Enviado el lunes, 22 de octubre de 2007 14:29
El carnaval de la tecnociencia
Otro libro nuevo y, sin embargo, distinto. Es diferente porque se postula como de crítica de la ciencia. ¿Necesita la ciencia, como el arte o la justicia, una crítica externa realizada por ciudadanos que no vivan entre probetas, telescopios y otros instrumentos de investigación? Aquí, en las páginas que siguen se aboga apasionadamente por una respuesta afirmativa. No es un texto contra los científicos, sino a favor de los ciudadanos y la participación. Todo el contenido gira alrededor de tres ejes: las nuevas tecnologías, los nuevos patrimonios y las nuevas formas de ciudadanía. Pero el lector no encontrará un discurso que se despliega como los ríos en su delta, sino una colección plural de breves historias que exploran el papel actual de la ciencia y que animan a los públicos a plantar cara: un gesto para asumir nuevas responsabilidades y para sacudirse el estigma de la modernidad que les condenó a ser el otro de la ciencia: la representación pública de los que no saben.
El carnaval de la tecnociencia es un libro que plantea una resistencia
al presente. Para ser eficaces hemos construido un argumento en tres
etapas. En la primera, hemos colectado muchas experiencias de
participación ciudadana en ciencia y puesto en valor el conocimiento
amateur y profano. La segunda parte insiste en la creciente importancia
que tienen los expertos en la gestión de nuestro mundo y muestra las
enor mes presiones a las que son sometidos por las grandes
corporaciones industriales y las administraciones públicas. En la
tercera, nos hemos interesado en la tecnociencia y en su capacidad para
alterar el entorno simbólico y natural que habitamos, amenazando a
veces los bienes compartidos que, como las plazas, la lengua, las
matemáticas, el aire, las selvas o el genoma, son el fundamento sobre
el que se asienta nuestra vida en común.
Quienes crean que la ciencia es un asunto para científicos no
entenderán el título. Pero que no se inquieten, pues basta con una
página para explicarlo de forma convincente. Y en vez de hacerlo con
palabros de grueso calibre, lo haremos de la forma más natural posible.
Quizás debiera haber dicho visual, pues lo que que me propongo es
describir lo que irá apareciendo en el desfile de los capítulos que
siguen.
Este libro es la crónica de un carnaval. Hay entradas que hablan de los
amateurs y, entre ellos, es fácil distinguir a los pajaristas, los
astrónomos y los filólogos; también están los afectados, gentes que se
consideran víctimas del desdén, la rigidez o la insensibilidad de
quienes manejan los hilos, unas veces administradores, otras
especialistas y, casi siempre, una extraña constelación de técnicos,
protocolos y máquinas que no logran sintonizarse. La mayoría de las
veces son los damnificados por una perversa combinación de desidia,
arrogancia y desconocimiento. Con los afectados, también circulan los
activistas, los expertos, los banqueros, los científicos, los
periodistas y, desde luego, los funcionarios, los curas y más
expertos. Todos van arropados con togas, batas, pinks o vendas. Para
hacerse más visibles, usan todos los medios disponibles, desde
pancartas y titulares, hasta notas de prensa, cuerpos festivos y galas
con premios. Tampoco echamos en falta el ruido que producen las
conspiraciones, las proclamas, las mentiras, los galardonados, los
comisionados y los discursos.
Lo advertí: estamos de carnaval. Me doy cuenta de que es un poco raro.
¿Postmoderno? De acuerdo, pero siempre que la palabra no se use para
amenazar a quien la pronuncia, ni tampoco para insinuar que se habla
desde la bruma mientras se describe lo que vemos en un espejo roto.
Nuestro carnaval es real y, si fuera necesario, diríamos que no es tan
reciente. Lo que tiene de novedoso es que todos esos personajes hayan
decidido reunirse, desfilar juntos, soportarse. ¿Pero qué hace el sida
por los consejos de administración, los laboratorios y los organismos
que regulan la propiedad intelectual? ¿Qué pinta entre abogados,
reporteros, banderas y banderías? ¿A qué viene la carroza del tamiflu?
