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miércoles, 14 de mayo de 2008

Mientras toma cuerpo la sospecha de que el filantrocapitalismo es capitalismo por otros medios, emergen otras formas de filantropía plenamente adaptadas a la web 2.0.

La penúltima moda que nos llega de EEUU es el filantrocapitalismo (philanthrocapitalism) , un término híbrido que no sólo favorece la coexistencia pacífica entre las economías del don y la de mercado, sino que va más allá para defender que la única ética posible es el mercado o, en otros términos, que la única estrategia sostenible capaz de enmendar los desequilibrios y las injusticias que provoca el capitalismo es el filantrocapitalismo. El capitalismo filantrópico es un movimiento expansivo que se apropia de otras etiquetas de éxito mediático, como lo son la responsabilidad social corporativa, la venture philanthropy, los social entrepeneurs o, como le gusta llamarlo a Bill Gates, el creative capitalism. Sus defensores hablan de filantropía post-política, un novedoso cóctel que mezcla prácticas de brockers, tecnologías de la web 2.0 y objetivos humanitarios.


No faltan quienes piensan que se trata de una pócima intragable y, peor aún, que la función histórica del filantrocapitalismo es acabar con la filantropía o, dicho de otra manera, que la cambiará tanto que pronto será irreconocible. Esta la tesis que sostiene Michael Edwards en su provocador Just another Emperor? The Myths and relalities of Philanthrocapitalism y que ha dado origen a un interesante debate en Open Democracy.

Para decirlo con muy pocas palabras, el filoatrocapitalimso sería el resultado de aplicar los métodos de la economía capitalista a la solución de los problemas del mundo. El ejemplo más claro y mencionado lo tenemos en la Bill and Melinda Gates Foundation, un gigante de la filantropía que, además de empequeñecer a muy ilustres antecedentes (las fundaciones Rockefeller, Mellon, Ford o Carnegie), consolida la tendencia a que sean las empresas conectadas a la economía del conocimiento (entre ellas, las dot.com a la cabeza) las que toman el mando de la economía global. Pero hay más ejemplos del nacimiento de los primeros superpoderes de la filantropía que podríamos comentar siguiendo los movimientos de iniciativas como las de The Wellcome Trust, Clinton Global Initiative, Google.org, eBay o de otras iniciativas como la conocida One Laptop per Child (OLPC) o el espectacular desarrollo de las microfinanzas y los microcréditos.

En total, se calcula que en los próximos cuarenta años habrá en circulación para actividades filantrópicas unos 55 billones (españoles) de dólares (55 x 10^12), una cantidad de tal magnitud que cambiará radicalmente la imagen de la filantropía, desde un perfil modesto, residual y periférico al de una actividad visible, competitiva y nuclear. Milton Friedman, el gurú de los neoliberales, no se mordía la lengua para decir que las estrategias asociadas a la responsabilidad social corporativa tenían por finalidad vender más, incrementar el volumen de negocios. Los filantrocapitalistas de hoy son menos descarados y hablan de organizaciones sin fines de lucro (non profit) y de mejorar la imagen corporativa, pero su finalidad declarada es cambiar el mundo o, dicho con otras palabras, ensanchar el mercado insuflando nuevos consumidores.

Ya lo hemos insinuado. La escala de las nuevas organizaciones no encaja en los patrones habituales. Las estadísticas nos invitan a separarlas en dos grandes grupos. Uno muy pequeño que absorbe la mayor parte de los recursos (el 2% de las organizaciones captan el 66% de los recursos) destinados a corregir las grandes carencias que hay en el planeta y otro, el llamado tercer sector, más modesto en cuanto a recursos, objetivos y ámbito de actuación, caracterizado por su capacidad para movilizar pequeñas donaciones de multitudes de ciudadanos. En estado Unidos, por ejemplo, se sabe que el 70% por los hogares destinan una pequeña cantidad a las llamadas Public Charities. Las diferencias son tan grandes que no falta quien aboga por nombrar el filantrocapitalismo como cuarto sector.

