La
nueva revista
CIC
Network
dedica su último
número (
pdf)
a la conmemoración de los 150 años de El origen de las especies de
Darwin e incluye un dossier en el que he intervenido junto a Peter Bowler, Vladimir de
Semir y Reyes Mate.
El
altruismo ya es moneda de curso legal. Cotiza al alza. Todos los
días la prensa nos muestra cierta perplejidad al informar de
que las organizaciones que lo incorporan como elemento estructural de
su diseño adquieren ventajas comparativas.
Vender
gratis,
por ejemplo, ya no es una práctica
absurda. Hay muchas firmas cuyo negocio es dar servicios gratuitos
para atraer usuarios que dejen registro de su presencia y criterio,
una información que las nuevas tecnologías
pueden convertir en un recurso aprovechable para vender publicidad.
En el extremo de esta estrategia, característica
de empresas como Google, eBay o Amazon, se crea un nuevo tipo de
clientes en la red y transforma a los tradicionales usuarios en los
nuevos produsers
(
produsuarios),
gentes cuya conducta virtual ayuda a identificar tendencias. Las
empresas no son altruistas pero han adoptado algunos de los perfiles
que definen la cultura del altruismo, como lo son el libre acceso o
el trabajo voluntario, pues obviamente los produsuarios no obtienen
nada a cambio por su deambular nómada, salvo satisfacer la
curiosidad.
En
efecto, la gratuidad es aparente, porque alguien paga los servicios
que se regalan. El caso, sin embargo, está dando mucho que
pensar sobre el futuro de la economía, el papel de la
cooperación y las fronteras que separan a los que producen de
los que consumen. De pronto, el mundo se ha hecho más complejo
y ya no encaja plenamente en los discursos dominantes desde el siglo
XIX y hasta el final de la guerra fría. Es verdad que siguen siendo mayoría los defensores del interés
individual como motor que regula y racionaliza nuestras sociedades.
La inercia que mantiene viva semejante creencia es imponente. Tanta
que
el
altruismo vino a caer en un descrédito
tan grande que Nietzsche lo calificó de moral
de los esclavos,
una retórica que exigía de
los subalternos apoyarse entre sí para aminorar en lo posible
la insostenibilidad de un mundo construido sobre los privilegios de
los menos y la explotación de las masas. Altruismo, sumisión
y caridad eran términos
intercambiables y, en su conjunto, el alimento que se servía
a
los desheredados.
Pero
las cosas están cambiando y
el
altruismo comienza a tener un prestigio social difícil de
ignorar.
Empecemos por lo obvio: el tercer sector, ese que conforman las ONG
y otras formas de asociacionismo cívico,
presupuestó en Francia por valor de 2,6 mil millones de euros
durante 2006 y mantuvo el equivalente a 40.500 empleos de jornada
completa. Hablamos de unas 40.800 organizaciones, cuya financiación
procede en un 60% de donaciones privadas. En el Reino Unido se
calcula que en 2004 había
alrededor
de 6 millones de militantes medioambientalistas y que los 23 millones
de voluntarios que prestaron algún
tipo
de servicio social aportan 90 millones de horas de trabajo gratuito a
la semana, cuyo coste a precios de mercado se eleva hasta los 45 mil
millones de euros al año.
La
historia misma de las ONG, como
ha
mostrado Philippe Ryfman
(también
aquí
aquí)
nos enseña que su recorrido ha sido tortuoso hasta lograr que,
tras muchos conflictos con sus estados de origen, el sistema de
Naciones Unidas comience a reconocerlas desde la década
de 1990 como interlocutores de mérito.
El altruismo entonces no está exclusivamente dirigido hacia
los colegas, los compatriotas, los consanguíneos,
los camaradas, los cofrades o los correligionarios, sino que por el
contrario abre su ámbito
de actuación hacia los humanos, en tanto que humanos.
Mucha
gente sabe ya que Wikipedia es una enciclopedia hecha por millones de
voluntarios, lo que hace inevitable la pregunta de cómo puede
funcionar una empresa editorial en donde los roles de autor, editor y
lector son tan difusos. Ninguna respuesta es mejor que los hechos
crudos: Wikipedia existe desde 2001 y sólo la versión
inglesa tiene ya más de 2,3 millones de entradas. No hace
mucho supimos que hay una fuerte
correlación
entre la calidad de un artículo y el número de
ediciones que recibe.