¿Cómo se habrá colado ahí la banda de Elsevier cantando el blue del
coreano Hwan con un coro de farmachifles patrocinado por falsas
fundaciones filantrópicas? Es un gran espectáculo. Hay de todo y, a
veces, parece el mundo al revés: Bill Gates paga una carroza en
defensa de la cultura abierta, IBM impulsa un modelo de gestión de
patentes a la vista de todos, grandes ingenieros y programadores pasan
del poder, los jueces justifican la escasez de lo que era abundante y
los enfermos se independizan de sus médicos. En medio de la confusión,
hay quien trata de que su voz se escuche. Tenemos carrozas
(capitulillos, no olvidenmos que es un libro sobre un carnaval) sobre
cibercondríacos, hackers, espías y catastrofistas, además de gente
protésica, deprimida, sexy o tatuada. Y, desde luego, no faltan los
accionistas, los profesores o los brokers. En la carroza de los
buenos, en la que me gustaría estar en cuanto termine este prólogo, van
Bruno Latour, Isabel Stengers, Donna Haraway, Sheila Jasnoff, David
Bollier, Karol Rose, Jochai Benkler, Peter Suber, Langdon Winner,
Richard Stallman, Tim Berners-Lee y muchos de los que me enseñaron a
ver este espectáculo tan de nuestro tiempo.
¿A quién se le ocurriría convocarlos? ¿Qué los ha reunido? La
respuesta es rápida: la ciencia. Para explicarlo hace falta otro par de
párrafos. Se equivoca quien piense que la palabra ciencia describe una
actividad mental practicada por gentes con bata y poco éxito social,
más bien recluida entre libros y sueños. Hay muchos así, pero la
mayoría son gentes de acción, capaces de dirigir equipos complejos,
gestionar golosas sumas de dinero y tratar con aviesos financieros. Los
científicos definitivamente son gentes que no desprecian el éxito, ni
las cámaras, las entrevistas o los rankings. Son gente muy competitiva,
acostumbrada a las evaluaciones, los controles de calidad, las
recompensas y los fracasos. Han aprendido a moverse con agilidad por
los consejos de administración, las sesiones parlamentarias, las cortes
de justicia, los bufetes de abogados y los salones de sociedad. Y
conste que lo han hecho sin perder el desparpajo que ya tenían junto al
lecho del dolor en los hospitales, delante de las tecnologías más
sofisticadas en los laboratorios o frente a la tribu más escondida, el
congreso más cosmopolita o el texto más abstruso. Los científicos, sin
duda, son gente muy versátil. Son capaces de controlar simultáneamente
el índice de bolsa y su factor de impacto. Lamento decirlo, pero
también son demasiado acomodaticios: siempre hay muchos dispuestos a
trabajar para dictadores, mafiosos o fundamentalistas, cada uno con su
iglesia o su etnia, y todos con un ejército y una verdad. Esta parte,
lo reconozco, es la menos simpática del carnaval. Lo se. Hablar de
estas cosas es poco sexy y siempre se enfada alguien. Por mucho empeño
que pongan los organizadores, nunca logran tapar las muchas lacras
detrás de todo buen espectáculo.
Por eso necesitamos otra palabra que recoja en un solo concepto la
novedad que representa la existencia de muy amplias connivencias entre
el mundo de los negocios y el del saber, entre los objetivos militares
y los científicos, entre las tecnologías y los descubrimientos, pues
alguien debe explicar que los laboratorios ya no caben en el sótano de
una casa y que parecen grandes fábricas; que muchos científicos cotizan
en bolsa, que el secretismo es moneda corriente en ciencia y que vender
datos fraudulentos es una práctica que no sabemos cómo controlar. Pero
hay más: los objetos científicos ya no caben en el laboratorio. ¿Quién
podría encerrar entre cuatro paredes el cambio climático, la
biodiversidad, el aire que respiramos, los fondos oceánicos, la gripe
aviar, la capa de ozono o el mal de la vacas locas? Todos estos
objetos son híbridos,. no es sólo que pertenecen de forma simultánea a
muchas especialidades científicas, sino que han adquirido tanta
relevancia social y mediática que se hace imposible pastorearlos para
recluirlos entre cuatro paredes. Lo diremos de otra manera: no es que
los expertos disputen cuál es la disciplina que mejor comprende las
cosas, como prueban las interminables discusiones (y frecuentes
descalificaciones) entre ecologistas, meteorólogos, médicos o
ingenieros cuando tratan los diferentes perfiles de cada asunto. Tales
enfrentamientos tienen algo de inquietantes, pero el problema se
acentúa cuando la nacionalidad de los interlocutores resulta decisiva.
Y, así, nos quedamos perplejos cuando los comités escandinavos señalan
problemas donde otros sólo ven agudos ataques de histeria colectiva.