Y es que la confusión no parece complacer a nadie. Las grandes fundaciones filantrópicas y su corte de brillantes managers no dejan de insinuar que las otras, sus precedentes históricos, son organizaciones ineficaces y despilfarradoras, incapaces de asegurarse los fondos en entornos abiertos. Esto explica también, ver onPhilanthropy, la reciente obsesión por las métricas (en plural, porque no hay un consenso sobre lo que debe medirse), es decir por la identificación de variables con las que cuantificar la eficacia, transparencia y credibilidad de las organizaciones que compiten por los fondos disponibles. Es fácil de entender que los recelos entre unas y otras vayan en aumento, aún cuando el 70% de sus ingresos proceda de la venta de bienes y servicios.

Sin duda nos estamos refiriendo a la existencia de mucho oleaje en el mar de la filantropia. Pero los más inquietante es el mar de fondo. Los partidarios del filantrocapitalismo reniegan de las prácticas bondadosas o caritativas de la filantropía tradicional y sólo confían en el mercado y en su capacidad para movilizar un pequeño y muy preparado ejército de emprendedores que, dotados con los recursos necesarios, lograrán introducir en el mercado las correcciones que convengan. Y desde luego no dejan de señalar la incapacidad secular de los estados de ser incapaces de resolver con un coste razonable muchos de los problemas que vemos en nuestras ciudades o en las zonas más depauperadas del planeta.

No deja de ser sorprendente que lo que hasta ahora se conceptualizaba como carencias del mercado que mal que bien se trataban de corregidas mediante prácticas características de la economía del don, al margen y muchas veces contra la voracidad del mercado, sean presentadas ahora como circunstancias que sólo pueden enmendarse recurriendo a los entrepeneurs y a su experiencia en la economía de mercado. Así las cosas, no es exagerado hablar ya de la floreciente industria de la filantropía y toda su parafernalia de expertos, consejos, institutos, informes, revistas y estándares. Fuera del mercado, nos dicen, sólo multiplicaremos los escenarios de la injusticia. Las estadísticas, sin embargo, no parecen darles la razón.

Ya se aquéllo que siempre se les recuerda a los ingenuos: hay verdades, mentiras y estadísticas. Pero, lo cierto, es que siguen siendo un instrumento, quizás mejorable, para la fabricación de consensos públicos. En fin, sea como fuera, lo cierto es que contamos con un estudio realizado por la Stanford Business School entre 1999 y 2006 sobre una muestra de 12000 ONG medioambientales que confirma que las organizaciones son más efectivas cuanto más puras, más radicales y más desorganizadas, una conclusión que discute la facilidad con la que suele asociarse pragmatismo y eficacia. Las pequeñas son más pragmáticas y demuestran mayor capacidad de adaptación en entornos hostiles. Por otra parte, cada vez se hace más obvio que entre las llamadas venture philanthropies (22 de 25, explica Edwards) tienen conflictos con los activistas y los receptores de las ayudas. Unos y otros desconfían de los métodos utilizados (mercantilización de la filantropía) y denuncian que la noción de social en las denominadas social ventures o social entrepeneurships no se refiere tanto a la identidad marginal de los destinatarios de la acción, como a la naturaleza de las prácticas (metodología) que conforman la prestación de los servicios.

El asunto es polémico, porque quien tiene sed busca desesperadamente el agua que necesita y quizás no haga alarde de muchos miramientos antes de saciarse. Los nuevos filántropos del capitalismo, el club más elitista del mundo, siempre dirán aquello de que blanco o negro lo importante es que el gato cace ratones. En su entusiasmo, se comportan como si fuera la revolución un objeto de diseño. Hay, sin embargo, un ejército de cooperantes y voluntarios dispuestos a quitarles la razón y, hablando desde su experiencia, confirmar que delante de problemas complejos los gatos no saben cómo moverse y que, además, se necesitan habilidades difíciles de cuantificar e imposible de estandarizar.

El filantrocapitalismo es un fenómeno que tiene que ver con la forma en la que las dot.com entienden la responsabilidad social corporativa. A diferencia de la llamada por Judith Rodin, Rockefeller Foundation, filantropía 1.0, la nacida a principios del siglo XX y orientada a la creación de infraestructuras culturales (Museos, Hospitales o Universidades), la nueva filantropía interactúa directamente con estados y su objetivo no es reforzar la acción pública, sino sentar la bases para una reorganización política del mundo que desborda la capacidad de las naciones y de los organismos internacionales. Si la filantropía 2.0, nacida tras la II Guerra Mundial, puso el énfasis en el desarrollo de las ONG y la creación de instrumentos transversales de solidaridad, la actual, la global solidarity, se vuelca en los grandes retos asociados con las crisis de salud (pandemias y endemias) y del medio ambiente (calentamiento global, biocarburantes u OGM), dos enormes y muy sexys áreas que movilizan objetos de tanta importancia como los virus, los fármacos, los residuos, las semillas, el agua, los bosques y, en definitiva, los asuntos más candentes de la economía del conocimiento.

