El cerco sobre el agua aumenta. Ahora
sabemos que está contaminada con sustancias farmacéuticas.
Hace unas semanas, gracias
Democracy
Now!, Associated Press hizo público un informe sobre la
contaminación del agua potable con sustancias farmacéuticas.
Las conclusiones han sido demoledoras.
La
investigación es rigurosa se ha organizado alrededor de
dos estrategias principales y extendido a 62 grandes áreas
metropolitanas y a otras 51 pequeñas ciudades de estados
Unidos (ver
mapa).
La primera ha consistido en consultar lo publicados en las
principales revistas científicas y, con la segunda, se
preguntó a los responsables locales sobre lo que ya sabían
sobre asunto, así como por los protocolos empleados para
garantizar la potabilidad. Sólo la mitad de las ciudades
contaban con test verdaderamente efectivos y la práctica
totalidad no disponía de medios para limpiar el agua. Puede
entonces hablarse de un problema general, que afecta también
al agua embotellada. Nadie quiere ser alarmista, pero tampoco dejar
pasar el asunto (ver
Washignton
Post,
USA
Today o
ABC).
El catálogo de sustancias del
que se han encontrado pequeñas trazas es impresionante (ver
listado
en USA Today). Desde ansiolíticos a estrógenos,
pasando por antibióticos y esteroides y otras moléculas
químicas diseñadas para tratar animales de granja. La
mayor sorpresa es que los niveles de contaminación son muy
parecidos y está muy extendidos y, no lo olvidemos, se trata
de sustancias que han sido especialmente diseñadas para
interactuar con el cuerpo.
Poco sabemos del
impacto
sobre la salud de las minúsculas cantidades detectadas,
pero nadie quiere ocultad la preocupación por una exposición
crónica a largo plazo, como tampoco por los efectos combinados
que resulten de la mezcla de varias sustancias. Y lo peor es que
no
hay estándares consensuados que protejan la creciente
vulnerabilidad del agua del riesgo de convertirse, como ya le ocurre
al aire que respiramos, en un nuevo estercolero.