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jueves, 06 de diciembre de 2007

Los hechos son una pieza clave en la resolución de los complejos conflictos globales (medioambienmtales, energéticos o biosanitarios) que enfrenta nuestro mundo. Es importante, sin embargo, no confundir objetividad y universalismo.

Ninguna sociedad puede sobrevivir sin algunos acuerdos que otorguen cierta estabilidad a sus estructuras más frágiles. De ahí que nadie discuta que los valores son importantes, pero si hubiese un grupo de gentes con ganas de entenderse, enemigos de la arbitrariedad y proclives al rigor, tendrían que ponerse de acuerdo en lo que significa estas palabras. Sabemos además que es casi seguro que acabarían discutiendo sobre asuntos medibles y pesables y que, por tanto, tendrían que obligarse a identificar las máquinas que iban a emplear y los protocolos con los que ordenar y luego comunicar sus datos. Tendrían, en fin, que habilitar tecnologías capaces de desanclar los fenómenos respecto del terruño, el campanario y la etnia.


Y así, como quien no quiere la cosa, nos encontramos con la sorpresa de que una conversación sobre valores en una sociedad multicultural y cosmopolita puede acabar convirtiéndose en un debate sobre tornillos y ajustes, es decir sobre el calibrado de instrumentos o la aberración de lentes. Lo que importa en estas tecnologías de desanclaje o patrimonialización no es si son artificiales o foráneas, sino que actúan, insiste Lorraine Daston, como instrumentos políticos creadores de nuevos consensos. Son, en consecuencia, máquinas morales y fundamento del orden cívico. Sin ellas no habría contrato social.

Paremos entonces un momento en las prácticas que conducen a la objetividad. Observar es algo muy simple. Consiste en detectar singularidades donde en apariencia todo es un continuo indiferenciado o caótico. El asunto, cómo explica Ian Hacking, es cómo procedemos o cómo logramos darle valor a algo. Y, aunque sabemos que la pregunta no es fácil, aquí arriesgaremos una respuesta que vislumbraron los ilustrados y de la que en gran medida seguimos dependiendo. Basta con tomar un objeto (social, cultural, material o natural) y asignarle algunos rasgos, características o propiedades (locales, simbólicas, físicas o formales) que sean ponderables mediante alguna práctica disciplinaria (la historia, la arqueología, la etnología, la astronomía o la botánica). Si la correspondencia entre el objeto elegido, las propiedades supuestas y las disciplinas aplicadas es atinada, entonces hemos dado un paso de gigante, siempre que lo que queramos sea informar el objeto, es decir hacer con él cosas como, por ejemplo, medir, datar, catalogar, comparar, mezclar, etc.

Y ya vamos viendo cómo se enreda el proceso, porque estamos refiriéndonos a prácticas que requieren tecnologías cada vez más sofisticadas, desde simples reglas y balanzas a balances, clasificaciones y catálogos. Las tecnologías de inscripción son muy variadas y todas implican cuadros, cartografías, algoritmos, máquinas, perspectivas o escalas más o menos evidentes. Y así, de la mano de Theodore Porter llegamos a una primera conclusión, pues cada objeto reducido o acotado mediante un puñado de propiedades demanda su cuidado, y ninguno puede sobrevivir al margen de las prácticas disciplinarias con las que fue primero alumbrado y después determinado.

Parametrizar el mundo otorga entonces muchas ventajas a quienes controlan estas tecnologías de inscripción y movilización. Contar con el mapa adecuado de un territorio, nos enseña John Law, permite actuar a distancia, una capacidad que se multiplica si se unifican los sistemas de pesos y medidas. Y una vez que disponemos de estas cartografías podremos escalarlas y configurarlas en los varios lenguajes posibles, desde el astronómico al digital, pasando por el geométrico y el gráfico. Cada una de estas transformaciones (con la imprenta, la cámara o, digamos, un blog) posibilita nuevas movilizaciones que desplazan el objeto por las biblioteca, las filmotecas o la web. Pero con ser todo ello muy importante, de poco serviría si cada cosa no fuera expresada y sostenida, lo explicaron Geoffrey C Bowker y Susan L. Star, mediante estándares, el último paso necesario para que todo cuanto fue fabricado como objetivo (según protocolos y tecnologías consensuadas) acabe siendo globalizado. Y así lo mediatizado (con tecnologías de inscripción) se medializa (con tecnologías de comunicación) en un proceso que transforma los objetos científicos en objetos globales, haciendo sinónimos objetividad y universalismo.