De pronto ha surgido una nueva e inmensa fuente de recursos para la ciencia (también aquí). Merece la pena aquí detenerse en la consideración de si deberíamos distinguir este tipo de actividades (las que, por ejemplo, la Fundación Gates financia en Africa contra el SIDA) de las que, sin salir del área de la salud, despliegan las corporaciones farmacéuticas en colaboración con laboratorios públicos y en el entramado jurídico de las nuevas leyes de la propiedad intelectual con la intención de introducir nuevos productos de base cognitiva en el mercado. El tecnofilantrocapitalismo (en palabras de Robin, filantropía 3.0) parecería estar desmarcándose de las actuales estrategias características de la tecnociencia e iniciando otra modalidad de la biopolítica, basada en la misma división internacional del conocimiento, pero ahora habilitando nuevos espacios de poder para los consejos de administración en detrimento y en competición con los acumulados por los consejos de ministros.

La mencionada aproximación de Robin no es muy convincente. Tiene razón en que la noción (o el meme) de lo 2.0 alude a la naturaleza distribuida, descentralizada o participativa de la acción política o cultural. Pero no basta con la explosión de organizaciones filantrópicas que se produce en el mundo noratlántico a partir de la década de 1970. Dicha proliferación de ONG o de colectivos ciudadanos capaces de recabar recursos e interactuar con las instituciones públicas en la gestión de los problemas sociales no es más que una extensión (y desde luego un cambio de escala) de las iniciativas precedentes que supieron movilizar el mundo a favor del voto de la mujer, los derechos humanos o la igualdad de oportunidades. Nada que discutir sobre la importancia de estos movimientos.

La condición 2.0 es otra cosa. Tiene que ver con la posibilidad de reunir cuerpos dispersos y crear comunidades virtuales capaces de autoregularse y autofinanciarse. Hablar de filantropía 2.0 implica reconocer en su constitución formas y valores que nacen de una rebelión de los legos contra la autoridad de los expertos y el poder de las instituciones financiadoras, tanto si la transferencia de recursos se hace en respuesta a los requerimientos de la llamada responsabilidad social corporativa, como de la innominada responsabilidad social pública, porque ya sabemos que en términos históricos hay mucha relación entre la prosperidad de unos y la ruina de otros. Tenemos algún ejemplo al que remitir estas consideraciones abstractas: el comercio justo o consumo ético sigue siendo un sector minúsculo de la economía, pero que crece todos los años a un ritmo sorprendente. En 2007 el fair trade en el Reino Unido movilizó unos 620 millones de euros, unos 3000 productos y más de 200 compañías. Son ya 7 millones de familias de todo el mundo las que viven gracias al comercio justo. El crecimiento es tan notable que se espera para 2012 un volumen de negocio cercano a los 2,5 mil millones de euros.

Sigamos con los caso pequeños y, sin embargo, representativos de lo que está pasando. El ejemplo de ahora, lo supe vía Tactical Philanthropy, lo tomo del blog de Ed Boyden, quien nos propone la noción de open philanthropy para explicar la naturaleza de los cambios. Se calcula que en Estados Unidos hay unos 60 millones de americanos obesos y que, en consecuencia, tienen tendencia a la diabetes. Supongamos ahora que el 10% entregaran al año 10 dólares, lo que supondría reunir unos 60 millones de dólares (la American Diabetes Association cuenta con un presupuesto de 46,4 millones de dólares), a una organización que investigara sobre estos problemas. Supongamos que este procedimiento pudiera generalizarse a otros problemas u otros colectivos, virtuales o no. habríamos inventado una especie de mercado abierto de la filantropía donde las buenas ideas encuentran los recursos necesarios. De la misma forma que funciona la economía de mercado, dispondríamos de un mecanismo en red capaz de movilizar recursos, humanos o no humanos, privados o públicos, de fundaciones opulentas o de agrupaciones voluntaristas, orientados a la solución de conflictos.

