Hace unos días calificábamos de histórica la decisión de la Universidad de
Harvard a favor del Open Access, hoy llamamos histérica a la actitud de la American Chemical Society contra Wikipedia.
No hay día sin su afán.
Llevamos cerca de tres años comentando algunas de las muchas
inconsistencias sobre las que se apoya la práctica de la
ciencia. Algunos amigos me dicen que no hacen falta más
ejemplos para justificar una revisión en profundidad del papel
de la ciencia en nuestro mundo. Y creo que tienen razón, aún
cuando los más beatos afirman que todavía no hemos
sobrepasado el nivel de lo que podríamos llamar simples
excepciones a la regla. ¿Qué regla? Pues que la mayoría
de los científicos adoptan actitudes impecables y que la
ciencia, en tanto que institución, goza de muy buena salud.
Pero no es verdad. Lamentablemente, no es correcto afirmar que las
prácticas abusivas sean personales, mientras que las conductas
honorables sean institucionales.
El caso de la centenaria
American
Chemical Society espanta por su grosería y
prepotencia. Todo el mundo de la ciencia está migrando hacia
el open access. Cada país, cada Universidad, cada sociedad
profesional ha elegido su estrategia. Unos van más lentos y
otros, sin embargo, han apostado por liderar esta deriva histórica,
como es el caso de los National Institutes of Health, la Fundación
Wellcome o las decenas de signatarios de la
Declaración
de Berlín.
La Unión Europea y la OCDE, entre
muchas organizaciones, lo tienen claro: el conocimiento
financiado con fondos púbicos debe ser de acceso libre,
gratuito y por internet para todos los contribuyentes. Para los
ciudadanos, semejante proceso de apertura es de sentido común
y también de justicia, pues no sólo será más
baja la factura que los estados pagarán por la información
científica, sino que también se favorece la creatividad
en los laboratorios y la calidad de nuestra democracia cuando aumenta
la cantidad y calidad de la información circulante.
La American Chemical Society, sin
embargo, lejos de sumarse a esta deriva histórica, ha adoptado
una decisión histérica. Trataremos de explicar los
hechos en pocas palabras. La ACS es una organización privada,
cuyas publicaciones y bases de datos, ejercen un liderazgo
indiscutible y hasta hace muy poco incontestado en el mundo de la
química. Naturalmente está integrada por miembros de la
comunidad química, desde los industriales a los profesores.
Y, claro está, gran parte de las investigación que han
hecho sus miembros se ha financiado, total o parcialmente, con
recursos químicos. Pero, no. Quienes la gestionan, dicen que
no al open access y que sus archivos son una propiedad exclusiva por
la que se cobra a quien quiera usarlos.
La American Chemical Society
cuenta con información, principalmente artículos
publicados, sobre unas
100 millones de sustancias o secuencias químicas.
Cada sustancia, como es de esperar, recibe un número que opera
como su identificador universal, tanto en los intercambios profesionales como en los comerciales. En la comunicación química,
como también sucede en la botánica o en la médica,
nada es más necesario que unos nombres estándar que
garanticen la fluidez de los intercambios. Sería increíble
que dichos términos, cifras o acrásticos fueran propiedad de alguien. Es
impensable que el nombre de los ríos, las estrellas, los
santos o los héroes fuera una propiedad de los estados, los
astrónomos, la Iglesia o la Academia de la Historia. Pues
bien, en el caso de la química, por absurdo que parezca, eso
es lo que ocurre.
Nos falta un matiz para que nuestra
historia haga honor al rigor que pretendemos. Hay varios sistemas de
denominación, pero el que conocemos como
CAS
numbers (Chemical Abstract Service) es el más
amplio, completo y versátil de los existentes. Sólo es
un número (la cafeína, por ejemplo, responde al
algoritmo 58-08-2), un identificador abstracto, cuyas propiedades o
especificaciones técnicas están contendidas en alguno
de los
papers publicados por la ACS. Y así las cosas, la ACS
ha convertido esta información en un patrimonio con el que
pretende enriquecerse. Si alguien quiere saber a qué
corresponde y cuáles las propiedades de la sustancia
58-08-2
tiene que consultar sus bases de datos y pagar 6 dólares por
el servicio. Lo peor no es la factura que cobran, sino la oposición
a que estos descriptores puedan ser consultados automáticamente
y utilizados en las ontologías químicas que harán
que funcione la
web
semántica química, esa web que será
navegable por robots.
Hay algunas herramientas que permiten
hacer la conversión del identificador de unos sistemas de
clasificación a otros. De hecho hay muchos
intentos
de hackear la química, pero no basta con tener la osadía
y disponer de los conocimientos, porque, como explica
Peter
Murray-Rust, no siempre está claro que hay detrás de una
denominación o, en otros términos, son frecuentes los
casos de sinonimia o de polisemia. Y aún cuando las
equivalencias entre las denominaciones y los diferentes sistemas de
clasificación fueran biunívocas, la traducción
sólo funcionaría cuando no hubiera problemas. Y así,
siempre que algo suene raro o parezca que las cosas no encajan del
todo, no hay más remedio que regresar al artículo
original en la que fue inicialmente descrita la sustancia y por la
que le fue asignado el descriptor que ha sido traducido o hackeado.
El nombre de las cosas tiene dueño
y, en consecuencia, se puede limitar su uso. Hay inmensos intereses
metidos en la producción, custodia y venta de datos. Quienes
han invertido en conseguirlos es lógico que quieran
comercializarlos. Lo que aquí cuestionamos es que la American
Chemical Society pueda ser considerada propietaria exclusiva, cuando
la inmensa mayoría de cuanto adquirido estuvo protegido por
privilegios que sólo obtenían organizaciones que
funcionaban sin fines de lucro y consagradas al saber:
filantrópicas y filosóficas.
Para demostrar que su
antipatía hacia la cultura abierta es firme,
la
SCS ha prohibido a Wikipedia utilizar en sus artículos una
denominanción que les pertenece. Se calcula,
se
explica en ChemConnector, que Wikipedia hace referencia a unas
5000 sustancias (alrededor del 0,01 del total), pero si el pleito va
adelante tendrá que sustituir el CAS number,
llamado
en ChemSpider, el número de teléfono en el mundo de
la química, por el designador que le corresponda en la
clasificación
PubChem,
la alternativa que como
PubMed
avanza el mundo de la ciencia abierta.
¿Es razonable que alguno de los
jardines botánicos inaugurados durante la Ilustración o
que alguno de los servicios meteorológicos abiertos en el
siglo XIX quisieran apropiarse de los datos que custodian? Desde
luego, sólo hay una respuesta posible: No, lo que implica una
movilización para exigir de los químicos que dejen de
usar la denominación privada que monopoliza la American
Chemical Society y que organicen un boicot contra cualquier actividad
promovida por esta organización antidiluviana. No soy el
primero que lo lo ha propuesto, y
no
han faltado científicos que temen las represalias, porque
igual que venden la información, también pueden vetar a
quienes se muestren menos colaboradores de lo que esperan. A nadie le
extrañará entonces que
Glyn
Moody haya escrito un vitriólico post en su magnífico
Open... con el
título
The
World's Leading Anti-Scientific Society (La Sociedad
Anticientífica Lider Mundial).