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viernes, 05 de octubre de 2007

El paso del Noroeste que comunica los dos hemisferios, el de la ciencia y el de la cultura, lo han encontrado los neurocientíficos en el cerebro.

Para muchos neurólogos sólo somos lo que hay en nuestro cerebro, una convicción que se hace más radical cuando se escucha que nuestro mundo más que real es cerebral. Cabe entonces preguntarse si podríamos introducirnos en la circuitería neuronal y manipular las conexiones o introducir chips electroquímicos para modificar el digamos normal funcionamiento del sistema nervioso. Un asunto que hasta no hace mucho pertenecía al ámbito de la ciencia ficción pero que hoy comienza a estar en el horizonte de la neurotecnología.

Cada día aparecen más noticias que hablan del cerebro como de un territorio colonizado que ya sabemos cartografíar y por el que podemos movernos con cierta familiaridad. Queda mucho por explorar, pero con lo que sabemos se podrían escribir muchas y fascinantes historias de neuroantropoplogía, neuroteología, neuroestética y, desde luego, de neuromerketing y neuroética. Y es que, en efecto, como explica Zack Lynch, la neurocultura expande sus tentáculos por toda la esfera de lo simbólico y pronto será difícil hablar de cualquier cosa sin hacer claras referencias a los hallazgos que publican los neurólogos.


Si la biotecnología, la informática y, más recientemente, la nanotecnología han venido produciendo titulares que parecían sacados del cine más que de los laboratorios, lo que llega de las neurociencias tampoco va a defraudar a los devotos de la cultura de las maravillas. Hace unos años Benjamin Libet hizo unos experimentos que cuestionaban la existencia misma del libre albedrío o, lo que es equivalente, que la decisión de hacer las cosas la toma nuestro cerebro sin consultarnos y luego, para tranquilizar a su portador o a esa abstracción que llamamos conciencia, fabrica una secuencia de acontecimientos que da al “yo” un protagonismo que no tuvo.

Los filósofos están que trinan y los economistas inquietos. Los primeros porque lamentan el regreso triunfal de quienes siempre quisieron ver el cuerpo como una máquina, ya sea en la forma de un artilugio mecánico, ya sea con la apariencia de un enjambre de tubos y hornos o de una intrincada red de cables y corrientes electroquímicas. Los segundos cuentan con una teoría del mercado basada en la libre decisión del consumidor y que, de ser cierto lo que se dice, tendrían que reconsiderar lo que saben sobre el consumo y, en consecuencia, reescribir capítulos clave de la teoría económica.

El cerebro está hecho con un material muy plástico. Es un objeto muy cambiante y adaptativo. Cada nueva experiencia provoca la activación de zonas o la creación de conexiones previamente inexistentes lo que hace que gane en complejidad, lo que no siempre supone una mejora evidente, sino que por el contrario se traduce en una disfunción tipificada como enfermedad mental. Lo más espectacular es que todos los cerebros son piezas de orfebrería únicas, lo que no impide que, como sucede con las enorme diversidad botánica, se puedan ordenar como por especies o grupos. ¿Familias de cerebros? ¿Cómo se producen tales asociaciones varietales? La respuesta es fascinante, pues son las culturas las que se crean un cerebro a su medida.

Hay experimentos que dicen probar que el cerebro de un occidental es distinto al de un asiático, o que el de un urbanita no coincide con el de alguien que habita en un medio rural. Sabemos también que la consecuencia de determinadas lesiones del cerebro (en la región llamada VMPC) es la pérdida de escrúpulos sociales o, con otras palabras, de esos valores que nos impiden actuar en función de los intereses más pragmáticos, egoístas o mezquinos para darle importancia a las conductas solidarias que protegen los bienes comunes. Pero si todo esto es cierto, si la moralidad está en un sitio, entonces está más que justificado que se desarrolle la neuroética y la neurojusticia, pues no basta con reconocer la pluralidad de culturas como un atenuante moral, sino que hay que plantearse hasta qué punto nuestras conductas sólo son una excrecencia neuronal.

Quizás muchos piensen que todo esto no es más que un juego de palabras más o menos divertido. Deben saber, sin embargo, que desde el martes pasado, el 25 de septiembre de 2007, existe ya un (neuro)índice en NASDAQ, el mercado o bolsa de empresas de alta tecnología, que monitoriza los movimientos de la pujante neuroindustria, un sector que no deja de crecer debido al aumento de las enfermedades neurodegenerativas y de la depresión, por no hablar de una nueva generación de sustancias químicas llamadas neurocéticas, cognicéuticas o cosmeticéuticas, las soñadas píldoras de la felicidad, el conocimiento o la belleza. Los dineros que mueve este sector de la producción no deja de crecer cada año y las cifras son ya espectaculares. La neuroeconomía y las neurofinanzas no son un asunto para académicos ociosos y periodistas caza titulares.

Se puede explicar de muchas maneras lo que está sucediendo y es inevitable mencionar que, junto a las nuevas terapias contra las enfermedades mentales o, por ejemplo, las prótesis contra la tetraplegia, avanzamos a toda velocidad hacia la medicalización extrema de toda nuestra conducta. No hay que ser un filósofo refinado para percibir la disolución de la frontera entre la terapéutica y la cosmética, como también la cada vez más porosa divisoria entre lo natural y lo artificial. Muchos hablan también de la inmediata emergencia de una clase subprotésica formada por las gentes que no podrían costearse un cuerpo de diseño.

La creciente precisión de las técnicas de escaneado cerebral que nos permiten ver un cerebro en acción, así como los rápidos avances en la implantación de chips electrónicos, hacen cada vez más plausible la convergencia de las tecnologías del átomo, los bits, las neuronas y los genes. Los ejércitos de todo el mundo tiene planes para desarrollar la neuroguerra mediante armamento que pudiera modificar la conducta de las tropas.

Los tecnoentusiatas fanáticos de un destino posthumano están de enhorabuena y sueñan con un cerebro de capricho o con la posibilidad de descargar la información que contiene desde su ubicación húmeda y arraigada hasta un soporte de silicio y deslocalizado que garantizaría la inmortalidad electrónica. La neuropolítica también tiene un campo insospechado por delante, pues los principios constitucionales que habilitan la libertad de expresión tendrían que ampliarse para garantizar la libertad de pensamiento.

4:55 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (2)