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domingo, 20 de enero de 2008

El programa nuclear parece listo para ser relanzado sin que se haya producido un debate convincente. Lo más inquietante no es lo mucho que se oculta, sino que se presente como un factor decisivo en la lucha contra el cambio climático.

Hace unos días, ver The Guardian, el Reino Unido decidió impulsar, después de una moratoria de muchos años, la construcción de nuevas centrales nucleares. Y, como no podía ser menos, la decisión está provocando mucha controversia, no sólo porque supone recuperar una opción energética previamente rechazada, sino por la forma en la que ha sido configurada, empaquetada y mostrada ante la opinión pública. El gobierno quiere trasladarnos la impresión de que se trata de una decisión políticamente inevitable, científicamente rigurosa e democráticamente impecable. El razonamiento que airean es contundente: si queremos menos CO2 sin dejar de crecer hay que incrementar la producción de energía y favorecer la diversidad de fuentes energéticas, lo que implica ponerse ya a construir centrales nucleares. O, en otros términos, la lucha contra el cambio climático y la defensa de nuestra cultura (la británica), exigen no hacerle ascos a electricidad (o el calor) de origen nuclear.


Impresionante. Hace nada que se combatía la noción misma de cambio climático y, para sorpresa de muchos, hoy es el principal factor (al menos, desde el punto de vista mediático) que autoriza el relanzamiento del programa nuclear. Para ser justos hay que señalar que también son claves otras dos variables en la toma de la decisión: el creciente incremento de la demanda de petróleo (oil peak) y el claro envejecimiento de muchas de las infraestructuras energéticas operativas. En tales circunstancias parece improbable la viabilidad de un modelo económico basado una energía de bajo coste y un consumo de alta intensidad. Pero hay más, porque el gobierno ha ensayado nuevas e inéditas formas de legitimidad.

La decisión estuvo precedida de una encuesta (o consulta, publicada en julio de 2006) que pretendía sondear el estado de opinión pública. Las cosas se intentaron hacer bien y, en vez elegir una muestra estadísticamente representativa de ciudadanos a los que, como es habitual, se les hacían unas cuentas preguntas, se optó por convocar a representantes de grupos reconocidos (empresas, ONG, sindicatos, agrupaciones ciudadanas) y ofrecerles información cualificada, reunir a los diferentes colectivos en sus respectivas ciudades, favorecer el debate público y todo ello dedicando tiempo suficiente para que el proceso de formación de opinión se prolongara durante meses y no fuera precipitado. Cuando el gobierno dio por terminada la consulta, hizo pública la conclusión de que la ciudadanía, en términos estadísticos, apoyaba la opción nuclear. Pero, no.

Algunos grupos de activistas, Greenpeace y Friends of the Earth entre otros miembros de Green Alliance, negaron la transparencia del proceso y acusaron al gobierno de manipular la opinión pública. Habían desvirtuado uno de los mecanismos de diálogo más esperanzadores entre el gobierno y los públicos. De hecho, las ONG pusieron una denuncia en el juzgado que la juez Justice Sullivan, ver EU Energy Policy Blog, resolvió en favor de los denunciantes y que obligada al gobierno a repetir el proceso de consulta, evitando los sesgos y ocultaciones de información que había amparado el gobierno. Sullivan llegaba a afirmar que la consulta no debía considerarse un privilegio o concesión del gobierno, sino un derecho de los ciudadanos. Los activistas fueron más lejos y han hablado de tiempo perdido, descrédito de la administración pública, sabotaje a los dispositivos de consulta, crisis de los expertos, malas prácticas y derrota de la democracia. En definitiva, han acusado al gobierno de tener una agenda oculta y de haber organizado una pantomima resultona para dar legitimidad a decisiones que estaban tomadas previamente.

La encuesta se repitió con un protocolo, según BBC, parcialmente mejorado e igualmente cuestionado. Quienes han seguido de cerca el proceso cuentan que el 8 de septiembre de 2007 fue un día clave, pues se celebraron 9 talleres/sesiones de debate en otras tantas ciudades que permitieron confirmar que el 43% de los asistentes, unas 1100 personas representativas de los aludidos grupos o colectivos interesados, estaban a favor de la energía de fisión nuclear, mientras que un 37% estaba en contra y un 18% permanecían indecisos. Hubo ciudades, como Newcastle en los que el NO alcanzó hasta el 41%, dos puntos por debajo del sí. El resultado de Newcaslte arroja un índice de oposición a la energía nuclear superior a la media europea (ver Energy Technologies: Knowledge, Perception, Measures (Eurobameter especial, enero 2007). Los datos, sin embargo, autorizaron al gobierno a proclamar el último 10 de enero su decisión de nuclearizar el país, agregando que no había más tiempo que perder, tanto si de verdad se quería luchar contra el calentamiento global, como si se aspiraba a que el Reino Unido siguieran siendo una potencia mundial.

