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El bien común como adaptación

Enviado el martes, 15 de abril de 2008 13:16

La nueva revista CIC Network dedica su último número (pdf) a la conmemoración de los 150 años de El origen de las especies de Darwin e incluye un dossier en el que he intervenido junto a Peter Bowler, Vladimir de Semir y Reyes Mate.

El altruismo ya es moneda de curso legal. Cotiza al alza. Todos los días la prensa nos muestra cierta perplejidad al informar de que las organizaciones que lo incorporan como elemento estructural de su diseño adquieren ventajas comparativas. Vender gratis, por ejemplo, ya no es una práctica absurda. Hay muchas firmas cuyo negocio es dar servicios gratuitos para atraer usuarios que dejen registro de su presencia y criterio, una información que las nuevas tecnologías pueden convertir en un recurso aprovechable para vender publicidad. En el extremo de esta estrategia, característica de empresas como Google, eBay o Amazon, se crea un nuevo tipo de clientes en la red y transforma a los tradicionales usuarios en los nuevos produsers (produsuarios), gentes cuya conducta virtual ayuda a identificar tendencias. Las empresas no son altruistas pero han adoptado algunos de los perfiles que definen la cultura del altruismo, como lo son el libre acceso o el trabajo voluntario, pues obviamente los produsuarios no obtienen nada a cambio por su deambular nómada, salvo satisfacer la curiosidad.

En efecto, la gratuidad es aparente, porque alguien paga los servicios que se regalan. El caso, sin embargo, está dando mucho que pensar sobre el futuro de la economía, el papel de la cooperación y las fronteras que separan a los que producen de los que consumen. De pronto, el mundo se ha hecho más complejo y ya no encaja plenamente en los discursos dominantes desde el siglo XIX y hasta el final de la guerra fría. Es verdad que siguen siendo mayoría los defensores del interés individual como motor que regula y racionaliza nuestras sociedades. La inercia que mantiene viva semejante creencia es imponente. Tanta que el altruismo vino a caer en un descrédito tan grande que Nietzsche lo calificó de moral de los esclavos, una retórica que exigía de los subalternos apoyarse entre sí para aminorar en lo posible la insostenibilidad de un mundo construido sobre los privilegios de los menos y la explotación de las masas. Altruismo, sumisión y caridad eran términos intercambiables y, en su conjunto, el alimento que se servía a los desheredados.

Pero las cosas están cambiando y el altruismo comienza a tener un prestigio social difícil de ignorar. Empecemos por lo obvio: el tercer sector, ese que conforman las ONG y otras formas de asociacionismo cívico, presupuestó en Francia por valor de 2,6 mil millones de euros durante 2006 y mantuvo el equivalente a 40.500 empleos de jornada completa. Hablamos de unas 40.800 organizaciones, cuya financiación procede en un 60% de donaciones privadas. En el Reino Unido se calcula que en 2004 había alrededor de 6 millones de militantes medioambientalistas y que los 23 millones de voluntarios que prestaron algún tipo de servicio social aportan 90 millones de horas de trabajo gratuito a la semana, cuyo coste a precios de mercado se eleva hasta los 45 mil millones de euros al año.

La historia misma de las ONG, como ha mostrado Philippe Ryfman (también aquí aquí) nos enseña que su recorrido ha sido tortuoso hasta lograr que, tras muchos conflictos con sus estados de origen, el sistema de Naciones Unidas comience a reconocerlas desde la década de 1990 como interlocutores de mérito. El altruismo entonces no está exclusivamente dirigido hacia los colegas, los compatriotas, los consanguíneos, los camaradas, los cofrades o los correligionarios, sino que por el contrario abre su ámbito de actuación hacia los humanos, en tanto que humanos.

