La energía es un concepto expansivo. Estando siempre en el campo semántico de las nociones de fuerza, potencia o poder y en estrecha connivencia con las máquinas, los ingenieros y el dinero, asistimos a su ensanchamiento por los ámbitos de la eficiencia, la diversidad y los desechos. La energía entonces es uno de los mejores argumentos para pensar el mundo. Podemos, como ya se hizo desde mediados del siglo XIX y de la mano de las Exposiciones Universales, homenajear a las máquinas devoradoras de energía y creadoras de potencia, como si quisiéramos fundar un espacio de tributo a las burguesías emprendedoras schumpeterianas, un sitio de culto al progreso, una catedral laica donde impostar nuestras muchas inconsistencias civilizatorias y sociales.
Ni siquiera nos gusta la palabra Museo para describir nuestro
proyecto. Preferimos el término Centro o Foro y si no los abrazamos en
esta primera aproximación es porque queremos huir de la moda que ve en
todos los ámbitos públicos dedicados a la cultura espacios para la
participación ciudadana y la innovación social. Sin duda, queremos
fundar una organización que aproveche lo mejor de estas iniciativas,
pero huir también de la nota consumista, banal e fetichizante que
prodigan tales instituciones. Nos quedamos con el término genérico
espacio para resaltar su carácter abierto, cambiante, público, popular
y cívico. No es una apuesta definitiva, pues por ahora sólo queremos
resaltar alguna de las cualidades sobre las que nos gustaría ser
enfáticos y más tarde ir consolidando conforme nos acerquemos a la
fecha de apertura del nuevo organismo.
Al avanzar por el contenido del paisaje de ideas aquí descrito
pronto veremos que no se trata de un proyecto sobre las máquinas sino
sobre lo maquínico. En principio, no se excluye nada de lo que un
proyecto más convencional incluiría, pero ciertamente dirige la
atención hacia objetos que nunca encontraríamos en un diseño estándar,
o sea en cualquiera de los ya instituidos en muchos lugares del mundo,
bajo envoltorios del tipo museo del ferrocarril, museo del agua, museo
de obras públicas o museo textil y, por acumulación o federación, museo
nacional de ciencia y tecnología.
Nuestra propuesta de museo es triplemente innovadora: de un lado,
no está concebido como un proyecto memorialista, consagrado a mostrar
la marcha histórica y triunfal de las máquinas. No es otra
regurgitación posible del viejo sueño renacentista del gabinete de las
maravillas. Nuestra oferta no invitará a los visitantes a sorprenderse
ante el espectáculo del ingenio pasado, sino que los animará a
intervenir sobre el presente. Por otra parte, no queremos separar la
energía que mueve las máquinas de los residuos que producen. Y esta
apuesta describe un futuro asociado a nuestra capacidad para resolver
los muchos y variados enigmas que plantean los residuos. Y, ya en
tercer término, queremos ampliar la noción de máquina de su imagen
entronizada en la sociedad industrial que la asocia a los humos y los
engranajes. En la sociedad del conocimiento, las máquinas virtuales son
las que mueven el mundo y, como vamos a mostrar, nos referimos a los
muchos dispositivos inventados por el genio humano que sirven para
automatizar funciones, cosa que siempre hubo, como prueba la existencia
ancestral de vademecum, protocolos iniciáticos, bancos de semillas,
mapas de límites, cuadros genealógicos o tablas de penas y castigos.
Digestión de las máquinas
La energía nace de una diferencia. Siempre que hay un gradiente es
posible convertirlo en un recurso y diseñar una máquina capaz de
aprovecharlo y hacerlo una fuente de poder. Pensemos en una ley física
y en la fórmula que la expresa estableciendo vínculos estrictos entre
algunas de las variables presentes en un fenómeno natural como, por
ejemplo, la ley de la gravitación universal de Newton que proclama la
aparición de una fuerza siempre que existan dos masas distintas
separadas. Cuando tenemos agua elevada una altura y somos capaces de
idear algún dispositivo que nos permita aprovechar dicho diferencial de
altura hemos creado un mecanismo capaz de producir energía.
La fórmula que nos permite calcularla funciona como un dispositivo
de transducción (es decir que transforma algo en otra cosa heterogénea,
tal como hace el pick-up que convierte la diferencia de alturas en el
surco de un disco en una onda electromagnética que se puede ampliar
para que haga vibrar -transduce un diferencial electromagnético en otro
mecánico- las membranas de un altavoz). No siempre disponemos de la
mencionada fórmula (una ley que establece la relación entre los
distintos flujos de datos que, en realidad, no son más que
representaciones algebraicas de magnitudes físicas, químicas o
biológicas), porque no todas diferencias han sido algebraizadas.
