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miércoles, 06 de febrero de 2008

Parece común la idea de la condición de buen ciudadano está vinculada al éxito de las políticas de alfabetización científica. El problema es que educamos a los jóvenes para vivir un mundo de fantasía o, en otros términos, un mundo donde los actores no humanos son invisibles.

Ciudadanía_y_políticas_Públicas_en_Ciencia_y_TecnologíaEsta mañana estuve en una mesa redonda coordinada por Pilar Tigeras sobre “Ciencia para jóvenes” en el marco del congreso Ciudadanía y políticas públicas en ciencia y tecnología. El tono general de la mesa fue complaciente con la idea de que a los niños hay que ilusionarlos con la ciencia o, mejor dicho, con la aventura de la ciencia. Entre los varios motivos que se alegaban para explicar el creciente  apoyo gubernamental para todo tipo de proyectos divulgativos, los distintos ponentes alegaron el alarmante descenso de vocaciones científicas entre los más jóvenes.

Cada presentación era más cómplice con la idea de que la ciencia es lo mejor que nos (les) puede pasar y, de ahí, que nuestra sociedad trate de hacer lo que sea necesario para acercársela a los muchachos. Cuando llegó el turno de los participantes como público, no como meros oyentes, se sucedieron varias intervenciones en las que se recordó a los más entusiastas la conveniencia de no ocultar los males directamente atribuibles a la miríada de objetos tecnocientíficos que nos invaden. Alguno mencionó que el citado descenso de estudiantes en las carreras cienticas podría estar relacionado, no sólo con la complejidad de las materias, los bajos salarios o la dificultad para compatibilizar vida profesional y vida familiar, sino con alguno de los desastres que, como Hiroshima, Chernobil o Bhopal, nos trajo la ciencia.


Es verdad que la palabra tecnología casi ni se pronunció y que dicha ausencia tenía que ver con un intento explícito de separar el conocimiento de los medios para producirlo, reproducirlo, aplicarlo o transformarlo. Era normal entonces que protestaran gentes que se declararon historiadores y sociólogos de la ciencia, pues la pretendida separación ni está autorizada por lo que encontramos en los archivos, ni tampoco es recomendable regresar a esa vieja pretensión de aislar la ciencia de su contexto: un gesto que, no por repetido es inocente, y que nos devuelve de lleno al manido debate de las dos culturas, además de desmovilizar a los ciudadanos de cualquier ilusión de querer intervenir en asuntos tan sublimes como distantes.

En fin que la gente puede opinar de derecho, economía, urbanismo, cine y política, pero sólo lo más ignorantes se atreven con la ciencia. Y esta disyuntiva que ha funcionado durante siglos, cuenta cada día con menos defensores. Los dos motivos aludidos, el secuestro de la ciencia y la exclusión de los públicos, son suficientes para provocar el rechazo de los asistentes, pero es que además el segundo cuestionaba abiertamente la pertinencia del congreso, dejaba a los congresistas sin tema del que discutir.

Las respuestas que llegaron de la mesa fueron razonables y sólo hubo una persona entre el centenar de los presentes que negó las muchas connivencias entre los conceptos y los artefactos o, en otros términos, entre las ideas y los negocios o entre las demostraciones y las regulaciones. Una vez más tuvimos que escuchar esa vulgaridad un poco narcotizante de que una cosa son los conceptos y otra sus aplicaciones. Quien lo dijo presumía de educador, aunque hablaba como los forofos de Bambi y la cultura de Walt Disney.

¡Claro que no son lo mismo! Nadie puede estar tan ciego o sordo que no reconozca muchas mediaciones entre una molécula química y una depresión anímica o entre el motor diesel y la batalla de Seattle. Cada vez hay más familiaridad entre unos y otros, tanto de los los teóricos con los productores, como de los ingenieros con los parlamentarios. Trabajan cerca, se entienden, comparten un mundo que califican de inevitable, con la misma convicción de quienes eran visionarios del destino manifiesto. Pero no era de eso de lo que, me parece, se quería hablar. No es que se eludiera la tentación del juicio sumario, es que era otro el moto. Y, mucho menos, se pretendía un alarde de fast thinking.

Tampoco se trata de teatralizar el problema de las consecuencias imprevistas o el de los males injustificables. El problema es que cada día entran en nuestras vidas más actores, humanos y no humanos, con los que tenemos que convivir sin que en nuestra Constitución, en eso que llamamos el contrato social, esté prevista su presencia. Pronto tendremos que hablar del virus H5N1 y la gripe aviar, igual que ya convivimos con las células madre, el motor de gasoil, las etiquetas RFID, los cognoceúpticos y el maíz transgénico. Todos estos entes, como también los pesticidas, los satélites, los implantes y las aguas potables recicladas, adquieren la condición de actores decisivos en nuestras vidas y no sabemos quién y cómo los representa.

Su condición de cosas, productos de consumo, como también lo son los postes eléctricos, las gasolineras, los libros, los navegadores GPS, las búsquedas en Google, las bienales o el cronometrado de una marathon, no minimiza la fuerza de las ligaduras que atan nuestro destino al suyo.

La cuestión no es si vienen a liberarnos o a esclavizarnos, el problema no es liquidar de un plumazo la tensión histórica entre el conocimiento experto y el conocimiento profano. La inquietud procede de que no sabemos qué estatuto político otorgarle a todos estos seres, pues está claro que no podremos vivir sin ellos y son parte de lo que ya no podremos dejar de ser. Y este es el mayor problema, que la ciencia no para de traer al mundo mil y más actores, sin que sepamos si son compatibles entre sí o con el mundo que queremos construir. Y ya terminamos. Basta con recordar que no es de sentido común poner todos los huevos en el mismo cesto y dar al mismo grupo de personas las tres legitimidades, la política, la técnica y la administrativa. Actuar así implica arriesgar mucho en un mundo demasiado incierto.

21:43 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (3)