El debate sobre lo que se puede o se
debe decir implica una discusión sobre lo que significa
producir hechos o crear consensos.
Todos los días se alaba en la
prensa el consenso alcanzado por los científicos sobre la
naturaleza antropogénica del cambio climático. La
satisfacción de la mayoría es doble; de una parte,
porque el acuerdo crea el entorno adecuado para que los gobiernos
asuman la necesidad de reformas impopulares. De la otra, porque el
establecimiento de un vínculo causal entre actividad humana y
calentamiento global ha sido una decisión en la que han
participado varios miles de científicos de numerosos países,
lo que garantiza al menos inicialmente, la inexistencia de sesgos
políticos, económicos culturales, ideológicos o
religiosos. Sin duda se trata de un bello consenso, como lo califica
Enro,
scientifique et citoyen.
Se entiende entonces que los
observadores celebren cada nuevo informe como si se tratara de un
éxito. No faltan los críticos, entre los cuales se
encuentran los expertos en
manufacturar
incertidumbre al servicio de las grandes corporaciones
petroquímicas y también los que no dejan de decir
prudentemente que las pruebas son inestables y frágiles.
Tienen razón, porque todo en ciencia es provisional y sería
absurdo dejar de actuar hasta estar seguros de que no hay riesgo en
la próxima acción a emprender. Por supuesto, se pueden
minimizar los riesgos, pero es imposible anticipar en una
democracia
técnica todos los escenarios futuros.
Admitamos que todo el mundo actúa
de buena fe y que no hay intereses ocultos. Ya se que se trata de una
hipótesis indemostrable, pero la necesitamos por el momento
para poder avanzar en el argumento que queremos desarrollar. En los
últimos años, coincidiendo con la llegada al poder de
la Administración Bush, el encono entre los defensores y
detractores del origen humano del cambio climático ha ido en
aumento y, según muchos observadores, puede hablarse de
auténtica caza de brujas contra los partidarios de la urgente
aplicación de los acuerdos de Kyoto. Quienes duden sobre este
particular todavía están a tiempo de leer el abrumador
y documentado alegato de Chris Mooney
The
Republican War on Science.
Hace un par de años la opinión
pública no sabía bien a qué carta quedarse y,
con frecuencia, adoptaba la retórica de la equidistancia -dar
la palabra a los supuestos dos bandos- para no implicar al medio en
una batalla que en el imaginario colectivo también lo era de
los neoliberales contra los izquierdistas, y viceversa. Las cosas han
cambiado. Ahora pronunciarse contra lo que ya sabíamos,
defender la prudencia antes de actuar, manifestarse escéptico
en público, está muy mal visto. Expresar dudas puede
convertir a sus portavoces en elementos antisociales y a los
científicos que las respaldan en secuaces al servicio de
extraños intereses y, desde luego, en investigadores
obsoletos.
El consenso es sólido, tanto si
consideramos la cantidad y calidad de los artículos
científicos que sostiene la interpretación oficial,
como si nos fijamos en los gobiernos y medios de opinión que
lo respaldan sin fisuras. El nuevo consenso (¿científico?)
es considerado un bien global compartido y la principal herramienta
(¿política?) para defender un futuro sostenible. Al
fin y al cabo el clima es un patrimonio de todos que forma parte del
procomún.
Hace unos días, sin embargo,
Financial
Times descreía abiertamente de esta nueva
manera de proceder en la investigación, afirmando que el
consenso es un cáncer en la ciencia que hay que detener
rápidamente. Se transcribía el
mantra
acuñado por
Michael
Crichton y que expande su efecto por la red: “
There
is no such thing as consensus science. If it's consensus, it isn't
science. If it's science, it isn't consensus” (No hay nada que sea
ciencia de consenso. Si hay consenso, no es ciencia. Si es ciencia,
no hay consenso). Es como si hubiera un sector en nuestra cultura
que estuviese pidiendo el regreso de los investigadores al
laboratorio y les estuviera recriminando la facilidad para transitar
sin solución de continuidad desde el experimento a la rueda de
prensa y desde la TV al comité de expertos. No está de
más recordar aquí lo que tantas veces hemos defendido
afirmando que la ciencia se ha constituido históricamente como
una de las instituciones sociales consagradas al acrecentamiento del
bien común.
