El fascinante mundo de los amateurs, ensanchado vertiginosamente por las nuevas tecnologías, asiste en nuestro días a otro proceso espectacular de expansión.

Entre
los muchos
sueños
que nos legaron los hackers que visualizaron el futuro de
internet en los aledaños de 1970 siempre aparecían
multitudes conectadas entre sí, sin el obligado tránsito
por un ordenador central, intercambiando experiencias, ideas o
capacidad de computación. Los gurú de la red siguen
teniendo el mismo sueño, aún cuando sus declaraciones
sean menos entusiastas a la vista de que
los
señores del aire, como felizmente los nombró
Javier
Echeverría, han impuesto en muchos sectores de la cultura
digital procesos de privatización, censura u otros mecanismos
de control de flujos.
Tim
Berners-Lee, la persona a quién asignamos la invención
de Internet, viene explicado en los últimos años que la
red acabará integrando todos los PC en una inmensa plataforma
de computación que nos convertirá a todos en una
comunidad global de base tecnológica. Y, de alguna manera, se
trata de ideas que ya está funcionando en los múltiples
proyectos de computación distribuida (Amazon, eBay o Google,
por sólo citar tres ejemplos sorprendentes mencionados en
LinuxInsider
o en los de
computación
voluntaria.
Nuestra
sociedad produce ingentes cantidades de información, cuyo
procesamiento, archivado y distribución requiere de potentes y
costosos centros de cálculo. Y, desde luego,
no
todos los países se los pueden permitir.
En la práctica son pocos los
superordenadores
que están en funcionamiento.
El más grande de todos, sin embargo, no es propiedad de
nadie, ni está radicado en ningún sitio. Al contrario,
funciona
con software libre
y con un sistema de gestión capaz de agregar en paralelo los
microprocesadores que contienen los ordenadores domésticos de
millones de usuarios. Mucha gente, incluidos los lectores de
tecnocidanos,
ya ha oído hablar de
SETI,
una iniciativa de la Universidad de Berkeley para buscar vida
extraterrestre en algún lugar del universo.
La
idea es muy simple. Hay en Arecibo (Costa Rica) un radiotelescopio
que no para de recibir imágenes del espacio que registran y
después digitalizan cualquier radiación que provenga
del exterior. El problema es que para analizarlas y encontrar alguna
recurrencia en las señales recibidas, algún patrón
regular, que pueda ser interpretada como signo inequívoco de
la existencia de una civilización superior, hace falta una
máquina cuyo coste es difícil de justificar ante los
contribuyentes.
David
Anderson, director de SETI, encontró en 2002 otra solución
menos cara y más apasionante. Su proyecto consistía en
solicitar de la gente que cediera ese tiempo muerto que, aún
cuando esté encendido nuestro PC, no usamos mientras hablamos
por teléfono o realizamos cualquier otra actividad. Lo que
hace SETI es proporcionar a los voluntarios un
hermoso
y singular protector de pantalla que, cuando se activa, recibe
paquetes de información que son procesados y finalmente
devueltos de forma automática a Berkeley con los resultados
logrados por nuestra máquina.
Todavía nadie ha tenido
el privilegio de encontrar la señal histórica del
primer encuentro, pero ya hay unas 2 mil millones de señales
candidatas que volverán a computarse por si los indicios son
ruido o, en otros términos, falsas alarmas. Aunque no hay
resultados concluyentes el proyecto, tal como se explicaba en
The
Economist, es un éxito indiscutible, aunque sólo
sea porque ya han participado de forma espontánea y gratuita
más de cinco millones de SETInitas, aportando el equivalente a
unos dos millones de años de computación. En la
actualidad se sabe que hay 170.000 usuarios activos y unos 320 mil PC
conectados.
SETI
no es el único proyecto vigente. Su excelente acogida ha sido
el motor para poner en marcha otras iniciativas, ver el excelente
informe
en Extreme Tech, quizás menos mediáticas pero sí
más útiles. Los ingenieros de SETI tuvieron la idea de
crear el software necesario para desarrollar BOINC (Berkeley Open
Infrastructure for Network Computing), una plataforma que aloja
proyectos de computación voluntaria dirigidos a las más
diversas finalidades, desde descubrir fármacos contra el SIDA
o el cáncer, hasta tratar de desencriptar códigos
imposibles o reproducir modelos matemáticos de cambio
climático. En su conjunto, los
datos
de BOINC muestran que federa 40 proyectos y cerca de tres
millones de ordenadores pertenecientes a 271 países que, en su
conjunto, tienen una capacidad de computación del orden de 400
Teraflops por segundo. Una potencia que supera los 280,6 Tflop/s del
mayor superordenador del mundo hasta no hace mucho, el
Blue
Gene/L de IBM, que monta unos 131 mil microprocesadores.