Mucha gente sabe ya que Wikipedia es una enciclopedia hecha por millones de voluntarios, lo que hace inevitable la pregunta de cómo puede funcionar una empresa editorial en donde los roles de autor, editor y lector son tan difusos. Ninguna respuesta es mejor que los hechos crudos: Wikipedia existe desde 2001 y sólo la versión inglesa tiene ya más de 2,3 millones de entradas. No hace mucho supimos que hay una fuerte correlación entre la calidad de un artículo y el número de ediciones que recibe. Para comprobarlo se diseñó un algoritmo capaz de analizar automáticamente los 50 millones de ediciones realizadas por los 4,79 millones editores de los 1,48 millones de artículos que incluyó la versión inglesa hasta noviembre de 2006. El resultado obliga a reflexionar a quienes dudan si pueden producir verdadero conocimiento millones de gentes extrañas entre sí y de quienes ignoramos sus cualificaciones. El caso de Wikipedia, como el del software libre, prueban que la cooperación funciona para preservar bienes compartidos y también para crear otros que, a su vez, conforman nuevos ámbitos de sociabilidad. El pronetariado, como fue nombrado por Joël de Rosnay y Carlos Revelli, funciona.

Los neurofisiólogos además están comprobando que los pensamientos altruistas activan zonas primitivas del cerebro y cercanas a las relacionadas con el sexo y la comida. Lo que podría resumirse diciendo que hacer el bien da gustito. Por su parte, muchos etólogos coinciden en que todas las especies resuelven los conflictos de una manera muy parecida, lo que avala la hipótesis de que la capacidad moral es una cualidad intrínseca del cerebro.

Hace unas semanas E. O. Wilson (Harvard) se ha embarcado en una polémica con R. Dawkins (Cambridge), ambos reconocidos científicos y políticos defensores de la sociobiología, porque el norteamericano quiere desdecirse y admitir que la selección por grupos, y no de parentesco, es el motor de la evolución. El asunto es tan significativo que merece varios párrafos. Para entenderlo tendremos que acercarnos hasta Darwin y explicar cómo supo resolver el problema de que existiera lo social o lo común en un mundo dominado por el principio de supervivencia de los mejor adaptados. Para T. Huxley, nombrado perro guardián del evolucionismo decimonónico, nada había de escandaloso en que el mundo se construyera a dentelladas.

No importa cuan obscenas fueran sus ideas, porque la cuestión de fondo queda sin resolver, dado que la existencia de insectos sociales era inexplicable para las versiones más simplistas del cuadro darwiniano. Era imposible ignorar la existencia de unos 500 estudios sobre estas especies admirables, y no falta quien habla, como Dugatkin, de idilio entre los científicos y las abejas. Sea como fuere, lo cierto es que las colmenas cuestionaban el principio de selección, pues si contenían miembros cuya función como obreras les impedía reproducirse, era lícito preguntarse si la selección actuaba sobre los individuos o sobre las agrupaciones. Para resolverlo Darwin inventó el concepto de instinto social, una especie de fuerza innata que movía a los animales a vivir en comunidades, una práctica basada en la división fisiológica del trabajo que les permitía sacar ventaja en la lucha por los recursos. Y así lo mismo que los criadores logran perfeccionar las razas, también la naturaleza seleccionaba los grupos que cooperaban entre sí, en otros términos, que el egoísmo era una especie de patrimonio tribal y el garante de su continuidad histórica. Nadie, sin embargo, estaba demasiado satisfecho con esta solución de compromiso.

Algunos, como P. Kropotkin, no podían admitir que la historia de la vida fuera la de una carnicería despiadada y acusaron a los darwinistas furibundos de haber dado cobertura científica al dominio de los blancos sobre el planeta. La experiencia del anarquista, militar y príncipe ruso era muy distinta a la acuñada por el profesor de Cambridge, pues sus observaciones no se hicieron en los trópicos, sino en expediciones que recorrieron 80.000 Kms. por Siberia, una geografía extrema y de la escasez que forzaba la cooperación para sobrevivir. La lucha no era entre especies sino con el entorno. Asó mientras los darwinistas (que no Darwin, como ya se dijo) construyeron un mundo para superdotados y ventajistas, sus críticos lo explicaban mediante las nociones de altruismo, mutualismo y simbiótico. Y es que la ambigüedad moral de la biología hacía aborrecibles las nociones de progreso y de naturaleza.