Y es que la novedad de miles de
científicos trabajando en régimen distribuido para
evaluar la calidad de los datos y la convergencia (local o global) de
las conclusiones merece mayor atención de la que ha recibido
en los media. Lo que el mencionado IPCC (
Panel
Intergubernamental del Cambio Climático,
GIEC
en francés) ha hecho es revisar la literatura
científica existente, contrastarla entre sí y extraer
consecuencias. En definitiva un
gigantesco
proceso de peer review, tanto por la cantidad de
papers revisados, como por el número (cerca de 4000
científicos) y variedad de revisores (
referees
pertenecientes unos 40 países) implicados.
Difícil consenso, pero bello,
sólido y duradero. Sin embargo, una vez asentado lo principal
y movilizada la opinión pública, se hace necesario
detenerse un momento en los detalles, en eso que llamamos las
cuestiones de procedimiento. El IPCC ha producido ya 4 informes
(1990, 1995, 2001 y 2007) y está organizado alrededor de tres
grupos independientes de trabajo: el G1 entiende de las cuestiones
más técnicas relacionadas con el clima, el G2 se ocupa
del impacto que el cambio traerá a la biosfera y a la
economía. Finalmente, el G3 explora los distintos escenarios
futuros y propone medidas a los gobiernos que representan.
Hay estimaciones que elevan hasta
20.000 los expertos, contando a todos los que han sido consultados o
han suministrado datos. La complejidad del proceso es grande si
consideramos que el último informe del G1, basado en 19
modelos independientes, contó con 600 autores que pertenecían
a 40 países y que, como sucedió en anteriores escritos,
se repartieron por fragmentos el trabajo de redacción.
Posteriormente, una vez terminada la negociación de las
palabras con las que describir y resumir lo que estaba pasando,
según la literatura acreditada circulante, fue remitido a la
Asamblea General del IPCC en la que los representantes de 113 estados
acabaron de depurar un texto que pudiese representar el punto de
vista general. No extraña entonces que J. Romm concluyera su
artículo
Climate
change: The limits of consensus (
Science>,
14 de septiembre de 2007) con la siguiente recomendación: “En
la actual coyuntura, una evaluación completa en busca del
consenso, [...] puede que no la necesitemos más que una vez
cada década.”

La complejidad del procedimiento se
incrementa cuando pensamos en la dificultad de “observar” el
clima del pasado y del futuro. Lo que los climatólogos hacen
es diseñar un algoritmo (un programa de ordenador) que simula
los fenómenos físicos, químicos o
medioambientales más decisivos en la conformación del
clima. Esto significa que deben identificarse las variables
(temperatura, humedad, presión, altura, mareas,...) que son
claves. Luego, como es imposible tener datos para cada punto del
planeta

-desde la profundidad de los océanos hasta los
confines de la atmósfera- se procede a modularizar todo ese
espacio en celdas -en realidad cubos tridimensionales que, en el
último informe, eran de 110 Kms de lado- para formar una
malla. Así, los datos introducidos se refieren a cada
punto/celda/cubo de la mencionada malla. Igual que las casas se hacen
con ladrillos del mismo tamaño,
los
climatólogos han creado modelos que pixelizan el planeta,
de forma que cada “ladrillo” funciona como un punto sobre el que
tenemos observaciones directas. Después, hay que meter todos
los datos en el computador y poner el algoritmo/programa a funcionar.
Lógicamente el cómputo no se hace en un ratito.
El G3, como ya dijimos, trabaja con
escenarios, es decir comportamientos futuros de problemas que
necesariamente incorpora las dimensiones humana, política,
social o tecnológica de todos estos procesos. Y, en fin, que
la complejidad se incrementa conforme nos distanciamos en el tiempo,
pues la incertidumbre hace que estas previsiones puedan a veces
parecer un argumento y un material adecuado para los relatos de
ficción científica y sociológica.