Hay
otros proyectos que tiene fines lucrativos. Algunos son promovidos
por empresas privadas y que esperan patentar a su nombre los
descubrimientos que se hacen con la aportación de todos. Pero
no vamos a detenernos en la descripción de otras iniciativas.
Todas son parecidas, desde el punto de visto de la tecnología
y la potencia de computación movilizada. SETI
es la prueba de que el altruismo, la tecnología y las buenas
ideas pueden resonar positivamente para demostrar que la cooperación
es posible y que el universo es la morada de toda la humanidad.
Es
cierto que se trata de comunidades de muy alto valor simbólico,
aunque de escaso compromiso personal. Una circunstancia, sin
embargo, que ha rondado la cabeza de muchos observadores. Y, por
fin, parece que desde BOINC se ha desarrollado la tecnología
necesaria para que en los procesos de computación masiva
puedan intervenir los propietarios de los PC y no sólo sus
procesadores.
La
nueva iniciativa, miembro de la familia BOINC, se llama
BOSSA y su
finalidad es aprovechar las habilidades de los individuos, como por
ejemplo su agudeza visual o el conocimiento local de un territorio,
para desarrollar tareas que un computador no sabe hacer y que un
voluntario con una preparación o ayuda mínima puede
desempeñar con casi una total precisión. BOSSA creará
una
ciberciencia
ciudadana. Así, lo que ahora se demanda de la gente
es su participación activa y para ponerla a prueba se lanzó
en agosto de 2006 el proyecto Stardust@home,
una iniciativa que aspira a identificar los
restos
de polvo interestelar que capturó la nave Stardust. y que
tiene mucha relación con
ClickWorkers,
el proyecto de la NASA destinada a identificar cráteres en
Marte con el concurso de voluntarios.
El
polvo interestelar, como
se
cuenta en Astroseti, fue recogido por colector de gel circular de
unos 36,8 cms. de diámetro y un espesor de 3,6 cms. Se calcula
que en total habrá unos 45 microgranos de polvo y para
detectarlos se pixelizará el gel en 1,6 millones de fragmentos
que serán fotografiados 40 veces cada uno. La colosal cantidad
de imágenes reunidas serán distribuidas entre
voluntarios, quienes podrán repasar pacientemente los
resultados de este microscopio virtual. Cuando cuatro voluntarios
detecten un rastro sospechoso en alguna imagen, entonces le será
enviada a otros cien voluntarios más para que comprueben el
signo que, si es confirmado por al menos 20, entonces será
enviada a un colectivo de estudiantes capacitados de Berkeley para
que confirmen el hallazgo. Si su dictamen es positivo entonces la
muestra pasará al laboratorio en donde los expertos extraerán
y analizarán el grano de polvo.
Aunque
Bossa está todavía en fase de desarrollo ya tiene a
punto el lanzamiento del proyecto
AfricaMap,
cuya finalidad es lograr una cartografía de precisión
de los lugares más remotos del continente africano, combinando
fotos de satélite de alta resolución con el
conocimiento local que de cada lugar tengan los habitantes de la
zona. Hay más ideas que están buscando su
acoplamiento, como por ejemplo involucrar masivamente a la población
en la búsqueda de los orígenes de la vida. La idea se
explica fácilmente. Durante la estación de las
lluvias, el agua arrastra la tierra y deja al vista multitud de
restos paleontológicos que volverán a ser enterrados o
arrastrados a otras localizaciones cuando regresen las lluvias. Para
evitar la pérdida de información se hará
fotografías de precisión que revisarán de
urgencia los voluntarios que se presten y, cuando crean estar delante
de algún resto de interés, avisarán a los
paleontólogos que verificarán la calidad de los
indicios detectados.
Todavía
es pronto para hacer una evaluación de estas iniciativas, pero
por lo que vamos conociendo podrían inaugurar una nueva era de
colaboración ciudadana en ciencia. El nuevo voluntariado
cognitivo no sería ya un elemento pasivo de la cadena de
procesos que conducen al conocimiento, sino que podrían
involucrarse con el mismo nivel de compromiso eficiencia que hoy
tienen los becarios o ayudantes de laboratorio. Y si es así,
nada les impedirá dar un paso más, con o sin permiso, y
diseñar sus propios proyectos, ya sea para cualificar los
atentados contra la biodiversidad, ya sea para vigilar las políticas
de exterminio o limpieza étnica.
En
todo caso, lo que estos proyectos confirman es que la gente puede
organizarse al margen del estado para producir conocimiento de alto
nivel y a continuación orientarlo hacia nuevas prioridades.
Mucha gente manifiesta su admiración por los SETInitas y
conecta la nueva capacidad descentralizada de generar potencia de
cómputo a una cierta noción de
popular power, un
concepto con muy amplias resonancias políticas y que alimenta
la esperanzas de democratización del conocimiento y la
tecnología.