El fraude en ciencia parece irreductible si las instituciones de investigación no lo combaten con más energía.

Las malas prácticas en ciencia son un
objeto de preocupación creciente como corresponde a una sociedad que
cada vez delega más en sus expertos. Disponer de buenos peritajes,
separar las pruebas de los intereses, contar con hechos contrastados,
son actividades que dejaron de ser de la incumbencia exclusiva de los científicos para
tener muy amplias resonancias en los más diversos ámbitos de las
políticas sanitarias, medioambientales, energéticas o
agroalimentarias. Nadie discute la importancia de las
buenas prácticas,
pero los estudios con los que contamos arrojan conclusiones
inquietantes. Según un
reciente
estudio publicado en Nature la punta del iceberg del fraude
científico estaría rondando porcentajes cercanos al 9% de lo que se
publica.
La
Office
of Research Integrity, responsable del
estudio
y organismo nacional creado en USA para investigar las sospechas de
fraude científico, elabora cada año una media de 24 informes sobre casos
sospechosos de research misconduct (practicas irregulares de
investigación). Las actuaciones de la ORI se producen a petición de
las instituciones académicas cada vez que alguno de sus miembros es
acusado de una conducta irregular o, en otros términos, de haber
ocultado, inventado, manipulado o copiado datos para favorecer las
conclusiones que mejor se acomodan a sus intereses, incluido el de
redondear los datos para que las conclusiones de su trabajo merezcan
el favor de alguna revista de prestigio y así poder publicar un
papers.

El estudio aludido afirma que la cifra
de artículos sospechosos debe ser de unos 2325 casos, de los cuales
cerca de 1000 pasan desapercibidos. En efecto, el problema tiene
proporciones considerables, aún cuando la estimación ha sido
prudente y muy por debajo de lo que seguramente está ocurriendo.
Los datos publicados son los siguientes: Se ha enviado una encuesta
sobre el asunto a 4.298 científicos con financiación en 2006 de los
National Institutes of Health pertenecientes a 605 instituciones
diferentes. A la pregunta de si conocen casos de fraude en los
últimos tres años (2002-05) que puedan pormenorizar han respondido
2.212 (el 51%). De ellos, 192 científicos (el 8,7%) han respondido
afirmativamente y han descrito 265 incidentes. Tras ser investigados
se ha concluido que hubo 164 científicos (7,4%) que perpetraron en
total 201 casos de fraude, ya sea por falsificación de datos (60%),
ya sea por plagio (36%). Al extrapolarse estos datos al conjunto
(155.000 en total) de los científicos financiados por los NIH,
siempre según hipótesis muy prudentes (
very conservatively),
resultan las cifras y porcentajes previamente comentados.
El informe difundido en Nature recuerda
varias veces al lector que la realidad desvelada, la ciencia
tramposa, no es más que la punta de un iceberg, que
anida
sobre todo en las ciencias biomédicas y cuyos principales grupos
de afectados son los científicos postdoctorales y los seniors. Y es
que, en efecto, el problema tiene unas dimensiones alarmantes (ver
aquí,
aquí
y
aquí).
Para solucionarlo, se proponen algunas medias (ver
editorial
de Nature) entre las que destacan la recomendación de promover
políticas de tolerancia cero, porque han comprobado que las
instituciones tienden a ocultar, disfrazar o minimizar estas
corruptelas por temor a que se deteriore la imagen de la institución
y, como consecuencia, perder alumnos o recursos. De hecho, el 43% de
quienes denunciaron la existencia de tramposos han declarado que se
les presionó para que retiraran la acusación. El problema entonces
es profundo y está bien arraigado en el limbo corporativista de la mayoría de las instituciones.