
Hace
un mes el
Centre
National de la Recherche Scientifique (CNRS)
hizo pública la versión
5.2
(pdf)
del documento
Horizon
2020
que describe, todavía provisionalmente, el plan estratégico
de acción para la principal institución científica
francesa. Lógicamente son muchos los asuntos abordados y
entre ellos se describe un
Objectif
8: le CNRS, acteur dans la societé
que recomienda mayor apertura a la sociedad y su implicación
“de forma significativa en la creación de espacios de
debate, de intercambio y de información científica”.
Hasta aquí todo es normal o, incluso, cansino.
Quien
resista la tentación de abandonar la lectura de esta prosa
gris, puede llevarse alguna sorpresa, pues los redactores quieren
tomarse muy en serio dos recientes cambios en la relación
ciencia/sociedad. El primero tiene que ver con la deriva de los
científicos desde su tradicional función como
productores del conocimiento a la nueva condición de
(co)propietarios del saber. La segunda novedad tiene que ver con el
hecho de que la población va perdiendo la fe ciega en el
progreso y reclama mejores mecanismos de control y evaluación
de las nuevas tecnologías, incluyendo su participación
en la toma de decisiones.
Son
varias las páginas dedicadas a estos asuntos, y muy delicados
los equilibrios que buscan sus redactores. Queda claro en todo caso
que “El desafío para el CNRS es ser capaz de poner su
conocimiento (
expertise, potencial de peritaje) a disposición
del sistema social” (p. 32). No se dice, como vemos, estado o
gobierno, lo que sigue siendo normal en nuestros días, sino
que se alude indirectamente a la inclusión de otros actores
sociales. Y para que quede claro de qué se está
hablando añade dos líneas más abajo “si [el
CNRS] quiere afirmar su función social, debe cuanto menos
contribuir a democratizar el peritaje experto”. Sí, la
palabra utilizada es democratizar.
No
hace mucho un juez del Supremo en Estados Unidos admitió, ver
Climate
Justice,
la existencia de una correlación entre salud medioambiental y
emisiones de CO2.
La noticia es de mucho interés porque significa que
las
disputas por el cambio climático llegaron a los tribunales
y, en particular, ha sido recibida con mucha satisfacción por
la
comunidad
inuit
que lleva varios años planteando la viabilidad de un pleito
contra los gobiernos de Canada y USA porque sus prácticas
industriales contrarias al consenso científico y a las
recomendaciones de varios organismos internacionales contribuyen de
forma alarmante al calentamiento global y, en consecuencia, a la
modificación
del frágil ecosistema ártico
del que dependen los 150.000 aborígenes que habitan en los
extremos norte de Canadá, Rusia, Groenlandia y USA. Hay cierta
expectación sobre lo que puedan deparar estos
procesos
que tratan de establecer vínculos entre derechos humanos y
modelos de desarrollo,
pues es cierto que de seguir así las cosas los inuit serán
los primeros refugiados del cambio climático.
Todo
este embrollo está lleno de matices que dan cuenta de las
muchas complejidades del mundo en el que vivimos. El pleito,
cualquiera que sea el resultado, no terminará con la
sentencia, pues tendrá que afrontar el difícil
conflicto de racionalidades que se está dando entre la forma
en la que la comunidad indígena percibe los cambios y la
previsible resistencia de los agentes judiciales a no admitir como
pruebas más que las afirmaciones basadas en hipótesis y
hechos admitidos por los científicos. Aún así,
continuarán los problemas porque, como vemos todos los días,
cualquier población aislada del mundo, como también
una especie viva o un recóndito paisaje, puede atraer la
atención de alguna organización con medios que haga de
su problema o amenaza un objeto mediático y científico
de tanta o mayor visibilidad que la lograda por la mayor parte de los
políticos o intelectuales. Son muchos los casos de que
disponemos y tendremos que ir acostumbrándonos a la
posibilidad que otorga la red para crear opinión autorizada y
reunir talento contrastado al margen de la academia con capacidad
para plantar cara a los monopolios de la palabra que venían
ejerciendo el estado y las grandes corporaciones.
Los
dos casos tratados hacen evidente la importancia creciente del
peritaje experto. Y lo lógico es que cuanto más
presente se haga en la vida pública, más fácil será que sea objeto de contestación y debate. Disponemos de tantos
ejemplos para ilustrar este problema que nos vamos a restringir al
que se planteó hace dos años en Francia cuando, ver
Le
Monde
del 15 de octubre, el presidente de la
Agence
Française de Ségurité Sanitaire et
Environnementale
(AFSSE) fue invitado a un
coloquio
en el Senado,
organizado por la asociación Oreé y la revista Valeurs
vertes, sobre el papel de los expertos y la calidad de sus dictámenes
en la sociedad actual. Para sorpresa de cuantos le escuchaban,
Guy
Paillotin, declaró con una honestidad desconcertante
que "los expertos de la AFSSE sobre la telefonía móvil
nunca han seguido, ni de cerca ni de lejos, las reglas que la misma
AFSSE se fijó; se trata de un peritaje (expertise) que
califico, en tanto que Presidente del Consejo de Administración,
de inexistente". Unas horas más tarde, la Directora
General de la AFSSE, Michéle Froment-Vedrine, manifestó
estar estupefacta (siderée) por las declaraciones de su
presidente.
