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martes, 12 de febrero de 2008

Las diferencias son sostenibles cuando el estado garantiza que todos podamos  disponer de las capacidades para alcanzar el pleno estatuto de ciudadanía, sin importar la religión, la raza, el sexo o si tenemos o no alguna minusvalía.

Hace unos días estuvo Manuel Delgado en el Laboratorio del Procomún para explorar la distinción entre lo común y lo colectivo. Allí nos explicó su conocida tesis sobre la ciudad como el espacio de las diferencias, pues sin este rasgo estructural sería imposible la vida en común y de ahí el derecho a la indiferencia, una aspiración que la aprendimos del movimiento gay francés de los años 1970 y cuya expresión afortunada debemos a Jean-Louis Bory. Cansados de luchar por la afirmación de la diferencia, era lógico que muchos pensaran en la posibilidad de pasar desapercibidos o, en otros términos, en el derecho a ser tratados como simples ciudadanos, sin referencia a ningún rasgo identitario.


Me encanta la fórmula empleada por Manuel Delgado: los ciudadanos tienen derecho a la indiferencia en un espacio respetuoso con las diferencias. En estos tiempos de turbulencia y de avance de las expresiones xenófobas y excluyentes, ya sea contra los venidos de otro país o los creyentes en otra religión, ya sea contra cualquier otro rasgo diferencial, proceda de una minusvalía o de diferencias en el color de piel o de sexo (no me olvido tampoco de las que se inculcan en cada comunidad autónoma), tiene mucha razón quien reivindica el derecho a la indiferencia, pues todos deberíamos compartir las calles y las leyes. Más aún, cuando alguien pretenden exagerar las diferencias seguramente se está destruyendo un bien común en beneficio de quienes logran la prevalencia de los (impuestos) valores identitarios sobre los ciudadanos.

14:59 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (0)