Mañana martes tendrá lugar la segunda
sesión del Laboratorio del Procomún, una actividad pública abierta a todo el
mundo
Pensar el procomún implica hacer visible
la comunidad que lo sostiene y que es sostenida por el bien que se quiere
compartir. También se podría decir de otra manera: no hay comunidad sin
procomún, y viceversa.

Este es el tema
que abordaremos mañana en la nueva reunión del
Laboratorio del Procomún que
tiene su sede en el
MediaLab Prado (Plaza de las Letras, c/Alameda, 15. Madrid) en donde un grupo estable formado por académicos y activistas realiza las
sesiones de trabajo en abierto a las que está invitado todo el mundo (ver el contenido de la
primera sesión). Lo que hacemos es discutir sucesivamente los textos
preparados por dos miembros del Laboratorio, que
previamente son comentados por otros dos
integrantes del grupo.
Mañana martes
comenzaremos con
Procomún y comunidad (
pdf) de Miquel Vidal (Tecnologías de la
información y la comunicación), comentado por Javier de la Cueva (Derechos de propiedad intelectual). Después
seguiremos con
Comunitas gratia artis (
pdf) de Jordi Claramonte (Arte y
movimientos sociales) que será comentado por Jesús Carrillo (Teoría del arte).
Dado que uno de los objetivos clave
del Laboratorio es reunir los fragmentos dispersos y extremadamente variados
del procomún, mañana exploraremos dos géneros muy distintos de bienes, cuyos
defensores, sin embargo, comparten la convicción de que ambos deben ser
gestionados libertariamente. Comenzaremos, en la primera parte, hablando de los
bienes relacionados con Internet, deudores del movimiento hacker y que se han
constituido alrededor de tecnologías que son simultáneamente fruto y origen de
las comunidades que los sustentan: unas comunidades finalistas (producir
software) y meritocráticas (la calidad manda) que no están prefiguradas
moralmente (neutralidad ideológica)
y cuya principal característica es la autoregulación (organización libertaria)
.
En la segunda
parte hablaremos de grupos que reivindican la naturaleza colectiva de la producción
artística, tanto en la escala barrial o
urbana como en la global, y que critican la impostura del
artista-genio, una construcción paralela a la del moderno sujeto-autónomo y
que, entre otras consecuencias, sirvió para despojar al individuo de los
atributos que le vinculaban a su comunidad. Y aunque parezcan mundos muy distantes, tal vez no lo sean tanto si consideramos el arte como una red de protocolos orientados a la codificación de los m
odos de percepción.
Los colectivos que serán
reivindicados (
the yes men o
fiambrera obrera)
están lejos de querer estetizar comunidades cercanas
y cuestionan
radicalmente la función autorial que (equivocadamente, como
explicó Foucault en
¿Qué es un autor?)
damos por inevitable en todo cuanto tiene que ver con la producción cultural. Sus
poéticas modales no tratan de alagar el buen gusto, sino ensanchar y hacer visible
la potencia transformadora de una
gran colección de recursos comunes que atraviesan los territorios de la provocación, la suplantación, la seducción, la parodia, la subversión
o la hibridación
.
En ambos casos se establece una fuerte
correlación entre comunidad y tecnología, aunque en las de artistas parecen
tener también mucha importancia los valores que comparten.