Los porcentajes de norteamericanos que esperan el inminente regreso de Jesucristo, que están a favor del creacionismo o que aguardan el inmediato fin del mundo, son apabullantes, incluso para los más pesimistas.
Los media nos han acostumbrado a que
los fin de año sean días de balances o pronósticos
y, así, no dejan de publicarse encuestas que quieren saber
cuál fue la mejor novela, el personaje más popular o
la noticia más chusca. En fin nuestra afición a las
encuestas no deja de crecer. Hay muchos mercados que se organizan
alrededor de este tipo de índices de popularidad. Y, desde
luego, algunos de los resultados que se difunden nos dejan mudos. ¿A
ver que les parece este?
Según una
encuesta
realizada por IPSOS para Associated Press y AOL, gracias
Cenk
Uygur, el 25% de los americanos creen que Jesucristo regresará a la Tierra este año. Lo diré de
otra manera: 75 millones de norteamericanos están convencidos
de que la segunda
parusía
es inmediata. La credulidad de los cristianos evangélicos
alcanza al 46%, mientras que entre los católicos sólo
afecta al 10%. Mucha gente detesta las encuestas y no es, como
sucederá en muchos casos, porque sean falsas o estén
manipuladas. Los críticos les niegan la capacidad que se les
atribuye para radiografiar una situación y, en cambio, sí
les reconocen una especie de voluntad de digamos esculpirla. O sea
que funcionan más como instrumentos de propaganda que de
información.
Pero dicho esto, habrá que
dedicar algún tiempo a considerar el resultado de
otras
encuestas convergentes,
recogidas por
Ronald
L. Numbers en un libro reciente aparecido en Harvard University
Press. En 2005, Gallup encontró que el 53% de
los americanos creía que Dios había creado a los
humanos, tal como “explica” la Biblia. Ese mismo año,
Netweek informó de otra encuesta que elevaba hasta el 80% a
los creyentes en que Dios creó el Universo. Lo más
sorpendente de otra encuesta realizada por el Pew Research Center es que
muchos profesores de biología (30% en Illinois, 38% en Ohio y
69% en Kentucky) estaban convencidos de que el creacionismo debía ser
enseñado en los Institutos.
Dos cosas más. Uniendo estas noticias beatas sobre dios y la naturaleza, a las muy
laicas sobre cambio climático, crisis energética o amenazas de
pandemia, cabe imaginar una expansión gigantesca de las convicciones
catastrofistas, lo que hace todavía más pertinentes las reflexiones de Dupuy sobre la necesidad de un
catastrofismo ilustrado.
Y la segunda.
Será difícil negar que los Estrados Unidos son
el país que más invierte en expandir la cultura de
la ciencia, cualquiera que sea el media que imaginemos, tanto si pensamos en
museos o
science center, como si consideramos el esfuerzo que se hace a través de la impren
ta (
prensa o libros) o en el cine y la TV. Ya sabíamos que divulgar no es suficiente. La cuestión es si la divulgación
, tal como la concebimos,
vale para algo.
Quienes están
interesados en estos asuntos, es decir en la
llamada cultura científica, tendrán que dejar de decir cosas obvias y, tras interiorizar estos hechos, imaginar soluciones más ingeniosas.