Dediquemos unos minutos a pensar algunos ejemplos que nos
permitan avanzar el argumento. El dispositivo que garantiza la
capitalización de la diferencia no siempre es una maquinaria hecha de
tornillos, engranajes y tracciones. Además de las campanas, los
molinos, los hornos de fundición y los alternadores también contamos
con un sinfín de máquinas de muy diferente naturaleza. No todo son
pianos, barcos, cámaras o radares, artefactos capaces de aprovechar la
distinta naturaleza de las cuerdas, de los vientos, de las luces o de
las ondas para convertir la variación de alguna magnitud detectable en
una utilidad para producir discos, salazones, modas y mapas. Hay
también muchos dispositivos virtuales, hoy obvios por la amplitud y
ubicuidad de la cultura digital, capaces también de automatizar
funciones como, por ejemplo, chatear en la red o vigilar el
funcionamiento de una central nuclear. Los algoritmos entonces
funcionan como verdaderas máquinas que se alimentan con datos y
automatizan funciones.
Son muchos los interrogantes a los que nos conduce este
razonamiento. Usemos un ejemplo escandaloso para retar al sentido
común: ¿quién produce los pobres, la falta de recursos o las
estadísticas? La pregunta sólo quiere desestabilizar lo que damos por
(demasiado) obvio, pues sin una herramienta que los haga visibles (ya
sea la cámara de fotos, la prensa periódica o la tabla que conecta la
renta per capita con la calidad de vida) nuestra sociedad no podría
situarlos en la categoría de entes públicos y, en consecuencia,
políticos. Lo sabemos, la única relación posible entre una cámara, la
retórica y una tabla estadística es su naturaleza maquínica, su
capacidad para automatizar registros o funciones y, en definitiva, para
hacer patente una determinada manera de ver y, desde luego, transformar
el mundo.
Gramática de las diferencias
No es tan fácil inventar diferencias. Las que nos interesan, al
menos, deben cumplir varias condiciones. Entre ellas, la más
importante es que sean objetivas o, en otros términos, que puedan ser
descritas con palabras sostenidas por muy amplios consensos, tan
grandes que hay mucha gente que prefiere hablar de universalismo del
lenguaje, de los problemas y hasta de las soluciones. Nuestro
argumento, sin embargo, no exige tanto. Nos basta con referirnos a
términos ampliamente testeados o contrastados, lo que significa que
construimos relaciones tan provisionales como experimentales. Y sí, la
ciencia es un gigantesco mecanismo capaz de establecer orden en la
diferencia o, dicho en otros términos, de hacer que las singularidades
deriven de esquemas conceptuales más generales, logrando convertir
cualquier contingencia en algo predictible o, en otros términos, en un
ejemplo de la aplicación de alguna ley, protocolo, algoritmo o
principio. Tener una fórmula equivale a producir una frase que crea
una relación objetiva entre (un número simplificado de) variables
contrastadas de un fenómeno.
Una fórmula, lo dijimos, es un dispositivo que automatiza
funciones, pero que también inventa diferencias medibles y pesables,
pues no hay que olvidar que las leyes comen datos. Hablar estos
alfabetos de la ciencia implica entonces ser capaz de habitar entre
diferencias normalizadas y potencialmente convertibles en recursos.
Nos basta con dos ejemplos para aclarar hacia dónde nos dirigimos. Si
algún biólogo, antropólogo o psicólogo experimental o, mejor aún, los
tres expertos juntos, cada uno desde su especialidad, llegara a la
conclusión probada (es decir, consensuada en los medios profesionales
en los que se mueven) de que las mujeres son genética, cultural o
mentalmente inferiores, entonces la ciencia estaría autorizando una
especie de tutelaje hacia ellas que rápidamente se podría aprovechar
para pagarles menos o digamos limitarlas al servicio doméstico u otras
servidumbres, lo que es tanto como convertir la diferencia en un
recurso del que sacar energía más barata. Otro tanto puede decirse de
numerosos casos que tiene que ver con distintas formas de dominio
respecto a las colonias, la naturaleza, los animales, los débiles o los
bárbaros. Las exclusiones se construyen sobre diferencias autorizadas
por algún principio moral o natural y, más frecuentemente, por una
mezcla de ambos.