No todo el mundo está de acuerdo. Auspiciado por movimientos medioambientales se creó el Nuclear Consultation Working Group para que examinara los modos de proceder, así como los argumentos movilizados por el gobierno. Quienes están preocupados por estos debates sobre las alternativas energéticas de nuestro mundo, reconocen que la decisión británica puede ser decisiva, especialmente si la alternativa alemana (contraria a lo nuclear, favorable a las fuentes renovables e igualmente inquieta por el problema del cambio climático), no llegara a ser exitosa. Así, la crítica a la política de Gordon Brown, como se explica en Nuclear Spin, lejos de ser meramente táctica, es estratégica, pues hay muchos países que seguirán el mismo camino si la contestación es débil o inconsistente.

El NCW Group, formado por acreditados miembros de la comunidad académica inglesa (y sin embargo activistas), inauguró el año con un excelente informe Nuclear Consultation. Public Trust in Government destinado a explayarse sobre todas las ocultaciones o desenfoques utilizados por el gobierno para forzar un compromiso público que está más cercano a los intereses de las corporaciones eléctricas que a los rigores que exigen las aproximaciones científicas. Los hechos son incontestables, pues se ha ocultado a la gente que el nuevo programa nuclear sólo reducirá en un 4% las emisiones de CO2. También se ha repetido hasta la saciedad, aunque falten pruebas concluyentes, que la energía nuclear es la única capaz de mantener barata la factura energética y de asegurar la independencia energética del Reino Unido. Las otras energías serán también implementadas, aunque en un proporción sorprendentemente baja y sin mucha convicción ni prontitud, haciendo plausible la hipótesis de que se tardó tanto para precipitar la opción nuclear.

Nuestras economías son muy dependientes del petróleo y, desde hace unos meses, han tenido que aceptar que el modelo de desarrollo pone en peligro el futuro. Pero tratar de solucionar el efecto invernadero con centrales nucleares es, según Jonathon Porritt -presidente de la gubernamental Comisión para el Desarrollo Sostenible (SDC)-, un chute megatecnológico (technological megafix). Corregir la dependencia extrema de la energía barata con más nucleares es como tratar los problemas de los yonquis con prótesis cerebrales. Es confiar en lo nuevo por tecnonuevo (o tecnocientífico) al margen de cualquier otra consideración (ver el vídeo lanzado por Greenpeace The Convenient Solution).

Los documentos difundidos por el gobierno y ahora contestados, en el ya citado Nuclear Consultation. Public Trust in Government, dicen muy poco acerca de un puñado de problemas candentes. El primero tiene que vez con los costes reales de una planta nuclear, cuya construcción y posterior explotación siempre se planifican muy por debajo de las cifras reales. También se ha faltado a la verdad cuando se argumenta que las energías renovables no pueden sostener el país, llegando a alegar que falta sol, sin que se hable suficiente de viento, biomasa o mareas. La carencia de estudios serios sobre cómo sacar mejor provecho de estas energías, contrasta con la tranquilidad exhibida al hablar del problema de los residuos o del probable agotamiento de las reservas de uranio.

Pero hay más. Casi nada se les ha dicho sobre accidentes, seguridad, eficiencia, catástrofes o terrorismo. Se da por hecho que todas estas cosas está siendo analizadas por técnicos competentes, pero se discuten muy poco los resultados obtenidos, los modos de obtenerlos, las variables empleadas y, en general, el impacto de todos estos factores en la decisión que acaba de adoptar el gobierno. Y este es un punto importante, porque las variables que conforman y cualifican la opción nuclear dentro de lo que es el sistema energético (la constelación que forman todas las fuentes disponibles) deben ser cuidadosamente elegidas y, desde luego, hay muchos factores tecnológicos a considerar, pero tampoco son desdeñables los económicos, los políticos y los éticos.

Este es el camino seguido por el informe ya aludido, y por Scientist for Global Responsibility. De una parte, mostrar las muchas incertidumbres que todavía pesan sobre la alternativa nuclear y, de la otra, exigir que se de más importancia a muchos factores que tienden a ser infravalorados. Cuando se procede de otra manera, cuando las decisiones son tomadas por comités poco representativos, cuando se elude hablar de las incertidumbres que rodean el problema de los residuos, cuando nadie quiere mencionar el plutonio que se empleará en el armamento nuclear, en fin, si se sigue aludiendo a las energías renovables como si fueran la divisa de los activistas radicales (cuando no de tecnófobos trogloditas), entonces el gobierno se comporta exhibiendo una falta notable de responsabilidad internacional e intergeneracional.

La responsabilidad internacional implica no agravar los problemas de los demás para resolver los propios. Y la intergeneracional demanda no dejar para las generaciones futuras conflictos o tensiones irresolubles. Si los gobiernos se comportan como hooligans de las nuevas tecnologías (por no decir de las grandes corporaciones) nos ganamos el derecho a calificar la reciente decisión británica de irresponsable. Si además se ignoran factores decisivos, también se puede decir que no se apoya en datos objetivos y que el razonamiento en el que se basa es vicioso de partida.

Al hablar de lo nuclear, seguimos instalados por desgracia en la misma cultura dominante durante los últimos cincuenta años: la mentira, el secreto y la manipulación. La alternativa nuclear es solo el entimema nuclear: un negocio que se hace a costa de los menos afortunados y de los todavía no nacidos.

7:39 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (1)