Los hechos son una pieza clave en la resolución de los complejos conflictos globales (medioambienmtales, energéticos o biosanitarios) que enfrenta nuestro mundo. Es importante, sin embargo, no confundir objetividad y universalismo.
Ninguna sociedad puede sobrevivir sin
algunos acuerdos que otorguen cierta estabilidad a sus estructuras
más frágiles. De ahí que nadie discuta que los
valores son importantes, pero si hubiese un grupo de gentes con ganas
de entenderse, enemigos de la arbitrariedad y proclives al rigor,
tendrían que ponerse de acuerdo en lo que significa estas
palabras. Sabemos además que es casi seguro que acabarían
discutiendo sobre asuntos medibles y pesables y que, por tanto,
tendrían que obligarse a identificar las máquinas que
iban a emplear y los protocolos con los que ordenar y luego comunicar
sus datos. Tendrían, en fin, que habilitar tecnologías
capaces de desanclar los fenómenos respecto del terruño,
el campanario y la etnia.
Y así, como quien no quiere la
cosa, nos encontramos con la sorpresa de que una conversación
sobre valores en una sociedad multicultural y cosmopolita puede
acabar convirtiéndose en un debate sobre tornillos y ajustes,
es decir sobre el calibrado de instrumentos o la aberración de
lentes. Lo que importa en estas tecnologías de desanclaje o
patrimonialización no es si son artificiales o foráneas,
sino que actúan, insiste
Lorraine Daston, como instrumentos políticos creadores
de nuevos consensos. Son, en consecuencia, máquinas morales y
fundamento del orden cívico. Sin ellas no habría
contrato social.
Paremos entonces un momento en las
prácticas que conducen a la objetividad. Observar es algo muy
simple. Consiste en detectar singularidades donde en apariencia todo
es un continuo indiferenciado o caótico. El asunto, cómo explica
Ian Hacking, es cómo
procedemos o cómo logramos darle valor a algo. Y, aunque
sabemos que la pregunta no es fácil, aquí arriesgaremos
una respuesta que vislumbraron los ilustrados y de la que en gran
medida seguimos dependiendo. Basta con tomar un objeto (social,
cultural, material o natural) y asignarle algunos rasgos,
características o propiedades (locales, simbólicas,
físicas o formales) que sean ponderables mediante alguna
práctica disciplinaria (la historia, la arqueología, la
etnología, la astronomía o la botánica). Si la
correspondencia entre el objeto elegido, las propiedades supuestas y
las disciplinas aplicadas es atinada, entonces hemos dado un paso de
gigante, siempre que lo que queramos sea informar el objeto, es decir
hacer con él cosas como, por ejemplo, medir, datar, catalogar,
comparar, mezclar, etc.
Y ya vamos viendo cómo se enreda
el proceso, porque estamos refiriéndonos a prácticas
que requieren tecnologías cada vez más sofisticadas,
desde simples reglas y balanzas a balances, clasificaciones y
catálogos. Las tecnologías de inscripción son
muy variadas y todas implican cuadros, cartografías,
algoritmos, máquinas, perspectivas o escalas más o
menos evidentes. Y así, de la mano de
Theodore Porter llegamos a una primera conclusión,
pues cada objeto reducido o acotado mediante un puñado de
propiedades demanda su cuidado, y ninguno puede sobrevivir al margen
de las prácticas disciplinarias con las que fue primero
alumbrado y después determinado.
Parametrizar el mundo otorga entonces muchas
ventajas a quienes controlan estas tecnologías de inscripción
y movilización. Contar con el mapa adecuado de un territorio, nos enseña
John Law,
permite actuar a distancia, una capacidad que se multiplica si se
unifican los sistemas de pesos y medidas. Y una vez que disponemos de
estas cartografías podremos escalarlas y configurarlas en los
varios lenguajes posibles, desde el astronómico al digital,
pasando por el geométrico y el gráfico. Cada una de
estas transformaciones (con la imprenta, la cámara o, digamos,
un blog) posibilita nuevas movilizaciones que desplazan el objeto por
las biblioteca, las filmotecas o la web. Pero con ser todo ello muy
importante, de poco serviría si cada cosa no fuera expresada y
sostenida, lo explicaron
Geoffrey C Bowker y Susan L. Star, mediante estándares, el último paso necesario
para que todo cuanto fue fabricado como objetivo (según
protocolos y tecnologías consensuadas) acabe siendo
globalizado. Y así lo mediatizado (con tecnologías de
inscripción) se medializa (con tecnologías de
comunicación) en un proceso que transforma los objetos
científicos en objetos globales, haciendo sinónimos
objetividad y universalismo.
