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orgullo académico

Enviado el lunes, 02 de junio de 2008 7:57

Algunas autoridades francesas se han acostumbrado a proclamar la obsolescencia de las instituciones cientificas nacionales y, como respuesta a semejante desdén, algunos investigadores han salido a proclamar su orgullo académico.

Manifestación por el orgullo académico en Paris el 27 de mayo de 2008La semana pasada se celebraron en varias ciudades francesas manifestaciones bajo el lema Academic Pride. La marche des tous les savoirs para protestar contra las reformas que el gobierno francés quiere introducir en la organización de la ciencia. Los científicos franceses llevan ya cuatro años de movilización, inquietos por la insistencia con la que las autoridades ministeriales hablan de ineficiencia, irrelevancia o insolidaridad de muchas de las estructuras de investigación.

Implícita y explícitamente se les acusa de ser cómplices del declive de Francia por su incapacidad para asumir mayor liderazgo en la defensa de la competitividad industrial, la visibilidad internacional o la creación de riqueza. El debate, como sabemos, está lejos de ser estrictamente francés y sus ecos, una vez que se declare la obsolescencia de la mitad de las estructuras científicas comunitarias, se extenderán por toda Europa.

Los organizadores están satisfechos. En París acudieron a la convocatoria unas 3000 personas y en el conjunto nacional la cifra ascendió hasta los 6-7 mil investigadores. La movilización, calificada de primera marcha por el academic pride, insinuando que habrá más, debe inscribirse en una larga lucha que lleva varios años en marcha y que se concretó en la creación en 2004 de la asociación independiente Sauvons la recherche y en la convocatoria de los Etats Généraux de la Recherche (Grenoble, octubre de 2004).

Obviamente, lo que está en discusión es el modelo de ciencia que mejor se adapta a la situación actual. Los detractores de las políticas gubernamentales hablan sin tapujos de que la Administración, en manos de fanáticos de los modos de gestión gerencial, quiere destruir la unidad de los científicos y disminuir su capacidad de resistencia, antes de su (re)conversión definitiva en meros agentes del sistema productivo, lo que es tanto como sustituir la tradicional cultura del proyecto por la del contrato y, a la postre, imponer los objetivos a corto plazo y la precariedad laboral como los dos ejes (administrativo y profesional) que vertebrarán la investigación.

La queja más grave de los convocantes consiste en acusar al gobierno de basar sus argumentaciones en una doble idealización: la que ha convertido el (supuesto) modelo angloamericano en el paradigma de todas las reformas y la que ha sacralizado la capacidad de diagnóstico de los sistemas de evaluación vigentes. Los científicos están diciendo que los nuevos gerentes de la ciencia son menos tecnócratas que metafísicos. La incomprensión que más les duele tiene que ver con el segundo estereotipo, pues los protocolos de evaluación reconocidos se basan en parámetros adaptados a realidades que no son trasladables a la situación francesa. Cierto, el ranking universitario de Shanghai, por ejemplo, ha recibido muchas críticas y, como era de esperar, sus propios responsables han reconocido que las universidades francesas y alemanas podrían estar infravaloradas. No faltan, como no podía ser menos, críticas justificadas provenientes de todas las latitudes.

El índice de impacto es otra variable que no contenta a todos por igual y, para defender el éxito relativo del CNRS, muchos de sus investigadores piden que se mida el coste que tiene para cada país la publicación de un paper. Contra las veladas (y muy justificadas) acusaciones de endogamia y corporativismo que lanzan los gestores de la ciencia hacia los funcionarios investigadores, los científicos se quejan de no recibir suficientes recursos y, en consecuencia, de no contar con un sostenido respaldo público. Y es que ciertamente, como se explica en El reto de Oxford, para hablar de ciencia hay mucho que hablar de finanzas.

No todo en ciencia, sin embargo, es dinero. Lo novedoso de este debate es que se enfrentan dos maneras de entender la ciencia, pues si se obliga a los profesores a hacer papers, recabar recursos e impartir master es bastante probable que se produzca una degradación sin precedentes de la función educativa, en beneficio de la instrucción. Pero la presión de hace unos (pocos) años en favor de la excelencia y la visibilidad, parece ahora estar siendo reemplazada por otros valores más cercanos a la competitividad (conseguir recursos para el conocimiento) y la rentabilidad (hacer de los conocimientos un recurso).

