Más de la mitad de los norteamricanos padecen alguna enfermedad crónica y, desde luego, se medican.

Las noticias sobre la crisis (o recesión)
de la economía norteamericana no deberían eclipsar las que hablan
de una decadencia sin límites de la salud de sus ciudadanos. La
semana pasada se hizo público un estudio, gracias
Furious
Seasons y
Pharmalot,
que nos dice que más de la mitad (el 51%) de los norteamericanos
asegurados toma cada día medicamentos para tratarse de alguna
enfermedad crónica. America entonces se ha convertido en un inmenso
dispensario que garantiza el acceso a costosas medicinas a la
mayoría de la población. América, en fin, es una nación enferma,
una nación enchufada a sus fármacos, un país en el que
Tony
Soprano se hunde en la depresión.
La
encuesta
de
Express
Scripts y con datos recolectados por
Medco
Health Solutions se hizo pública en 14 de mayo último
y, mediante la revisión de 2,5 millones de recetas, ha descubierto
que la enfermedad crónica más popular es el colesterol, seguida de
la ansiedad, la depresión y la hipertensión. Un tercio de los
norteamericanos, ver el
resumen
de Reuters, tomó en 2007 tres medicamentos cada día
y ya ascienden hasta el 30% los menores de 19 años que se tienen que
medicar por padecer asma/alergia, depresión o el llamado síndrome
de falta de atención. En la franja de 20-44 años, hay un 48% de
mujeres y un 33% de hombres a los que se les recetan medicamentos
contra padecimientos crónicos
América es el mayor bazar médico del
planeta y, a veces, todo parece organizado no tanto
para tratar los problemas sanitarios,
como para vender recetas. Hay en Estados Unidos más medicamentos en
circulación entre los consumidores (¿habría que llamarlos
pacientes?) que en Japón, Alemania, Francia, Italia, España, Gran
Bretaña, Australia, Nueva Zelanda, México, Brasil y Argentina,
todos juntos. He revisado esta lista varias veces antes de publicarla
porque me cuesta creerla.
A nadie sorprenderá entonces que no
falte quien, sin andar con bromas, se pregunte, como lo hace
Melody
Petersen, si podrán los norteamericanos sobrevivir a las Big
Pharma, las poderosas corporaciones farmacéuticas que, por cierto,
están siendo muy
generosas
con el candidato Obama y con el
Partido
Demócrata. Y es que cada año fallecen cien mil personas en
Estados Unidos víctimas de la medicación y, digo medicamentos,
porque no son atribuibles a fallos de diagnóstico o a alguna forma
de abuso. Hacer
dádivas
a los farmachifles y
despilfarrar
en publicidad es una de las actividades más concienzudas de los
Laboratorios y también una de las mayores preocupaciones de los
estados y de los consumidores. Y, según
Michael
Moore, la inquietud está más que justificada, como lo prueba en
el documental
SICKO.
¿Cómo es posible que todavía quede
por ahí alguien -doctores incluidos, alguno quizás ingenuo- que,
como se pregunta en
blog.bioethics,
no vea en esa cornucopia farmacéutica (hecha de congresos, viajes,
comidas y objetos suntuosos, desde plumas a libros de pastas duras)
una forma encubierta de soborno para mantener alta en la consulta la actividad
recetadora? Hace unos días la
American
Association of Medical Colleges publicó un esperado informe sobre
las propinillas para asegurar que además de ser una conducta
infame para la profesión (para el resto, los que no aceptan regalitos) era también una ruina para el país. El
músculo boticario norteamericano es inalcanzable: es el infierno del
dolor y el paraíso del mercado. Nadie discute, sin embargo, que esta
exuberancia farmacéutica es la expresión de una decadencia de la
salud.