Hablar de la web con gigantescas cifras
conforma una narrativa que oculta la grandeza de lo insignificante.
La semana pasada estuvimos reunidos
alrededor de el problema de la participación ciudadana en la
producción de estándares. A
wikiST
llegamos convencidos de que la tecnología wiki tenía
las características necesarias para reunir gente, ideas, datos
e información y producir conocimiento en régimen
colaborativo, distribuido y transversal. Wiki entonces era más
que un instrumento del que valerse para buscar la convergencia de
intereses distintos y distantes. Todos hablábamos de la
tecnología wiki como de un sistema que regula relaciones
humanas o, en otros términos, que sostiene y es sostenida por
comunidades.
Era inevitable que entre las muchas
cosas que se decían aparecieran de forma tácita
referencias al tamaño de los grupos, así como al nivel
de compromiso de sus integrantes. Hacia el final, percibí que
quienes eran promotores de alguna wiki en educación
(universitaria) o en otros proyectos cooperativos se mostraban
melancólicos, ya fuese porque los estudiantes se quejaban de
que colaborar daba mucho trabajo, ya fuera porque eran pocos los que
de verdad se implicaban en la producción de contenidos. Nadie
hablaba de fracaso, pero...
El problema es que a veces nos cuesta
ver lo que es obvio. Cuando hablamos de la red pensamos en multitudes
interactuando. Forma parte del imaginario desmesurado de la Wikipedia
las cifras millonarias de editores, artículos y usuarios. Pero
lo cierto es que la inmensa mayoría de los proyectos que se
basan en la tecnología wiki son impulsados por grupos
minúsculos. Tras una pequeña discusión quedó
claro que hablamos de comunidades que se parecen más a un
grupo de rock que a comunidad de vecinos y mucho menos a una
abstracción del tipo comunidad universitaria. La web
colaborativa, la llamada web 2.0, no se perece a la red neuronal ni
a la red urbana, sino que parece conformarse como una constelación
de grupúsculos muy activos y motivados que brujulean tanto
que llegan a crear la ilusión de ser multitudinarios.
Y, claro, he seguido investigando por
la web hasta encontrarme con el
número
de Dunbar: una cifra que mide la cantidad de individuos con los
que una persona puede mantener relaciones más o menos
estables.
Robin
Dunbar, antropólogo en el University College de Londres,
ha estudiado el tamaño que espontáneamente adoptan las
comunidades de primates o las aldeas rurales a lo largo de la
historia, encontrando que estos grupos orientados a la supervivencia
estabilizan su crecimiento hasta rondar la cifra de 150 miembros.
Dunbar ha relacionado esta cantidad con
el tamaño del neocórtex y habla de ella como si se
tratara de un límite impuesto por la evolución a la
capacidad espontánea de los humanos para formar comunidades.
El asunto lógicamente ha dado mucho que hablar y la red está
repleta de discusiones sobre la pertinencia empírica y
conceptual de esta variable.
Y navegando un poco más, llegué
a
Ross Mayfield y a
Life
with Alacrity, el blog de
Crhistopher
Allen, un experto en comunidades y en juegos
online. Lo
que Allen ha venido explorando es el tamaño óptimo de
los grupos orientados a la creación: entre 5 y 9 es la
respuesta, aunque la cifra mágica, también recomendada
por viejos estudios de psicología sobre la composición
ideal de un comité, es 7. Menos de cinco es mal número
porque con 4 tienden a formarse parejas enfrentadas, con 3 hay
alguien que queda aislado, y con 2 se necesita un altísimo
grado de motivación individual. Cinco es una buena cifra,
aunque un grupo puede funcionar muy bien hasta el límite de
los 12-15 miembros, una barrera que al superarse demanda la creación
de tareas especializadas y, en consecuencia, mucho tiempo por parte
de todos dedicado al mantenimiento de la cohesión del
colectivo.
Me imagino que debo ser el último
en enterarme. Lo que he aprendido es que la reiteración con
la que los media hablan de grandes cifras y gigantescas comunidades
activas debe siempre ser cuestionada. Más aún, si
quienes estábamos en wikiST no estamos muy equivocados, es
urgente promover otra narrativa de lo que sucede que se base en el
gusto por narrar y hacer visible la enorme desproporción que
se da entre la insignificancia de las comunidades y la desmesura de
las tareas que se imponen. Este ha sido históricamente el
régimen de producción del conocimiento: pequeños
grupos y dispositivos que parecen juguetes, insertados en redes
altamente probadas y eficaces, han logrado que quepa en una fórmula
el sistema planetario o en una tabla el sistema periódico de
los elementos, por no hablar del prodigio que representa meter un
continente en un mapa, la naturaleza en un simple cuadro o la
economía de un país en un balance.