Lo social, y todavía mejor lo ciudadano, son palabras que vienen a
socorrernos, porque la gente no sólo está, estamos, confundida, sino
que quiere ser escuchada. Si vamos a seguir echando residuos al aire, a
los acuíferos y a los mares; si el mercado de organismos genéticamente
modificados va a ensancharse con el de los nanomateriales. Si vivimos
envueltos entre cosméticos, alimentos, abonos y tejidos fabricados con
miles de sustancias químicas cuyo impacto sobre la salud es
desconocido. Si además estamos hablando de problemas cuyo abordaje no
puede hacerse en clave nacional, si por cada experto al servicio de las
instituciones públicas hay otro que trabaja para las grandes
corporaciones: Si no está claro a quién creer, ni quién defiende el
interés común. Y, por fin, si la naturaleza política de los objetos
científicos es tan evidente, ¿cómo referirnos a todos estos vericuetos
con la misma palabra que usaron los ilustrados, la ciencia? Para hablar
de todos estos vericuetos, hacemos lo que ya hizo mucha gente antes:
nombrar con el término tecnociencia este enjambre novedoso de
prácticas, actores, intereses, tecnologías y protocolos.
Diario de una navegación
El carnaval de la tecnociencia es también un esfuerzo tan plural y
colorido como el objeto mismo del que se ocupa. Si no hubiera por
detrás un blog que lo respaldase, diríamos que se trata de un libro que
reúne una colección de artículos de prensa. Pero equivocaríamos al
lector. Entonces, digamos ya que este no-libro contiene una selección
de post (artículos) que han ido apareciendo en el blog (o bitácora)
tecnocidanos. Y no es asunto menor explicar qué significa esta
traslación entre dos soportes tan distintos. Los blogueros son gente
que escribe sobre lo que (les) pasa, inspirándose en lo último que han
escuchado, leído o visto. Todas las fuentes son válidas, porque
cualquiera puede evocarles un tema que desean compartir. Para publicar
no necesitan pedir permiso a nadie; cualquier asunto, no importa la
hora o el lugar, puede ser publicado de forma inmediata, sin control
ni censura. Y así, un post es un empeño muy personal a la vez que
público.
La blogosfera, en consecuencia, viene para ensanchar el ámbito de las
libertades y, aunque sea el entorno más liberal imaginable, tiene
ciertas reglas que hay que respetar. La tecnología que emplea obliga a
todos los escritores/editores, los blogueros, a ordenar sus escritos
cronológicamente. Todo es posible, pero es de muy mal tono no admitir
comentarios, no dejar rastros concretos personales de la navegación por
la vida y no incluir los enlaces a las fuentes empleadas como
inspiración o fuente de información. El respeto a esta etiqueta, por
laxa que sea la exigencia de aplicarla, es el fundamento de eso que
llamamos blogosfera, un espacio público construido por la convivencia
(crítica) de una pluralidad de puntos de vista (la huella personal) que
se reconocen entre sí (los enlaces). Cada bloguero tiene sus blogs
preferidos (blog roll), sus temas prioritarios (categorías) y, en
términos generales, opera como alguien que quiere sostener una forma
singular de mirar el mundo, objetivo que le obliga a filtrar
(seleccionar) la información que usa y, por tanto, recomienda.
Tecnocidanos es un blog y trata de respetar las reglas del género. Pero
al trasladarse de medio, al llegar al libro se transforma. Desaparecen
los comentarios, los links y la organización cronológica. No es por
fastidiar, sino por exigencias del guión. Siendo el libro una
tecnología tan versátil, capaz de todo y de todos, también tiene
fronteras difíciles de atravesar. Pondré un ejemplo. Uno de los
artículos del blog, Satélites y contraespionaje ciudadano, da cuenta de
la existencia de una comunidad de hackers que ha descubierto la manera
de rastrear los satélites de los servicios de inteligencia y, para
probar la resistencia de la gente a ser espiados, publica las órbitas y
posicionamiento de tales artefactos invasivos. Dejo de lado algunos
detalles suculentos, porque lo que me interesa es recordar que este
post ha recibido cientos de comentarios de gentes de todo el mundo que
dicen querer espiar a su novia o ver su pueblo desde el cielo. Está
claro que en la red el coste de publicar es casi cero y por eso no es
difícil decidir que todos los comentarios son relevantes. En un libro,
sin embargo, su publicación sería infumable.
