En los próximos días, la revista
Archipiélago sacará un número dedicado al procomún. El texto que incluyo en el post contiene un primer intento de caracterizar/visualizar el plural y elusivo mundo de los bienes comunes (
commons).
Bastan
unos minutos para entender la inmensa complejidad que tiene la noción
de procomún. Disponemos de muchas definiciones aceptables,
aunque las más frecuentes bordean de una u otra manera el
problema de la propiedad y la teoría del valor. Cuando decimos
que pertenece al procomún todo cuanto es de todos y de nadie a
mismo tiempo estamos pensando en un bien sacado del mercado y que, en
consecuencia, no se rige por sus reglas. Los procomunes no son
asimilables a la noción de mercancía. Eso es lo que
pasa también con el patrimonio, conformado por todos esos
bienes (cuadros, libros, restos arqueológicos, y también
rocas o plantas) que preservamos en los museos, las bibliotecas o los
jardines botánicos.
Pero
hay muchos bienes que no caben en un edificio y a los que también
hay que otorgar la condición de bien patrimonial, lo que
equivale a definir jurídica y técnicamente sus bordes
para poder protegerlos contra las prácticas abusivas,
incluidas todas las formas de apropiación del bien para
convertirlo en simple recurso. Estamos ahora aludiendo a los lugares
de la memoria (el yacimiento de Atapuerca, el oratorio de San Felipe
en Cádiz o el campo de concentración de Auschwitz),
pero también a los ríos, el folclore o los pájaros;
es decir, bienes que ni siquiera tiene la condición de
nacionales o, en otros términos, que ningún estado
puede legislar en exclusiva sobre su naturaleza y preservación.
Y siguiendo por esta línea llegamos a un inmenso paisaje que
nos muestra la extrema diversidad de bienes sobre los que se asienta
la posibilidad misma de una vida vivible y, entre ellos, sólo
mencionaremos una cuantos para no convertir este texto en un aburrido
catálogo de términos más o menos abstractos.
Basta con mencionar el aire, la luz del Sol, la biodiversidad, el
genoma, el ciclo de los nutrientes y espacio exterior. A los bienes
naturales, tenemos que añadir un sinfín de bienes
culturales como la ciencia, la democracia, la paz, la red
internacional de alerta contra epidemias, la estabilidad financiera
internacional, el conocimiento primitivo, el sistema de donación
de órganos, las semillas o la gastronomía. Nada hemos
dicho todavía del nuevo ámbito de actividad humana que
se ensancha por Internet, basado en el espectacular desarrollo de las
tecnologías de la información y las comunicaciones,
pero inimaginable sin la proliferación de innovaciones que los
propios usuarios han introducido. Ningún ejemplo es más
claro para explicar cómo las tecnologías y las
comunidades se coproducen de una forma tan sutil y profunda que el
esfuerzo de distinguir entre los aspectos técnicos y los
sociales sólo conduce a la melancolía.
No
vamos, sin embargo, a continuar esta línea argumental. Lo que
aquí nos interesa es subrayar cómo hemos ido
apartándonos de la noción de propiedad para adentrarnos
en la de comunidad. Y es que es imposible evitar lo que es obvio: el
procomún, los bienes comunes -los
commons, en inglés-
sostienen y son sostenidos por colectivos humanos. Y, así,
salimos de la economía y nos metemos en la antropología.
La definición anterior de procomún es claramente
insuficiente. De la ética de los valores hemos de transitar a
la de las capacidades si queremos entender cómo es la dinámica
de producción del procomún, pues un bien común
no es más que una estrategia exitosa de construcción de
capacidades para un colectivo humano. A nadie sorprenderá
entonces que estemos hablando de bienes compartidos cuya circulación
está regulada por la economía del don (Benkler, 2006).
Al
hablar de la polinización de las plantas como un bien común,
se plantea el interrogante de si podría ser de otra manera.
Nadie piensa en la órbita del planeta Tierra hasta que alguien
disponga de la tecnología para modificarla y, entonces habrá
que declararla un bien común. ¿Y la sensibilidad? Nos
referimos a la capacidad para experimentar gozo ante un cuadro y un
paisaje o dolor delante de la enfermedad o desgracia ajena. Si nos
creemos que la polinización es un fenómeno natural
comparable, por ejemplo, a las leyes de la gravitación
universal o que los principios electrobioquímicos que regulan
la miriada de interacciones neuronales son autónomas y no
reprogramables, entonces podemos estar muy equivocados.
