El reciente lanzamiento de Científicos
sin Fronteras muestra la rápida convergencia entre los modos de la
filantropía 2.0 y la ciencia 2.0.

Hace unas semanas que nació
Scientists
without Borders, ver la noticia en
Nature
y
Cell,
y mientras me enteraba de la noticia me preguntaba por los motivos de los científicos para tardar tanto en homologarse con otros colectivos profesionales que ya se identificaron hace mucho tiempo como sin fronteras o, en otros términos, que vale la pena preguntarse por la naturaleza de las fronteras que quieren atravesar.
Pero comencemos con los hechos.
La
institución promotora es la New York Academy of Sciences (NYAS),
cuyo presidente Ellis Rubinstein ha anunciado su amparo a una web que
servirá de interface entre las necesidades de ciencia que hay en el
mundo y los deseos de muchos científicos de cooperar para que los
problemas no sigan aumentando. El lanzamiento,
auspiciado
por varias instituciones ricas y prestigiosas, ha coincidido con
el anuncio de que algunos laboratorios farmacéuticos, siguiendo la deriva del
filantrocapitalismo, han hecho
donaciones por valor de un millón de dólares.









No es mucho, si tenemos en cuenta que
Médicins sans Frontières adminsitra un presupuesto anual de 896
millones de dólares, pero la iniciativa tiene perfiles de mucho
interés, ver
la
noticia en BioMed Central. Al presentarse como el Facebook o el
Kiva de la ciencia se nos está
diciendo que la gran apuesta de este proyecto es crear una
constelación de comunidades de concernidos (de afectados o de
interesados) formadas alrededor de un problema/interés, las gentes
que lo sufren/experimentan y los científicos que lo pueden
peritar/evaluar para buscar entre todos alguna solución sensible al
contexto local.
Dentro de las agrupaciones sin
fronteras, la que pretende reunir a los científicos es singular.
Para los otros colectivos sin fronteras (los médicos, los ingenieros
o los periodistas, todos pertenecientes a la empresa del
conocimiento) la clave está en desplazar a profesionales hasta los
lugares de conflicto y prestar allí asistencia. Los científicos,
sin embargo, han descubierto que ya es posible una acción es a
distancia. Hasta no hace mucho, recoger, archivar y distribuir
información era una empresa extremadamente costosa que sólo se
podía financiar y gestionar desde estructuras tan complejas como los
imperios o los estados. La botánica, la antropología y la
geografía, por solo citar algunos ejemplos obvios, eran actividades
que había que desarrollar in situ para luego poder gestionar a
distancia. Hablar desde Londres, Roma, San Petersburgo o Madrid de
rutas, plantas o poblaciones, entre otros recursos, obligaba a
disponer de mapas, sistemas de clasificación y catastros que
demandaban muchos geómetras, naturalistas, astrónomos e ingenieros,
además de centenares de amateurs, eruditos o artesanos locales que
ayudaban con su conocimiento tradicional a encontrar los atajos, las
utilidades o los dispositivos arraigados en cada territorio.
Todas las veces que alguien ha buscado
los rastros de esta colaboración entre metropolitanos y coloniales
no ha quedado defraudado. Siempre lucen de forma impecable e
innovadora las muchas formas de interacción entre los expertos
foráneos y los sabios autóctonos. La mayoría de los
historiadores, sin embargo, han elegido otra estrategia
historiográfica y aparentan haberse quedado fascinados por la
potencia mental, militar o económica de los agentes de la expansión.
Al final, como han denunciado los estudios postcoloniales, su pluma
puede ser calificada de instrumento de legitimación del dominio
económico de Occidente (en realidad, de tres o cuatro países)
sobre la base de su superioridad intelectual y tecnológica. Hablar
de ideas, paradigmas o teorías es entonces una actividad intelectual
muy delicada si implica alguna forma de desdén hacia el día a día
del trabajo del explorador y poca atención al proceso de permanente
apropiación (o desanclaje, como la llama Giddens) de los saberes
locales. Lo que ocupa el capítulo no escrito de las llamadas
contingencias históricas (eso que despectivamente fue nombrado
historia
evenemencial) tiene unas dimensiones gigantescas y cada día hay
más historiadores capaces de encontrar tesoros entre las fuentes que
antes registraba el devenir de los actores que nuestros prejuicios de
clase, raza o género calificaron de secundarios.
La condición de países pobres en
donde operarán los científicos sin fronteras obligará a dar la
debida relevancia a muchos problemas que son invisibles desde los
centros de investigación y decisión noratlánticos. Hablamos de
asuntos en los que se hace muy difícil trazar la línea que separa
los aspectos científicos de los sociales, culturales o históricos.
Y en tales circunstancias será imposible convertirlos en objetos de
laboratorio, lo que significa que no podrán ser reducidos a un
número limitado de variables cuantificables, sino que habrá que
abordarlos admitiendo la existencia de varias narrativas posibles
sobre el alcance, consecuencias y posibles soluciones de los
mencionados problemas.
Los científicos sin fronteras, como cualesquiera otros, se moverán entre hechos, pero tendrán que incorporar
los procedentes de tradiciones epistémicas o ámbitos del
conocimiento inconmensurables. Y esto, dada la formación que se imparte en nuestras universidades, constituye un reto de de capital importancia, si es que de verdad quieren cruzar la frontera que pueda conducirles a la construcción de un conocimiento socialmente robusto y científicamente impecable. Los científicos sin fronteras tendrán que
admitir públicamente que están enfrentando problemas que son mucho más complejos que la suma de sus partes. Mas aún, si conceptualmente pudiera desmontarse el puzle sin riesgo de romperlo, lo más probable es que tampoco se intentara porque el coste de reducir a científicos los problemas no siempre es financiable y su coste podría ser descomunal. Así,
en lugar de naturalizar la política, tendrán que politizar la
naturaleza.
Científicos sin fronteras representa
entonces una manera significativamente distinta de hacer ciencia. No
es sólo que el recabamiento de la información incorpora una
pluralidad de actores y, como hemos visto, una diversidad de
epistemes inabordables según los patrones institucionales, políticos
y jurídicos al uso, sino que también constituye una significativa
apuesta por la cultura abierta y la
ciencia
2.0 que, desde luego, incluye el open access, pero en donde
alcanzan toda su plenitud las políticas de open data y, en términos
generales, de open lab. No es la única iniciativa existente de estas
características, ver
New
York Times, pero sí parece ser la más comprometida con las
tecnologías de la llamada web 2.0 , así como con las nuevas nuevas
estrategias que adopta la
filantropía
2.0.