Navegar es ir de un link a otro, de una página a otra, mientras se va
uno documentando. Al final, con mucha frecuencia, se lee sobre cosas
que nada tienen que ver con los intereses iniciales. Abrir un blog es
arriesgarse a una aventura nómada. La gente curiosa está perdida. El
bloguero mantiene una red invisible de vínculos que conectan unos post
con otros, incluidos los suyos propios. En términos generales, cabe
decir que el orden que vertebra el blog no es causal o procedimental,
sino conectivo o panorámico. Si uno mira un paisaje lo que ve es la
relación que se da entre colores, formas, arquitecturas y cultivos.
Cuando luego, más tarde, lo piensas, aprendes a ver las jerarquías que
lo conforman y a obtener respuestas para preguntas del tipo ¿qué fue
primero y qué después?, ¿por qué esto o aquéllo? ¿de quién es eso o lo
otro? ¿cómo llegaron allí, de qué viven, con qué sueñan? La solución
parcial a estas cuestiones crea un paisaje completamente nuevo que
cambia para siempre nuestra manera de mirar y, desde luego, de ver.
Vemos como si estuviéramos leyendo. El blog, sin embargo, entroniza la
mirada fragmentaria, singular, espontánea, cotidiana, colorista y
descentralizada. En esa frescura, en su amateurismo iconoclasta, está
su luz y, cómo no, su cruz. Como en un libro no hay link (las notas
sólo son pálido remedo de la hipertextualidad), el orden no puede ser
cronológico, salvo que trabajemos con aforismos.
Esta es la reflexión que hemos elaborado para acabar tomando varias
decisiones. Entre ellas, suprimir los comentarios porque su calidad es
discutible y su contenido demasiado errático. Tampoco están los enlaces
por dos motivos: primero, porque mi ilusión es que el libro no se
independice por completo del blog y que el contacto con el papel
conduzca al uso del ratón y, segundo, porque personalmente creo que
nunca copié una dirección url encontrada en un impreso para escribirla
en el navegador y creo que habrá muy poca gente que lo haga. Así, para
quien quiera llegar más lejos se ha incluido un subrayado que advierte
de la existencia en el blog de un enlace donde se puede encontrar
información complementaria y/o contradictoria. El cambio más notable
ha sido introducir un título y un índice. Uno y otro expresan la
voluntad de hacer el producto más inteligible a primera vista. Más aún,
quieren también dar cuenta la existencia, todo lo contingente que se
quiera, de un proyecto. Me confiese un bloguero concienzudo, o sea,
tenaz en el esfuerzo y consciente de sus potenciales consecuencias.
Escribo como si alguien fuera a leer los post y luego tomárselos en
serio. En fin que me esfuerzo en documentar bien las cosas, sin
tampoco renunciar a mis propias convicciones. Aunque no intento hacer
balances políticamente correctos, tampoco renuncia a la pretensión de
ser veraz. Tecnocidanos contiene un subtítulo: en defensa de la
gobernanza, la participación en ciencia y el procomún. O, en otros
términos, que asume su condición militante. Proponer la lectura de los
post, los capítulos (capitulillos) de este libro, según un orden,
transforma sin traicionar gravemente el espíritu del blog, y hace más
fácil la lectura del libro. Baste decir que lo que el lector tiene
entre las manos supone un tercio del contenido del blog y dos años de
trabajo ininterrumpido desde abril de 2005.
En fin, voy a decir ya las tres secciones en las que están divididos
todos los textos. El desfile carnavalesco, ya lo dijimos, tiene que
ver con la exploración de las mil un lugares en los que se enreda y las
formas que adopta en nuestro mundo la ciencia y la tecnología. Es un
libro para entender algo mejor cómo funciona la ciencia y es también
una guía de emplazamientos, embrollos, atuendos y personajes que
pululan por este nuevo teatro (científico) universal. Para resaltar los
gestos, flujos y roles que más me interesan, el lector encontrará tres
grandes apartados: nuevos actores, para identificar los muchos e
inesperados papeles del reparto; nuevos procesos para mostrar la forma
imprevisible en la que se entremezclan las máquinas, los dineros, las
personas y las instituciones; y, nuevas prácticas. para hacer
evidentes que con tantos novedades en el reparto y tantas reescrituras
de la trama, la obra ha cambiado mucho y, si no me equivoco, todavía
tendrá que cambiar más para que la ciencia pueda ser identificada como
una empresa al servicio del bien común.
