LoginRSS 2.0 Feed

domingo, 14 de octubre de 2007

Tras la semana de los Nobel, volvemos a la rutina. Enhorabuena para los galardonados y también para la inmensa mayoría de esos científicos anónimos, ciudadanos de todas las lenguas y en todos los países, que nunca alcanzarán la fama pero que, como el resto de sus colegas, están comprometidos en la dura disciplina del trabajo experimental.

Estos días la prensa habló mucho de los nuevos premios Nobel, las nuevas estrellas del firmamento científico. Gentes que han triunfado, investigadores con mucho pasado y mucho futuro. Una vez más, como cada año, nuestro imaginario colectivo se llena con figuras que aluden al éxito. El mundo real, sin embargo, está repleto de científicos anónimos, que se mueven entre incertidumbres metodológicas, que temen por su futuro laboral, que sueñan con mejorar su índice de impacto y que recelan de los colegas que famosean en la TV. Bachelar los visualizó como una unión de trabajadores de la prueba, resaltando así su identidad corporativa, comunitarista, procedimental y consensual.


Ya hemos tratado aquí la naturaleza oral de la empresa científica, basándonos el altísimo porcentaje de textos científicos (papers) que nunca son citados por algún colega. También hemos dedicado más de un post a explorar los muchos rostros que adopta el fraude científico, ya sea debido al secretismo, la corrupción o el falseamiento de datos. Igualmente, hemos explorado los problemas que plantean la crisis del peer review o la excesiva presión sobre los científicos para que publiquen rápido o logren patentes. Se pueden decir más cosas, pero no queremos ir más lejos. Nos basta con abrir un espacio que de una oportunidad a la imagen de los científicos entendidos como trabajadores.

Está muy bien que se reconozca el trabajo bien hecho. Más aún, sabemos que la economía de la reputación es uno de los motores principales de la empresa científica. Todos los políticos y politólogos de la ciencia lo admiten sin rechistar. Pocos científicos, sin embargo, lograrán salir del anonimato. Empeñarse en presentarlos como si fueran una especie de héroes civilizatorios sólo puede ser una fuente de problemas y, a mi juicio, contribuye poco a mejorar la expansión de la cultura científica y casi nada a que arraiguen prácticas de discusión de los asuntos públicos menos voluntaristas y mejor informadas. Los Nobel pasan por los media, como si se tratara de deportistas, actores o empresarios de moda. Y es dudoso que tales ires y venires aporten algo más que ruido.

Hace unas semanas tuve acceso a una encuesta que se interesaba por saber lo que piensan los científicos franceses sobre los organismos genéticamente modificados (OGM) o el impacto de las antenas de telefonía móvil sobre la salud. Los resultados muestran que su reacción ante las nuevas tecnologías es similar a la de cualquier otro ciudadano. El 43% de los investigadores sondeados (frente al 40% de los franceses en general) consideran aceptable la destrucción de plantaciones, experimentales o no, de cultivos transgénicos. Entre el 62% y el 68% de los científicos encuestados apoyan la lucha contra las antenas y el 69% consideran inaceptable el actual desarrollo de las nanotecnologías. Demasiados (75%) son también los que opinan que sería muy mala idea denunciar en la prensa los casos que conozcan de fraude o conflicto de intereses entre sus colegas. Y, para terminar, también es relevante el dato que confirma que la mayoría (58%) creen muy conveniente la intervención de algunas ONG en el diseño de la política científica y así mejorar las relaciones ciencia-sociedad. En fin, ya lo decíamos, los científicos, cada uno metido en su nicho de especialización, no se diferencian del resto de los humanos, salvo quizás en que son algo más radicales que los ciudadanos menos cualificados.

Conceptualizarlos como trabajadores de la prueba, contribuye a alejarlos del rol de descubridores geniales o, peor aún, de oficiantes consagrados a la búsqueda de la verdad, pues dentro de este viejo arquetipo todos perdemos. Primero porque no se corresponde con los hechos (no digo con la verdad para no exagerar la importancia de las encuestas) y, segundo, porque les sitúa en la lógica de las políticas de riesgo cero, una pretensión tan ilusoria como insostenible. Ilusoria, porque las afirmaciones científicas siempre son provisionales, modestas, frágiles, revisables, incompletas e inestable. E insostenible porque otorga demasiada influencia a los expertos en decisiones que son tan políticas como científicas.

Contrastar opiniones y reforzar el rigor no son gestos contradictorios con los asociados a la tarea de implementar la participación y favorecer la corresponsabilidad en la gestión de los asuntos públicos. Ver a los expertos como detentadores de la verdad puede convertirlos en actores muy peligrosos y fuera de control, pues obligaría a los otros (los públicos, los consumidores, los ciudadanos de a pie) a estar callados cuando, en nombre de la ciencia, intervenga un sabio, un experto y hasta un catedrático. Estaríamos entonces en una especie de estado de excepción que cancelaría derecho constitucional de la libertad de expresión, pues sólo podrían hablar gentes con bata y un alto índice de impacto.

15:48 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (1)