Hablar de universalismo equivale a preguntarse quién y cómo se produce, pues está claro que las cosas no nacen, sino que se hacen universales. En otros términos, debe haber algún lugar en donde se sabe cómo transformar las cosas en entes preternaturales de forma que puedan estar simultáneamente en muchos lugares. Así que los objetos universales más que estables son ubicuos, están construidos para moverse mucho y rápido.

La equivalencia entre ambos conceptos, sin embargo, está siendo ampliamente cuestionada. No es sólo, como explicó Immanuel Wallerstein, que los estudios postcoloniales, feministas o altermundistas denuncien abiertamente las relativamente ocultas y profundamente ramificadas conexiones y complicidades entre todas las formas de hegemonía y las retóricas universalistas. Hay más. Es que la misma noción de objeto es polémica, porque los objetos son manejables mientras permanecen dentro del laboratorio, cosa que deja de ocurrir cuando nos referimos a problemas de mucha relevancia mediática y que funcionan como experimentos de escala planetaria que se están haciendo en tiempo real.

Estamos pensando, de la mano de Bruno Latour, en asuntos de una envergadura descomunal como, por ejemplo, el cambio climático, la depresión, los efectos de los campos electromagnéticos sobre la salud, la basura radioactiva, la polución atmosférica, la contaminación química o la expansión de loes cultivos genéticamente modificados. La lista podrías ser mucho más larga, pero nuestro argumento no ganaría consistencia. Todos estos nuevos entes que pululan por los media de una punta a otra del planeta y cuya identidad científica es imposible separar de su identidad política son objetos híbridos, porque ni pueden ser ya criaturas del laboratorio, ni son fácilmente reductibles a piezas jurídicas.

Frente a tales objetos, los expertos lejos de ser la solución son parte del problema, debido a que han sido entrenados para preservar la convicción de que no hay más alternativa que el método científico. Pero, aún cuando podamos compartir tal convicción, el asunto es que la ciencia es muy lenta, mientras que la sociedad es muy rápida. La cultura de la precisión y de la objetividad no bastan para resolver los conflictos. No es sólo que no sepamos cómo manejar las muchas variables presentes, es que se trata de problemas que demandan soluciones urgentes. La tentación tecnocrática, aquélla que quiere cambiar democracia por tecnología, no nos vale. En la práctica, lo ha explicado Sheila Jasanoff, hay muchos estudios que prueban que tales derivas tienden a empeorar los conflictos.

El concepto de gobernanza ha venido a desatascar muchas tensiones que parecían condenadas a pudrirse. La participación ciudadana en la cogestión de los asuntos públicos, sin embargo, no agota todos los escenarios posibles. No bastará con convocar a un colectivo de cosmopolitas (en el sentido kantiano del término), cada uno con su gavilla de hechos objetivos y todos convencidos de la objetividad de sus procederes, es decir de sus instrumentos y sus protocolos.

Semejante conducta es insuficiente porque no acepta la existencia verificada de otras posibles epistemologías. Isabel Stengers está trabajando en esta dirección y sugiriendo que debemos aspirar a una cosmopolítica, es decir a una política que no aspira a disolver la diversidad, sino a sostenerla, lo que implica aceptar como horizonte político una ecología de epistemes que acabe con las guerras de la ciencia (entre humanidades y ciencias) y con las guerra por la ciencia, contra bárbaros, indígenas, negros y mujeres, o cualquier otra minoría estigmatizada de poco razonable o demasiado infantil.

15:28 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (2)