Medio siglo de debates no contribuyeron a disolver las desconfianzas entre naturalistas. Y, la verdad, las discusiones ni pasaron desde el ámbito de la observación al de la experimentación, ni lograron deslindar las diferencias entre orden moral y orden natural. La genética vino en ayuda de quienes querían definiciones estrictas de altruismo y de adaptación para que dejaran de ser instintos nobles o crueles, si bien ocultos, transformándose en variables experimentales y consensuadas. Dicho y hecho. Desde entonces, mediados de 1950, un individuo evoluciona -se adapta, pensaba Darwin; vence, diría Huxley-, cuando traspasa su contingente genérico a la mayor cantidad posible de descendientes, ya sea mediante muchos apareamientos, ya sea protegiendo la descendencia de hijos, hermanos y parientes. Así cuanto mayor es la consanguinidad mejor se entiende el altruismo, un gesto que en biología implica una disposición a sacrificarme en beneficio de otros.

El altruismo entonces, cuando es por los tuyos, sólo es un disfraz que oculta al gen egoísta. En pocas palabras, la llegada de los grandes teóricos del neodarwinismo, J.B.S. Haldane y sobre todo W.D. Hamilton, el genio que convirtió tan intrincados debates en un problema matemático absorbido por la teoría de juegos, dio fundamento a la noción de selección por parentesco, dejando de lado la querella sobre si el principio de selección actuaba en los individuos o en los grupos. El centro de gravedad de la evolución estaba en los genes, lo demás eran patrañas y prejuicios. Y asó si aceptamos de buen grado liquidar nuestras viejas afecciones por el cuerpo, su imagen y su historia, y nos conformamos a verlo como una carcasa que sólo sirve para trasportar genes entre generaciones -esta es la manera de hablar que hizo rico y famoso a Dawkins -, entonces el altruismo de las abejas o, en la naturaleza, no es más que una fantasía (para esclavos) que ayudó a pasar el rato a muchos filósofos y no pocos naturalistas. La propuesta desdeñaba cien años de esfuerzos para reconciliar biología y antropología. Pero, no era fácil, porque cada día comprobamos que el mundo, también el natural, no se agosta víctima de depredadores, abusones y codiciosos.

Muchos biólogos quedaron fascinados por el giro dado por los estudios sobre la evolución, convirtiendo un saber de exploradores y naturalistas en una disciplina para bioquímicos y matemáticos. Desde los 1960 es el paradigma dominante, pero en su robustez hay fisuras que reclaman atención. Por ejemplo, por muy sólidas que sean las leyes naturales, es absurdo exigir a los individuos, como explicó con contundencia Matt Ridley, que entiendan de estadística o de fisiognómica para saber por quién sacrificarse o con quién aparearse. Lo razonable es atribuir semejantes decisiones a razones de contigüidad y no de herencia. De ahí que la selección por parentesco acaba siendo un caso especial de selección por grupos. Para explicarlo, nos ayudaremos de un juego creado en 1950 en la Rand Corporation y que goza de gran fortuna entre los biólogos y los economistas: el dilema del prisionero.

El escenario es simple: usted y su cómplice en un crimen son interrogados por separado. Si ninguno habla (cooperan), ambos tendrán una sentencia pequeña (1 año de cárcel). Si los dos se acusan entre sí (delatan) habrá una condena mediana (3 años). El problema es que si uno colabora y el otro no, el que calla recibirá 5 años de castigo y el egoísta saldrá libre. ¿Qué hacer? El dilema es más frecuente de lo que quisiéramos y la respuesta racional es obvia: conviene colaborar. Lo que ocurre es que no siempre somos racionales, como quería Adam Smith, el ideólogo del laissez faire y la mano invisible. Lo normal es que uno traicione al otro, pues el delator pensará que su cómplice hizo las cábalas necesarias para concluir que debe colaborar. En efecto, la noticia es pésima para los amigos del altruismo, pues lo mejor es aprovecharse e ir a por todas. Pero la solución es buena si sólo hay un encuentro, pues cambia radicalmente si hay iteración, es decir si se repite muchas veces y, ante la disyuntiva de colaborar o delatar, se opta por la misma respuesta que eligió tu cómplice en la vez anterior. Lo que interesa hacer cabe en la simplicidad del toma y daca, es decir en la conducta que los biólogos llaman altruismo recíproco: te ayudo si me ayudas.