Si las cosas son como las pintan los convocantes del Academic Pride pronto la ciencia dejará de ser una empresa cosmopolita, desinteresada, tentativa y neutral al servicio del bien común. Ignoro en qué libros aprendieron esta historia feliz, ampliamente compartida por la mayoría de los programas de divulgación, pero lo cierto es que tampoco la ciencia fue nunca una empresa tan pía. El diario Liberation, con motivo de la convocatoria, hizo un pequeño reportaje y sondeó entre cuatro jóvenes investigadores los motivos de su decepción. Lo más sorprendente, es que sus respuestas contienen una imagen de la ciencia que parece sacada de una producción de Walt Disney, tan sesgada como inocente, contra la cual contrastaban el mundo que habían encontrado en los laboratorios. Resulta paradójico que la Administración se encuentren con la dificultad de tener que vencer la imagen ilusoria de la ciencia que se tiende a difundir desde la mayoría de los media que ella misma cofinancia, incluidos los museos científicos, los premios a la divulgación y las oficinas de prensa.

La Manifestación por el orgullo académico de Paris salió desde la Maison des Sciences de l'Homme en el Boulevard Raspail Los investigadores salen a la calle (ver fotos) para afirmar su derecho a ser diferentes (emulando los emblemas que otrora favorecieron el orgullo gay), pues el gobierno quiere un tipo de científico que contradice abiertamente el modelo tradicional. Los siete mil científicos que se manifestaron expresaron su orgullo de seguir perteneciendo a una manera de hacer ciencia que no puede caer en la obsolescencia. No es sólo que a los jóvenes se les ofrezca precariedad y a los senior se les reproche su mediocridad. Como sea, a nadie sorprenderá que muchos científicos quieran manifestarse y proclamar que nadie probó todavía que se incremente la productividad en un marco de mayor inestabilidad, como tampoco que el problema de la ciencia francesa no sea de recursos o, en otro orden de cosas, que en las universidades norteamericanas no exista endogamia, vanidad, fraude, conformismo, despilfarro, banalidad y mucho paper irrelevante.

En la medida en la que los manifestantes tengan algo de razón, estarían entonces atrapados entre dos idealizaciones insostenibles, la de la ciencia anglosajona y la de la ciencia ilustrada, pues ninguna de las dos existió más que como herramienta para el combate político. Y, para terminar, la reforma que se pide se estaría entonces haciendo por motivos ideológicos con la única finalidad de doblegar la independencia de las instituciones científicas frente al poder político y el no menos insidioso poder económico. Y si así fuera, el debate que toma forma en Francia es el mismo debate que nos debería ocupar a todos.

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Comentarios

# re: orgullo académico

02/06/2008 10:55 por Alberto
Hola Antonio. Un post clarísimo y clarividente - aunque ya sabes que el tema me fascina.

Brevemente, sólo quería apuntar la muy interesante transformación del vocabulario político de la ciencia a raíz de la nueva ola de comercializaciones y privatizaciones de la producción científica.

Los casos de Francia y Oxford, y en España empieza a pasar otro tanto, ilustran muy bien el objetivo que tiene en mente la "nueva organización de la ciencia", el llamado Modo 2: la producción y transferencia de "conocimiento".

Creo que la batalla política por el "conocimiento" es una batalla perdida. No conozco a nadie, ni siquiera un economista, que sepa lo que es producir "conocimiento". Cometemos un error (nosotros, los académicos) cuando participamos del lenguaje del conocimiento. Es interesantísimo como la palabra "investigación" (research) se está cayendo de la retórica de la política científica; y no decir ya del término "scholarship", que dejó de aparecer hace muchísimo tiempo.

El trabajo científico es un trabajo como otro cualquiera: que requiere de muchísimas horas, paciencia y dedicación. Es un "trabajo" (labour) y esto no hay que olvidarlo, porque tanta retórica en torno al conocimiento nos hace olvidar y eclipsa el esfuerzo (labour hours) que exige la investigación.

Por eso, para mí, es un gran error pensar el Modo 2 (o como queramos llamarlo) a partir de la "organización del conocimiento". Creo que resultaría mucho más fértil y responsable partir de la "organización del trabajo".

Un abrazo, Alberto

# re: orgullo académico

16/06/2008 18:39 por JoseAngel
En mi departamento tenemos ejemplos acabados... y en mi disciplina. Filólogos que dicen que la Filología es una cosa caduca y del pasado y que no tiene tirón. Y que la Aneca, fetén, qué criterio infalible, oye. Que a esos hay que subordinar el criterio. Más orgullo académico haría falta por aquí.

