Cada día son más visibles
y contradictorios los retos que nuestra sociedad plantea a los
científicos. Pero la ciencia no podrá afrontarlos con
éxito sin fortalecer sus compromisos con la ciudadanía.
Hace unas semanas la ministra francesa
de Educación Superior e Investigación publicó en
Le Monde el artículo
Avec
la science, inventons l'avenir! para invitar a los
científicos y a los ciudadanos a recuperar la confianza mutua
en la capacidad de ambos de actuar en pro del bienestar común.
A los científicos les recomendaba no ver en la sociedad un
espacio hostil a sus modos de proceder, lo que implica admitir el
derecho de la gente a expresar dudas sobre la energía nuclear,
los transgénicos o los pesticidas. Los ciudadanos, por su
parte, eran invitados a recuperar la tradicional admiración
por el trabajo de investigación pues, decía
Valérie
Pécresse, “los desafíos a los que nos enfrentamos
serán insuperables si nuestra sociedad no renueva la confianza
que tradicionalmente tenía en sus científicos, porque
es de ellos de dónde vendrán las respuestas que
esperamos.”
La reacción no se ha hecho
esperar y no son pocos los que acusan a la ministra de querer
infantilizar a la opinión pública. Los argumentos son
los de siempre. Más del 40% de los recursos que se invierten
en ciencia se destinan a programas militares, nucleares y
aeroespaciales. Por contra, no decae el déficit de
investigación en campos como la salud medioambiental, la
agricultura biológica, la toxicología o la química
e ingeniería verdes. Y lo que sucede en Francia, podría
generalizarse al resto del mundo, como lo prueba el reciente informe
More
Soldiers in the Laboratory realizado por C. Langley, S. Parkinson
y P. Webber bajo el auspicio de
Scientists
for Global Responsability.
La respuesta más contundente
llegó de
Eric
Gall y Jacques Testart, presidente de la
Fondation
Sciences Citoyennes, también en Le Monde. El texto es
doblemente enfático: primero, en que la
ciencia no deja de alejarse de lo que son las preocupaciones
ciudadanas, ya sea por la falta de convicción con la que los
agentes científicos se aplican en proyectos a favor de la
sostenibilidad, ya sea por la facilidad con la que los investigadores
y políticos de la ciencia actúan más como
hooligans de las nuevas tecnologías, que como garantes del
bien común.
El segundo punto que se subraya es la
inquietante deriva de la ciencia hacia su conversión en un
recurso y, en consecuencia, hacia su privatización. Es muy
rara la idea de que la ciencia pueda ser un bien privado, pero las
evidencias que confirman esta evolución no dejan aparecer en
las revistas especializadas. Lo más raro es que todas las
autoridades académicas y científicas son cómplices
de estas políticas de partenariado con las corporaciones
industriales. Más aún, vivimos un momento en el que
cualquier otra narrativa, cualquier otra forma de entender la
relación ciencia-sociedad que no consista en seducir a los
empresarios para que inviertan en ciencia es considerada disruptiva,
arcaica, tecnófoba y reaccionaria. En fin, todo funcionaría
más o menos bien si los dispositivos de control habilitados
(comités de ética, comisiones de impacto tecnológico,
sanitario o medioambiental, paneles ciudadanos, conferencias de
consenso,..) estuvieran rodados y cumplieran su cometido con
independencia y transparencia. Pero la verdad es otra, pues mientras
las corporaciones se mueven a velocidad ultrasónica, los
gobiernos siguen desplazándose en carruajes de bueyes (a
veces, de lujo).
Así las cosas, si la reputación
de un investigador crece cuando logra patentes y/o atrae recursos
privados para su institución, entonces se hace difícil
admitir que la lógica del beneficio podría acabar
dominando las decisiones en los claustros y en lo laboratorios. No
me voy a entretener mucho en las consecuencias, pero hay que esperar
que se declaren prioritarias las líneas de investigación
más rentables en detrimento quizás de las más
necesarias. O, en otros términos, que cada vez que un gobierno
declare sus preferencias hay que husmear entre líneas para
saber quienes son los verdaderos beneficiarios.
La ministra Pécresse tuvo el
valor de adoptar un gesto reflexivo y no se dedicó, como hacen
el resto de sus colegas europeos, a proclamar con la fe del
carbonero su fe en la ciencia y su desprecio por los críticos.
Pero tiene edad de saber que cada vez será más difícil
separar los intereses privados de los públicos y que siempre
necesitaremos alguien que quiera defender el bien común. En
pocas palabras: un nuevo pacto social por la ciencia, un nuevo
contrato ciencia-sociedad, no se logrará recordándole a
todo el mundo la necesidad de ser buenos. Hace falta pensar en
nuevos dispositivos y también en nuevos actores.
Claudia
Neubauer (ver el
vídeo)
lo ha explicado con mucha claridad en el reciente
Colloque
Sciences en Societé au XXIème siècle: autres
relations, autres pratiques (Strasbourg, 28-29/11/2007).
Fortalecer las complicidades entre ciencia y ciudadanía
implica dar reconocimiento a la existencia de un
tercer
sector científico (el primero sería el estado y, el
segundo, la empresa) que estaría constituido por una amplia
panoplia de agrupaciones sociales, desde las organizaciones
medioambientales o las asociaciones afectados, hasta los sindicatos,
las ONG o las agrupaciones de consumidores. Sus características
más notables y diferenciadas serían que la
investigación la hacen fuera de los centros públicos,
que anteponen la voluntad de saber a la de poder o la del beneficio,
que promueven formas alternativas de saber, que sus prácticas
están muy condicionadas por demandas locales y que, por fin,
convierten en inseparables la investigación de la acción.
El reconocimiento de este tercer
sector debe llegar acompañado de otras medidas económicas
y políticas, pues hace falta arbitrar mecanismos de
participación en los comités que deciden las
prioridades y en los que asignan los recursos. Neubauer hace la
propuesta de que se cree un
Agence National de la Recherche
Citoyenne que financie proyectos que exijan el partenariado entre
una organización ciudadana y una institución pública,
y que entre sus objetivos estén la construcción de
sistemas de alerta temprana sobre riesgos o la participación
informada en los procesos de peritaje experto y de ciencia
regulatoria. El objetivo final sería hacer entrar la ciencia
en democracia (ver nuestro post
I+D
= Investigación + Democracia), aprovechar los recursos de
la llamada inteligencia colectiva o de las masas. modular la
influencia de las grandes corporaciones en la democracia técnica
y, por último pero no en último lugar, fortalecer los
vínculos de la ciudadanía con la ciencia. En
definitiva, hacer de la sociedad civil el principal socio de la
empresa científica.