Sería perfecto, pero exige que aceptemos la remuneración demorada, lo que nadie, en principio, puede garantizar. La conducta altruista entonces es de muy alto riesgo, salvo que sean muchos los jugadores y se multipliquen los procesos. En fin, que las matemáticas dan la razón a quienes, contra las tesis de Malthus, ven una tarta que no deja de ensancharse. Y quienes rabien contra estos optimistas empedernidos, siguen teniendo que explicar el mismo problema de siempre: ¿por qué el mundo no colapsa? Está claro que si hubiera más egoístas que altruistas se agostaría el bien del que quieren apropiarse. Y, por favor, ¿no es absurdo decir que la conducta egocéntrica les sirve a los egoístas para que siempre haya más altruistas de los que aprovecharse? También nos encallamos en lo tautológico si exigimos que el altruismo sea puro, sin posibilidad de movilizar ningún interés individual, tribal o colectivo, pues estaríamos definiendo como altruista una cualidad que es evolutivamente insostenible.

La selección por grupos ha sido argumentada por muchos biólogos y la mayoría atribuye a R.L. Trivers el mérito de haberla formulado en unos términos que suenan razonables. Para empezar, logró que el altruismo dejara de ser un problema exclusivamente genérico y matemático, dando nuevo valor a los estudios de campo y al análisis de casos concretos. Los evolucionistas, obsesionados por los trabajos de laboratorio, se habían alejado demasiado de los bichos. Las investigaciones de Trivers encontraron que la conducta era consecuencia de la evolución, una deriva que exige de los animales cierta capacidad de empatía o, con otros palabras, una facilidad para detectar a los polizontes y demás carotas que intentan soslayar la regla de la reciprocidad. Dirán los escépticos que de nuevo la biología dejó de hablar el lenguaje de las variables cuantificables para regresar sobre la moralina civilizatoria. Pero, no. Lo que acaba de sostener Wilson es que la sociobiología avala la tesis de que el altruismo recíproco puede evolucionar.

La traza que va tomando este debate nos lleva a considerar la viabilidad de los grupos en el marco de lo que los economistas llaman tragedia de los comunes, un concepto de G. Hardin y que utilizó para explicar la desaparición de los bienes comunales en la Inglaterra moderna. El agostamiento de los pastizales se produjo porque alguno de los usuarios decidió poner a pastar alguna vaca más, lo que anima a los otros comuneros a imitar la conducta y, en fin, a acelerar la destrucción del bien que compartían. Los economistas neoliberales acogieron las ideas de Hardin con entusiasmo, como un aval para sus defensas de la gestión privada de los bienes (cerramiento), evitando así los abusos mediante reglas estrictas. E. Ostrom probó que la crisis del procomún, los bienes de todos y de nadie al mismo tiempo, tiene su origen en una crisis de gestión y que confundir, como hizo Hardin, bien comunal con libre acceso, sólo conduce a planteamientos extraños, como denunciar la ambición predicando la privatización. De hecho, el recorrido de Ostrom por los bienes comunes en varias épocas y culturas permitía conclusiones contundentes: funcionan si encuentran (y no hay manual, sino ensayo y error) su manera de ser gestionados.

Y esta parece ser también la situación en la que se encuentran los grupos viables por selección. No podemos hablar de ninguna forma de agrupación sin referirnos al bien que la sostiene y/o contribuye a sostener, y así lo que hay que estudiar son las distintas estrategias que les permiten conservar su identidad colectiva. O, en otros términos, sin procomún no hay comunidad, y las comunidades que no aprenden a gestionar el “pastizal” que las sustenta, derivan hacia la tragedia de los comunes: colapsan si no logran que prospere el altruismo recíproco (aquí, no de pago). Y dos palabras más, antes de concluir. Los colapsos, naturales o sociales, son difíciles de observar porque tienden a no dejar huella, dado que, como dicen quienes saben de teoría de juegos y de genérica darwiniana, son el resultado de procesos que no pueden evolucionar.

¿Es el procomún entonces el destino que nos une a todos? ¿Son los bienes comunes nuestro implacable futuro, los únicos sistemas que pueden evolucionar? S. J. Gould dedicó gran parte de su vida a luchar contra cualquier forma de teleología en la evolución. Lo hizo para combatir a los partidarios de la eugenesia, las razas superiores y el coeficiente de inteligencia, como también para frenar a quienes veían muy lógico que los mejores triunfaran sobre los peor dotados. Tenía razón. Hoy no vamos a darle la vuelta a la tortilla para hacer darwinismo buenista.


