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jueves, 27 de diciembre de 2007

Hablar de la web con gigantescas cifras conforma una narrativa que oculta la grandeza de lo insignificante.

La semana pasada estuvimos reunidos alrededor de el problema de la participación ciudadana en la producción de estándares. A wikiST llegamos convencidos de que la tecnología wiki tenía las características necesarias para reunir gente, ideas, datos e información y producir conocimiento en régimen colaborativo, distribuido y transversal. Wiki entonces era más que un instrumento del que valerse para buscar la convergencia de intereses distintos y distantes. Todos hablábamos de la tecnología wiki como de un sistema que regula relaciones humanas o, en otros términos, que sostiene y es sostenida por comunidades.


Era inevitable que entre las muchas cosas que se decían aparecieran de forma tácita referencias al tamaño de los grupos, así como al nivel de compromiso de sus integrantes. Hacia el final, percibí que quienes eran promotores de alguna wiki en educación (universitaria) o en otros proyectos cooperativos se mostraban melancólicos, ya fuese porque los estudiantes se quejaban de que colaborar daba mucho trabajo, ya fuera porque eran pocos los que de verdad se implicaban en la producción de contenidos. Nadie hablaba de fracaso, pero...

El problema es que a veces nos cuesta ver lo que es obvio. Cuando hablamos de la red pensamos en multitudes interactuando. Forma parte del imaginario desmesurado de la Wikipedia las cifras millonarias de editores, artículos y usuarios. Pero lo cierto es que la inmensa mayoría de los proyectos que se basan en la tecnología wiki son impulsados por grupos minúsculos. Tras una pequeña discusión quedó claro que hablamos de comunidades que se parecen más a un grupo de rock que a comunidad de vecinos y mucho menos a una abstracción del tipo comunidad universitaria. La web colaborativa, la llamada web 2.0, no se perece a la red neuronal ni a la red urbana, sino que parece conformarse como una constelación de grupúsculos muy activos y motivados que brujulean tanto que llegan a crear la ilusión de ser multitudinarios.

Y, claro, he seguido investigando por la web hasta encontrarme con el número de Dunbar: una cifra que mide la cantidad de individuos con los que una persona puede mantener relaciones más o menos estables. Robin Dunbar, antropólogo en el University College de Londres, ha estudiado el tamaño que espontáneamente adoptan las comunidades de primates o las aldeas rurales a lo largo de la historia, encontrando que estos grupos orientados a la supervivencia estabilizan su crecimiento hasta rondar la cifra de 150 miembros.

Dunbar ha relacionado esta cantidad con el tamaño del neocórtex y habla de ella como si se tratara de un límite impuesto por la evolución a la capacidad espontánea de los humanos para formar comunidades. El asunto lógicamente ha dado mucho que hablar y la red está repleta de discusiones sobre la pertinencia empírica y conceptual de esta variable.

Y navegando un poco más, llegué a Ross Mayfield y a Life with Alacrity, el blog de Crhistopher Allen, un experto en comunidades y en juegos online. Lo que Allen ha venido explorando es el tamaño óptimo de los grupos orientados a la creación: entre 5 y 9 es la respuesta, aunque la cifra mágica, también recomendada por viejos estudios de psicología sobre la composición ideal de un comité, es 7. Menos de cinco es mal número porque con 4 tienden a formarse parejas enfrentadas, con 3 hay alguien que queda aislado, y con 2 se necesita un altísimo grado de motivación individual. Cinco es una buena cifra, aunque un grupo puede funcionar muy bien hasta el límite de los 12-15 miembros, una barrera que al superarse demanda la creación de tareas especializadas y, en consecuencia, mucho tiempo por parte de todos dedicado al mantenimiento de la cohesión del colectivo.

Me imagino que debo ser el último en enterarme. Lo que he aprendido es que la reiteración con la que los media hablan de grandes cifras y gigantescas comunidades activas debe siempre ser cuestionada. Más aún, si quienes estábamos en wikiST no estamos muy equivocados, es urgente promover otra narrativa de lo que sucede que se base en el gusto por narrar y hacer visible la enorme desproporción que se da entre la insignificancia de las comunidades y la desmesura de las tareas que se imponen. Este ha sido históricamente el régimen de producción del conocimiento: pequeños grupos y dispositivos que parecen juguetes, insertados en redes altamente probadas y eficaces, han logrado que quepa en una fórmula el sistema planetario o en una tabla el sistema periódico de los elementos, por no hablar del prodigio que representa meter un continente en un mapa, la naturaleza en un simple cuadro o la economía de un país en un balance.

14:29 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (5)