Nuevos actores
Me encuentro entre los que venimos argumentando que hay paralelismos
entre la cultura de la Ilustración y el momento actual. Si se puede
hablar de una revolución de la lectura en el siglo XVIII, también hoy
vale decir que la facilidad para publicar y crear redes, la rapidez
para difundir y validar, unido a la proliferación de tecnologías
sociales, la revalorización del saber profano y la construcción de
nuevas formas de autoridad, están provocando una segunda revolución de
la lectura. Lo novedoso no es que se multipliquen los textos, sino que
cualquiera puede producir contenidos, así como todos podemos controlar
la calidad de lo que aparece. Wikipedia es el ejemplo más popular,
pero no el único. El más espectacular es el software libre y la cultura
hacker (colaborativa, distribuida, competitiva y basada en la economía
del don) a la que ha dado origen.
Si eres hacker, como si eres antiviveseccionista, homeópata, tienes
cáncer de mama o padeces electrosensibilidad, la web ha creado para tí
(y, pronto, contigo) una colección de sitios en dónde intercambiar
datos, miedos, combates y soluciones. Los amantes de la astronomía, los
pájaros o las matemáticas están de fiesta: internet es lo mejor que
podía pasarles. Entre los nuevos actores hay que contar a quienes,
como los enfermos de SIDA o los afectados por una miopatía, decidieron
tomar la responsabilidad de su propia enfermedad, ponerse a estudiar,
intercambiar síntomas y terapias, y obligar a los médicos a
escucharles. En su conjunto, todos estos movimientos han logrado darle
un vuelco a la relación médico enfermo, como también han sido
ejemplares las luchas de Pugwash contra la proliferación nuclear, de
Erin Brocovich contra la contaminación ambiental o de Bird Life en
defensa de los pájaros de Europa. Cada una en su asunto, pero entre
todas han logrado modificar de forma significativa la relación de los
ciudadanos con la ciencia y la de los científicos con los poderes
establecidos. No sólo hablamos de nuevos actores, sino también nos
referimos a nuevos valores de los que, pese a ciertas resistencias, ya
no podremos prescindir. Así que su tránsito desde la marginalidad al
primer plano de la escena política y cultura está garantizado.
Nuevos procesos
La corrupción es algo antiguo, pero puede variar la intensidad, la
magnitud y sus formas. Si el 61% de los diez mil expertos que trabajan
para la norteamericana Food and Drug Administration, FDA declara
conocer casos de interferencia en sus dictámenes, entonces estamos ante
un fenómeno que, por converger con otros muchos, nos permite hablar de
crisis en el sistema de los expertos. El asunto es grave porque una
gran parte de eso que llamamos estado de bienestar está asociado a la
capacidad de las instituciones públicas para resolver los conflictos de
intereses entre productores y consumidores, o entre las corporaciones y
la ciudadanía. Si los expertos están corrompidos la democracia está
amenazada. Además de corrupción, también hay que hablar de secretismo y
fraude, por no mencionar toda la parafernalia de bufetes jurídicos,
agencias de prensa, falsas fundaciones, empresas de marketing o
científicos a sueldo, dispuestos a trabajar coordinadamente para eludir
el control de la administración pública o el de los editores en las
revistas científicas. Su principal táctica es sembrar incertidumbre,
ofrecer documentos, datos, testimonios y demás trucos retóricos para
decir que las evidencias no son sólidas, que hacen falta más datos, que
los científicos no se ponen de acuerdo. Y así ganan tiempo y, mucho,
muchísimo dinero.
El proceso de privatización del conocimiento es abrumador. La ciencia
va camino de ser otro de los recursos que manejan las grandes
multinacionales para conquistar mercados, imponer gobiernos o intoxicar
la opinión. Bastará con que lo digamos una vez: no todos los
científicos están comprados o están dispuestos a venderse, como también
es cierto que hay muchas instituciones que se han dotado con
observatorios para vigilar la conducta de sus empleados. Acepto de buen
grado que la mayoría de los investigadores y profesores son gente
honesta y comprometida con el bien común. Pero hay datos que nos
obligan a no mirar para otro sitio cuando hablamos de estos asuntos. En
el carnaval de la tecnociencia hay sitio para los mentirosos, los
pseudoexpertos, los científicos comprados y los terceros actores a
sueldo. El sistema de control de calidad de la ciencia, el llamado peer
review, está en crisis, como también el que se utiliza para asignar
patentes. Sobre todos estos asuntos encontrará el lector pistas
suficientes. Obviamente, tampoco se nos olvidó tratar de las muchas
formas de abordar una problemática tan compleja.
