Enviado el lunes, 07 de abril de 2008 9:58
El procomún, según la revista Time y Jeffrey Sachs, es una de las diez ideas que van a cambiar el mundo.
La semana pasada Daniel Ben-Ami en su
blog
Ferraris
for all se hizo eco de un artículo de
Geoffrey
Sachs, autor de
El fin de la pobreza y miembro de
Columbia University. Un economista varias veces nombrado entre las
100 personas más influyentes del planeta y siempre atento a
los problemas derivados del desarrollo desigual, ilegal e injusto.
El artículo aludido apareció en un especial de Time,
Future revolutions, dedicado a describir las
próximas
diez ideas que van a cambiar el mundo.
El texto de Sachs,
Common
Wealth for a Crowded Planet está basado en
la hipótesis nada arriesgada de que todos compartimos un mismo
destino si es que aceptamos la
convergencia
de tres procesos: el primero tiene que ver con la convicción
de que la ciencia y tecnología ejercen un dominio casi total y
sin precedentes sobre el entorno, un hecho que tiende a considerarse
como una parte de las soluciones que se necesitan, pero también
como una parte del problema que enfrentamos. El segundo recrea el
viejo argumento maltusiano que nos remite al problema de la sobre
explotación de los recursos, algunos de los cuales parecen
imprescindibles para la supervivencia de la especie. El último
proceso señalado tiene que ver con la existencia de bolsas de
extrema de pobreza que afectan a inmensas áreas del planeta y
que acabarán siendo factores decisivos de desestabilización
sanitaria o política.
“La idea con
mayor potencial de cambio del mundo -
explica
Sachs- es simple: superar el cinismo, terminar con la desatinada
visión de un mundo condenado a una interminable lucha de
“nosotros” contra “ellos” y, en su lugar, buscar soluciones
globales, pues tenemos la capacidad real de salvarlo para todos, para
hoy y para el futuro. Si acabamos la lucha de unos contra otros y si
trabajamos juntos para enfrentar las amenazas comunes: nuestro
destino, nuestra riqueza común, está en nuestras
manos.”
El alegato principal a favor de
soluciones globales constituye una invitación al optimismo y a
la acción, pues todavía habría tiempo para
evitar una
tragedia
global de los comunes. El argumento es tan sencillo que podría
hacer imperceptible la necesidad de que estos bienes que desbordan
las competencias de los estados-nación sean gestionados en
instancias supranacionales cuya representatividad actual está
muy lejos de ser democrática.