La divulgación no es el único pacto posible entre ciencia y sociedad. Y al igual que existe una crítica literaria o del arte, también necesitamos una crítica de la ciencia.
A nadie le extraña que la prensa incluya secciones de crítica musical y literaria, como también de arte, de cine o de exposiciones. Es normal que siendo, como son, empresas humanas contingentes, sometidas a las presiones del entorno y a los caprichos del autor, merezcan comentarios que califiquen el acierto, pertinencia, belleza u originalidad del producto que se presenta ante al público. Además, en su conjunto, conforman una parte significativa del entorno simbólico que sostiene nuestra vida social e íntima. No se trata solo de que podamos dialogar con la obra de otros, sino de que queramos explorar las condiciones de posibilidad para otras formas de mirar, narrar o sentir el mundo, es decir de construirlo y habitarlo. Sin la buena crítica cultural sería difícil saber qué es lo que conecta unas cosas con otras o, en otros términos, cómo darle sentido a la explosión de productos y/o mercancías culturales que invade nuestras vidas.
¿Y en ciencia?¿Cabe una relación de ese tipo cuando hablamos de la ciencia? O, dicho
en los términios que le gustan a Bruno Latour, cabe una relación con la palabra científica que no
se limite al dictamen sobre su veracidad o falsedad? Los científicos
tienden a comportarse como si la única relación significativa con su
trabajo fuera la aprobación (lo que normalmente implicaría el
reconocimiento implícito en una cita) o el rechazo (lo que normalmente
exigiría del crítico más y mejores datos con los que sostener su
sospecha, duda u oposición). En pocas palabras, o citas o callas, pero
si dices algo tienes que hacerlo desde el laboratorio. Y es así que,
aunque parezca increíble, casi nadie puede hablar de ciencia. Los que
se atreven son inmediatamente calificados de ignorantes o, peor aún, de
anticientíficos, que en nuestro mundo es como decir inculto y socialmente peligroso.
En
fin, que si no es para avalar, tiene que ser para enmudecer. Pero, si
así fuera, si el único gesto posible ante la ciencia fuera asentir o,
alternativamente, rechazar, entonces sólo podrían tomar la palabra los
científicos mismos, pues son los únicos capacitados para manejar los
dispositivos lingüísticos, tecnológicos y disciplinarios
característicos de las ciencias. Una larga tradición, como
explica Don Ihde, les otorga el
discutible privilegio de no necesitar críticas externas, pues durante
la Ilustración se fraguó el mito de que la ciencia ya era la crítica
que la sociedad necesitaba para hacer frente a la supersticiones,
incluidas las religiosas. O, dicho de otra manera, la modernidad se
construye sobre una ecuación tan simple como peligrosa: si quieres ser
crítico, hazte científico, trasciende el mundo de las opiniones y
abraza el de los hechos.
Los hechos, sin embargo, contradicen
esta tesis beata sobre el funcionamiento de la ciencia. Todos los días,
en los laboratorios y en el ministerio, en la prensa y en el
Parlamento, se habla del carácter apropiado, prioritario, solidario,
estratégico, competitivo, europeo o costoso de los proyectos
científicos. Tampoco faltan debates sobre patentes, retornos,
contrataciones, evaluaciones, innovaciones, premios, privatizaciones y
desarrollos sostenibles. Seguro que queda poca gente que todavía no
han oído hablar de secretismo, fraude o corrupción en ciencia. Y es que, al igual que cualquier otra
empresa social,
la
ciencia mejora con la crítica.
Y todo
esto es nada si pensamos en nuestra condición de conejillos de Indias
en medio de experimentos de alcance planetario, como los que están en
marcha una vez que nos pusimos a alimentar vacas con piensos de origen
animal o que no sabemos cómo controlar las emisiones de CO2 a la
atmósfera. Nadie debería sorprenderse si recordamos que la sucesión de crisis
alimentarias, sanitarias o medioambientales tiene mucho que ver con,
para decirlo suavemente, una insuficiente evaluación de los riesgos
asociados a las nuevas tecnologías. Y si esta
crisis del peritaje
experto es manifiesta, sea o no provocada por la existencia de
conflictos de intereses, entonces hemos de admitir que todos formamos
parte de un sin fin de experimentos que suceden en tiempo real y fuera
del laboratorio.
¿Cómo no vamos a hablar de ciencia? Si cada
día se toman decisiones orientadas a minimizar los riesgos, conservar
la naturaleza, gestionar los recursos o equilibrar el reparto de los
males, y todas estas iniciativas que acaban llegando al Boletín Oficial
del Estado (o publicación equivalente) tiene que pasar antes por los
laboratorios, los seminarios, los papers, los comités, los congresos,
los foros y los paneles internacionales, ¿cómo no aceptar la necesidad
de una crítica de la ciencia? Los partidarios de hablar de nuestro
sistema de organización política en términos de una democracia técnica
o tecnodemocracia se sorprenden de que revistas a las que se asoman los
intelectuales y los políticos sigan reservando para estos asuntos
espacios residuales y que los Suplementos culturales que encartan
semanalmente los periódicos de más alcance solo sepan hablar de la
ciencia para rendirse ante las maravillas del emblemático “Y es que las
ciencias avanzan que es una barbaridad” que ya proclamara la zarzuela
La del Soto del Parral.
Defender la necesidad de una crítica
de la ciencia es más fácil que ejercerla. Hacerlo bien es mucho más
difícil. Igual que la historia de la Iglesia no debieran hacerla los
curas, ni la del Real Madrid los merengues convictos, la crítica de la
ciencia es un trabajo para el que seguramente hace falta ser
un amante de la
ciencia, pero no un científico. Su finalidad se explica rápido, pues
consistiría en comprender cómo de profundamente interconectadas están
la ciencia a la política y explorar cómo las tecnologías están
conformando nuestro mundo y nuestra manera de sentir, pensar y actuar.