Para comprobarlo se diseñó un algoritmo capaz de
analizar automáticamente
los 50 millones de ediciones realizadas por los 4,79 millones editores de los
1,48 millones de artículos
que incluyó la versión inglesa hasta noviembre de 2006.
El resultado obliga a reflexionar a quienes dudan si pueden producir
verdadero conocimiento millones de gentes extrañas entre sí
y de quienes ignoramos sus cualificaciones. El caso de Wikipedia,
como el del software libre, prueban que la cooperación
funciona para preservar bienes compartidos y también
para
crear otros que, a su vez, conforman nuevos ámbitos
de sociabilidad. El
pronetariado,
como fue nombrado por
Joël
de Rosnay
y
Carlos
Revelli,
funciona.
Los
neurofisiólogos además están comprobando que los
pensamientos altruistas activan zonas primitivas del cerebro y
cercanas a las relacionadas con el sexo y la comida. Lo que podría
resumirse diciendo que
hacer
el bien da gustito.
Por su parte, muchos etólogos coinciden en que todas las
especies resuelven los conflictos de una manera muy parecida, lo que
avala la hipótesis de que
la
capacidad moral es una cualidad intrínseca
del cerebro.
Hace
unas semanas
E.
O. Wilson (Harvard) se ha embarcado en una polémica con R.
Dawkins (Cambridge),
ambos reconocidos científicos
y políticos
defensores de la sociobiología,
porque el norteamericano quiere desdecirse y admitir que la selección
por grupos, y no de parentesco, es el motor de la evolución.
El asunto es tan significativo que merece varios párrafos.
Para entenderlo tendremos que acercarnos hasta Darwin y explicar cómo
supo resolver
el
problema de que existiera lo social
o lo común
en
un mundo dominado por el principio de supervivencia de los mejor
adaptados. Para T. Huxley, nombrado perro guardián
del
evolucionismo decimonónico, nada había
de
escandaloso en que el mundo se construyera a dentelladas.
No importa
cuan obscenas fueran sus ideas, porque la cuestión de fondo
queda sin resolver, dado que la existencia de insectos sociales era
inexplicable para las versiones más
simplistas
del cuadro darwiniano. Era imposible ignorar la existencia de unos
500 estudios sobre estas especies admirables, y no falta quien habla,
como
Dugatkin,
de idilio entre los científicos
y las abejas. Sea como fuere, lo cierto es que las colmenas
cuestionaban el principio de selección, pues si contenían
miembros cuya función como obreras les impedía
reproducirse,
era lícito
preguntarse si la selección actuaba sobre los individuos o
sobre las agrupaciones. Para resolverlo Darwin inventó el
concepto de instinto social, una especie de fuerza innata que movía
a
los animales a vivir en comunidades, una práctica
basada en la división fisiológica del trabajo que les
permitía
sacar
ventaja en la lucha por los recursos. Y así lo mismo que los
criadores logran perfeccionar las razas, también
la
naturaleza seleccionaba los grupos que cooperaban entre sí, en
otros términos,
que
el
egoísmo era una especie de patrimonio tribal
y el garante de su continuidad histórica. Nadie, sin embargo,
estaba demasiado satisfecho con esta solución de compromiso.
Algunos,
como
P.
Kropotkin,
no podían
admitir que la historia de la vida fuera la de una carnicería
despiadada
y acusaron a los darwinistas furibundos de haber dado cobertura
científica
al dominio de los blancos sobre el planeta. La experiencia del
anarquista, militar y príncipe
ruso era muy distinta a la acuñada por el profesor de
Cambridge, pues sus observaciones no se hicieron en los trópicos,
sino en expediciones que recorrieron 80.000 Kms. por Siberia, una
geografía
extrema
y de la escasez que forzaba la cooperación para sobrevivir.
La lucha no era entre especies sino con el entorno. Asó
mientras los darwinistas (que no Darwin, como ya se dijo)
construyeron un mundo para superdotados y ventajistas, sus críticos
lo explicaban mediante las nociones de altruismo, mutualismo y
simbiótico. Y es que la ambigüedad moral de la biología
hacía
aborrecibles
las nociones de progreso y de naturaleza.
Medio
siglo de debates no contribuyeron a disolver las desconfianzas entre
naturalistas. Y, la verdad, las discusiones ni pasaron desde el
ámbito de la observación al de la experimentación,
ni lograron deslindar las diferencias entre orden moral y orden
natural.