Las nuevas
tecnologías pueden alterar, directa o indirectamente, el
sistema de orientación de las abejas o el funcionamiento del
cerebro humano, al extremo de que lleguemos a considerar que está
en peligro un bien que creíamos inagotable o inapropiable,
como está pasando con el aire, las matemáticas, las
calles o el folclore. Hay, en efecto, una profunda relación
entre nuevas tecnologías y nuevos patrimonios, pues todos los
días aparecen nuevas posibilidades de cercar o de abusar de un
bien que sólo comenzamos a valorar cuando empieza a estar
amenazado. Si una empresa puede usar los mares o la atmósfera
para echar la basura que produce y ahorrase los costes de una
producción no contaminante o alguien descubre la manera de
modificar los genes de alguna especie y patentar nuevas formas de
vida, la humanidad en su conjunto tiene el derecho a sentirse
amenazada y a reclamar la condición de procomún para el
aire que respiramos y el genoma que la bioquímica, el tiempo y
el azar nos han legado.
Las comunidades que crean y son creadas por
los nuevos procomunes son entonces
comunidades de afectados que se
movilizan para no renunciar a las capacidades que permitían a
sus integrantes el pleno ejercicio de su condición de
ciudadanos o, incluso, de seres vivos. Si la ética de los
valores nos ayuda a entender los movimientos que están
conduciendo a la formación de un tercer sector de la economía
y del conocimiento distinto a los tradicionales privado y público,
la ética de las capacidades nos permite avanzar en comprensión
de cuáles son las políticas y las acciones a emprender
(Sen, 1998; Nussbaum, 2007; Cortina, 2002).
Sería
injusto no reconocer el papel del estado moderno, incluso en países
con graves déficit democráticos, en la defensa de
ciertos bienes que, como la salud, la educación y la justicia,
son vertebrales en nuestra concepción de la política y
el bienestar social. El sector público ha sido, en muchas
casos, motor de la equidad y la libertad, actuando en defensa de los
débiles, los trabajadores y los consumidores, por no mencionar
su intervención en favor del medio ambiente y los derechos
humanos. Negar, sin embargo, su implicación en las actividades
más mezquinas y devastadoras, sería absurdo. Cuando
vemos sus muchos titubeos y hasta dejación de
responsabilidades en ámbitos como la paz, la alimentación,
la biodiversidad o el conocimiento, no tenemos más remedio
que admitir su incapacidad para resistir la presión de las
grandes corporaciones industriales o financieras (Ostrom et al.,
2002).
Ya es redundante hablar de gobernanza, lo que no sólo
implica ensanchar los ámbitos de la democracia, sino también
un reconocimiento del fracaso de la tecnocracia en la gestión
del mundo. Sin la presión de ese tercer sector que conforma el
caleidoscopio de las ONG y los movimientos ciudadanos no habría
freno para la barbarie manifiesta del capitalismo global (Bollier,
2002; Stiglitz, 2006; Barnes, 2003).
La
constitución de este tercer sector como una especie de
coalición de comunidades de afectados empoderadas choca de
plano con la
dificultad para reunir y visualizar el procomún.
Y es que se trata, como hemos intentado mostrar, de un objeto
extremadamente diverso, tanto si pensamos en las distintas escalas
donde puede emerger (barrial, local, nacional, regional o global),
como si nos detenemos a considerar la pluralidad de formas de
gestionarlo, de actores involucrados, de regímenes jurídicos
afectados o de tecnologías necesarias para sostenerlo.
Admitiendo que semejante diversidad no debe ser vista como un
problema sino, por el contrario, como un rasgo característico
de la cornucopia que representan los bienes comunes, no queremos
renunciar al intento de ofrecer una imagen que nos los muestre como
un colorido tapiz de retales, un mosaico que exhiba y sostenga la
abundancia, variedad y heterogeneidad que caracteriza el procomún.
Los
cuatro entornosPara
la construcción del tapiz nos hemos inspirado en la
noción
de entorno que propusiera hace unos años Javier Echeverría
para inscribir lo humano el mundo de las TIC, entendido como un
sistema técnico que, además de ensamblar una
constelación de tecnologías, conforma un sistema social
en el que tenemos que aprender a adaptarnos (Echeverría,
1999). Y ciertamente este llamado tercer entorno, una propiedad
emergente del sistema de las TIC, ha adquirido una presencia tan
decisiva en nuestra vidas que merece un tratamiento antropológico
comparable al que han recibido las otras dos grandes adaptaciones
humanas en la historia: la que le ha permitido desarrollarse como
ente conectado al territorio (el medioambiente) y la que lo convirtió
en un ente conectado a otras personas (la ciudad). El entorno digital
adquiere así la misma relevancia antropológica,
económica, y política que los historiadores y filósofos
asignan el entorno natural y al urbano.
