LoginRSS 2.0 Feed

lunes, 14 de enero de 2008

Cuánto más se habla de la presencia del español en el mundo, más obvias se hacen sus carencias en Internet. Pero lo más urgente no es que en Internet se hable español, sino que el español sea uno de los frentes de expansión de la la cultura hacker.

El número de páginas web publicadas en una lengua es un signo de su vitalidad. Sin embargo, cuando se habla de la pujanza de nuestra cultura casi todos los datos se refieren a los mercados del libro, el cine, la música, las exposiciones o los museos. Y aunque todos los soportes sean importantes, parece claro que el medio por antonomasia sigue siendo el papel impreso. La palabra en la red no acaba de contar con suficiente crédito. Peor aún, la web en España sigue siendo una asunto para chavalotes y para un sin fin de aburridas páginas institucionales. La explicación más simple  tiene poco riesgo: la mayoría de los dirigentes son analfabetos digitales. Y lo peor no es que sepan casi nada, sino que enseñan a quienes les escuchan que la red es el reino de la confusión, la mediocridad y el pirateo.


Empezar por el final tiene sus riesgos, pues por mucho que se diga las convicciones no pueden reemplazar por completo a los datos.  Sin cifras navegamos con una hélice que produce mucha espuma pero que no mueve el barco. Lo habitual es que la pregunta del título se haga al revés, pues lo que se busca es saber si el español llegará a ser una de las lenguas de Internet.  El asunto no es banal desde que sabemos que cerca de un 15% del PIB está asociado al español, lo que significa que hay 600.000 personas cuyo empleo en la educación, la publicidad, la edición, las telecomunicaciones y la administración pende de la pujanza de la lengua. Los más optimistas nos invitan a ensanchar este recurso, pues la lengua además de ocio es un negocio.

Más aún, se trata de un bien que cuanto más se usa más abunda. No le pasa lo que al petróleo que además de agotarse, contribuye a contaminar y desestabilizar el planeta. Pero si hablar en la calle es gratis, hacerlo en Internet tiene un coste que tiende a crecer si aspiramos a que los programas, interfaces y utilidades que nos encontramos al navegar sean verdaderamente accesibles. De ahí que un escaso desarrollo de las industrias de la lengua en España, podría conducirnos a la paradoja de, como viene explicando José Antonio Millán, tener que pagar por usar el español.

El problema es que sólo el 4,6% de Internet está en español, mientras que el inglés representa el 45%, unas cifras que empeoran al considerar que por cada usuario de habla inglesa hay 1,47 páginas webs, mientras que la cifra desciende a 1,25 por cada francés y a 0,58 por hispano parlante. No hay duda. Las administraciones tendrán que incrementar su actividad en la red, pero se equivocan los gobiernos si, como hacen los negocios más anticuados, conciben como propaganda toda su política de comunicación.

Sobran signos concluyentes.  El primer día que la Enciclopedia Británica permitió el acceso libre a su edición on-line se alcanzaron los 12 millones de conexiones.  El dato es espectacular, pero se queda corto cuando conocemos el número de entradas (hits) o artículos (bits) de Wikipedia, la nueva enciclopedia familiar de referencia en todo el mundo. eBay, el rastro global,  también nos enseña mucho de cómo es Internet, pues el control contra el fraude lo realizan los propios usuarios que dejan cada año 3 mil millones de comentarios advirtiéndose entre sí contra las malas prácticas.  Los tres casos admiten algunas conclusiones rotundas como, por ejemplo, que la apertura crea sólidas complicidades con los usuarios y que la calidad del conocimiento o la seguridad de las transacciones es garantizada por las multitudes. Los ejemplos disponibles son numerosos y dan verosimilitud a la tesis del giro amateur o, en otros términos, de que nuestra capacidad para catalogar, jerarquizar y valorar problemas y conductas hacen viable la emergencia de otras formas de visibilidad, fiabilidad y autoridad.

Lo se.  Justo lo contrario de lo que nos han enseñado los herederos de Hobbes, Rousseau o Adam Smith, pues contra el consenso general legado por la Ilustración que quiso una sociedad hecha de gente calculadora, interesada y egocéntrica, lo cierto es que el altruismo y la cooperación son el verdadero motor de la supervivencia y sociabilidad humana. Todos los días aparecen estudios  antropológicos, económicos, neurofisiológicos, biológicos o históricos que nos invitan a redescubrir en estos valores la condición humana. En las universidades se sigue enseñándo que sólo vencen los mejor pertrechados, pero en las empresas más vanguardistas y en los movimientos asociativos más innovadores el discurso dominante evoca la existencia de una inteligencia colectiva que emerge en la colaboración y no de la competición.

Lo que una lengua necesita para sobrevivir es que se use mucho. Justo lo que las nuevas tecnologías pueden garantizar, pues hoy todos podemos ser autor, editor y distribuidor de sus propias palabras. El coste es minúsculo y la influencia gigantesca. Y lo que decimos de los autores, también vale para los bibliotecarios, los libreros o los maestros. Cualquiera puede catalogar una obra, criticarla o enseñar a valorarla. Y no importa lo mucho que ignoramos, pues de la convergencia de todas estas tecnologías (blogs, wikis, tags, bookmarks, postcasting) y todas esas biografías (los usuarios que dejan sus comentarios o los autores que elaboran opiniones),  están surgiendo  nuevas formas de construir lo público y otros modos de crear conocimiento.  

Por supuesto que hace falta instalar más ordenadores o mejorar la velocidad de acceso. Lo importante, sin embargo, es no olvidar que la capacidad para usar programas, seleccionar datos, participar en comunidades virtuales, construir(se) identidades públicas, producir contenidos, remezclar objetos y evaluar información, son actividades que conforman entre los jóvenes una educación informal que han adquirido sin necesidad de ir a la escuela. Los colegios pueden seguir aparentando que este curriculum oculto es sólo diversión y cháchara, pero lo que hacen es condenar a los niños al analfabetismo, mientras homenajean la pereza de sus maestros.

Y ahora volvamos al principio. El español estará en la red de la mano de las industrias de la lengua. Pero la pregunta que proponíamos era otra. ¿Cabe Internet en el español? Sí, si el español logra ser un medio en donde anide y se acreciente la cultura hacker, es decir la cultura transparente, altruista, colaborativa, horizontal y distribuida. Las gentes de la cultura y de la ciencia siempre fueron los aliados para este giro hacker, pero últimamente parecen estar cegados por la quincallería de las leyes de la propiedad intelectual.  Los aliados debieran ser entonces los digital natives, pero en la escuela y en la administración pública se empeñan en negarles el derecho a participar en el diseño de su propio curriculum. No son los académicos ni los rectores quienes salvarán la lengua, sino los empresarios y los nerds. De otra manera el spanglish, el hinglish o, peor aún, el globish convertirán las demás lenguas en piezas de museo.

14:42 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (1)