La
genética vino en ayuda de quienes querían definiciones
estrictas de altruismo
y de adaptación para que dejaran de ser instintos nobles o
crueles, si bien ocultos, transformándose
en variables experimentales y consensuadas. Dicho y hecho. Desde
entonces, mediados de 1950, un individuo evoluciona -se adapta,
pensaba Darwin; vence, diría
Huxley-,
cuando traspasa su contingente genérico
a la mayor cantidad posible de descendientes, ya sea mediante muchos
apareamientos, ya sea protegiendo la descendencia de hijos, hermanos
y parientes. Así cuanto mayor es la consanguinidad mejor se
entiende el altruismo, un gesto que en biología
implica
una disposición a sacrificarme en beneficio de otros.
El
altruismo entonces, cuando es por los tuyos, sólo es un
disfraz que oculta al gen egoísta. En pocas palabras, la
llegada de los grandes teóricos del neodarwinismo,
J.B.S.
Haldane
y sobre todo
W.D.
Hamilton,
el genio que convirtió tan intrincados debates en un problema
matemático
absorbido por la teoría
de
juegos, dio fundamento a la noción de selección por
parentesco, dejando de lado la querella sobre si el principio de
selección actuaba en los individuos o en los grupos. El centro
de gravedad de la evolución estaba en los genes, lo demás
eran
patrañas y prejuicios. Y asó si aceptamos de buen
grado liquidar nuestras viejas afecciones por el cuerpo, su imagen y
su historia, y nos conformamos a verlo como una carcasa que sólo
sirve para trasportar genes entre generaciones -esta es la manera de
hablar que hizo rico y famoso a Dawkins -, entonces el altruismo de
las abejas o, en la naturaleza, no es más que una fantasía
(para esclavos) que ayudó a pasar el rato a muchos filósofos
y no pocos naturalistas. La propuesta desdeñaba cien años
de esfuerzos para reconciliar biología
y
antropología.
Pero, no era fácil,
porque cada día
comprobamos
que el mundo, también
el
natural, no se agosta víctima
de depredadores, abusones y codiciosos.
Muchos
biólogos quedaron fascinados por el giro dado por los estudios
sobre la evolución, convirtiendo un saber de exploradores y
naturalistas en una disciplina para bioquímicos y matemáticos.
Desde los 1960 es el paradigma dominante, pero en su robustez hay
fisuras que reclaman atención. Por ejemplo, por muy sólidas
que sean las leyes naturales, es absurdo exigir a los individuos,
como
explicó
con contundencia Matt Ridley,
que entiendan de estadística
o de fisiognómica para saber por quién sacrificarse o con quién aparearse.
Lo razonable es atribuir semejantes decisiones a razones de
contigüidad y no de herencia. De ahí que la selección
por parentesco acaba siendo un caso especial de selección por
grupos. Para explicarlo, nos ayudaremos de un juego creado en 1950
en la Rand Corporation y que goza de gran fortuna entre los biólogos
y los economistas: el
dilema
del prisionero.
El escenario es simple: usted y su
cómplice en un crimen son interrogados por separado. Si
ninguno habla (cooperan), ambos tendrán una sentencia pequeña
(1 año de cárcel). Si los dos se acusan entre sí
(delatan) habrá una condena mediana (3 años). El
problema es que si uno colabora y el otro no, el que calla recibirá
5 años de castigo y el egoísta saldrá libre.
¿Qué hacer? El dilema es más frecuente de lo que
quisiéramos y la respuesta racional es obvia: conviene
colaborar. Lo que ocurre es que no siempre somos racionales, como
quería Adam Smith, el ideólogo del laissez faire y la
mano invisible. Lo normal es que uno traicione al otro, pues el
delator pensará que su cómplice hizo las cábalas
necesarias para concluir que debe colaborar. En efecto, la noticia
es pésima para los amigos del altruismo, pues lo mejor es
aprovecharse e ir a por todas. Pero la solución es buena si
sólo hay un encuentro, pues cambia radicalmente si hay
iteración, es decir si se repite muchas veces y, ante la
disyuntiva de colaborar o delatar, se opta por la misma respuesta
que eligió tu cómplice en la vez anterior. Lo que
interesa hacer cabe en la simplicidad del toma y daca, es decir en la
conducta que los biólogos llaman altruismo recíproco:
te ayudo si me ayudas.