En fin, que este asesoramiento polifónico parece
poner en cuestión la imparcialidad e independencia (que ahora
pareciera monotonía o, tal vez, cacofonía) de la citada
Agencia respecto a las presiones de las grandes corporaciones de las
telecomunicaciones. Por si quedaran dudas, el mencionado Paillotin,
declaró también que "el peritaje se parecerá
cada vez más a la telerealidad (reality show, en español
telebasura)".
Los
hechos mencionados no son excepcionales. El problema es profundo y no
acabará cuando se abstengan de intervenir los expertos con
manifiesto conflicto de intereses. Podríamos llenar muchas
páginas si quisiéramos explorar las mil y una formas de
corrupción que se practican por investigadores y expertos que
saben bien cómo disfrazarse y qué retórica
elegir para intoxicar la opinión pública y manufacturar
incertidumbre, una de las tácticas dilatorias que emplean
para, aprovechándose de las inconsistencias del principio de
precaución, seguir operando con las manos libres, sustituyendo
la prudencia (regulación) por la imprudencia (desregulación)
como forma de gestionar los asuntos públicos.
Nuestro
tema, sin embargo, no son los excesos a los que nos van acostumbrando
estos listillos disfrazados de científicos, sino el carácter
irreductible que tienen los riesgos a los que nos enfrentamos. Tanto
así, que ya son pocos los que hablan de sociedad del riesgo y
adoptan la más apropiada noción de sociedad de la
incertidumbre. Los hechos son irrevocables: no hay manera de
identificar, cualificar y cuantificar las amenazas. Y si no podemos
explorar/anticipar los mundos posibles, tenemos que admitir que el
mundo de los expertos está en una doble situación de
crisis: primero, porque siempre están demasiado cerca del
poder y, segundo, porque su capacidad para prevenir no debe
exagerarse.
¿Cómo podíamos saber que la
alimentación de las vacas con piensos de origen animal
acabaría desembocando en la crisis de las vacas locas? ¿Quién
puede predecir las consecuencias que tendrá la generalización
de cultivos transgénicos, o el impacto de las cien mil
sustancias químicas nuevas que se utilizan en la cosmética,
el textil, la alimentación o la agricultura? Lo normal es que
cuando nos enteremos de los daños cuando sea demasiado tarde,
justo cuando una comunidad de afectados haga oir su voz, como sucede
con la ya mencionada de los inuit. De las biopolíticas
gubernamentales pasaremos a las biosociabilidades (la identidad de
cada grupo es definida por la molécula que caracteriza su mal
o dependencia).
La
incertidumbre se hace aún más estructural cuando
reflexionamos sobre la forma en la que proceden los científicos.
Una parte considerable de las razones de su éxito está
conectada a la habilidad para modelizar y modularizar la realidad.
Mediante ambas acciones se logra meter entre variables independientes
y medibles todos los fenómenos para objetivarlos según
procedimientos experimentales, lo que es tanto como decir mediante
protocolos, máquinas y redes de distribución/validación
del conocimiento. El asunto es que las afirmaciones científicas
tienden a ser inapelables mientras están confinadas al recinto estricto
del laboratorio, pero con frecuencia dejan de ser válidas (o se hacen crecientemente problemáticas)
cuando se enfrentan a la singularidad que encierra cada cuerpo, pues
no todos reaccionan igual y, en consecuencia, no todas las terapias
son universalmente aplicables.
Las luchas recientes por la
tipificación patológica de la
electrosensibilidad
o las
movilizaciones
en la red de los enfermos mentales
para exigir que sus padecimientos no sean tratados desde modelos
excesivamente simplistas, recuerda otros movimientos de contestación
que, como el de
los
afectados por el SIDA,
agrupa a enfermos que han decidido tomar las riendas de su propia
enfermedad y no aceptar como hicieron
los
afectados por miopatías en Francia,
el diagnóstico médico como si se tratara de una
sentencia inapelable o, peor aún, como si la condición
de enfermo implicara la cancelación de los derechos y
libertades constitucionales. Estas experiencias han probado que los
enfermos, los afectados, han intervenido de forma satisfactoria en
todas las fases del proceso cognitivo coproduciendo con los
científicos el establecimiento del diagnóstico y la
identificación de los síntomas, así como la
determinación de las terapias o la cualificación de las
distintas respuestas. Los ciudadanos dejan entonces de ser simples
recipientarios del conocimiento y pasan a tener un rol activo que va
más allá de la mera participación en alguno de
los nuevos dispositivos de la democracia deliberativa. Michel Callon
ha nombrado esta forma de participación ciudadana en ciencia
investigación
a pelo
(
chercheurs
de plein air,
research
in the wild).