Explorar lo que queremos decir con el término gobernanza, precaución o
incertidumbre es uno de los ejes que vertebran el texto. Por sus
capítulos van desfilando muchos conceptos complejos y necesarios.
Entre ellos, gobernanza anticipatoria, catastrofismo ilustrado,
parlamento de las cosas, guerras de la ciencia o tercer sector
científico. No hemos eludido referirnos a la biz science, la
manufacturación de incertidumbre, la producción de escasez, la
propiedad intelectual , el tráfico de enfermedades, la responsabilidad
de los científicos y las alternativas a la privatización del saber. Un
guión, creo, tan suculento como inquietante.
Nuevas prácticas
No todo el mundo quiere hacer del conocimiento un/su negocio. Ni
tampoco cabe eludir la responsabilidad individual de cada uno echándole
la culpa de todo a los imperialistas o al demonio. Por supuesto hay
grados y cada quien, si quiere, que piense cómo situarse en la dinámica
de las soluciones. Llegados a este punto, lo más desagradable es la
gente que dice tener soluciones rápidas, desprecia el problema y rehuye
el diálogo. Tampoco me siento cercano a toda la corte de los
tecnófobos y, en el otro extremo, de los tecnoentusiastas. En todo
caso, mi admiración por los hackers y los defensores de la cultura
abierta me ha enseñado que un gesto reaccionario ante las nuevas
tecnologías sólo sirve para ceder todo el terreno a quienes ya las
detentan. Soy, en definitiva, muy favorable al lema que hicieron suyo
los creadores de Indymedia: “Don't hate the media... be the media”
(No odies los media... se tú el media”), Y, con todas las reservas que
se quiera, sigo con el mayor interés todo cuanto viene diciéndose sobre
la cultura ciborg y nuestro destino posthumano. Hay muchos post que
tratan de pensar lo que de mediado y, por tanto, filtrado por máquinas,
hay en nuestra conducta, nuestra mirada, nuestros valores y nuestros
discursos. Para quienes se sienten amenazados por las nuevas
tecnologías se les invita a considerar el alfabeto, la imprenta y el
libro como formas de codificar, transformar y difundir lo que pensamos
y sentimos que, entre sus muchas consecuencias, nos trajeron formas más
abiertas de gestionar lo público, como también cabe achacarles la
destrucción de la cultura oral.
El respeto a otras maneras de valorar la tecnología, no me impide
defender la importancia de que avancen tanto como puedan nuevas formas
abiertas de gestionar la autoridad. En esta tercera parte no faltan
unos cuentos artículos para argumentar la necesidad de implementar el
open access, el open peer review, el open data y, en fin, el peer to
paten. El eje de la argumentación es simple: todo cuanto se pague con
fondos públicos (la ciencia, por ejemplo, pero también los datos
geográficos, meteorológicos o catastrales) debe ser público también.
Hace una década esta exigencia aunque válida era impracticable, pero
las cosas han cambiado mucho y hoy ni tiene un coste desmesurado, ni es
técnicamente imposible. Más aún, si queremos unos ciudadanos implicados
en los problemas y en las soluciones no hay más remedio que poner a
disposición de todos información de calidad. Nos jugamos mucho en todas
estas iniciativas destinadas a mejorar la transparencia de la
información y de los procesos de toma de decisiones.
Ya lo hemos dicho, explícita e implícitamente, nos estamos refiriendo a
la calidad de la sanidad, la alimentación o el medioambiente, y también
a los muchos peligros que amenazan el aire que respiramos, la
biodiversidad, el clima o el conocimiento primitivo. Estamos hablando,
en una palabra, del procomún, es decir de esos bienes que son de todos
y de nadie al mismo tiempo. Unos bienes que, por otra parte, son
imprescindibles para la vida en común o, más aún, son el soporte de la
vida misma. Por eso el blog y el libro militan a favor del procomún, un
concepto fácil de entender y extremadamente difícil de gestionar.