# re: orgullo académico

31/03/2009 20:01 por Rafa
Nunca, ni cuando de chiquitín me asustaba tanto el mundo, llegué a soñar que vería -que leería- un acontecimiento tan realmente inesperado como divertido: un grupo (y no precisamente pequeño) de hombres y mujeres supuestamente hererosexuales que deciden -¡válgame Dios!- luchar por sus derechos y su identidad (profesional) copiándonos a los gays -a los mariquitas, vaya, o a los maricones, eligid lo que más os plazca. Lo dicho: válgame Dios; bueno, sólo si los hermanos Rouco y Varela no se me enfadan (porque son dos, ¿no?).

Vivir para ver. Ahora resulta que después de años de ser marginados, ridiculizados y penalizados jurídica y socialmente, los "de la acera de enfrente" no sólo hemos logrado una relativa igualdad legal -ahí es nada-, sino que encima nos hemos convertido en todo un modelo de movimiento reivindicativo. No os despistéis: ésta es la gran noticia, amigos míos, y no que los investigadores galos teman un cambio de estatus (asunto, por lo demás, nada original allí: la Revolución Francesa empezó porque los nobles no querían dejar de ser funcionarios mientras el Tercer Estado les exigía productividad). En serio: la noticia es que, al parecer, los científicos necesitaban salir del armario porque les tenían encerrados en él (con lo incómodo que es, hablo por experiencia), y así arrancar algo más de respeto a una sociedad anticientífica, brutalizada, consumista y, por ende, cateta. Gran, gran noticia.

No, creedme, no tengo nada en contra de que 3.000 personas tan "oprimidas" -que, además, son colegas míos- imiten el movimiento del "Gay Pride", ni tampoco pienso, desde luego, que al relacionar una protesta con la otra, siquiera sea en su inspiración, nuestro movimiento -MI MOVIMIENTO- corra el riesgo de ser rebajado a una simple y ocasional manifestación de gente por lo general bien pagada y llenita de derechos civiles por todos los lados y desde hace mucho tiempo. No, por el amor de Dios (lo siento, hay maricas creyentes), que nadie tema por el riesgo de frivolizar la batalla gay al establecer analogías con los imitadores que nos han salido en París -cuyo alcalde, por cierto, es de mi gremio, loado sea el Señor.

Es cierto que algunas mentes singulares e incluso algunas cabezas coronadas (sin ir más lejos, la de nuestra amada reina doña Sofía) piensan que la fiesta del 28 de Junio no es más que una demostración callejeril, ruidosa y "alocada" de gente poco fiable; vamos, de aquélla a la que nunca invitarían a una cena de gala de ésas que dan en palacio y que pagamos todos, incluso los gays. Pero, en general, el público nos quiere cada vez más, esto es, ya no pide que nos quemen ni nos castren, lo cual es todo un ventajón. Y en esto, que es adonde quería ir a parar, han tenido mucho que ver los científicos...

Fueron ellos los que, en la segunda mitad del siglo XIX, nos redimieron a los gays de ser considerados "sodomitas" condenados por la Iglesia para, en un alarde de la genialidad humana, meternos en otro armario: el del "homosexual", neologismo (bastante feo, por cierto) que definía una categoría más patológica que otra cosa. O sea, que pasamos de la cárcel de la Inquisición al paraíso del hospital psiquiátrico. Nunca, nunca podremos agradecer los gays el gran favor que nos hicieron algunos científicos, de los que tampoco sé si escribían "papers" o cobraban pluses de productividad. El caso es que hoy, quién lo diría, ellos han decidio imitar a sus antiguos pacientes para recuperar parte de su dignidad. ¿Habrá quien piense que son una pandilla de "alocados"? ¿Preguntará Pilar Urbano a la reina en su próximo libro -Dios no lo vea- si está de acuerdo con las protestas "gays" de los científicos franceses? Y, sobre todo, ¿cuántos, por el amor de Dios, cuántos de mis colegas en Francia y en cualquier país del mundo que vayan a manifestarse en un "Academic Pride" habrán condenado, insultado e incluso maltratado de palabra y obra a quiénes acuden a los auténticos "Pride"?

Moraleja: si el médico (o la doctora) se han pasado a la otra acera, han salido del armario y, encima, han montado un nuevo "Pride" a imitación de sus antiguos pacientes, entonces no hay duda de que el mundo se está amariconando. Es decir, se está curando.

Bendita salud.

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