Pero sí, hay un consenso final
que cuesta mucho alcanzar y mantener, ya sea que hablemos de costes
económicos, ya sea que recordemos la enorme cantidad de gente
implicada o la sofisticación de los recursos tecnológicos
involucrados. Sabemos que la redacción final es el decantado
de una arduo proceso de depuración, pues los países
industrializados quieren hablar del futuro, mientras que los menos
afortunados quieren que se le de mayor peso al pasado. Los isleños
tratan de introducir la retórica del riesgo, pero los que son
productores de petróleo piden prudencia para no tomar mediadas
insensatas.
El IPCC es una máquina de tomar
de decisiones cuyo calibrado pudiera parecer milagroso si tomamos en
cuenta que todos los países tienen la misma representación
en la Asamblea General, de forma que Luxemburgo pone los mismos
representantes que USA, Rusia o China. El clima, en consecuencia, ha
sido parlamentarizado, si bien es dudoso que quienes se sientan a
decidir, los decididores nombrados por los estados, representen los
intereses de la humanidad.
Hay un
consenso
general sobre el clima, pero no sabemos
cuál es exactamente su naturaleza. ¿Estamos hablando de
un consenso político, científico, tecnocrático o
diplomático? Nos queda mucho que saber sobre lo que significan
estos acuerdos. Tenemos a la mano otro caso reciente que puede
ayudarnos a comprender de qué estamos hablando. Hace unos días
James
D. Watson, quien fuera premio Nobel en 1962 -junto a
Francis Crick y Maurice Wilkins- por el descubrimiento crucial de la
estructura helicoidal de la molécula de ADN, dimitió
como canciller del prestigioso
Cold Spring Harbor Laboratory (New
York). La decisión fue una secuela de las
declaraciones
a Sunday Times (14 de octubre) en las que afirmaba que
la inteligencia de los negros era inferior a la de los blancos. No es
la primera vez que Watson, como se explica en
Biopolitical
Times, cruza los bordes que nos protegen contra los delirios
eugenésicos. Sus palabras entonces no son la ocurrencia de un
provocador. Cosas de este tipo, parecidas y peores, están
siendo alentadas desde un sector de investigadores en aumento
procedentes de la llamada psicología evolutiva, antes conocida
como sociobiología. (Un inciso. Como ya no soy inocente en
esta materia, quiero insistir en que dije “un sector” y nunca la
totalidad).
Los sociobiólogos del ramo de la
psicología evolutiva no paran de encontrar pruebas -publicadas
en revistas de prestigio y revisadas por pares- que confirman la
tesis de que muchas de nuestras conductas están
preconfiguradas en nuestros genes. Pongo dos ejemplos: todavía
resuena el eco de quienes defendieron que la violación, como
la infidelidad o la poligamia, son respuestas evolutivas normales,
pues los humanos sólo somos marionetas en manos de los genes
que nos obligan a plantar su semilla reproductora en tantos úteros
y tantas veces como puedan. Lo que Watson probablemente quiso decir,
apoyándose en
su
afán por profundizar/primar lo genético
frente a lo cultural y en algunos
desarrollos
recientes de la neurología, es que dado que (un Nobel,
dixit) los negros usan menos el cerebro al no estar tan en contacto
con el pensamiento abstracto y las nuevas tecnologías,
entonces su red neuronal es menos compleja, algo así como
inmadura y, en consecuencia, son menos inteligentes. Todo esto suena
peligrosamente cercano a ciertas aventuras intelectuales entronizadas
como cultura oficial en la Alemania nazi. Y si escarbamos un poquito
las encontraremos también en todos los países
coetáneos. Hay que tener cuidado, pues estamos tratando con
material culturalmente muy sensible. Explosivo y criminal, donde los
haya.
¿Qué pasa entonces?
¿Pueden los psicólogos evolutivos seguir trabajando
-tal vez, especulando con material tan altamente inflamable- o deben
someterse a las reglas de lo políticamente correcto? Los
neurólogos, los psicólogos evolutivos, los psiquiatras
trabajan con un material muy delicado cuyo uso irresponsable puede
provocar una catástrofe incalculable. Parece increíble
que un científico como Watson haya podido decir algo tan
doloroso y que no cuenta con (suficiente) aval científico.
