Francia ha encontrado una manera
racional y eficiente de exterminar a los extranjeros (¿habrá
que aclarar que pobres?) si están enfermos de gravedad.
De la forma más razonable
posible Francia acaba de decidir que los emigrantes enfermos cuya
curación sea difícil (¿habrá que aclarar
que costosa?) serán devueltos a sus países de origen,
siempre que exista en alguna ciudad de dicho territorio una unidad hospitalaria capaz de afrontar el problema médico.
Todo es tan cínico como razonable. Se han elaborado, ver el
dossier
completo, unas fichas médicas que explicitan qué
enfermedades serán objeto de las mencionadas políticas
y qué ciudades de una lista de 29 naciones (excolonias y
naciones pobres) cuentan con instalaciones apropiadas.
La noticia, se explica en
Médicins
du monde, es un escándalo que vulnera algunos tratados
internacionales y que legitima la práctica de la eutanasia,
pues por muy razonables que se pongan estos gestores de la
nuda
vida, la mera existencia de un viviente -enseña
Agamben-
despojado de cualquier derecho político, lo cierto es que son
deportados a lugares dónde no recibirán asistencia
sanitaria. En fin, como estamos hablando de biopolíticas que
condenan a la exclusión a los enfermos y de gentes que no
están paseando por Europa para admirar nuestras grandes
avenidas y catedrales, lo lógico es que prolifere por nuestras
urbes un nuevo actor subóptimo: el enfermo clandestino.