En regímenes autoritarios, la
exploración de los límites impuestos a las libertades
individuales siempre estuvo asociada al coqueteo con la pornografía.
Interesante reflexión sobre la
censura en China y la formas de hacerle frente. La web 2.0 ofrece
posibilidades inéditas de organización de comunidades
virtuales pues, además de favorecer la creación y
revisión colectiva y distribuida de contenidos en la red,
garantiza también la transparencia y horizontalidad de los
intercambios o procesos creativos. Pero, según
Ethan
Zuckerman, tiene un punto flaco, pues la apertura de las redes y
el uso sistemático de servidores propietarios (pertenecientes
a las empresas que regalan los servicios, tipo blog o chat), facilita
la tarea de controlar los flujos de información.
No es difícil admitir que
siempre será más fácil censurar
Human
Rights Watch que Blogger, porque a una web activista
suelen acceder quienes son proclives a los mensajes que desde allí
se difunden, mientras que los visitantes de las plataformas
generalistas son tan variados como numerosos. En la práctica,
el aludido movimiento en favor de los derechos humanos puede ser
silenciado bloqueando el acceso al dominio web que lo aloja. Por otra
parte, en las webs menos especializadas pueden colarse también
discursos críticos cuyo control no es tan simple como cerrar
un sitio por el que pululan multitudes ajenas al combate político,
pues hablamos de usuarios que descubrirían de forma abrupta
hasta dónde llegan los anhelos represivos del gobierno que
gestiona sus (aparentes) libertades.
El caso chino es particularmente
interesante. Su creciente pulsión represora, como se explica en
Reporters
sans frontières, les ha enseñado a experimentar
nuevas formas de censura. Básicamente lo que hacen es cegar
los buscadores impidiendo que encuentren en la red ciertos términos
vetados. Para ser eficaces están promoviendo empresas
autóctonas (más fácilmente manipulables) que
ofrezcan servicios gratuitos característicos de la web 2.0
con los que negociar cada semana que palabras incluidas en post o
comentarios deben ser invisibles para los grandes buscadores al uso.
Así, si tienes alguna verdad incómoda que contar, la
única manera de hacerse oir es pasar a la clandestinidad.
¿Pero cómo hacerse clandestino en Internet?
La respuesta de Zuckerman tiene un
nombre:
The
Cute Cat Theory of Web Activism (la teoría del gatito en
la red activista), un razonamiento que se hace en tres pasos. El
primero ya lo hemos comentado: la mayor apertura mediante servicios
privados dificultad la capacidad para movilizar mensajes críticos
contra el gobierno. El segundo consiste en buscar una estrategia que
permita a los colectivos activistas camuflarse entre las masas, de
manera que no sea posible actuar contra las minorías
hacktivistas sin que sean miles los testigos de actuaciones
contrarias a la libertad y los derechos humanos. El tercer argumento
implica desarrollar iniciativas que movilicen masas hacia las web
críticas y, en particular, convertir la pornografía (la
exhibición de gatitos o, en otros lugares, de conejitos) en
el señuelo táctico que atraiga multitudes y que, en consecuencia,
permitan el emboscamiento o camuflaje.
Así, al igual que los salones y
los panfletos, ámbitos de la frivolidad y la popularidad,
fueron los principales instrumentos para colar ideas reformistas
durante la Ilustración, algo parecido a lo que podríamos
decir de los cabaret y el comic en relación a las vanguardias
del siglo XX, también ahora los chinos estarían
abocados a esta convergencia entre libertinaje y cultura radical.
Entonces, como también hoy, la pornografía fue, como se
explica en
Naked
Bruch, de
Marianna
Beck, una excelente manera de explorar los límites del
orden social. Son muchas los estudios (ver
Robert
Darnton o
Lynn
Hunt) que han explorado la relación entre la revolución
de la imprenta en el siglo XVI y la aparición de impresos que
coqueteaban con el mundo de lo libidinoso, como también es
conocido el permanente tráfico de metáforas durante el
mundo moderno entre la cultura erudita, la mitología clásica,
la práctica médica y la cultura libertaria, pues el
mercado del libro y el de las ideas son muy dependientes de su
capacidad para conectar con los intereses de los públicos.
Pero hay más.
Peter
Johnson ha explorado la relación entre pornografía y
nuevas tecnologías para mostrar que la difusión de
conejitos por los media nunca fue empresa fácil, aunque sí
tan
popular como innovadora, y que, en consecuencia, los media
tuvieron que dar pruebas de extrema flexibilidad para, resistiendo
esa mezcla de furores censores y sensoriales, ensanchar el ámbito
de las posibilidades humanas (sí, también de las
libertades) y, aquí viene la sorpresa, el de las tecnologías.
Y, en fin, esta conexión entre tecnología, libertad y
pornografía, tan extraordinariamente evocadora, no solamente
alude a la dificultad de poner puertas al campo, sino también
a la conveniencia de derribar las que fueron construidas con
insostenibles escusas.