Sus
compañeros, compatriotas o no, se han apresurado a
desautorizarlo. La comunidad de genetistas ha
reaccionado con rapidez y
Watson
ha sido repelido por el sistema. El Science Museum de
Londres y la Universidad de Edinburgo han cancelado los actos en los
que iba a intervenir, alegando que sus afirmaciones, lo cuenta
Spiked,
iban más allá de lo que es discutible.
Todo el mundo está de acuerdo en
el mensaje que Watson y sus amigos deben recibir: estamos muy
agradecidos por lo que contribuyó a descubrir y también
muy avergonzados por lo que puede contribuir a incendiar. El asunto
es que Watson no está solo, el racismo es una aberrante idea
que está muy arraigada en muchos laboratorios. De hecho ha
publicado un
artículo
en The Independent para sostener que intentar
comprender la correlación existente entre biología y
cultura o conducta no es racismo, sino expresión de una
actitud científicamente legítima. La lectura del
artículo, sin embargo, no suena a petición de excusas
por lo publicado en el Times, sino que más bien resuena con el
Eppur
si mouve galileano. Un gesto que, en términos
coloquiales, se parece al “vale acepto el varapalo, pero ya
hablaremos dentro de unos años”.
Watson, explica
Steve
Salier en VDARE, estaba en Londres para apoyar el
lanzamiento de su
Avoid
Boring People: Lessons from a Life in Science, un
libro que merodea otros territorios escabrosos de la ciencia. El
epílogo,
Larry Summers Show Trial, está dedicado
a comentar las declaraciones y consecuencias que Summers, rector de
Harvard, hizo sobre la menor capacidad de la mujeres para las
ciencias, las matemáticas y la ingeniería. El revuelo
que levantaron provocó su dimisión y un ruidoso debate
que no dejó satisfecho a Watson quien lamenta que Summers se
desdijera a toda velocidad y que sólo Steven Pinker saliera en
ayuda del rector: “Sospecho -escribe Watson- que la mayoría
temía ser tirados en el saco de lo políticamente
incorrecto”. En fin, como se explica en
Gene
Expression, lo que Watson hizo fue dar cuenta de otra
verdad inconveniente.
¿Son comparables los dos casos
estudiados? Los dos tienen que ver con el consenso científico
y con la correción política. La “verdad” incómoda
del cambio climático es que nos vamos quedando sin tiempo para
actuar en la dirección que marcan los expertos. La “mentira”
incómoda de la genética humana es que hay una relación
por descubrir entre color de la piel o sexo e inteligencia. La
primera “verdad” se basa en un consenso creciente que hasta hace
poco fue tildado por algunos países y poderosas instituciones
de izquierdista y radical. La segunda “mentira”, apoyada por el
segundo científico vivo más importante del mundo tras
Stephen Hawking, es
ampliamente
rechazada por la práctica totalidad de las
sociedades científicas que, sin dudarlo, califican a sus
partidarios de ultraconservadores y a su trabajo de ciencia basura al
servicio de prejuicios racistas y neocoloniales.
Pero volvamos sobre estos dos consensos
tan cerrados. Ambos se producen por una doble convergencia de
criterios científico-técnicos y socio-políticos.
Ambos producen una verdad política (la androgenia del cambio
climático y la equivalencia genética de los humanos) y
una mentira científica (la condición natural del clima
y el origen natural de las diferencias de inteligencia). Ambos
consensos se nos ofrecen como entes políticos y entes
científicos demasiado firmes y cercados. En ambos casos se nos
oculta la extremada complejidad de los problemas, así como de
los protocolos para la producción, depuración y
circulación de hechos y valores.
