La Union of Concerned Scientists está integrada por científicos que combaten las interferencias del gobierno en la investigación y, para apoyar sus fines, acaba de conceder un premio a la viñeta que mejor defiende la integridad de la ciencia.
A estas alturas de la película
la noción de verdad causa más sonrojo que admiración.
Se han cometido tantas tropelías por gentes que decían
tener razón y, en consecuencia, actuar en nombre de la verdad,
que ya estamos todos un poco cansados de la gente demasiado
visionaria y, probablemente, de la demasiado inocente. Quizás
por ello y también por las multiples maneras de oscurecerla o
simplemente de destruirla que descubrimos cada día. Tal vez
porque sólo sirva para amparar objetos sencillos (sin
historia, sin sentimientos, sin hibridación) o tal vez porque
ya nadie la crea necesaria, el caso es que la
Union
of Concerned Scientists ha otorgado su
premio
Science Idol a una viñeta de Jesse
Springer que muestra a un investigador y a un gestor científicos
retirando la basura y escombros que impedían ver la verdad. Veámosla con detenimiento.

¿Ingenuo? ¿Demasiado
americano, como a veces se dice por Europa? Puede ser. Tampoco
faltará quien se apresure a calificar de electoralista (a
favor de los demócratas) la decisión del jurado.
Sorprende, sin embargo, que
las
otras viñetas finalistas redundan en el
mismo mensaje. Todas están denunciando las muchas
interferencias entre ciencia y política. Sus autores parecen
estar reclamando (¿es sólo nostalgia?) un estatuto de
pureza (ilustrada) para la ciencia que ven amenazado y que consideran
un legado que nuestra sociedad no puede dilapidar.
Siempre hubo interferencias, pero los
convocantes del premio creen que no estamos haciendo lo suficiente
para combatir esta esta lacra social. Luchan para que no nos
acostumbremos a la retórica que quiere presentarnos como
inevitables las muchas formas de corromper los dictámenes que
regulan la calidad de los alimentos, de las medicinas o del medio
ambiente. De hecho, para que la toma posición de la Union of Cocerned Scientists no
parezca meramente táctica (luchar contra Bush), vienen
acumulando desde hace tiempo una lista impresionante de casos bien
documentados -
A
to Z Guide to Political Interference in Science-
que, cuanto menos, muestran la falta de diligencia de los
responsables de las agencias de control para contrarrestar los
poderosos intereses que movilizan las grandes corporaciones.


La viñeta es sencilla y
contundente. Lo que nos cuenta es que la verdad sale de una
operación de higiene pública y no de un laboratorio, e
insinúa que el trabajo de limpieza lo tienen que hacer los
gobernantes y los investigadores. No se si lo entendí bien,
pero aquí no sólo se está arremetiendo contra
los que mandan, también se está defendiendo un nuevo
pacto social por la ciencia que rescate los viejos compromisos entre
el estado y la academia.
Lo podemos decir de varias maneras y,
como tantas otras veces,
lo
haremos de la mano de Bruno Latour. La cultura de la Ilustración
fabricó la retórica de que la ciencia podría
ahorrarnos los enredos de la política. Su plan era brillante:
se trataba de crear instituciones basadas en un conocimiento tan
sólido como incuestionable. Los políticos entonces sólo
tendrían que aguardar a que los investigadores acabaran su
trabajo y, después, actuar en consecuencia. El ministerio o el
parlamento no eran, en este esquerma, más que una prolongación
del laboratorio y del aula. La idea no es mala, pero tiene un fallo
irreparable: la investigación, tal como de verdad se hace,
tiene poco que ver con esa imagen mítica de la ciencia. Más
aún, es urgente distinguir entre investigación (el día
a día de los científicos) y ciencia (la sublimación
que arrebató a los ilustrados).
Y es que el conocimiento objetivo es
otro mito. Lo explicaré con pocas palabras
. Sin duda,
los científicos saben cómo objetivar sus asertos, pero
para lograrlo necesitan mucho tiempo y muchos recursos. Dos circunstancias que no se pueden garantizar
c
uando hay urgencia y cuando los problemas son muy
complejos, como sucede con
las vacas locas, los
residuos radiactivos, el calentamiento global o la gripe aviaria.
Tales objetos tienen
tantas ramificaciones disciplinarias, políticas
y mediáticas que es imposible meterlos en el laboratorio y, fuera de él, la objetividad se torna prácticamente imposible.
No
es sólo que los hemos construido (nos los representamos)
como problemas sociales en
los que es muy difícil separar hechos y opiniones, es que además
sería
absurdo querer resolverlos a golpes de experimentos y artículos.
Y si así fuera, si nos empeñáramos en tirar de probeta, no hay que olvidar se trata de experimentos
colectivos y planetarios
en los que todos estamos insertos.
Este tipo de objetos híbridos hacen muy evidentes las diferentes
incertidumbres a las que nos enfrentamos y a las que hemos de acostumbrarnos.
Son,
explica Latour, de tres tipos: una, la provocada porque los científicos no pueden
concluir; dos, la que se origina cuando los políticos no saben qué hacer; y
tres, la que aparece si los públicos no encuentran
a quién creer.
Así
que, en medio de la incertidumbre, hay la posibilidad de que emerja,
como ocurre entre cualquier comunidad de
afectados, una solidaridad ante el riesgo que
enfrentamos. Volvamos por fin a la viñeta.
En efecto, lo que queríamos decir es que falta el público.
Sin las complicidades de la ciudadanía, la verdad que aflora
no estará vinculada a un proyecto emancipador. Será
una verdad fría, más tecnocrática que
democrática.