Algunas autoridades francesas se han acostumbrado a proclamar la obsolescencia de las instituciones cientificas nacionales y, como respuesta a semejante desdén, algunos investigadores han salido a proclamar su orgullo académico.

La semana pasada se celebraron en
varias ciudades francesas manifestaciones bajo el lema
Academic
Pride. La marche des tous les savoirs para protestar
contra las reformas que el gobierno francés quiere introducir en la
organización de la ciencia. Los científicos franceses llevan ya
cuatro años de movilización, inquietos por la insistencia con la
que las autoridades ministeriales hablan de ineficiencia,
irrelevancia o insolidaridad de muchas de las estructuras de
investigación.
Implícita y explícitamente se les acusa de ser
cómplices del declive de Francia por su incapacidad para asumir
mayor liderazgo en la defensa de la competitividad industrial, la
visibilidad internacional o la creación de riqueza. El debate, como
sabemos, está lejos de ser estrictamente francés y sus ecos, una
vez que se declare la obsolescencia de la mitad de las estructuras
científicas comunitarias, se extenderán por toda Europa.
Los
organizadores están satisfechos. En París acudieron a la
convocatoria unas 3000 personas y en el conjunto nacional la cifra
ascendió hasta los 6-7 mil investigadores. La movilización,
calificada de primera marcha por el academic pride, insinuando que
habrá más, debe inscribirse en una larga lucha que lleva varios
años en marcha y que se concretó en la creación en 2004 de la
asociación independiente
Sauvons
la recherche y en la convocatoria de los
Etats
Généraux de la Recherche (Grenoble, octubre de 2004).
Obviamente, lo que está en discusión
es el modelo de ciencia que mejor se adapta a la situación actual.
Los detractores de las políticas gubernamentales hablan sin tapujos
de que la Administración, en manos de fanáticos de los modos de
gestión gerencial, quiere destruir la unidad de los científicos y
disminuir su capacidad de resistencia, antes de su (re)conversión
definitiva en meros agentes del sistema productivo, lo que es tanto
como sustituir la tradicional cultura del proyecto por la del
contrato y, a la postre, imponer los objetivos a corto plazo y la
precariedad laboral como los dos ejes (administrativo y profesional)
que vertebrarán la investigación.
La queja más grave de los convocantes
consiste en acusar al gobierno de basar sus argumentaciones en una
doble idealización: la que ha convertido el (supuesto) modelo
angloamericano en el paradigma de todas las reformas y la que ha
sacralizado la capacidad de diagnóstico de los sistemas de
evaluación vigentes. Los científicos están diciendo que los nuevos
gerentes de la ciencia son menos tecnócratas que metafísicos. La
incomprensión que más les duele tiene que ver con el segundo
estereotipo, pues los protocolos de evaluación reconocidos se basan
en parámetros adaptados a realidades que no son trasladables a la
situación francesa. Cierto, el
ranking
universitario de Shanghai, por ejemplo, ha recibido
muchas críticas y, como era de esperar, sus propios responsables han
reconocido que las universidades francesas y alemanas podrían estar
infravaloradas. No faltan, como no podía ser menos,
críticas
justificadas provenientes de todas las latitudes.
El índice de impacto es otra variable
que no contenta a todos por igual y, para defender el éxito relativo
del CNRS, muchos de sus investigadores piden que se mida el coste
que tiene para cada país la publicación de un paper. Contra las
veladas (y muy justificadas) acusaciones de endogamia y
corporativismo que lanzan los gestores de la ciencia hacia los
funcionarios investigadores, los científicos se quejan de no recibir
suficientes recursos y, en consecuencia, de no contar con un
sostenido respaldo público. Y es que ciertamente, como se explica
en
El
reto de Oxford, para hablar de ciencia hay mucho que hablar de
finanzas.
No todo en ciencia, sin embargo, es
dinero. Lo novedoso de este debate es que se enfrentan dos maneras de
entender la ciencia, pues si se obliga a los profesores a hacer
papers, recabar recursos e impartir master es bastante probable que
se produzca una degradación sin precedentes de la función
educativa, en beneficio de la instrucción. Pero la presión de hace
unos (pocos) años en favor de la excelencia y la visibilidad, parece
ahora estar siendo reemplazada por otros valores más cercanos a la
competitividad (conseguir recursos para el conocimiento) y la
rentabilidad (hacer de los conocimientos un recurso).
Si las cosas son como las pintan los
convocantes del
Academic Pride
pronto la ciencia dejará de ser una empresa cosmopolita,
desinteresada, tentativa y neutral al servicio del bien común.
Ignoro en qué libros aprendieron esta historia feliz, ampliamente
compartida por la mayoría de los programas de divulgación, pero lo
cierto es que tampoco la ciencia fue nunca una empresa tan pía. El
diario
Liberation,
con motivo de la convocatoria, hizo un pequeño reportaje y sondeó
entre cuatro jóvenes investigadores los motivos de su decepción. Lo
más sorprendente, es que sus respuestas contienen una imagen de la
ciencia que parece sacada de una producción de Walt Disney, tan
sesgada como inocente, contra la cual contrastaban el mundo que
habían encontrado en los laboratorios. Resulta paradójico que la
Administración se encuentren con la dificultad de tener que vencer
la imagen ilusoria de la ciencia que se tiende a difundir desde la
mayoría de los media que ella misma cofinancia, incluidos los museos
científicos, los premios a la divulgación y las oficinas de prensa.

Los investigadores salen a la calle
(ver
fotos) para afirmar su derecho a ser diferentes (emulando los emblemas que
otrora favorecieron el orgullo gay), pues el gobierno quiere un tipo
de científico que contradice abiertamente el modelo tradicional. Los
siete mil científicos que se manifestaron expresaron su orgullo de
seguir perteneciendo a una manera de hacer ciencia que no puede caer
en la obsolescencia. No es sólo que a los jóvenes se les ofrezca
precariedad y a los senior se les reproche su mediocridad. Como sea,
a nadie sorprenderá que muchos científicos quieran manifestarse y
proclamar que nadie probó todavía que se incremente la
productividad en un marco de mayor inestabilidad, como tampoco que el
problema de la ciencia francesa no sea de recursos o, en otro orden
de cosas, que en las universidades norteamericanas no exista
endogamia, vanidad, fraude, conformismo, despilfarro, banalidad y
mucho paper irrelevante.
En la medida en la que los
manifestantes tengan algo de razón, estarían entonces atrapados
entre dos idealizaciones insostenibles, la de la ciencia anglosajona
y la de la ciencia ilustrada, pues ninguna de las dos existió más
que como herramienta para el combate político. Y, para terminar, la
reforma que se pide se estaría entonces haciendo por motivos
ideológicos con la única finalidad de doblegar la independencia de
las instituciones científicas frente al poder político y el no
menos insidioso poder económico. Y si así fuera, el debate que toma
forma en Francia es el mismo debate que nos debería ocupar a todos.