Hay un cuarto entorno que aquí
quisiéramos sugerir como imprescindible para entender el
despliegue de lo humano en el tiempo: el cuerpo, un ámbito
irreductible a las leyes de la naturaleza o de la moral, y siempre
resistente a los muchos intentos de convertirlo en una abstracción
teológica, jurídica, médica, estadística
o, genéricamente, biopolítica. El cuerpo no sólo
es una maquinaria única capaz de procesar ingentes cantidades
de información, ya sea que digiera alimentos, ya sea que
capture luz o sonido exterior, por no mencionar todas las formas de
extraer, modificar, almacenar, transportar y exhudar datos y
estructuras, lo mismo da que hablemos de la bioquímica del
agua contaminada, que de los procesos de fecundación y
desarrollo de un embrión, sin olvidar, claro está, todo
cuanto tiene que ver con el habla, las herramientas y las redes que
fabrica y por las que es fabricado.
El cuerpo enfermo y el cuerpo
gozoso no son naturaleza, ni tampoco cultura, sino otro entorno al
que remitir y en donde contrastar lo que (nos) pasa. El cuerpo, en
definitiva, es el sensor que alerta de la existencia de sustancias
contaminantes u otras amenazas para su integridad, sin ser una
máquina que responda en todos los humanos de forma homogénea
ni unánime, aún cuando estemos hablando de cuerpos
extendidos o mediados por la tecnología (Ihde, 2004). Su
especificidad es un escándalo, un lugar estratégico
abierto a las contingencias, resistente a las formalizaciones y
siempre amenazado por las múltiples normas, prohibiciones,
discursos que intentan contener su realidad inabarcable, que tratan
de descorporeizarlo (
disembodiment) (Val, 2006).
Si
la vida se ha desplegado en los cuatro entornos mencionados, también
será necesario defender en cada uno un conjunto de bienes
comunes que garanticen su sostenimiento dentro de unos márgenes
mínimos de dignidad y libertad. Con ánimo de concretar
algo y reconocer los distintos niveles de complejidad que vertebran
los procomunes en cada entorno, hemos elaborado un artefacto
conceptual que en su versión más simple tiene el
siguiente aspecto:
|
cuerpo
|
medioambiente
|
ciudad
|
digital
|
|
sensibilidad
corporalidad
|
biosfera
geosfera
|
doméstico
cultural
urbano
|
código
estructuras
|
CuerpoLos
procomunes del cuerpo tiene que ver con el hecho de que en términos
históricos nunca tuvo un propietario claro y siempre estuvo y
sigue estando amenazado. Eso de que cada uno es dueño de su
cuerpo es una idea o un derecho muy reciente. No sólo nos
estamos refiriendo al largo recorrido de la esclavitud o a la
multiplicidad de discursos que quieren someter su individualidad a
los intereses de una comunidad religiosa, política o natural
(étnica, médica o genética), sino también
a la posibilidad cercana de que pueda manipularse nuestra
sensibilidad u organizar un mercado floreciente con las partes
separadas del cuerpo (embriones, tejidos u órganos).
Más
aún, los datos clínicos o genéticos que resultan
de las pruebas a las que somos sometidos cuando acudimos a un
hospital, pertenecen en exclusiva, al igual que los órganos,
al cuerpo de origen. Y, si por el motivo que sea, han de ser
desagregados o separados, entonces debieran integrar el procomún.
MedioambienteEste
es el entorno más obvio, pero que sea fácil admitir
nuestra extrema dependencia del medioambiente, no significa que los
acuerdos para gestionarlo lleguen más deprisa. Las fuertes
polémicas que seguimos manteniendo sobre el impacto de los
residuos radioactivos o las emisiones crecientes de gases de efecto
invernadero dan cuenta del largo camino que nos queda por recorrer,
como también de la incapacidad de las instituciones públicas
para buscar equilibrios tan necesarios como urgentes.
Cuando
hablamos del clima, las selvas, el espacio exterior o la fotosíntesis
percibimos la profunda dependencia que estos procomunes mantiene
respecto de las nuevas tecnologías. Es difícil no ver
la ciencia como el más poderoso mecanismo de fragmentación,
modularización y, sin solución de continuidad,
mercantilización y privatización de la naturaleza.
A tal extremo, que muchos bienes que se consideraban inagotables han
comenzado a estar amenazados y ser sustraibles (
subtractability),
es decir agotables y, lo peor es que como explicó Ostrom
(1999), siempre es extremadamente costoso restringir el libre
acceso/uso a los abusones (polizontes, free-riders).