Recapitulemos
brevemente. No es previsible que a medio plazo aminore la sucesión
de crisis sanitarias, energéticas, alimentarias o
medioambientales que sacuden los media cada día. Más
bien parece lo contrario, lo que obliga a tomarse muy en serio la
forma en la que podemos afrontar la gestión de estos
experimentos globales (DDT, dioxinas, amianto, CFC, vacas locas, OGM,
anisaquis, efecto invernadero o gripe aviar) en tiempo real y de
escala planetaria en los que todos estamos inmersos.
Nuestro mundo
es de la incertidumbre y todo apunta a que no puede ser confiado al
cuidado de los expertos, debido al doble proceso de crisis de
identidad que padecen:
corporativización del saber y
laboratorialización de la sociedad. El primero tiene
que ver con la sospecha de que sus criterios pueden no ser
independientes (un problema que, como vimos, el CNRS incluye en su
agenda para el 2020) y, el segundo, con el hecho de que el
laboratorio, ese lugar que dominan los investigadores y en dónde
siempre se cumplen las leyes de la naturaleza, está siendo
continuamente desbordado por problemas que no pueden ser confinados y
que se expanden
urbi et orbi, sea porque emergen nuevos
actores antes invisibles (los inuit, por ejemplo) que aportan nuevas
formas de racionalidad que no pueden ser ninguneadas por los modos
occidentales, ya sea porque los públicos abandonan su rol de
meros consumidores y se empeñan en comportarse como expertos
en experiencia capacitados para asumir nuevas responsabilidades en la
gestión de los público.
También
debemos a
M.
Callon
la
noción
de democracia técnica,
un concepto que viene para ayudarnos a corregir el problema de la
doble delegación y la subsiguiente crisis de representación
que padecen nuestras sociedades. Pues al ya cuestionado modelo que
sustituye tras la votación a los ciudadanos por sus
representantes, hemos ahora de dar mayor relevancia al hecho de que
la minoría los expertos actúa si tuviera la
representación del conjunto de la población lega. La
democracia técnica se plantea como una alternativa que adopta
los modos de la
democracia
deliberativa,
sin crear la excepción habitual que preserva a los
detentadores del saber de tener que mezclarse con los profanos en la
elaboración de sus dictámenes.
Los dispositivos de la
democracia deliberativa (paneles ciudadanos,
conferencias
de consenso
-también ,
comités para la Agenda 21) asumen que la existencia de
conflictos y debates sobre qué hechos considerar relevantes y
cómo jerarquizarlos, lejos de amenazar la democracia, la
enriquecen. Y aunque los públicos dejan de ser tratados como
un ente indiferenciado (abandonando la vieja tendencia a mirarlos
como simples ignorantes prejuiciados), siguen siendo vistos como
elementos muy eficaces en la tarea de limar asperezas y legitimar
políticas, pero casi nunca como coproductores del
conocimiento. En las instituciones características ya
mencionadas de la democracia deliberativa sigue sin cuestionarse la
naturaleza universal del conocimiento y se ignoran las variables
locales o corporales, como también los potenciales conflictos
de racionalidades.
En
la democracia participativa la función que se asigna a los
nuevos dispositivos sociales de deliberación sigue siendo la
de evaluar riesgos, cuando,
según
Callon,
lo que demanda nuestro mundo es implementar los procesos de
aprendizaje colectivo, admitiendo que el saber profano, el que
habilitan los expertos en experiencia, sirve para vascularizar el
conocimiento tecnocientíficos. Y, mientras se produce el
mencionado aprendizaje colectivo, se definen nuevas formas de
sociabilidad y se construyen identidades no basadas vectores
biológicos, sino en la resistencia a los dictámenes que
demandan la escisión radical entre sabios y legos. Y como la
crisis del modelo de los expertos acabarán amenazando a la
misma ciencia, la democracia técnica no es sólo una
buena noticia para los ciudadanos, sino que se hace imprescindible
para la sostenibilidad de la empresa científica tal como la
hemos conocido.
Pero
hay más. Los públicos dejan de ser la abstracción
fantasmagórica que responde a la paradoja, ya denunciada por
Dewey y Habermas, de cuánto más visibles más
inoperantes. Estratificados por comunidades de afectados o
concernidos forman agrupaciones que no están vertebradas por
valores o ideologías, sino que se configuran como comunidades
de extraños que buscan soluciones políticas y
cognitivas a un problema que les afecta (
issue.
como lo llama Noortje Marres)
al margen de su poder adquisitivo, nivel cultural u otros
determinantes sociales como la raza, el gen, la religión o la
nacionalidad de origen. En su conjunto conforman una democracia de
las minorías.
Las
institución clave de la democracia técnica es el foro
híbrido, un ámbito en el que se reúnen todos los
concernidos (industriales, expertos, funcionarios, activistas) en
perfecta igualdad de condiciones con la esperanza y la
responsabilidad de encontrar respuestas desde las que construir un
mundo habitable. Para los científicos -obligados a ser desde
la Ilustración el otro de la gente, lo contrario de la
ignorancia- hay un inmenso alivio en este nuevo gesto de modestia que
se les reclama. Los foros híbridos, la institución
clave para el aprendizaje colectivo, es también dispositivo
con el que construir el procomún.