A estas alturas, el segundo caso que prometíamos necesita menos
palabras. ¿Acaso no podemos convertir la diferencia de color de piel en
un recurso? ¿No es cualquier clasificación un ensayo de distinguir
entre plantas, sistemas políticos o coeficientes de inteligencia de
forma que mientras separamos unas especies de otras, podamos reconocer
sus propiedades y luego usarlas de las forma más conveniente? Lo
mismo sucede de los mil y un intentos de clasificar la materia según su
densidad, calor específico, potencial de carga, constituyentes atómicos
o composición química. Hay muchas maneras de crear diferencias. Y, al
igual que contamos con un alfabeto que sirve para comunicarnos
transformando el caos que nos circunda en un entorno socializable,
contamos con otros lenguajes especializados en la tarea de hacer
visibles y consensuados el sin fin de relaciones entre las cosas que no
por ocultas dejan de ser objetivas.
El ánimo de simplificar y nuestra experiencia nos dice que
podemos reconstruir todas las frases posibles a partir unos cuantos
alfabetos especializados: el alfabeto de la materia, el alfabeto de la
vida, el alfabeto de las poblaciones, el alfabeto de los deseos, el
alfabeto de la naturaleza y de alfabeto de los bits. Habrá lectores
más visionarios, como algunos gurú de las actuales ciencias cognitivas
tipo O. Wilson, D. Dennet o R. Dawkin, que nos dirán que no hay
diferencia entre los lenguajes que describen los deseos y la vida.
También sabemos de los muchos esfuerzos, iniciados por Schroedinger y
cuyo rastro nos lleva hasta Leibniz de fundir en un sólo alfabeto vida
y materia. Igualmente hay que hablar de la frustrada voluntad de
derivar lo social de lo natural y nadie lo estudió mejor que Foucault
ni lo deseó tanto como Comte y Althuser.
Vida, materia y bits no necesitan por el momento mayor comentario.
Al hablar de poblaciones nos referimos a los lenguajes que saben de
razas, naciones, asalariados, bolsas, tratados y guerras. Si hablamos
de los deseos es para darle toda la importancia que merecen las
estrategias que quieren domesticar la melancolía, el miedo, las
pasiones, el consumo, el espectáculo y la publicidad, todas ellas, sin
duda, objetos de inmensos negocios e interminables batallas.

Y, para no
ser demasiado presentistas y así dedicar nuestro tiempo a pensar
también el mundo antiguo o primitivo hemos dado carta de naturaleza al
lenguaje de los hechiceros, los chamanes, los yerberos, las matronas y
los artesanos, todos ellos inventores de diferencias no algebraizables
pero transformables en energía.
Nuestra roseta de alfabetos entonces es un círculo de seis colores
que son seis sensibilidades, seis formas de conocer, seis maneras de
mirar el mundo, seis gramáticas para crear sentido y seis artefactos
para producir diferencias. Cierto, la describimos como estática, pero
hace bien quien quiera aventurar hipótesis sobre su naturaleza
caleidoscópica. Por el momento, sin embargo, no queremos complicar más
las cosas.
Política de los enigmas
Sin residuos no hay máquinas. Todas las gramáticas tienen que
asomarse a la doble frontera de lo que no puede decirse y de lo que no
saben cómo decirlo: son las basuras y los enigmas. Cada producción deja
su rastro de riesgo, incertidumbre o incomprensión. Lo que sobra y
también lo que no alcanza son el claroscuro de contraste que realza lo
que hay. No hay tecnología sin residuos y, lo sabemos ahora mejor que
nunca, no hay futuro sin respuestas para todas las amenazas que
representan tanto resto contaminante, tanto despilfarro insostenible,
tanta desigualdad sangrante, tanto deseo insatisfecho, tanto
conocimiento desperdiciado. Cierto, nuestro futuro está en los residuos.
Pero antes de concluir necesitamos introducir un nuevo
elemento de reflexión, pues lo humano sólo se ha podido realizar por
adaptación a
los cuatro entornos que han hecho posible el mundo que
habitamos: el cuerpo, la naturaleza, la urbe y el ámbito de lo digital,
cuatro entornos que, además de relativamente autónomos entre sí,
también son gigantescos (por su complejidad) sistemas
productores/consumidores de energía, así como devoradores de recursos y
generadores de residuos. Hablar de ellos como sistemas técnicos o
maquínicos implica dar la importancia que merece al hecho de que
históricamente siempre anduvimos inventando modelos que explicaran su
funcionamiento mediante construcciones sagradas, animistas, mágicas o
científicas, lo que es tanto como afirmar que los entornos podían
movilizarse con palabras (de algún dios), fuerzas (de algún espíritu),
artimañas (de algún genio) o leyes (de algún legislador). En todos los
casos, bastaba algún principio (y sus correspondientes ritos y/o
protocolos) para explicarlo y/o instrumentalizarlo todo.
