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lunes, 24 de marzo de 2008

En regímenes autoritarios, la exploración de los límites impuestos a las libertades individuales siempre estuvo asociada al coqueteo con la pornografía.

Interesante reflexión sobre la censura en China y la formas de hacerle frente. La web 2.0 ofrece posibilidades inéditas de organización de comunidades virtuales pues, además de favorecer la creación y revisión colectiva y distribuida de contenidos en la red, garantiza también la transparencia y horizontalidad de los intercambios o procesos creativos. Pero, según Ethan Zuckerman, tiene un punto flaco, pues la apertura de las redes y el uso sistemático de servidores propietarios (pertenecientes a las empresas que regalan los servicios, tipo blog o chat), facilita la tarea de controlar los flujos de información.


No es difícil admitir que siempre será más fácil censurar Human Rights Watch que Blogger, porque a una web activista suelen acceder quienes son proclives a los mensajes que desde allí se difunden, mientras que los visitantes de las plataformas generalistas son tan variados como numerosos. En la práctica, el aludido movimiento en favor de los derechos humanos puede ser silenciado bloqueando el acceso al dominio web que lo aloja. Por otra parte, en las webs menos especializadas pueden colarse también discursos críticos cuyo control no es tan simple como cerrar un sitio por el que pululan multitudes ajenas al combate político, pues hablamos de usuarios que descubrirían de forma abrupta hasta dónde llegan los anhelos represivos del gobierno que gestiona sus (aparentes) libertades.

El caso chino es particularmente interesante. Su creciente pulsión represora, como se explica en Reporters sans frontières, les ha enseñado a experimentar nuevas formas de censura. Básicamente lo que hacen es cegar los buscadores impidiendo que encuentren en la red ciertos términos vetados. Para ser eficaces están promoviendo empresas autóctonas (más fácilmente manipulables) que ofrezcan servicios gratuitos característicos de la web 2.0 con los que negociar cada semana que palabras incluidas en post o comentarios deben ser invisibles para los grandes buscadores al uso. Así, si tienes alguna verdad incómoda que contar, la única manera de hacerse oir es pasar a la clandestinidad. ¿Pero cómo hacerse clandestino en Internet?

La respuesta de Zuckerman tiene un nombre: The Cute Cat Theory of Web Activism (la teoría del gatito en la red activista), un razonamiento que se hace en tres pasos. El primero ya lo hemos comentado: la mayor apertura mediante servicios privados dificultad la capacidad para movilizar mensajes críticos contra el gobierno. El segundo consiste en buscar una estrategia que permita a los colectivos activistas camuflarse entre las masas, de manera que no sea posible actuar contra las minorías hacktivistas sin que sean miles los testigos de actuaciones contrarias a la libertad y los derechos humanos. El tercer argumento implica desarrollar iniciativas que movilicen masas hacia las web críticas y, en particular, convertir la pornografía (la exhibición de gatitos o, en otros lugares, de conejitos) en el señuelo táctico que atraiga multitudes y que, en consecuencia, permitan el emboscamiento o camuflaje.

Así, al igual que los salones y los panfletos, ámbitos de la frivolidad y la popularidad, fueron los principales instrumentos para colar ideas reformistas durante la Ilustración, algo parecido a lo que podríamos decir de los cabaret y el comic en relación a las vanguardias del siglo XX, también ahora los chinos estarían abocados a esta convergencia entre libertinaje y cultura radical. Entonces, como también hoy, la pornografía fue, como se explica en Naked Bruch, de Marianna Beck, una excelente manera de explorar los límites del orden social. Son muchas los estudios (ver Robert Darnton o Lynn Hunt) que han explorado la relación entre la revolución de la imprenta en el siglo XVI y la aparición de impresos que coqueteaban con el mundo de lo libidinoso, como también es conocido el permanente tráfico de metáforas durante el mundo moderno entre la cultura erudita, la mitología clásica, la práctica médica y la cultura libertaria, pues el mercado del libro y el de las ideas son muy dependientes de su capacidad para conectar con los intereses de los públicos.

Pero hay más. Peter Johnson ha explorado la relación entre pornografía y nuevas tecnologías para mostrar que la difusión de conejitos por los media nunca fue empresa fácil, aunque sí tan popular como innovadora, y que, en consecuencia, los media tuvieron que dar pruebas de extrema flexibilidad para, resistiendo esa mezcla de furores censores y sensoriales, ensanchar el ámbito de las posibilidades humanas (sí, también de las libertades) y, aquí viene la sorpresa, el de las tecnologías. Y, en fin, esta conexión entre tecnología, libertad y pornografía, tan extraordinariamente evocadora, no solamente alude a la dificultad de poner puertas al campo, sino también a la conveniencia de derribar las que fueron construidas con insostenibles escusas.

14:15 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (4)