Los consensos, como vimos, nunca son
fáciles, pero cuando son tan amplios hay que ponerlos bajo
vigilancia. La sospecha está justificada aunque solo sea
porque conocemos demasiados casos en ciencia de consensos
apabullantes que se establecieron sobre grandes e incomprensibles
errores. Al fin y la cabo el Sol giró alrededor de la Tierra
durante muchos siglos y la atracción de la materia (inerte y,
desde luego, insensible) sigue siendo utilizada para explicar la
gravedad. Y es que además, como ocurre cuando se está
en la fase de montaje de una película, siempre quedan flecos,
muchos descartes sin utilizar. Tomas que los decididores (director,
montador, guionista,...) califican de erráticas, fallidas,
redundantes, irrelevantes, disruptivas o desquiciadas. Pero, ¿y
si se encontraran algunas pruebas que avalaran las tesis de Watson?
¿Estaríamos obligados a trasladar a nuestras
Constituciones el fundamento (¿natural?) de la desigualdad?
¿Quedaríamos (los blancos, los occidentales)
legitimados para nuevas aventuras imperiales? Podría suceder
también que nuevos datos avalaran la tesis de una probable
desaceleración del ritmo del cambio climático, lo que
no nos obligaría a seguir agostando los recursos o amenazando
la biodiversidad, como tampoco a mantener cotas tan altas de
injusticia global.
¿Deben los científicos
abandonar las áreas de investigación culturalmente
sensibles o, como ocurre cuando se manipulan secretos militares o
empresariales, tienen que guardar silencio sobre sus conclusiones
preliminares? Todo indica que cada día será más
difícil distinguir entre corrección política y
corrección científica. Esta circunstancia nos obligará
a poner mayor atención a los mecanismos de producción
de consensos. Está bien que sean los expertos quienes
revisen la literatura científica, pero alguien debería
revisar cómo son elegidos, cómo hacen su trabajo, cómo
redactan las conclusiones, cómo acuerdan el alcance de los
hechos, cómo eligen los términos que acotan los
problemas. Está claro que la fragmentación en cuatro
(los 3 grupos más la Asamblea) de las fases del acuerdo sobre
el calentamiento global tendrá mucho impacto en la propia
configuración de las ciencias del clima. Así la cosas,
la revisión crítica de estas prácticas puede
enseñarnos a entender las regularidades, disparidades,
desplazamientos, escisiones o solapamientos entre los diferentes
textos, haciéndolos más transparentes y evitando que
los expertos se acomoden demasiado en sus saberes fragmentarios. Por
eso, la crítica antropológica, filosófica e
histórica de la ciencia puede tener todavía un papel
urgente que hacer en la comprensión de lo que (nos) está
pasando.
Igual que Heideger fue un buen filósofo
y un mal ciudadano, también Watson podría ser un
racista y un buen científico. O, en otros términos,
cabe imaginar que sus afirmaciones se basen hechos contrastados.
Fragmentarios, si se quiere. Incompletos o sesgados, pero
experimentales y sometidos a la revisión por pares. Y siendo
así, ¿quién quiere una ciencia que pudiera
demostrar que las desigualdades están avaladas por la
genética? Y, en contrapartida, ¿no cabe imaginar
connivencias entre los expertos del IPCC y los gobiernos que les
nombraron? De pronto, todo podrían acabar siendo verdades
incómodas o, como sostenía
Voltaire
sobre la religión, mentiras necesarias. El embrollo
parece inevitable, pues hablar de hechos nos obliga a pensar en
valores. Y, si hacemos caso a
Bruno
Latour, llega un momento en que se hacen indistinguibles pues la
diferencia entre qué es la ciencia y cómo se hace la
ciencia es ninguna. Y tan ridícula es la terca insistencia de
Watson en lo hechos como el disimulo de los valores entre los
partidarios del carácter androgénico del cambio
climático.
Los modos del IPCC son modernos
(respetuosos con los hechos) y tienen urbanidad (respetuosos con la
diversidad). Todavía nos queda mucho que saber sobre sus
prácticas, pero por lo que ya conocemos cabe aventurar que el
IPCC es un gran laboratorio de innovación social. Porque, lo
diré de una vez, la diferencia entre el biólogo James
Watson -exdirector del
CSHL- y el
climatólogo Rajendra Pachauri -director del
IPCC-,
ambos premio Nobel, no es que defiendan dos maneras distintas de
hacer ciencia, sino dos modos alternativos de construir la sociedad.