Crítica de la ciencia
A nadie le extraña que la prensa incluya secciones de crítica musical y
literaria, como también de arte, de cine o de exposiciones. Es normal
que siendo, como son, empresas humanas contingentes, sometidas a las
presiones del entorno y a los caprichos del autor, merezcan
comentarios que califiquen el acierto, pertinencia, belleza u
originalidad del producto que se presenta ante al público. Además, en
su conjunto, conforman una parte significativa del entorno simbólico
que sostiene nuestra vida social. No es solo que podemos dialogar con
la obra de otros, sino que queremos explorar las condiciones de
posibilidad para otras formas de construir el mundo y habitar la urbe.
¿Cabe una relación de ese tipo cuando hablamos de la ciencia? O, dicho
en otros términos, cabe una relación con la palabra científica que no
se limite al dictamen sobre su veracidad o falsedad? Si así fuera, si
el único gesto posible ante la ciencia fuera asentir o,
alternativamente, rechazar, entonces sólo podrían tomar la palabra los
científicos mismos, pues son los únicos capacitados para manejar los
dispositivos lingüísticos, tecnológicos y disciplinarios
característicos de las ciencias.
Los hechos, sin embargo, contradicen esta tesis beata sobre el
funcionamiento de la ciencia. Todos los días, en los laboratorios y en
el ministerio, en la prensa y en el Parlamento, se habla del carácter
apropiado, prioritario, solidario, estratégico, competitivo, europeo o
costoso de los proyectos científicos. Tampoco faltan debates sobre
patentes, retornos, contrataciones, evaluaciones, innovaciones,
premios, privatizaciones y desarrollos sostenibles. Seguro que queda
poca gente que todavía no han oído hablar de secretismo, fraude o
corrupción en ciencia. Y todo esto es nada si pensamos en nuestra
condición de conejillos en medio de experimentos de alcance planetario,
como los que están en marcha una vez que nos pusimos a alimentar vacas
con piensos de origen animal o que no sabemos cómo controlar las
emisiones de CO2 a la atmósfera. Espero que nadie se sorprenda si
recordamos que la sucesión de crisis alimentarias, sanitarias o
medioambientales tiene mucho que ver con, para decirlo suavemente, una
insuficiente evaluación de los riesgos asociados a las nuevas
tecnologías. Y si esta crisis del peritaje experto es manifiesta, sea
o no provocada por la existencia de conflictos de intereses, entonces
hemos de admitir que todos formamos parte de un sin fin de experimentos
que suceden en tiempo real y fuera del laboratorio.
¿Cómo no vamos a hablar de ciencia? Si cada día se toman decisiones
orientadas a minimizar los riesgos, conservar la naturaleza, gestionar
los recursos o equilibrar el reparto de los males, y todas estas
iniciativas que acaban llegando al Boletín Oficial del Estado (o
publicación equivalente) tiene que pasar antes por los laboratorios,
los seminarios, los papers, los comités, los congresos, los foros y los
paneles internacionales, ¿cómo no aceptar la necesidad de una crítica
de la ciencia? Los partidarios de hablar de nuestro sistema de
organización política en términos de una democracia técnica o
tecnodemocracia se sorprenden de que revistas a las que se asoman los
intelectuales y los políticos sigan reservando para estos asuntos
espacios residuales y que los Suplementos culturales que encartan
semanalmente los periódicos de más alcance solo sepan hablar de la
ciencia para rendirse ante las maravillas del emblemático “Y es que las
ciencias avanzan que es una barbaridad” que ya proclamara la zarzuela
La del Soto del Parral.
Vamos a concluir, porque este largo argumento nos vale para decir que
El carnaval de la tecnociencia puede tomarse como un libro de crítica
de la ciencia y que, por tanto, ensaya una distancia al objeto que
autorice y dignifique el género. Los amantes de la ciencia sufrirán un
poco cuando se enteren de algunas conductas indecentes. He tratado,
sin embargo, de ser cuidadoso con los sentimientos ajenos, pero si
alguien se enfada mucho puede dejar constancia de su enojo en el blog e
iniciar un diálogo conmigo y los otros lectores. Dos palabras más: hubo
lectores, como Nuria y Adolfo, que me acompañaron de cerca y les estoy
muy agradecido. Mi deuda mayor es con el sistema madri+d que no solo me
dio la oportunidad (un verdadero privilegio) de escribir (casi) todos
los días, sino que se empeñaron en hacerme creer que se trataba de un
esfuerzo que lo merecía. Y, desde luego, debo decir que cuando estaba
más cansado o perdido me dejé convencer. Gracias Alfonso. Gracias
Carlos.
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