LoginRSS 2.0 Feed

científicos sin fronteras

Enviado el sábado, 21 de junio de 2008 16:55

El reciente lanzamiento de Científicos sin Fronteras muestra la rápida convergencia entre los modos de la filantropía 2.0 y la ciencia 2.0.

Logo_de_Científicos_sin_Fronteras Hace unas semanas que nació Scientists without Borders, ver la noticia en Nature y Cell, y mientras me enteraba de la noticia me preguntaba por los motivos de los científicos para tardar tanto en homologarse con otros colectivos profesionales que ya se identificaron hace mucho tiempo como sin fronteras o, en otros términos, que vale la pena preguntarse por la naturaleza de las fronteras que quieren atravesar. Pero comencemos con los hechos.

La institución promotora es la New York Academy of Sciences (NYAS), cuyo presidente Ellis Rubinstein ha anunciado su amparo a una web que servirá de interface entre las necesidades de ciencia que hay en el mundo y los deseos de muchos científicos de cooperar para que los problemas no sigan aumentando. El lanzamiento, auspiciado por varias instituciones ricas y prestigiosas, ha coincidido con el anuncio de que algunos laboratorios farmacéuticos, siguiendo la deriva del filantrocapitalismo, han hecho donaciones por valor de un millón de dólares.

No es mucho, si tenemos en cuenta que Médicins sans Frontières adminsitra un presupuesto anual de 896 millones de dólares, pero la iniciativa tiene perfiles de mucho interés, ver la noticia en BioMed Central. Al presentarse como el Facebook o el Kiva de la ciencia se nos está diciendo que la gran apuesta de este proyecto es crear una constelación de comunidades de concernidos (de afectados o de interesados) formadas alrededor de un problema/interés, las gentes que lo sufren/experimentan y los científicos que lo pueden peritar/evaluar para buscar entre todos alguna solución sensible al contexto local.

Dentro de las agrupaciones sin fronteras, la que pretende reunir a los científicos es singular. Para los otros colectivos sin fronteras (los médicos, los ingenieros o los periodistas, todos pertenecientes a la empresa del conocimiento) la clave está en desplazar a profesionales hasta los lugares de conflicto y prestar allí asistencia. Los científicos, sin embargo, han descubierto que ya es posible una acción es a distancia. Hasta no hace mucho, recoger, archivar y distribuir información era una empresa extremadamente costosa que sólo se podía financiar y gestionar desde estructuras tan complejas como los imperios o los estados. La botánica, la antropología y la geografía, por solo citar algunos ejemplos obvios, eran actividades que había que desarrollar in situ para luego poder gestionar a distancia. Hablar desde Londres, Roma, San Petersburgo o Madrid de rutas, plantas o poblaciones, entre otros recursos, obligaba a disponer de mapas, sistemas de clasificación y catastros que demandaban muchos geómetras, naturalistas, astrónomos e ingenieros, además de centenares de amateurs, eruditos o artesanos locales que ayudaban con su conocimiento tradicional a encontrar los atajos, las utilidades o los dispositivos arraigados en cada territorio.

Todas las veces que alguien ha buscado los rastros de esta colaboración entre metropolitanos y coloniales no ha quedado defraudado. Siempre lucen de forma impecable e innovadora las muchas formas de interacción entre los expertos foráneos y los sabios autóctonos. La mayoría de los historiadores, sin embargo, han elegido otra estrategia historiográfica y aparentan haberse quedado fascinados por la potencia mental, militar o económica de los agentes de la expansión. Al final, como han denunciado los estudios postcoloniales, su pluma puede ser calificada de instrumento de legitimación del dominio económico de Occidente (en realidad, de tres o cuatro países) sobre la base de su superioridad intelectual y tecnológica. Hablar de ideas, paradigmas o teorías es entonces una actividad intelectual muy delicada si implica alguna forma de desdén hacia el día a día del trabajo del explorador y poca atención al proceso de permanente apropiación (o desanclaje, como la llama Giddens) de los saberes locales. Lo que ocupa el capítulo no escrito de las llamadas contingencias históricas (eso que despectivamente fue nombrado historia evenemencial) tiene unas dimensiones gigantescas y cada día hay más historiadores capaces de encontrar tesoros entre las fuentes que antes registraba el devenir de los actores que nuestros prejuicios de clase, raza o género calificaron de secundarios.

La condición de países pobres en donde operarán los científicos sin fronteras obligará a dar la debida relevancia a muchos problemas que son invisibles desde los centros de investigación y decisión noratlánticos. Hablamos de asuntos en los que se hace muy difícil trazar la línea que separa los aspectos científicos de los sociales, culturales o históricos. Y en tales circunstancias será imposible convertirlos en objetos de laboratorio, lo que significa que no podrán ser reducidos a un número limitado de variables cuantificables, sino que habrá que abordarlos admitiendo la existencia de varias narrativas posibles sobre el alcance, consecuencias y posibles soluciones de los mencionados problemas.

Los científicos sin fronteras, como cualesquiera otros, se moverán entre hechos, pero tendrán que incorporar los procedentes de tradiciones epistémicas o ámbitos del conocimiento inconmensurables. Y esto, dada la formación que se imparte en nuestras universidades, constituye un reto de de capital importancia, si es que de verdad quieren cruzar la frontera que pueda conducirles a la construcción de un conocimiento socialmente robusto y científicamente impecable. Los científicos sin fronteras tendrán que admitir públicamente que están enfrentando problemas que son mucho más complejos que la suma de sus partes. Mas aún, si conceptualmente  pudiera desmontarse el puzle sin riesgo de romperlo, lo más probable es que tampoco se intentara porque el coste de reducir a científicos los problemas no siempre es financiable y su coste podría ser descomunal. Así, en lugar de naturalizar la política, tendrán que politizar la naturaleza.

Científicos sin fronteras representa entonces una manera significativamente distinta de hacer ciencia. No es sólo que el recabamiento de la información incorpora una pluralidad de actores y, como hemos visto, una diversidad de epistemes inabordables según los patrones institucionales, políticos y jurídicos al uso, sino que también constituye una significativa apuesta por la cultura abierta y la ciencia 2.0 que, desde luego, incluye el open access, pero en donde alcanzan toda su plenitud las políticas de open data y, en términos generales, de open lab. No es la única iniciativa existente de estas características, ver New York Times, pero sí parece ser la más comprometida con las tecnologías de la llamada web 2.0 , así como con las nuevas nuevas estrategias que adopta la filantropía 2.0.

Compartir:

añadir a furl añadir a del.icio.us añadir a technorati añadir a blinklist añadir a digg añadir a google añadir a stumbleupon añadir a yahoo añadir a meneame ¿Qué es?

Enviar Comentario
Titulo
 
Nombre
 
Correo electrónico
Comentario  
Por favor, escriba el código que ve a su izquierda (en mayúsculas):