Microsoft parece haber entendido el mensaje que le llega desde las instituciones públcas y los movimientos ciudadanos: rechazamos sus prácticas monopolísticas, es decir contrarias a la innovación y a la soberanía.
El
caso
de Microsoft parece dar la razón a quienes vienen
defendiendo que la transparencia cotiza al alza y es el eje al que
inevitablemente deben engancharse las organizaciones que quieran
sobrevivir al embate de las nuevas tecnologías y las nuevas
formas de sociabilidad. Contar los hechos, ver
Ars
Technica, no es fácil, pues son muchas las querellas
contra las prácticas monopolísticas del gigante
informático. Aunque
ha
perdido ya varios pleitos a ambos lados del Atlántico,
hace lo posible para retrasar la aplicación de las sentencias.
Así las cosas, el pasado día 21 la empresa hizo
públicos cuatro documentos en cuyo título se hablaba de
cambio de estrategia, apertura, portabilidad de datos e
interoperabilidad.
Nadie, sin embargo, lanzó las campanas al vuelo.
Y aunque Windows ha abierto 30.000 páginas de código
consideradas secreto industrial, l
a
Comisión Europea se ha mostrado tremendamente escéptica
pues, tras mucha pelea jurídica, mediática y
administrativa, acababa de condenar al gigante de Seattle a pagar una
multa de 899 millones de euros para romper de una vez con la política
de instalar por defecto en su sistema operativo el conocido paquete
Windows Media Player (WMP), el software que casi todo el mundo
utiliza para ver vídeos en un PC.
Hace unas semanas hubo un debate en el Parlamento
Europeo sobre estos asuntos que fue retransmitido en directo por
Internet, pero sólo pudieron verlo quienes disponían de
WMP o, en otros términos, los usuarios de Windows. ¿Acaso
es de recibo que un organismo público favorezca una tecnología
frente a las otras competidoras, como Mac o Linux? ¿Tan
débiles son nuestras instituciones frente a las grandes
corporaciones?
Hace
bien Europa en defenderse de los monopolios. ¿Qué
ganaríamos los ciudadanos si sólo pudiéramos
consumir una marca de coches, una cabecera editorial o una sola
cadena de restaurantes? Seguramente todo estaría
subvencionado, pero lo peor es que se congelaría la
innovación. Nuestro sistema sería un grandísimo
despilfarrador de talento y la propia continuidad de los ingenieros,
los escritores y los cocineros estaría amenazada.
El hecho es que una parte del código ya está
abierto, pero muchos expertos dicen que Windows dobla la rodilla
porque su liderazgo se tambalea. En la Web 2.0, esa que es construida
por los usuarios a través de los blogs, las wiki, los tags, el
digging, el P2P y el rss, cada ordenador es el nodo de una red que
funciona como una gigantesca plataforma que procesa información.
Internet sería ya como el disco duro sobre el que opera mi
terminal de la mano de un navegador. En la Red hay programas gratis
para procesar textos, enviar documentos o almacenar archivos. Así,
la guerra por el escritorio (con Netscape o WP) solo era una
escaramuza que anunciaba la batalla que está ganando Google y
todas las empresas basadas en la gratuidad y en la explotación
de la llamada sabiduría de las masas, como lo prueban Amazon,
eBay o Wikipedia. Conforme se expande la Red, cada vez importa menos
quién controla los medios de producción y cuenta más, como se insiste en
Snurblog y en
Produsage.org,
el papel de los produsers ,(produsuarios). Las
radios emiten gratis porque venden oyentes y por eso hay tantos
teóricos que hablan de economía de la atención.
Cuando los usuarios votan, opinan o se detienen en una web están
creando riqueza para quienes sepan convertir estos destellos de
interés en una información con la que identificar
tendencias.
Abrir
el código ayuda a Microsoft a saber qué hacen los demás
con esa información. Se trata de una conducta basada en un
principio tan simple como exitoso: renunciar a la gratificación
inmediata porque se espera recibir más tarde algo mejor.
Daniel Coleman lo ha argumentado como uno de los ejes que sostienen
la inteligencia emocional y ahora son muchas las escuelas de negocios
o departamentos de educación que lo recomiendan como el
estándar exigible a empresarios, padres y maestros.
Avancemos algo más y exploremos el problema
capital de la interoperabilidad. Los usuarios tenemos derecho a
exigir que las máquinas intercambien entre sí datos con
fluidez. Sería absurdo que no pudiéramos conversar por
teléfono con los clientes de otra compañía
rival, o que cada eléctrica suministrara un tipo diferente de
corriente imponiendo cada una sus marcas de electrodomésticos.
Por eso, la creación de estándares es una de las
responsabilidades mejor valoradas por los consumidores y los
productores. En este sentido, lo más razonable es pedirle a
los fabricantes que los documentos realizados con una máquina
puedan ser leídos sin problemas en otra.
Imaginemos que la documentación de una central
nuclear o los datos clínicos de una ciudad están
realizados o archivados con un programa que deja de fabricarse y que
no puede ser abierto (como hacemos con el capó de un coche si
queremos reparar el motor) para arreglarlo y modificarlo. ¿Nos
podemos permitir semejante despilfarro de información? La
consecuencia de lo que decimos es obvia: la soberanía nacional
está conectada a la interoperabilidad de las máquinas y
ambas a los formatos estándar. Abrir el código es la
respuesta a muchas demandas y una de las autopistas hacia la
creatividad, la transparencia y la justicia.