Hablar de universalismo equivale a
preguntarse quién y cómo se produce, pues está
claro que las cosas no nacen, sino que se hacen universales. En
otros términos, debe haber algún lugar en donde se sabe
cómo transformar las cosas en entes preternaturales de forma
que puedan estar simultáneamente en muchos lugares. Así
que los objetos universales más que estables son ubicuos,
están construidos para moverse mucho y rápido.
La equivalencia entre ambos conceptos,
sin embargo, está siendo ampliamente cuestionada. No es sólo, como explicó
Immanuel Wallerstein,
que los estudios postcoloniales, feministas o altermundistas
denuncien abiertamente las relativamente ocultas y profundamente
ramificadas conexiones y complicidades entre todas las formas de
hegemonía y las retóricas universalistas. Hay más.
Es que la misma noción de objeto es polémica, porque
los objetos son manejables mientras permanecen dentro del
laboratorio, cosa que deja de ocurrir cuando nos referimos a
problemas de mucha relevancia mediática y que funcionan como
experimentos de escala planetaria que se están haciendo en
tiempo real.
Estamos pensando, de la mano de
Bruno Latour, en asuntos de una
envergadura descomunal como, por ejemplo, el cambio climático,
la depresión, los efectos de los campos electromagnéticos
sobre la salud, la basura radioactiva, la polución
atmosférica, la contaminación química o la
expansión de loes cultivos genéticamente modificados.
La lista podrías ser mucho más larga, pero nuestro
argumento no ganaría consistencia. Todos estos nuevos entes
que pululan por los media de una punta a otra del planeta y cuya
identidad científica es imposible separar de su identidad
política son objetos híbridos, porque ni pueden ser ya
criaturas del laboratorio, ni son fácilmente reductibles a
piezas jurídicas.
Frente a tales objetos, los expertos
lejos de ser la solución son parte del problema, debido a que
han sido entrenados para preservar la convicción de que no hay
más alternativa que el método científico. Pero,
aún cuando podamos compartir tal convicción, el asunto
es que la ciencia es muy lenta, mientras que la sociedad es muy
rápida. La cultura de la precisión y de la objetividad
no bastan para resolver los conflictos. No es sólo que no
sepamos cómo manejar las muchas variables presentes, es que se
trata de problemas que demandan soluciones urgentes. La tentación
tecnocrática, aquélla que quiere cambiar democracia por
tecnología, no nos vale. En la práctica, lo ha explicado
Sheila Jasanoff, hay muchos
estudios que prueban que tales derivas tienden a empeorar los
conflictos.
El concepto de gobernanza ha venido a
desatascar muchas tensiones que parecían condenadas a
pudrirse. La participación ciudadana en la cogestión de
los asuntos públicos, sin embargo, no agota todos los
escenarios posibles. No bastará con convocar a un colectivo
de cosmopolitas (en el sentido kantiano del término), cada uno
con su gavilla de hechos objetivos y todos convencidos de la
objetividad de sus procederes, es decir de sus instrumentos y sus
protocolos.
Semejante conducta es insuficiente
porque no acepta la existencia verificada de otras posibles
epistemologías.
Isabel Stengers está trabajando en esta
dirección y sugiriendo que debemos aspirar a una
cosmopolítica, es decir a una política que no aspira a
disolver la diversidad, sino a sostenerla, lo que implica aceptar
como horizonte político una ecología de epistemes que
acabe con las guerras de la ciencia (entre humanidades y ciencias) y
con las guerra por la ciencia, contra bárbaros, indígenas,
negros y mujeres, o cualquier otra minoría estigmatizada de
poco razonable o demasiado infantil.