Un párrafo más para explicar el gráfico. Hemos dibujado cinco
sistemas para luego hablar de sólo cuatro entornos, una confusión que
deja abierta la decisión de si fundir o no universo con naturaleza.
Las referencias a la ciudad y lo urbano, abarcan todas las creaciones
que han hecho posibles las megalópolis, desde los aeropuertos y la
ciencia a los jardines y el derecho. Nos damos cuenta de la
desproporción que se crea entre el entorno gigantesco de la naturaleza
o la urbe y los aquí nombrados como cuerpo y digital. Se trata de una
de las decisiones más comprometidas y, a nuestro juicio, más necesarias
de este proyecto. La aceleración de la capacidad de las nuevas
tecnologías para penetrar, modificar e instrumentalizar la sustancia
vital de la que estamos hechos, así como la consideración de sus
órganos y tejidos como el espacio radical de la singularidad,
convierten el cuerpo en ámbito indiscutible y decisivo de intensas
batallas económicas, políticas y tecnológicas.
En los albores de la red de redes, antes de que se generalice la web
2.0, la web semántica y la web de las cosas, no faltan analistas que
afirmen que estamos frente a un mundo nuevo que no puede ser
considerado como una mera extensión del mundo de las comunicaciones,
los media o las finanzas. Participa de muchas de sus características,
pero ninguna queda sin ser prácticamente irreconocible por el embate de
lo global, lo participativo, lo distribuido, lo digital y lo modular.
Al describir los cuatro sistemas en los que se ha desplegado lo
humano, hemos construido un mundo basado en la noción de diferencia,
máquina y sistema, y al contrario de lo que es habitual no queremos
poner el énfasis en la producción de bienes, sino también en la de los
males, pues unos y otros deben ser redistribuidos con equidad.
Cualquier evocación al problema del cambio climático o referencia a la
sucesión de crisis alimentarias o medioambientales, por sólo citar
algunos casos muy mediáticos, hace innecesario prolongar esta parte del
proyecto.
No hay futuro fuera de los residuos. Una frase simple y
llena de connotaciones inesperadas. La primera, contra los beatos del
progreso, del tiempo no vivido y del porvenir, es que nuestro futuro
está dentro de nuestro mundo, es ya un inquieto pasajero en el mismo
buque y con idéntico destino. No hay entonces historia lineal, ni
tampoco es particularmente adicta al antropocentrismo occidental en el
que que nos vamos a asfixiar. Hay otra consecuencia sobre la que vale
la pena detenerse un suspiro. Si los pobres, los excluidos, los
inmigrantes o los deprimidos pueden ser explicados, lo que es tanto
como construidos, en términos discursivos mediante disciplinas
bienintencionadas, racionales y cosmopolitas -esfuerzos encomiables que
tratan de producir un porvenir humanizado-, entonces no hay más remedio
que considerar a todos los desheredados como desechos reciclables. Lo
sabemos, nadie está pidiendo su exterminio, como sí se hizo en otras
épocas con los bárbaros, los ateos, los incrédulos, los agnósticos, los
indígenas, los gitanos, los negros, los rojos o los judíos.
Igual que ampliamos la noción de máquinas para que cupieran los
algoritmos, los códigos, los protocolos, las tablas, los gráficos, los
cuadros y los sistemas clasificatorios, ahora también necesitamos
ensanchar el concepto de lo que sobra o, mejor aún, de lo que queda
como residuo sin que sepamos bien qué hacer, ni donde esconderlo para
que no perturbe el bienestar del resto. Un bienestar que es político y
que también es ontológico, porque no sólo hablamos de nivel de vida o
de consumo, moda, salud y educación, sino que también nos referimos a
la incapacidad para separarnos de las máquinas. La energía y toda su
parafernalia maquínica quiere aliarse con las estrategias que buscan
ensanchar el horizonte, pero no es menos cierto que ya les resulta
imposible evitar su inquietante opacidad. La respuesta no está en la
innovación tecnológica, sino en la innovación social. La política de la
luz, como querían los ilustrados del Siécle des Lumières, ha de ser
sustituida por una antropología de las anomalías, los residuos y los
enigmas.
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