Hoy
que es tan fácil citar negocios que incorporan altas dosis de
conocimiento científico, no necesitamos extendernos sobre la
importancia que tienen las patentes (principal mecanismo de declarar
excluible un bien) en el desarrollo espectacular de la industria de
las prótesis (químicas, genéticas, electrónicas
o mecánicas) y la producción de quimeras en el ámbito
de la vida humana y no humana. Por supuesto que la discusión
sobre lo que puede o no puede ser patentado es importante, aún
cuando aquí sólo queremos recordar que el procomún,
los bienes comunes, no son un hecho objetivo, sino fruto de una
decisión política necesariamente conectada a las
tecnologías circulantes.
CiudadLa
adaptación a la urbe constituye la construcción de una
segunda naturaleza que se escala en las diferentes formas de vida
social, desde las más primitivas y reducidas (clanes y
comunas) hasta las más abstractas y gigantescas (megalopolis y
naciones). La naturaleza de la que hablamos es simbólica y se
hace con todos los flujos de personas, palabras y mercancías
que recorren las redes que sostiene la vida en común. Incluye
las calles de nuestras ciudades, pero también las fiestas, las
leyes, las semillas y el conocimiento, bienes que han sido producidos
por la humanidad a lo largo del tiempo y que no pueden ser
privatizados.Vivir
en sociedad ha dado origen a un sinfín de formas de
organización que pueden describirse mediante un cuadro que
muestre las jerarquías, dependencias y funciones de cada una
de las partes que las conforman.
Cuando se tiene a la vista el
organigrama se puede ver la estructura maquínica de la vida
humana, es decir, los automatismos con los que contamos para que las
cosas funcionen. Pero hay algo que no puede captar un diagrama de
flujos y que tiene que ver con las interacciones entre la gente, al
margen de las que se dan entre actores humanos y no humanos. Esta
parte informal de las relaciones, proliferativa y cotidiana, de baja
intensidad y mucha densidad (Delgado, 2007), y que es esencial para
que las cosas funcionen debería ser puesta en valor y
considerada como un bien común construido entre todos que, en
consecuencia, no pertenece a los jefes, ni a comité alguno de
representantes. Desde luego no funciona como una instancia de poder
(que siempre pueden ser captadas e integradas al cuadro) sino como el
ámbito de lo común, de la capacidad común
(Rancière, 2006).
DigitalLa
irrupción del movimiento que condujo al software libre y al
copyleft, como también a la defensa de los estándares
y los protocolos abiertos sigue siendo el motor de Internet o, en
otros términos, la vis que mantiene el proyecto de una red
concebida como un ámbito de libertades y no sólo un
inmenso mercado. Pero es que además habiéndose
reducido a prácticamente cero los costes de edición,
copia, reproducción y transmisión de datos, el mundo
del conocimiento y de la creación han sido sacudidos por
profundos cambios que van a transformar para siempre la relación
profesionales/aficionados, productores/consumidores y
autores/públicos.
Las
duras batallas por los derechos de propiedad intelectual o de
patentes que están permitiendo que un sector pequeño de
la población se apropie de lo que hasta ahora era considerado
fruto de una creación colectiva e histórica, hace
evidente la existencia entre los intelectuales y artistas de
profundos movimientos resistencialistas frente a las nuevas
tecnologías, así como la necesidad de abrir un debate
sobre qué ámbitos de la cultura se pueden o no
privatizar y qué nuevas prácticas de sociabilidad en
red se pueden o no criminalizar.
Las
anteriores consideraciones han sido elaboradas después de
haber tomado la decisión de producir una imagen capaz de
contener el procomún en su conjunto. Y, desde luego, el
cuadro que presentamos aspira a mostrar de un golpe de vista la
extraordinaria complejidad que tiene la trama que forman los bienes
comunes. Fabricar una imagen, lo sabemos, no es una operación
sin mucho riesgo e implica, al menos, dos decisiones delicadas:
primero, asumir que el procomún puede hacerse visible como un
ente externo y abstracto, al margen de las comunidades y los
conflictos en los que está envuelto; segundo, ensanchar la
naturaleza profundamente tecnológica del procomún, pues
compartir una imagen de algo requiere una cadena de movilizaciones
que incluyen procesos de fragmentación, modularización,
simulación e inscripción en uno o varios media. Y sí,
lo hacemos para dar nueva legitimidad a la reclamaciones sobre el
procomún, sin ocultar la extremada complejidad de actores
implicados. No en vano conocer algo siempre fue una operación
que tiene mucho que ver con iluminar, desvelar, descubrir y, en
definitiva, mostrar. En el régimen escópico
característico del conocimiento en la modernidad sólo
puede ser creíble lo que sea visible.
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