanos son el
Bulletin
of Atomic Scientist,
los
science shops,
act
up,
wikipedia
o la
source
forge. La verdad, no se entre las estructuras mencionadas cuál
merece mayor admiración. Todas, sin embargo, tienen dos cosas en
común: la capacidad de los ciudadanos para apropiarse del
conocimiento y las tecnologías al margen (o en paralelo) de los
sectores del saber (y del poder) público y privado.