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Comentarios

# re: El bien común como adaptación

16/04/2008 10:07 por Juan Jos Ibez
Antonio,

Un post muy bueno, como siempre. Tan solo un pero (….). Como una vez te dejó alguien en un comentario, parte del material que ya utilizabas salía de un blog que no citabas, y que curiosamente decías que leías. Pero veo que esto ya ha ocurrido más de una vez, y hoy vuelves a la carga. Cada uno puede reformular las historias como quiera. Cierto. Pero ya que hablas de tanto procomún, cooperación y altruismo (cosa que aplaudo y de la que eres un maestro, al menos con las palabras y la pluma) no estaría mal que citaras las fuentes que tienes al lado, como por ejemplo hago yo (y contigo muchas veces, y ahora comienzo a pensar que demasiadas). No es nada excepcional, sino un hábito normal entre los científicos referenciar a otros. ¿O no?

En resumidas cuentas, que todo esto ya lo he dicho hace más de un año (en varios post) incluido citas difíciles de encontrar en Internet, y tu como si fuera de tu propia cosecha citando de las fuentes más variadas pero no justamente la que tenías al lado apoyándote. Y a demás decías que las leías.

Tu mismo, pero hablar de estos temas y hacer ciertos menoscabos me parece chirriante por no decir otras cosas.

Juan José Ibáñez,
Y quien quiera comprobarlo ya debería saber en donde buscar.
Bitácora Un Universo Invisible Bajo Nuestros Pies.
Lamento más de lo que te imaginas este comentario Antonio.

# re: El bien común como adaptación

16/04/2008 12:27 por AL
Gracias Juanjo por tus palabras que, como siempre, son excesivas y en este caso injustificadas. No te he copiado y, para decirlo más claro, vuelvo a repetirlo: ni te ha copiado ahora, ni te te he copiado nunca. Supongo que cada vez que me has referenciado será porque te parecería conveniente, verdad?

Insinuas que te copio o que copio sin citar y me gustaría que rectificaras públicamente. No sólo es falso, sino infamante. Y, además, juegas con la reputación como si para tí no valiera nada. Sólo espero una rectificación y luego quizás un diálogo.

Una cosa más. ¿Por qué no eres más concreto, como reclama la netiqueta? ¿Por qué no dices cuáles son los post que supuestamente se plagian para que la gente que lea este blog juzgue por si misma?

# re: El bien común como adaptación

16/04/2008 13:15 por Juan Jos Ibez
erimer lugar Antonio yo no he dicho que plagies. Lo que dgo es que utilizas material que lees de mi blog y luego lo haces tuyo de otra manera citando a otras fuentes. Y si no es así es que no lees el blog como "tu decías". No puedo entenderlo de otra manera. Hablo con usted cuando quiera. Pero no voy a rectificar una cuestión que no es tan solo una opinión personal sino la de otros que leen ambos blogs. Y como no quiero implicar a terceras personas sin su permiso, te lo digo por tf. ¿ok?.

Antonio yo no rectifico. Ahí esta escrito y ahí queda. Tras el dialogo, que insisto cuando será cuando quieras, ya veremos si me conences de que no es así.

Lamentablemente desde el lunes tengo el PC infectado por un gusano que no detectan los softwares actualizados y funciono con un portatil cuyo wifi va a pedales. Pero en la categoría de "Filosofía y Sociología de la Ciencia" hay post sobre un nuevo odelo de sociedad, creative procommons y teoría simbiogenética de la evolución. Lo lamento pero me tarda entre 5 y siete minutos abrir cada post con el wifi que tengo. No puedo hacer otra cosa.

Lo dicho cuando quieras.

Juanjo Ibáñez

# re: El bien común como adaptación

16/04/2008 13:39 por Juan Jos Ibez
Perdón por las reiteradas faltas de ortografía

JJI

# re: El bien común como adaptación

17/04/2008 13:25 por Consuelo Ibáñez
Antonio: antes de mostrar tan santa indignación, convendría que pusieras por delante el beneficio de la duda y trataras de saber si esa persona tiene razón, es decir, buscar el artículo a que se refiere, y no estoy hablando de plagios, ni mucho menos, si no de temas comunes con enfoques diferentes.