Las buenas organizaciones tendrían el banco que andan buscando y muchos expertos (científicos, juristas, periodistas o artistas) podrían emanciparse de sus actuales patronos y buscar con mayores posibilidades de éxito el bien común. En fin, no hay que ser rico como los esposos Gates para intentar resolver los problemas de mundo. Una afirmación que las asociaciones del cáncer, entre otras muchas organizaciones convenientemente reconocidas en el reciente report de la Comisión Europea Giving More for Research in Europe (2006), han demostrado que no es una simple utopía. Pero hay más, y tenemos más ejemplos estimulantes de cómo hacer cosas grandes por amor.

KIVA es una especie de eBay de la filantropía y también una tecnología que permite a los emprendedores modestos en países pobres publicitar un plan de negocios, un proyecto empresarial modesto, y solicitar financiación internacional para su puesta en marcha. Sí, en efecto, es la filosofía de los microcréditos sin intermediarios, sin grandes prestamistas y a escala planetaria. Más aún, Kiva convierte a los prestamistas (cualquiera de nosotros, dada las cantidades que se solicitan) en socios o, mejor aún en potenciales asesores de cada movimiento. Hasta la fecha Kiva ha dado amparo a 40.000 microempresas, y ha canalizado inersiones por valor de 28 millones de dólares procedentes de 270.000 prestamistas.

DonorsChoose es otra iniciativa emocionante. Consiste en que profesores o alumnos pueden ofrecer o solicitar servicios educativos para los que se requiera algún recurso, desde gentes interesadas en aprender o enseñar, hasta aulas, dineros, muebles o dispositivos tecnológicos. En total ya se han involucrado 1,2 millones de estudiantes en escuelas públicas, 70.000 donantes y 26 millones de dólares. Meetup también tiene mucho de admirable y ha sido capaz de reunir a gentes de una misma ciudad, o tal vez dispersas por el planeta, que tienen algún interés compartido y que quieren tratarlo juntos. Cada día, esta tecnología puede organizar hasta 2000 encuentros y, sólo en abril, promovió la formación de 74000 comunidades. En la actualidad son 30.000 los grupos activos.

Para terminar y sólo para mostrar otro caso, algo diferente por no ser de naturaleza altruista, que nos habla de la pluralidad de iniciativas en marcha y de la naturaleza descentralizada y participativa que puede tener la red. Me refiero ahora a craigslist, una web que promueve los anuncios por palabras (de la que eBay posee el 25% de las acciones) y que ya se ha extendido por 567 ciudades. No hace mucho alcanzó el difícil récord de ser la 8 página web más visitada del mundo. Con Craigslist han encontrado trabajo más de dos millones de personas y hay 90 millones de gentes chateando alrededor de los bienes que se compra/venden y que se publicitan a través de 30 millones de anuncios nuevos cada mes.

La filantropía 2.0 es también parte de la economía de la larga cola. Y, desde luego, comprender que el mundo está lleno de pequeños grupos de pequeños emprendedores, pequeños financieros o pequeños desarrolladores, en los mundos del software, del conocimiento, de los negocios o de la cultura, producirá una revolución en el mundo de la filantropía que será de una naturaleza muy distinta a la que ya produjo el filantrocapitalismo. La solución consiste en hackear la filantropía (hacking philanthropy). Si la gente ha podido construir Wikipedia, no veo porqué le estaría vedada la posibilidad de definir las prioridades en las políticas de cooperación o en las sanitarias, educativas y científicas.

El tercer sector del conocimiento podría recabar suficientes recursos como para contratar laboratorios universitarios, crear nuevos sistemas de evaluación de la competencia científica por impares (con o sin los pares) y producir nuevas e insospechadas formas de interlocución con la administración (los llamados poderes públicos) para crear una agenda política que, por ejemplo, corrija el sesgo que tiene y que permite a uno pocos enriquecerse rápida y desmesuradamente a costa del procomún. Aquí acaba el post, pero queda abierta la pregunta a la que nos enfrentó el filantrocapitalismo: ¿Es sostenible la filantropía?

11:52 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (2)