Sería perfecto, pero exige que
aceptemos la remuneración demorada, lo que nadie, en
principio, puede garantizar. La conducta altruista entonces es de muy
alto riesgo, salvo que sean muchos los jugadores y se multipliquen
los procesos. En fin, que las matemáticas dan la razón
a quienes, contra las tesis de Malthus, ven una tarta que no deja de
ensancharse. Y quienes rabien contra estos optimistas empedernidos,
siguen teniendo que explicar el mismo problema de siempre: ¿por
qué el mundo no colapsa? Está claro que si hubiera más
egoístas que altruistas se agostaría el bien del que
quieren apropiarse. Y, por favor, ¿no es absurdo decir que la
conducta egocéntrica les sirve a los egoístas para que
siempre haya más altruistas de los que aprovecharse? También
nos encallamos en lo tautológico si exigimos que el altruismo
sea puro, sin posibilidad de movilizar ningún interés
individual, tribal o colectivo, pues estaríamos definiendo
como altruista una cualidad que es evolutivamente insostenible.
La
selección por grupos ha sido argumentada por muchos biólogos
y la mayoría atribuye a
R.L.
Trivers
el mérito
de haberla formulado en unos términos
que suenan razonables. Para empezar, logró que el altruismo
dejara de ser un problema exclusivamente genérico
y matemático,
dando nuevo valor a los estudios de campo y al análisis
de casos concretos. Los evolucionistas, obsesionados por los trabajos
de laboratorio, se habían
alejado demasiado de los bichos.
Las
investigaciones de Trivers encontraron que la conducta era
consecuencia de la evolución,
una deriva que exige de los animales cierta capacidad de empatía
o,
con otros palabras, una facilidad para detectar a los polizontes y
demás
carotas
que intentan soslayar la regla de la reciprocidad. Dirán
los
escépticos
que de nuevo la biología
dejó de
hablar el lenguaje de las variables cuantificables para regresar
sobre la moralina civilizatoria. Pero, no. Lo que acaba de sostener
Wilson es que la sociobiología
avala
la tesis de que el altruismo recíproco
puede evolucionar.
La
traza que va tomando este debate nos lleva a considerar la viabilidad
de los grupos en el marco de lo que los economistas llaman
tragedia
de los comunes,
un concepto de G. Hardin y que utilizó para explicar la
desaparición de los bienes comunales en la Inglaterra moderna.
El agostamiento de los pastizales se produjo porque alguno de los
usuarios decidió poner a pastar alguna vaca más,
lo que anima a los otros comuneros a imitar la conducta y, en fin, a
acelerar la destrucción del bien que compartían.
Los economistas neoliberales acogieron las ideas de Hardin con
entusiasmo, como un aval para sus defensas de la gestión
privada de los bienes (cerramiento), evitando así los abusos
mediante reglas estrictas.
E.
Ostrom
probó que la crisis del procomún,
los bienes de todos y de nadie al mismo tiempo, tiene su origen en
una crisis de gestión y que confundir, como hizo Hardin, bien
comunal con libre acceso, sólo conduce a planteamientos
extraños, como denunciar la ambición predicando la
privatización. De hecho, el recorrido de Ostrom por los bienes
comunes en varias épocas
y culturas permitía
conclusiones
contundentes: funcionan si encuentran (y no hay manual, sino ensayo y
error) su manera de ser gestionados.
Y
esta parece ser también la situación en la que se
encuentran los grupos viables por selección. No podemos
hablar de ninguna forma de agrupación sin referirnos al bien
que la sostiene y/o contribuye a sostener, y así lo que hay
que estudiar son las distintas estrategias que les permiten conservar
su identidad colectiva. O, en otros términos, sin procomún
no hay comunidad, y las comunidades que no aprenden a gestionar el
“pastizal” que las sustenta, derivan hacia la tragedia de los
comunes:
colapsan
si no logran que prospere el altruismo recíproco
(
aquí,
no de pago). Y dos palabras más,
antes de concluir. Los colapsos, naturales o sociales, son difíciles
de observar porque tienden a no dejar huella, dado que, como dicen
quienes saben de teoría
de
juegos y de genérica
darwiniana, son el resultado de procesos que no pueden evolucionar.
¿Es el procomún
entonces el destino que nos une a todos? ¿Son los bienes
comunes nuestro implacable futuro, los únicos sistemas que
pueden evolucionar? S. J. Gould dedicó gran parte de su vida
a luchar contra cualquier forma de teleología en la evolución.
Lo hizo para combatir a los partidarios de la eugenesia, las razas
superiores y el coeficiente de inteligencia, como también para
frenar a quienes veían muy lógico que los mejores
triunfaran sobre los peor dotados. Tenía razón. Hoy no
vamos a darle la vuelta a la tortilla para hacer darwinismo buenista.