Yo también tenía el ordenador estropeado y ayer no lo pude hacer, pero hoy sí y tampoco me ha costado tanto encontrarlo.

Seguramente hay más post en Un Universo invisible, pero creo que como muestra basta un botón.

Te recomiendo que leas este post:

Teoría de la Evolución y Sociedad: Neodarvinismo vs Teoría Simbiogénica de la Evolución; Microsoft vs “Creative Commons”

Enviado el miércoles, 14 de febrero de 2007 15:45

http://weblogs.madrimasd.org/universo/archive/2007/02/14/59275.aspx

Que la gente judgue por si misma. ¿no es eso lo que pides?

# re: El bien común como adaptación

17/04/2008 18:42 por Deseo de Ibañez
Magnífico, ahora ya es en un asunto familar, verdad? Se popne interesante el culebrón. Dos preguntas: 1)) cuantos Ibañez quedan por salir? y 2) Cuando sacais al psiquiatara?

# re: El bien común como adaptación

18/04/2008 7:06 por next09
Magnífico artículo A.L. , te felicito por la envidiable publicación en la revista CIC Network y por la interesante labor que llevas tanto en el blog como fuera de el.

Salud y tiempo.

# re: El bien común como adaptación

22/04/2008 5:46 por AL
Gracias next09.

# re: El bien común como adaptación

23/04/2008 12:46 por Andrea Naranjo
Fabuloso. Reproduciré el artículo .
Somos muchos los que estamos interesados en la Teoría de la evolución y la paradoja darviniana de la cooperación como motor de la evolución y que hemos escrito sobre Creatives commons el software libre, el conocimiento y hasta los nuevos modelos económicos colaborativos. Es muy saludable que haya coincidencias respecto a la investigación sobre el tema.
saludos

# re: El bien común como adaptación

23/04/2008 13:00 por Andrea Naranjo
Umm
Hace tres años hice un trabajo de casi 40 páginas sobre antropología y epistemología
analizando la teoría de la evolución y la propuesta de la sociobiología frente a la paradoja darwinista de la cooperación y el altruísmo.
En este entonces no conocía los blogs de Juan José Ibáñez ni a Antonio Lafuente y la estructura del trabajo tiene casi el mismo contenido:
Lamarck spencer wallace Lynn Margulis darwin Kropotkin el origen de la modernidad, Bacon el fin de los absolutismos, el naturalismo etc etc
toco a habermas y termino con elsoft ware libre y las licencias CC en fin
tuve como bibloigrafía aun investigador chileno muy bueno que publicó su trabajo en scielo ( no recuerdo el nombre) y También nombraba a wallace kropotkin darwin spencer etc. Y ese trabajo es de hace como 5 años.
Así mismo utilicé el diccionario de Ferrater Mora y todos los libros de teoría antropológica y biología que pude.

Otro libro fundamental pues soy antropóloga es "El desarrollo de las teorías antropológicas: Historias de la teoría sobre la cultura" de Marvin Harris recomiendo leer las primeras 150 páginas
Creo que en esta época de cambios es lógico que todos los investigadores coincidan en llegar a las mismas conclusiones encontrando los mismo materiales.
saludos

# re: El bien común como adaptación

23/04/2008 13:53 por Andrea Naranjo


Y aquí el autor del cual no recordaba el nombre

Genes tecnología y sociedad
Antonio casares


http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/casares39.pdf

Y este otro artículo del año 2001

Evolución el nuevo paradigma: una nueva aproximación a las ciencias sociales
FISCHER A (2001) Editorial Universitaria, Santiago, Chile. 171 pp.

http://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0716-078X2001000300019&script=sci_arttext

# re: El bien común como adaptación

23/04/2008 15:02 por AL
Gracias Andrea por las referencias y tus palabras. De lo otro no comento nada para evitar que los trols crean que son bien recibidos.

# re: El bien común como adaptación

23/04/2008 20:35 por Andrea Naranjo
y fruto de ese trabajo mencionado salió esto de acá hace poco más de un año

El origen biológico de la cultura, Una mirada desde la antropología

http://www.neofronteras.com/opinion/?p=23

Mientras más seamos los que coincidimos mejor¡

Además hay textos super buenos de Lluis Guiu sobre las comunidades bacterianas y transmisión de la información

abrazos
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